Historias de un silbato. XIV

La marimba.

Recibí el nombramiento para ir a dirigir el domingo a San Lucas Sacatepéquez, juego de Cuarta División, por fin iba a conocer ese campo famoso por tener un   árbol dentro del terreno de juego. De esas cosas raras, un campo de fútbol con un árbol, un árbol frondoso tipo ceiba. Estaba en uno de los laterales metido como a metro y medio. Los lugareños lo cuidaban con sus vidas, autorizaron a hacer el campo pero si dejaban el árbol de lo contrario no había cancha para que jugara el equipo del pueblo.

Cuando bajamos del autobús los dos árbitros asistentes y yo vimos un grupo de niños que salió despepitado hacia la cancha, gritaban, ¡ahí vienen, ahí vienen! Fue algo curioso el lugar estaba repleto de gente, por lo general los únicos que están dos horas antes del juego son los árbitros y los equipos, pero en la cancha de San Lucas Sacatepéquez estaba el pueblo entero. Cuando entramos comenzó a tocar la marimba, ¿marimba? Sí, comenzó a tocar la marimba. Nos quedamos sorprendidos parados en la puerta, un señor que tenía un micrófono en la mano nos llamó hacia el centro del campo, cuando comenzamos a caminar el público se puso de pie y comenzó a aplaudir y a corear, ¡Ilka, Ilka, Ilka! Nos mirábamos entre nosotros preguntándonos qué estaba pasando.

Cuando llegamos al centro del campo el señor del micrófono se presentó como el alcalde del pueblo y nos daba la cordial bienvenida, pero más que eso dijo que para ellos era un orgullo y un honor que una mujer como nunca antes en la historia fuera a dirigir un juego de hombres en el pueblo. Llegaron dos niñas a entregarme dos ramos de flores. El público no era el habitual de los juegos de fútbol de los domingos en un pueblo cualquiera.

Estaban uniformados los niños de la escuela pública, los de los básicos, estaban los maestros. Colocaron unas sillas y nos invitaron a sentarnos porque el acto iba a comenzar, ¿acto? Sí, tenían un acto preparado para mí dijo el alcalde. Y así en una mañana de domingo completamente inusual en la vida de un árbitro de fútbol, nos sentamos a ver los actos.

Cantó el coro de los niños de la escuela, niñas hicieron coreografías de gimnasia rítmica, niños pasaron a tocar marimba. Cada uno llevaba una flor que me pasaban dejando a donde yo estaba sentada. No sabía qué hacer con tantas flores y con la emoción que se me anudó en la garganta, yo estaba acostumbrada a que me maltrataran en los campos, que los entrenadores y jugadores exigieran que no dirigiera una mujer el partido porque el lugar de las mujeres estaba en la cocina y no en un campo de fútbol. Yo estaba acostumbrada al rechazo, jamás a la admiración. Yo estaba acostumbrada a que el público gritara insultos invitando a salirme del campo y a que fuera a hacer limpieza a mi casa. Jamás a un recibimiento así, y fue algo que me pegó muy fuerte porque adoro Lucas Sacatepéquez, amo su neblina, sus montañas verde botella que divisaba desde niña sentaba en el tapial de mi casita en Ciudad Peronia, iba a entrenar por lo menos tres veces al mes al Cerro Alux.

Cuando terminaron los actos, de nuevo tomó el micrófono el alcalde y dijo que ver a una mujer árbitro de fútbol en Guatemala era algo que él nunca imaginó que sucedería, por el machismo que había en el país, y que verla y poder tocarla y saber que era de carne y hueso motivaba a las niñas a que soñaran con poder hacer cualquier cosa que se propusieran porque nada era imposible para las mujeres. Y ésa era la razón del recibimiento porque no querían que pasara desapercibida mi presencia, querían que las niñas me vieran y se motivaran. Yo estaba sorprendida con la actitud del alcalde, porque a los pueblos que iba a dirigir lo que querían los alcaldes era sacarme del campo de fútbol, mandarme a lavar platos y llevarme al motel más cercano. Eso hacía que yo fortificara más y más la muralla que me circundaba y desde fuera me veían como enojona y arrogante, prefería eso para resguardar mi tranquilidad. Era la única mujer en el panel central, mi trato era exclusivamente con hombres, todos los días lidiaba con machos alfa, de por sí mi carácter es fuerte pero me tocó blindarlo.

Finalizaron los actos y el público se acercó a tomarse fotografías conmigo y a que les firmara autógrafos. Me regalaban gallinas, huevos de pato, manojos de chipilín, berro, me llevaban bolsas de pan, café molido, queso, crema. Lo habitual que obsequiamos en los pueblos. Y aunque está prohibido (es regla interna de FIFA) recibir cualquier tipo de obsequio por parte de equipos o porra de los equipos, yo sabía que lo de ellos nada tenía que ver con el fútbol, lo de ellos era natural del corazón y así con el corazón abierto lo recibí.

El equipo local perdió el partido, pero nadie nos quita la alegría de aquella fiesta deportiva que se vivió en el campo con un árbol tipo ceiba en uno de sus costados.

