Identidad

¿Pero si yo soy de Jutiapa por qué no tengo documentos jutiapanecos? -Le reclamaba a mi mamá cuando entré a la adolescencia y comencé a tener noción de ciertas cuestiones de identidad-. Es que tu Tata no quiso reconocerte en Comapa. ¿Por qué? Porque dijo que no quería que sus hijas tuvieran papeles de chifurnias. ¿Y vos lo permitiste? Y qué iba a hacer si solo a parirte fui a al pueblo y después me tenía que regresar a la finca.

(La Pangola, en La Gomera, Escuintla donde trabajaban cortando algodón) Yo hice todo lo posible por reconocerte antes que llegara tu Tata a traernos pero el alcalde no quiso hacer tu partida de nacimiento porque no estaba tu Tata presente. Y como en este país machista desgraciado solo los hombres pueden reconocer a los hijos. Puta, mama, vos también… ¿Yo también qué? Que te dejaste, si yo nací en Comapa tenía que tener papeles de allá, no que me clavaron los de Santa Lucía Cotzumalguapa, ¿con qué necesidad?

Y agradecé que te reconoció, tan dejado que era que lo tomó a la chanza y por eso te reconoció hasta pasado un año y meses y si no es porque te enfermaste no lo hubiera hecho. Te estabas muriendo y el doctor nos había dicho que no ibas a resistir una de esas fiebres que atacaban en el invierno en La Pangola, y le dije: Guayo ingrato andá reconocé a tu hija, mirá que se va a morir. Entonces fue que te reconoció ahí en Santa Lucía. Puta, y me cambió la fecha de nacimiento y la edad, ¿por qué? Por no pagar la multa, no teníamos dinero.

Y además el incachable también te cambió el nombre. Vos no te ibas a llamar Ilka, lo cambió en el camino cuando iba en el bus. ¿Qué? Sí, yo le apunté tus dos nombres en un papel y cuando regresó me dijo bien campante: le puse Ilka a la niña. ¿Y por qué me puso así? Dice que compró el periódico y leyó que la hija de un futbolista brasileño se llamaba Ilka, y te puso así para ver si le salías futbolista, vos sabés cómo es tu Tata con la pelota la bicicleta. Y milagrosamente el fútbol es mi pasión y la bicicleta una de mis adicciones más tórrridas.

Crecí añorando y amando Comapa, porque mi mamá, mis tías y mis abuelos se encargaron de forma natural (con su sola existencia) de traspasarnos la fortaleza de nuestra raíz garífuna y xinca. Pero soy la única nieta que se muere de amor por el pueblo aún en este autoexilio que elegí vivir. Soy la más jutiapaneca de todos, la más comapense, la más aldeana y montuna. Y aunque crecí en una periferia de la capital, soy una mula que siempre tira pal monte. Y aunque hay mucho de natural, también hay mucho de hacerlo adrede, que es mi forma de defender mi identidad.

Tenía quince años recién cumplidos cuando fui de visita por primera vez al pueblo, y me enamoré perdidamente de aquella casita de adobe donde nací. Mi abuela me enseñó la esquina de la casa donde estaba enterrado mi obligo. El clavel rojo que floreaba el día que nací bajo un aguacero torrencial de agosto que tenía la tarde emborrachada de neblina. Y desde ese primera visita volví anualmente hasta el día que emigré. Y en esta diáspora retorno siempre, en mis letras. En mi eterno vaivén.

Mi papá quería quitarnos lo jutiapaneco a como diera lugar, nos decía que teníamos que hablar como capitalinas o en último caso como zacapanecas (él es de Teculután, Zacapa) pero no como gente de chifurnia. Chifurnia le llamaba al pueblo y a la aldea donde creció mi mamá. Allá solo piedras hay, siempre ha dicho de Comapa. Y de esas piedras me enamoré perdidamente.

Por otro lado mi mama siempre quiso irse de Ciudad Peronia, siempre ha dicho que es una colonia de mareros, de chusma. (Las cosas de la vida, lo mismo piensa mi papá de Comapa) yo siempre le recuerdo (para que se le refresque la memoria) que gracias a esa chusma, sus hijas pudieron comer, vestirse y estudiar. Siempre le he dicho que si no se ha visto en un espejo. Que si se le olvida de dónde viene, en dónde se crió y en dónde vivía cuando nos parió. Que si no se recuerda que sus dos hijas mayores cargaban las hieleras por el bulevar, la aldea y el mercado. Que tiene dos hijas que son (y siempre serán) vendedoras de mercado.

