De segunda mano.

Anoche mi hermana conducía el automóvil, regresábamos de cenar. En el verano estadounidense llegan las 9 de la noche y todavía está claro, allá en el horizonte se diluyen lentamente los brochazos de colores chiltotos que dan paso a la oscurana y al festín de las luciérnagas y al concierto de grillos, que en esta urbe industrial pasan desapercibidos entre el bullicio y las luces de neón. En la lejanía de mis reminiscencias está el silencio de mi natal Comapa a la hora de la oración.

Yo iba recostada en el sillón del copiloto, viendo cómo desaparecían del confín los colores pitaya de mi agosto amado. Soy un caos, un eterno vaivén; de una amena conversación entro en un silencio fantasmal y no hay quién me saque de ahí, mi mente se extravía en recovecos sombríos, todo se queda a medias, interrumpido para no ser retomado nunca. Así me sucedió anoche, no recuerdo de qué hablábamos cuando el silencio me invadió, mi hermana-mamá que me conoce como la palma de su mano me dejó desbarrancarme en mis lapsus de alienada, siguió conduciendo en silencio.

Después de un largo viaje a las profundidades de mi bipolaridad de pronto vuelvo a la vida y salto del sillón, enderezo el recostadero y me siento atenta. Pelu, ¿te recordás cuando mi mamá nos hizo devolver las bolsas de comida? Le pregunto animada como si la interrogante fuera la continuación de la conversación que dejé en el limbo. ¡Negra por la gran diabla, me asustáste!, vos y esos tus trances…, ¿la comida? Sí, cuando llegaron de parte del gobierno a dejar bolsas de arroz, máiz, queso, leche en polvo y aquellas latas de jamón, ¿te recordás? Mi hermana sonríe. Claro que me recuerdo. Reímos a carcajadas con aires de nostalgia. ¿Te recordás la gran malmatada que nos iba a dar mi mamá por andar de pidonas? Volvemos a reír hasta llegar a las lágrimas.

Ella andaba por los diez y yo por los ocho años, al final de la calle Usumacinta que colindaba con la entrada la aldea la Selva, construyeron una galera a la que a los meses le pusieron paredes, la hermana república de Ciudad Peronia se comenzaba a llenar de familias emigradas del interior del país y de otros arrabales capitalinos que llegaban a invadir. Llegó la bulla de que el gobierno daría bolsas de comida para las familias de bajos recursos, todo lo que uno tenía que hacer era inscribirse y dar los datos de cuántos integrantes en la familia, en qué trabajan los papás y cuánto era el sueldo que ganaban y con esas referencias así era la cantidad de comida que daban por familia.

Pues nosotras nos enteramos en el mercado y cuando terminamos de vender fuimos a dejar las hieleras a la casa y salimos echas pistola para la galerona a inscribirnos, no le dijimos nada a mi mamá, llegamos dimos los datos y nos dieron los víveres y ahí veníamos con nuestras once ovejas; con la bolsa de arroz, el máiz amarillo, el bote de queso, la bolsa de leche en polvo y el jamón enlatado. Aquella felicidad que teníamos, porque íbamos a probar la leche en polvo, el jamón, el queso. Ya estábamos curtidas de sopear caldo de frijoles con tortillas los siete días de la semana.

Llegamos tan emocionadas a la casa, cuando mi Nanoj nos vio aparecer por poco se infarta, ¿y ustedes dónde putas consiguieron eso? ¡Mama las están dando a las familias pobres! Solo hay que inscribirse y decir cuántos miembros hay en la familia y cuánto ganan los papás al mes y con eso te dan los víveres. Mi Nanoj se transformó, cambiaba colores y en instantes comenzó a despotricar. ¡Miren hijas de la gran puta, ya se me van a devolver esa comida, ustedes no tienen necesidad, no miran que eso es para la gente pobre, ustedes no son pobres, ustedes trabajan y tienen qué comer! ¡Esa comida es para la gente que está en verdadera necesidad, ustedes aquí tienen caldo de frijoles y tortillas para que se harten! ¡Para eso les estoy enseñando a trabajar para que no tengan que pedir! Y con chicote en mano nos hizo zampar la carrera de regreso a devolver los víveres.

Y ahí se fue el sueño de probar el queso, la leche, el jamón. Pasarían muchos años para que nosotros probáramos lo que en ese instante nos parecía una delicia. Era más la bulla. Hasta el día de hoy no somos de quesos, más que el fresco, el oreado y el seco, de allá pondiuno. Nada de jamones ni embutidos, no nos gustan. No son de nuestro paladar de pueblo y de arrabal. En cambio morimos por unos güisquiles espinudos, sazones, cocidos y comerlos con sal.

Esa mi mamá si ha sido tremenda, comenta mi hermana con lágrimas en los ojos por tanta risa.