Cuando recuerdo todas estas cosas lindas que le dio el fútbol y al arbitraje a mi vida, porque en ese momento yo estaba “arriba” era “ejemplo” era “motivación” era “luminaria” me pregunto, si ahora que limpio casas y vivo sin documentos en Estados Unidos, que ahora que estoy en el culo de las exclusiones (así como crecí) en las sombras, en la alcantarilla, trapeando pisos y lavando inodoros, ¿cambiaría la perspectiva que tenían esas personas que me vieron como ejemplo? ¿Si me vieran hoy en día en la calle se cambiarían para el otro lado de la banqueta para no tener que toparse conmigo o también me pedirían un autógrafo y se tomarían una fotografía con una empleada doméstica?

¿Usted que lee este relato, se tomaría una fotografía y le pediría un autógrafo a una empleada doméstica? ¿Cuál es el valor humano de una empleada doméstica? ¿Por qué pedir un autógrafo y una fotografía a alguien que no conocemos, que no sabemos quién es? ¿Por qué pisotear, humillar y explotar a quien nos ayuda en casa, a quien debería ser la empleada más importante?

Siempre me preguntan por qué me negué a dar entrevistas en Guatemala cuando era árbitra de fútbol, mi razón es que crecí invisible, marginada, nadie me buscó para entrevistarme cuando vendía helados, ¿qué de importante puede tener una niña que vende helados? Lo mismo me pregunto con el fútbol, ¿qué de importante puede tener una mujer que dirige juegos de fútbol? Es un trabajo como cualquier otro. No di entrevistas porque no quise aprovecharme de mi profesión para tener las luces de los reflectores puestas en mí. Y hoy escribo los relatos de mis vivencias en el fútbol no para recibir aplausos, no para recibir admiración, ni por nostalgia, ni por que ahora me siento menos y necesito recordar lo que viví para no deprimirme con mi realidad, esta realidad que estoy viviendo yo la escogí y he aprendido tanto de ella que ni estudiando dos doctorados en la universidad. Se aprende tanto de la invisibilidad en la infancia como en la edad adulta.

Lo que he aprendido limpiando casas no me lo da un título universitario, ni las luces de los reflectores en el mundo deportivo. 

Escribo porque son mis vivencias,  y sigo insistiendo en que limpio casas porque para mí es sumamente importante que la visión que tenemos de las empleadas domésticas cambie. Que nos vean más allá de un brazo que limpia una mesa y de unos hombros que trapean el piso. Me pregunto cuántas historias por contar tendrán las empleadas domésticas. Lo que diera para que ellas tuvieran un blog como el mío. Lo que diera para que supieran lo poderosas que son.

¿Tienen un significado distinto estos relatos escritos desde la mano de una empleada doméstica que desde la luz de la fama, verdad? ¿Qué es la fama? 

Bueno, otro día sigo con las Historias de un silbato, por el momento me tengo que alistar para irme a trabajar. Buen día a todos.

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado.

Julio 03 de 2015.

Estados Unidos.

7 pensamientos en “Historias de un silbato. XIV

  1. ¡Ilka!, ¡Ilka!. Ya no sigas con amarguras de hoy. Que màs “dichosota” que tu: con buen tiempo y sin tanto estrès que aprovechas para leer y escribir lo que se te venga en gana. Que bonito eso que cuentas cuando echabas la “silvatada”. Me gustò tanto que hasta me quitò el malhumor que tenìa. Ademàs me hizo recordar que hace muchos años, en mi època de colegial, fui a una aldea de Escuintla, llamada Ceiba Amelia, acompañando al equipo de futbol de mi clase. Recuerdo que fue todo un acontecimiento: todo el pueblo estaba en el campo y hasta crearon una radio para transmitir el partido. Lo màs divertido fue que mis compañeros llegaron bien vestiditos con zapatos Cosmos y los de la aldea sin zapatos, pero nos ganaron 10 a 1. No solo nos ganaron sino que nos dieron huevos, pollos y todo lo que pudieron regalarnos. ¡Que lindo!

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  2. Bueno, pero que es una amargura: Es una aflicciòn o disgusto. Mejor me quedo en espera de tu comentario que dijiste estabas preparando con relaciòn al campeonato mundial femenino de futbol. Acà los diarios de mayor circulaciòn no han dicho nada. Solamente el vespertino Diario La Hora ha incluido algunas notas. En cuanto a la TV solamente Azteca Guate ha transmitido los encuentros.

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    • Usted como lector tiene todo el derecho de pensar lo que guste, de analizar el texto como guste, es su albedrío. No creo que un par de preguntas al aire sean amargura. Ya que habla de otro tema, tengo curiosidad, ¿por qué nunca comenta mis artículos sobre violencia de género y sobre homosexualidad? Me encantaría saber su opinión y así intercambiar comentarios. Abrazos.

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  3. Bueno, ¿Y qué pasa si en lugar de una mujer, quien ejerce el oficio doméstico es un hombre? En la actualidad el ejemplo es escaso, aunque existe. En la época de los griegos y los romanos era algo común. (leer El Satiricón de Petronio, donde tanto esclavos como esclavistas son amantes y se celan como tales).
    Carlos René García Escobar
    cargadorazo@gmail.com

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