El veinticinco y los helados

Son las tres de la madrugada del veinticinco de diciembre, suena la alarma del reloj despertador, mi hermana-mamá y yo en un intento por detener el tiempo   nos abrazamos a las sábanas tibias y a los cuerpos de los cumes que duermen también con nosotras en la vieja cama de metal que tiene una pata coja, no nos queremos levantar, no un veinticinco de diciembre. Mi Nanoj nos deja descansar diez minutos más, a las tres y diez en punto nos va a sacudir las sábanas para que nos levantemos, la jornada laboral comienza. Es la década del noventa en mi gran amor, Ciudad Peronia.

La casa huele a ponche y a tamales, afuera en el patio me espera la pila de trastes sucios que tengo que lavar con el agua fría del tonel que está a punto de congelación, a mi hermana la ropa sucia de mi papá y de mis hermanos. Reavivo el rescoldo del fogón donde se cocieron los tamales y los pongo a calentar, lo mismo hago con el ponche en la estufa de tres hornillas que tenemos en la cocina sobre una mesa de pino que trajimos desde que vivíamos en la zona ocho.

Ambas estamos desveladas, ella por cuidar a mis hermanos de las borracheras de mis papás y yo por haberme ido a los bailes callejeros a media noche en una forma de escape para salir de aquel infierno de Navidad. Recojo los envases vacíos de los litros de cerveza y de agua ardiente y llevo los platos sucios a la pila. Por lo general el veinticinco siempre hay platos rotos regados por doqueir ya que mis papás en sus peleas de siempre terminan lanzándose hasta las ollas.

Yo soy la más emocional de las dos, la más desequilibrada, la que traga bilis, la que no puede contener su enojo y su decepción, la que se revela constantemente a que las peleas de nuestros papás sean parte también de la Navidad. ¿Es que acaso no pueden pasar una Navidad sin pelear? Le pregunto a mi Nanoj que ya tiene alcohol en las venas, como toda respuesta me voltea la cara de una cachetada. Mi padre observa la escena y lo toma como algo natural en el trato que me da mi madre, ni parpadea, al contrario me pide que le sirva más licor. Muy poco le puedo pedir a mi papá ya que es un papá ausente, que se pasa el año en carretera manejando un tráiler y se aparece en la casa de vez en cuando, por dos días y luego se vuelve a ir. En esos dos días pide ser atendido como rey, y vamos a pedir carne y licor fiados para atenderlo a él y a sus amigos ricos que llegan en la madrugada después de sus peleas de gallos donde se gastaron todo el dinero porque las perdieron. A veces nos llevan los gallos muertos para que se los preparemos a esas horas, no podemos decir que no porque dice mi papá que nos haría quedar muy mal con sus amigos ricos. Yo siempre digo que no y me cae palo y me toca hacerlo de todas formas porque de lo contrario me despelleja viva mi mamá.

Mi hermana me dice que yo tengo la culpa por provocarla y me hace señas para que me vaya porque si me quedo las cosas podrían empeorar, sabe que mi mamá cuando agarra a pegarme no me suelta hasta haberse desahogado por completo y haberme dejado medio desmayada en el suelo. Disfrutá tu Navidad Negra, me dice mi hermana y me empuja para que me vaya. Me voy, me largo, la calle, el baile y el licor son refugio. Aparezco en la madrugada cuando hacen falta tan solo minutos para que suene el reloj despertador.

En la casa todo va bien el veinticuatro de diciembre hasta que cae la noche y el licor comienza a hacer estragos en mis papás y aparecen los recuerdos de las traiciones de mi padre a mi mamá, y de los días en que se va a jugar gallos y se gasta el sueldo y nos deja sin comer, y llegan los reclamos, los insultos que acompañados de licor son batallas campales. Por la tarde comenzamos a hacer los tamales y el ponche entre todos mientras los cumes gatean y comienzan a dar sus primeros pasos en el suelo de talpetate de la casita que conserva en sus paredes lo más puro de mi inocencia. Esa es nuestra Navidad, la tarde de preparativos de los tamales y el ponche, en la noche de súbito termina la magia y aparece el desencanto de un hogar inestable en todos los sentidos. Pronto amanecerá, mi dice mi hermana-mamá con su tranquilidad y madurez de toda la vida. No sé de qué manera lo maneja ella, porque nunca la he escuchado decir una sola palabrota, nunca la he visto explotar en cólera, nunca la he visto emborrarse, nunca la he visto cuestionar a mis papás, nunca le he visto agarrar la calle como lo he hecho yo. Siempre su refugio ha sido la Biblia y la iglesia.

Desmoldamos los helados, metemos palitos a las otras bandejas que ya están oreadas y preparamos las hieleras. Damos desayuno a los cumes. Mi hermana tiende la ropa y hace limpieza en la casa mientras yo lavo el baño y el chiquero de los coches, limpio el gallinero y saco a pastorear a las cabritas a la arada y las ordeño para dejarles la leche fresca a los cumes. Dejo regado el jardín y barrido el patio. En un intento de por lo menos descansar el veinticinco de diciembre de vender helados durante todo el año le rogamos a mi mamá que no nos mande al mercado, el veinticuatro es el día más cansado del año para los que vendemos en los mercados y también el día de más venta, pero ella dice que aunque esté cerrado siempre hay gente que va y que si no vamos a vender no vamos a ajustar para comprar los útiles escolares, que aunque sea un helado que vendamos ya son diez centavos (diez centavos le ganamos a cada helado) que nadie nos va a regalar.

Nos tomamos una taza de ponche y nos comemos un tamal a las carreras, y a las ocho en punto de la mañana nos vamos al mercado, lo encontramos cerrado, nos paramos a un costado de la puerta de atrás, cada una con su hielera, mágicamente logramos venderlos y al filo del medio día la cohetería nos encuentra a medio camino de regreso a la casa. Llegamos a tiempo para los abrazos.

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

25 de diciembre de 2015.

Estados Unidos.

3 pensamientos en “El veinticinco y los helados

  1. Hola Mujer;
    Como pasate tu Navidad este año, espero que contenta y tranquila.
    Me gusta tanto leerte, me saca de este mundo plástico que nos crea el consumismo propio del Norte. No que lo comparta pero me rodea igual.
    Abrazos para ti y también para tu hermana, fijate que me encantaría conocerle, conocer su vision de vida.

    Bendiciones pues!

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  2. “Desmoldamos los helados”.Muy bonita y peculiar expresión. Con este calor que más parece “semana santa” se me antojó uno de esos helados. Muchas felicidades.

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