Pretty girl

Por lo regular siempre nos encontramos en el sauna y desde que la veo entrar me envuelve una quietud indescriptible, toda ella me encanta, es una Venus tallada a mano. Su sola presencia me roba el aliento, físicamente su belleza es deslumbrante. Sonríe cuando me ve y me saluda, Hi sweetheart!, le contesto con la misma emoción Hi pretty girl! Pretty? -Me pregunta en tono de negación- no soy bonita, tú eres bonita y joven, yo ya estoy vieja. La veo caminar despacio y buscar un lugar dónde sentarse. No eres vieja eres una chica hermosísima. Tú siempre levantándome el ánimo, eres tan dulce pero la realidad es que estoy vieja y cansada y con dolores en todo el cuerpo, en cambio tú estás en la flor de la juventud.

Estamos desnudas sentadas cada una sobre su toalla, mientras se acomoda coloco unas gotas de aceite de eucalipto y lavanda sobre las piedras calientes, el lugar se impregna de la frescura del campo.  Todas agradecen y aplauden, sonreímos con la alegría de la aromaterapia. Es imposible que no admire su belleza física, me atrae tanto.

Todo de ella me fascina, el tono de voz, su sencillez, su sosiego, y un corazón pueblerino que a pesar del frío congelante de la urbe industrial no ha perdido su esencia. Tiene 66 años y emigró hace quince a Estados Unidos, vive sola y no tiene familia en el país. Es viuda y sus dos hijos viven en Lituania. ¿Y qué tal el sueño americano? Le pregunté en una de nuestras primeras conversaciones. Ay, ¿te digo qué fue lo primero que me dijo una amiga cuando llegué al país? Me llamó por teléfono el mismo día que llegué y me dijo: ¡bienvenida al infierno! Ningún sueño americano, no sé por qué engañan a la gente diciéndole eso. Llevo todo este tiempo trabajando en mil oficios, tengo residencia y no he podido encontrar un trabajo donde me paguen el salario justo. El país es tan frío, el sistema explotador.

Cuando recién vienes es tan deprimente, no conoces a nadie, la gente se aprovecha y pasan los años y nada cambia, no logras realizarte porque aunque luches el sistema no te deja. Vaya –pensé para mis adentros- hasta que alguien dice las cosas como son. Y desde ese instante tuvimos una conexión muy fuerte. Este país te consume, te exprime, saca todo te ti y luego te tira como deshecho, es la esencia del capitalismo, pero uno se queda porque a pesar de todo aquí trabajando logras comer, en cambio en tu país está la pura miseria. Y de pronto la conversación de tornó política y terminó dictado cátedra al estilo campirano de la política en Europa. Y yo que ni por donde pasó de imaginar en qué lugar del mapa quedaba Lituania terminé conociendo hasta de los países vecinos. Y ella conociendo un pueblito lejano ubicado en Centroamérica, que queda en la cima de un cerro árido llamado Comapa y donde hacen la chicha más deliciosa de la región.

La veo acomodarse con sumo cuidado sobre su toalla, tiene dolor en la espalda baja y le cuesta mucho dormir, trabaja moviendo y entregando paquetes en una empresa de envíos y algunos son muy pesados, me cuenta mientras se soba la espalda. Quiere estirar las piernas pero no puede, me levanto inmediatamente y la ayudo a acomodarse, su piel es tan suave, toda ella es tan delicada que solo quiero quedarme ahí y acariciarla pero me alejo en cuanto se acomoda. Sus pechos de solera con el añejo de los años que los hacen más lozanos cautivan mis ojos. Trato que no se dé cuenta y continúo con la conversación.

Se tiñe el cabello de un anaranjado cobrizo que me trastorna, tiene el color de piel entre aceitunado y olivo, y ajada pegada a los músculos sin una gota de grasa. Tiene cuerpo de balletista, le pregunté si practicó ballet pero me dijo que no, que lo que sí ha hecho toda su vida es trabajar como mula.

Salimos del sauna y nos vamos a las regaderas, nos duchamos y luego nos vamos a la piscina, me fascina nadar en el mismo carril con ella, porque hasta para nadar tiene esa tranquilidad que me atrae como imán. ¿Dónde aprendiste a nadar? En el río, crecí en una aldea que tenía un río que quedaba a diez minutos de mi casa, cuando iba a pastorear las ovejas y las cabras me bañaba en él. ¿Pastoreabas animalitos?, le pregunto emocionada mientras la abrazo. Le cuento que yo también, y entonces nos desatamos hablando de gallinas, marranos, patos, alpiste, zacate, paisajes y amor, amor del bueno del que florece en las praderas y barrancos.

Me dice que le gusto para nuera, que si su hijo viviera en el país me presentaba con él y que seguro a él también le gustaba. Salimos de la piscina y nos reencontramos en los vestidores, saca su billetera y me enseña fotografías de sus hijos y de ella cuando era joven, por poco me desmayo, no por los hijos que son guapísimos, sino por ella por su belleza alucinante, pero le digo relajada y tratando que no se me note lo embobada que me tiene; me gustas más ahora, estás más guapa ahora con el añejo de los años. Y es verdad, los años y la piel ajada la hacen lucir más hermosa aún. Me abraza con ternura y sentirla tan cerca me eriza la piel.

Salimos del gimnasio y caminamos lentamente hacia el estacionamiento, deslizo mi mano bajo su brazo para que se apoye. Quiero que el tiempo se detenga para seguirla sintiendo tan cerca, para seguir escuchando su voz, para que su tranquilidad me envuelva, para seguir conversando de las verdes praderas de su natal Lituania y de la tierra del jocote corona. Quiero que se detenga el tiempo para seguir sintiendo eso que me envuelve cuando estoy con ella, para que me atrape, para que me erice la piel, para acariciarla imaginariamente.

¿Vendrás mañana? Me pregunta. Sí, a la misma hora. Bueno, entonces te veo mañana Sweetheart, te veo mañana Pretty girl! Camino hacia a mi automóvil pensándola sintiendo esa sensación y ese escalofrío de tener que esperar hasta el siguiente día para volverla a ver.

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

03 de enero de 2016.

Estados Unidos.

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