Quiere que la acompañe a una tienda de segunda mano que está en el camino. Vamos. Siempre, toda la vida hemos comprado nuestra ropa y calzado en tiendas de segunda mano, desde que tengo memoria mi mamá nos llevaba a comprar nuestra ropa y zapatos a los sótanos del mercado La Terminal. Entrábamos a un costado del granero, ahí por la tomatera, atrás de las ventas de flores. Bajábamos las gradas que vienen de la avenida Bolívar, pasábamos por la piñera, la sandillera, la melonera, la cebollera y caminábamos entre las ventas de bananos y al final justo donde están las ventas de rapaduras cruzábamos hacia el granero y ahí están las gradas para bajar a los sótanos. Tiene varias entradas pero esa era nuestra preferida por estar cerca de la venta de rapaduras que siempre traían recuerdos a mi mamá de su infancia en Comapa. Nos deteníamos unos instantes a observarlas y solo cuando a mi mamá le alcanzaba el dinero comprábamos un cuarto, que pasábamos comiendo como tiempo de comida, con tortillas calientes. Cuando se acababa eran aquellos lamentos…

A esa tienda de segunda mano a la que vamos van a dejar las cosas que ya no usan los millonarios de los suburbios vecinos, nosotras vivimos en un suburbio de obreros, es el más próximo a los suburbios donde viven los millonarios de Illinois, siempre se encuentran cosas de muy buena calidad y a un precio justo para salario de proletarios y más si se trata de indocumentados. Los millonarios se ponen las cosas dos o tres veces y de ahí las van a dejar a esas tiendas de segunda mano que para ellos es como irlas a tirar a la basura. El dinero recaudado por esas tiendas va a dar a ayudas humanitarias regadas por el mundo o en el mismo sur del Estado donde está la pobreza imperante que desea esconder este país. La mayoría de personas que trabajan ahí son retiradas y también adolescentes que con trabajos de medio tiempo se ayudan para los gastos de pago de universidad.

Nos separamos en la entrada, mi hermana se va a buscar vestidos y yo camino por toda la tienda observando cosas, veo personas entretenidas con objetos que quieren comprar, voy a la sección de arte y me quedo sentada ahí observando durante unos minutos las bellezas que algunos ricos les parecen basura. Me entretengo en la sección de los zapatos y mis recuerdos vuelan libres a los años de mi infancia: bajamos las gradas con mi Nanoj, nos advierte no separarnos y no soltarnos de su mano, para esos años solo nos tiene a mi hermana-mamá y a mí. Vamos caminando entre  callejones oscuros que apenas son  alumbrados por focos de luces macilentas, vemos infinidad de puestos de venta de cachivaches, libros usados, zapatos, ropa, muebles, platos. Vamos caminando al paso de mi Nanoj.

Llegamos a donde venden zapatos, siempre nos compra zapatos uno o dos números más grande para que no los dejamos luego. Siempre nos compra el mismo tipo de zapatos, dice que son los más duraderos, que no son bonitos ni están de moda pero son duraderos y eso es lo importante porque no estamos para andar luciendo sino para andar calzadas. No hay dinero para comprar zapatos de suela y tenis, compra los de suela y con esos hacemos de todo todos los días, hasta que se terminan las suelas y le ponemos papel periódico doblado para que no se entre el agua en invierno, cuando hay dinero logramos llevarlos a donde el zapatero para que les cambie suela. Eso sí, bien lustrados todos los días o nos revienta a chicote. La limpieza es primero, ante todo.

Busco a mi hermana y la veo entretenida en la sección de blusas. Continúo mi paseo, llego a donde están los electrodomésticos. Compramos el radio Philips en el sótano de La Terminal. Lo colgábamos en la pared del patio, ahí escuchábamos las radionovelas mientras hacíamos oficio en el patio, y luego lo colgábamos cerca del candil en la pared de la cocina cuando el oficio era adentro de la casa. Con ese radio me enamoré perdidamente de mis adorados Los Tigres del Norte, y de los boleros, de las baladas, de la música de trío que sigue entibiando mi corazón huraño. Y vendría mi fascinación por Los Iracundos, Los Galos, Abracadabra. Y vería llorar a mi mamá y a mis tías con la música del grupo Miramar, José Luis Perales y Los Temerarios. A mi papá cantar las de Los Cadetes de Linares. Mis abuelos maternos tararear las de Cuco Sánchez, Cornelio Reyna, Dolores del Río, Las Jilguerillas. Y llegaría Chelo, y nuestra Lucha Villa. Y el infaltable Mosaico en Madera.  Y pasarían los años y se volverían recuerdos las vivencias de infancia.

¿Vos no vas a comprar nada? Me pregunta mi hermana con dos o tres chirajos en las manos. No. ¿Por qué? Es que no necesito nada, vos sabés que compro solo cuando necesito.

Salimos de la tienda de segunda mano y yo me despido brevemente de los sótanos del mercado La Terminal, de los corredores del Guarda Viejo, del radio Philips de baterías. De aquellos años felices de mi infancia. Me siento en el sillón de copiloto y busco los brochazos color zapote pero ya no están, un atardecer más del agosto estadounidense ha desaparecido, también el canto de chicharras. Aún me quedan los grillos y las luciérnagas.

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado

Agosto 16 de 2015.

Estados Unidos.

 

6 pensamientos en “De segunda mano.

  1. ¡Muy bonito! Me relajó porque se sale de todo lo desagradable de la politiquería guatemalteca. Algunas palabras como “oscurana” me hicieron recordar a escritores. Al bolo Flores le fascinaba esa expresión. ¡Felicidades!

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