Angustia insondable

Cuando llega el verano y veo por doquier vendedores helados bajo el sol abrasador del medio día, me entra una especie de angustia inexplicable, repentinamente me da por llorar.  Se detiene el tiempo, el aire se vuelve más ralo aún y me cuesta respirar. Algunas veces volteo para otro lado para que me duela menos, pero es instantáneo que desista y los vuelvo a ver.   Los observo detenidamente como si la acción  se tratara de un autoexamen, como si al verlos me viera yo misma frente a un espejo. Siento su cansancio, su piel quemada por el sol, la ansiedad de que pasan  las horas y la venta no avanza. El caminar y caminar kilómetros y kilómetros empujando una carreta, o sacar raíces en  un solo lugar.

Los pensamientos de desear estar haciendo otra cosa y no verse ahí. Ser amable a la fuerza, ofrecer el producto de la mejor manera. La desesperanza de que el siguiente día será el mismo recorrido, bajo el mismo sol abrasador, y el mismo cansancio y la misma angustia. O que lloverá, que habrá tormenta y no se venda un solo helado.

Es instintivo que les compre un helado. Si voy manejando en automóvil me detengo, voy a estacionarlo y camino hacia donde está el heladero y le compro por lo menos un helado. No porque ame los helados, lo hago porque sé de esa angustia. Si voy caminando o en bicicleta es igual, siempre compro un helado, converso con ellos y se admiran que alguien quiera escuchar lo que tiene que decir.  Cuando estoy cerca de donde vivo y sé que no demoraré en retornar compro varios helados, por lo menos cinco y sucede seguido, el congelador del refrigerador en el apartamento que rento siempre está lleno de helados en verano.  Si estoy afuera, en el parque o en la manzana del edifico en donde vivo, les compro un  helado a cada uno de los niños que están ahí. Es una de mis formas de devolverle a la vida porque yo he estado ahí, estuve ahí muchísimos años y también más de uno hizo lo mismo por mí, para ayudarme. Aunque hay días, claro está, en los que no tengo para comprarles helados,  y tal vez los vendan todos o les sobren, en mis pensamientos siempre está el deseo de que los vendan todos.  

Muchas cosas pueden ser invisibles para mí dentro de esta gran urbe, pero jamás será invisible ante mis ojos un vendedor de helados porque es mi propio reflejo. Aunque trate de huir de mí misma en esos instantes de trastorno me encuentro constantemente en los vendedores de helados. En los vendedores ambulantes, en los vendedores de mercado.

No hay forma alguna que el egocentrismo me haga trizas, o que se enraíce, que me abofetee, que me acaricie, que  me manipule, no hay forma que me logre comprar: porque  no estoy a la venta.

Esa angustia insondable no espero que la comprendan los demás, tampoco trato de explicarla porque es inexplicable. Para saber lo que siente una vendedora de tortillas que está todo el día de pie frente a un comal, hay que estar de pie frente a un comal. Uno puede tener noción pero sentirlo en carne propia es imposible. Para comprender el cansancio de un jornalero que trabaja 18 horas diarias en un surco, sembrando o tapiscando  hay que vivir esas horas bajo el sol y bajo cualquier inclemencia del tiempo.

El ser humano tiene  la capacidad de  interpretar e intuir y  una sensibilidad  transparente que le permite colocarse en los zapatos del otro. No tiene que vivir en carne propia para sentir la angustia ajena,  la explotación, la discriminación y para indignarse ante el escarnio. Para eso tiene los sentidos, las emociones y las sensaciones, el pensamiento crítico. El tacto que nos permite sentir asperezas, las ajaduras de las manos de un albañil o de una mujer que trabaja lavando ropa  a mano todo el día. El olfato que nos permite respirar al aire del medio día o la fetidez de un  basurero donde viven miles de parias.

Sé perfectamente de la invisibilidad de un vendedor de mercado, de un vendedor ambulante. Crecí viendo vendedores de escobas, compradores de latas y botellas de vidrio que pasaban por la cuadra donde vivía, cansados bajo las primeras horas de sol de la tarde, les queríamos comprar todo el producto pero en nuestra pobreza lo único que podíamos hacer era ofrecerles un plato de comida, y eso nunca faltó, aunque sea tortillas con caldo de frijoles les dábamos y con eso les ahorrábamos lo del pago del almuerzo que haciendo cuentas, les serviría para el pasaje de bus.

Crecí corriendo atrás de los autobuses en Ciudad Peronia, con mi hielera al hombro, ofreciendo mis helados. Al pedalazo me subía a los autobuses y al pedalazo me  bajada. En ocasiones vendía uno o dos helados, en otras ninguno. Sé de esa angustia.  La invisibilidad en la que crecí me hizo valorar lo que realmente es importante en la vida, y no está en el dinero, ni el renombre, ni los aplausos, ni en los contactos, y mucho menos en la jactancia.  Dentro del mercado crecí vendiendo helados en la esquina de una pollería, pero cuando llegaba el cobrador nos tocaba salir corriendo y dejar la hielera escondida abajo del mostrador. El significado de la palabra solidaridad yo lo aprendí en el mercado, el mercado de Ciudad Peronia es mi Alma Mater.

