De deportados y Panamericanos.

Pues quién no se va a alegrar con las medallas que están ganando los patojos en los Panamericanos, sobre todo porque el nivel de competición es de categoría elitista, no es una chamusca cualquiera, digamos. Se enfrentan con atletas que tienen todos los recursos para trabajar en perfeccionar la disciplina, una medalla ganada en Panamericanos, Mundiales y Olímpicos es sacrificio puro. Ahí el nivel es de profesionalismo extraordinario.

He visto las portadas de los medios de comunicación guatemaltecos en las que aplauden la llegada de los deportivas, y les toman fotografías y les dicen campeones y que se sienten muy orgullosos de ellos. Una frase repetitiva, ¡bienvenido a tu patria! Lo cual veo muy bien, qué bueno que los motiven, mínimo eso ya que la gente del Comité Olímpico es una escoria más del sistema.

Me dolió, no lo voy a negar y por eso estoy escribiendo este artículo, me dolió y mucho leer ese, ¡bienvenido a tu patria! Porque nunca se ha visto en un medio de comunicación guatemalteco esa misma euforia cuando llegan los aviones llenos de deportados, nunca han llegado a tomarles fotografías, a organizarles recepciones y a aplaudirles el enorme sacrificio de ser indocumentados y trabajar como mulas en tierra extraña. Nunca han llegado a decirles campeones, gracias por las remesas que envían porque con eso han mantenidos ustedes el país a flote.

Las cosas hay que decirlas como son y con todas sus letras, quienes tienen el país a flote no son los graduados de universidad, no son los niños bonitos, ni la clase media, ni la burguesía, son las remesas que llegan de Estados Unidos. Es el sudor de los miles de guatemaltecos que no comen ni duermen trabajando sin parar para enviar las remesas puntual. Es el sacrificio de la mayoría de analfabetas que se ven obligados a emigrar. De los niños que dejan de estudiar, se suben en La Bestia y se van a desgraciar la vida al norte, y ven llegar la edad adulta en los campos de cultivo en California, en los manzanales en Washington, se les va la vida cortando naranjas en Florida. Se les agrietan las manos y los sueños mezclando cemento en las enormes ciudades industriales del norte del país. Corren como jornaleros atrás de un picop que no se detiene y se suben como pueden a trabajar en lo que les ofrezcan a cambio de un plato de comida. No, no jodan, el desconsuelo de ser indocumentado consume el alma. Por esa razón los que emigran nunca regresan, regresan otros, los que se hicieron en el desarraigo.

Y cuando los deportan como delincuentes y llegan enchachados a Guatemala, no hay entidad, no hay medio de comunicación que vaya a darles las gracias por el enorme sacrificio, no hay nadie que les diga, ¡bienvenidos a su patria! ¿Quién va y los motiva? ¿Quién va y les dice que no se preocupen porque el país tiene los recursos para su desarrollo integral y que jamás tendrán que verse obligados a emigrar? ¿Quién va y les dice que la infancia jamás volverá a emigrar porque su patria los arropa?

¿Duele? Claro que sí. Solo el que es indocumentado entiende el infierno de vivir en las sombras y la agonía de la diáspora. Pero, ¿quién piensa en el indocumentado? ¿Qué medio se preocupa por ellos? ¿Qué sistema busca detener las migraciones masivas? ¿Qué sociedad no los denigra?

Es falso, los reportajes que usted ve en los medios de comunicación donde ensalzan a los migrantes que lograron “el sueño americano” no son reales. (Y es una irresponsabilidad de los medios al publicar este tipo de falacias). La vida del indocumentado es aparte, es esclavo. Y no, en tres años de estadía en Estados Unidos no se logran comprar haciendas en el país de origen, ni construir mansiones, no trabajando honestamente y sin documentos. El sueño americano es una farsa. Los medios no deberían ser partícipes de esta calumnia. ¿Por qué no entrevistan indocumentados en los campos de cultivo? ¿Por qué no van a las fábricas y hacen reportajes reales para que los que piensan migrar lo piensen mil veces antes de agarrar camino? ¿Por qué no decir la realidad que viven los paisanos en el país del norte?

La próxima vez que usted lector, vea un indocumentado deportado, siéntase honrado de tener frente a usted a un ser extraordinario que sobrevivió la frontera, que venció a la diáspora y que trabajó a lomo partido para que su país no se pudra y se mantenga a flote.

Compárelo con esos atletas entrenados, imagínelo corriendo atrás de La Bestia que va a toda velocidad y él atrás, tratando de subirse, no hay corredor de cien metros planos que se le asemeje. Imagínelo saltando de un vagón a otro cuando hacen las redadas, en pleno tren en movimiento, le aseguro que no hay atleta que salte con pértiga que logre la hazaña del indocumentado.

No hay nadador que se compare con el indocumentado tratando de cruzar el río Bravo, no hay pentatlonista que se le ponga a la par a un indocumentado corriendo por salvar su vida en el desierto, cuando La Patrulla Fronteriza arremete con balas y bates. Las cosas como son. No hay levantador de pesas que logre aguantar un día de sol a sol subiendo en el hombro cubetas con cemento en los rascacielos en construcción, esos arrestos solo los tiene el emigrante indocumentado. Y no anda haciendo alarde.

Cada vez que usted vea un indocumentado deportado hágale un reverencia, porque no es cualquier fulano, no es cualquier letrado, no es cualquier bocón. Es alguien que se curtió la vida en el desarraigo. Abrácelo y dígale, ¡bienvenido a tu patria paisano! Es lo mínimo que puede hacer. Le aseguro que a usted no le gustaría estar en los zapatos de un indocumentado ni por un segundo de su vida. Honor a quien honor merece, ¡no jodan!

Por cierto, muy buen trabajo el de los atletas guatemaltecos en los Panamericanos, Mirna y “El Mito” aunque fueron descalificados brillaron como solo lo saben hacer los niños de arrabal. Sino vean  las medallas en gimnasia, puro pueblo raso.

Nota: si conoce a un indocumentado o deportado,  y si le nace compártale este artículo y luego pregúntele qué siente, prepárese para lo que puede escuchar. #YoNomasDigo. 

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado.

Julio 21 de 2015.

Estados Unidos.

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