A mis papás siempre les dio vergüenza decir que vivían en Ciudad Peronia. Decían que vivían en Ciudad San Cristóbal, en Pinares o en Balcones que son colonias de gente clase media que colindan con Ciudad Peronia. Un día en la primera entrevista que tuve para trabajar como maestra, me dijo el entrevistador que tenía que cambiar la dirección de residencia por lo menos en los papeles, porque ese colegio era prestigioso y no se vería bien que una de sus maestras viviera en una zona roja, de otra forma no me podía contratar. Lo sentí como una bofetada. ¿Negar Ciudad Peronia? ¡Nunca! –le contesté- Lo toma o lo deja, ahí tiene 24 maestras más que vinieron a la entrevista, escoja a cualquiera de ellas, le di las gracias y me fui. Tenía necesidad de trabajo, pero nunca negaría mi arrabal. A los tres días recibí la llamada telefónica con la cual me daban la bienvenida al colegio Capoulliez.

Un buen día mis papás vendieron la casa de Ciudad Peronia, sin avisarnos. Cuando llegué de la escuela toqué la puerta y nadie abrió, un vecino fanfarrón llegó de inmediato y me enseñó la llave que la movía como campana. Es mi casa, -me dijo- tus papás me la vendieron, aquí está la dirección. Y me dio un papel con la dirección anotada. Exploté como nunca en la vida. Lo que vino después de tocar la puerta y enterarme que ya no era mi casa, me cambió la vida para siempre. Lo mismo le pasó a mi hermana-mamá, que cuando llegó del trabajo se encontró con la sorpresa. Mis papás movieron las cosas cuando no estábamos nosotras en la casa. Mis papás nos han clavado cuchillos por la espalda en infinidad de ocasiones, pero eso a mí me curtió.

Se movieron para una colonia en donde la única chusma éramos nosotros y los vecinos nos lo hacían sentir. Yo veía a mi mama cambiar de colores a cada rato. Estábamos rentando cuando habíamos tenido casa propia. Y no rentaban ellos, sino que mi hermana-mamá y yo, porque ellos se embarcaron en otra de esas empresas para buscar salir de pobres y pertenecer a una clase social distinta. Solo el dinero les hacía falta, porque lo altanero y lo clasistas y racistas ya lo tenían. Mi mama nos prohibió decir que habíamos vivido en Ciudad Peronia para buscar codearse con sus vecinos, pero yo nunca lo negué cosa que nos hacía enfrentarnos constantemente.

Las dos hijas mayores emigramos un día, y trabajamos en los mil oficios, pero mis papás se avergüenzan y dicen que trabajamos de cajeras en un banco, y que vivimos bien, que estamos establecidas en Estados Unidos y que no regresamos de visita porque estamos muy bien aquí. Jamás mencionan que limpiamos casas y que vivimos indocumentadas.

Soy guatemalteca porque nací en ese país, pero mi identidad es Comapa y Ciudad Peronia, y a ambas me las han querido arrebatar desde que nací. Mis papás pueden ocultar con sus vecinos que vivimos en Ciudad Peronia, que venimos de la miseria y de la exclusión; y mis hermanos menores ver al arrabal como un basurero de chusma, pero yo no olvido dónde nací y dónde crecí; y dicha la mía que me hice escritora y mis letras se han encargado de contarle al mundo de un pueblo llamado Comapa, en Jutiapa, en el oriente guatemalteco y de un arrabal en el que crecí vendiendo helados llamado Ciudad Peronia, que si por si fuera poco es mi gran amor.

Que formas tan extrañas tiene la identidad algunas veces para manifestarse. Y por supuesto, respecto a mi expresión es innegable que la cólera esté intrínseca en ella.

Posdata: este escrito no tiene intención alguna de herir a ningún miembro del clan Oliva Corado.

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

08 de abril de 2016.

Estados Unidos.

4 pensamientos en “Identidad

  1. Un relato muy autèntico que refleja la Guatemala oriental. Y casualmente lo leì despuès de haber conversado con una nueva secretaria de la Usac con la que di en el “clavo”: Le dije que estaba seguro que era de Jutiapa por su forma directa de decir las cosas, ademàs por su elevada estatura, color de la piel moreno obscuro, manera de hablar: no pronuncia la d, entre otras cosas. Me despedì de ella cuando me sentì con la idiosincrasia capitalina: aturdido por la forma directa de expresarse de una mujer. Si, lo reconozco, el capitalino es un tanto hipòcrita, mojigato.

    Saludos.

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  2. Mi querida Ilka, al igual que tú, esta tu seguidora nació, ha vivido y actualmente vive en una zona mal llamada “roja”, porque ahora en nuestro hermoso país, es el color que predomina por la violencia e inseguridad que se vive en todo el territorio. A la distancia te abrazo y te leo con el cariño de siempre.

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