Cuando vendía helados ningún emperifollado se acercó a mí, ningún letrado me ofreció un libro para leer. Es más, heladera me llamaban, ni siquiera mi nombre sabían. Me discriminaron a más no poder. Por mi condición de paria y de vendedora ambulante, quien tenía las ínfulas –decían- de soñar con estudiar en la universidad. En aquella terrible invisibilidad los únicos que apostaron por mí fueron los vendedores de mercado, que me compraban helados y que me escondían del cobrador  para que yo pudiera estudiar y graduarme un día, para que yo pudiera volar alto, lejos a las alturas que ellos nunca podrían alcanzar. Apostaron por mí, creyeron en mí, en la niña heladera. Y me llamaron por mi nombre y me vieron a los ojos. ¿Por qué debería yo de negar mi origen? ¿Por qué debería yo de andar con arrogancias propias de los desleales?  O por aún, ¿por qué debería yo olvidar? ¿Por qué putas debería yo intentar codearme  y jugar en los laberintos de la seducción con una clase social que me discriminó y que sigue discriminando a millones? O peor aún, sentir que pertenezco a ese lugar y negar lo propio.

Cuando yo vendía helados, no llegó ningún maestro de universidad a ofrecerme un libro para que leyera. Ningún escritor, intelectual o poeta me ofreció regalarme libros de su autoría para que los leyera y con esto sentirse honrados de que una niña vendedora de mercado los leyera. ¿Entonces por qué tengo que recibirlos ahora? Hoy en día me envían libros todas estos personajes, diciendo que les encantaría que los leyera y que  se sentirían honrados que la escritora Ilka Oliva Corado los lea y les haga una reseña. ¡A la mierda! ¿O sea ahora sí existo como persona?  ¿Escribir me hace existir?  Yo existía desde antes.

Cuando vendía helados no llegó ningún articulista a ofrecerme un texto para leer, ningún cuento infantil. ¿Por qué? Porque era invisible, -tan paria como lo soy hoy-.  Hoy en día yo  no necesito que me recomienden lecturas, tengo la capacidad para buscarlas por mis propios medios.

Cuando yo era vendedora de mercado, una niña de piernas tiznadas, con un único par de zapatos rotos y una sola muda de ropa de lavar y poner, cuando tenía hambre y me lloraban las tripas, cuando soñaba con salir del mercado donde veía la vida pasar atrás de una hielera de helados, el único que apostó por mí y confió en mi capacidad fue el voceador de periódicos de la colonia.  Me dejaba fiada todos los domingos Prensa Libre, por mi fascinación a la Revista Domingo (sigue siendo mi revista favorita, por agradecimiento  a aquellos años). Días le pagaba con helados, otros me pasaba la semana ajustando de cinco len en cinco len hasta que se la lograba pagar. Él nunca me quiso cobrar pero a mí no me gustan las cosas de gratis, que me cuesten mi propio sudor. Gracias a ese voceador de periódicos, analfabeta, padre de cuatro niños, que en su tiempo libre cargaba bultos, componía zapatos y afilaba cuchillos. Vendía licuados de frutas. Gracias a ese voceador yo tuve el privilegio de que  mi mente comenzara a despertar y viajara a parajes lejanos donde nunca imaginé que mis letras irían por sí mismas.

En aquellos años ningún entacuchado, ningún erudito supo verme, yo una paria más en un arrabal de podedumbre para el sistema.  Y si me veían me pasaban llevando, era un estorbo para ellos, como lo son los niños que lustran zapatos, o las niñas que venden refacciones o chicles. Como lo son los niños que pican piedra. ¿A ellos qué letrado va a ofrecerles un libro para leer y les dice que se sentirán honrados si los leen? Es ahí donde se necesita, es ahí en la semilla, en los primeros botones de un rosal, ¿queremos ver jardines? Pues hay que empezar por limpiar la tierra, abonar, sembrar, cuidar esa planta.

No estoy peleando con la vida, no me curte el recuerdo de mis años vendiendo helados, pero los honro y los voy a honrar hasta el último día de mi vida. Así es que agradezco a quienes ven en mí a una patoja que necesita lectura y que por no sé qué razón se sienten con la confianza (como buenos samaritanos) de recomendármela, y  se sienten honrados que yo lea lo que me envían.

Pero mejor vayan a los basureros, a los mercados, a las aldeas donde mueren los niños de hambruna, vayan a los arrabales, allá necesitan libros los niños para leer, los adolescentes, tantos analfabetas que necesitan aprender a leer y a escribir, yo ya estoy bien grandecita y tengo la capacidad de buscar mis lecturas por mí misma. Y no, no me hace ninguna gracia que me quieran mandar libros inéditos, ni manuscritos ni esas vainas. Mejor tengan humildad y consistencia humana y vayan a donde realmente los necesitan, a donde nadie les puede agradecer en público. A donde la dignidad humana les está pidiendo a gritos que vayan a ser parte del cambio.

Escribo, pero no pertenezco ni quiero pertenecer nunca al mundo de los letrados y las jactancias que tienen que ver con libros y letras. Y llámenme arrogante o como ustedes quieran,  pero cuando necesité ningún letrado estuvo, ahora que no los necesito de alfombra se ponen. Quién lo iba a decir, letrados de alfombra de una vendedora de mercado, qué ironías las que tiene la vida. Por lo demás, gracias a quienes hacen de este blog, una ventana al mundo. 

Con amor profundo, para los vendedores de mercado, aquí está este pecho para los pijazos que sean.

 

Ilka Oliva Corado.  @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

27 de febrero de 2016

Estados Unidos

 

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