La maestra de mi vida.

Aquella noche salí con un compañero de salón con el que recibía clases de inglés   en el Harry S. Truman College, comenzaba a darse una relación de brasa y pasión, él tenía 26 y yo 25. Era marroquí con todo el encanto que tienen los de por allá de los poralles, me fascinaba; era alto, atlético, de piel color verde olivo y una barba espesa que me enloquecía.

Fuimos a uno de sus restaurantes favoritos y conocí por primera vez un poco de la cultura marroquí en la urbe de Chicago. Una estancia que recibía con los brazos a abiertos a marroquíes y extranjeros por igual, me enamoré del lugar y de las personas. Salimos al filo de la media noche y caminamos por las calles desiertas del norte de la ciudad, buscando las estrellas entre tanto edificio que no las dejaban ver surgieron las caricias y los besos que encendieron la pasión, poco a poco nos fuimos acercando al rincón más oscuro de la avenida y sus manos intentaron recorrer mi cuerpo en llamas, mi piel lo deseaba, mis instintos lo llamaban.

Lentamente fue metiendo su mano ávida debajo de mi blusa hasta llegar al sostén, acarició con suavidad mi pezón, una ráfaga venida del pasado me hizo empujarlo y alejarme de él, era la voz de mi Nanoj proveniente de mis años de adolescencia diciéndonos a mi hermana-mamá y a mí: “¡hijas de la gran puta, que no me entere que las tienen arrinconadas en un callejón oscuro porque voy y las despellejo vivas! ¡Si quieren detallarse aquí está el patio de la casa!” Comencé a reír a carcajadas y mi cuerpo se fue resbalando lentamente repesado en la pared del callejón hasta que quedé sentada en el suelo, el marroquí me preguntaba qué sucedía pero yo no podía contestarle, tenía a mí mamá ahí enfrente sentenciándome, “¡que no me entere porque las despellejo vivas!”

Raudas las llamas se volvieron brasas recién apagadas con aguacero de mayo. Mientras manejaba por la autopista de regreso a mi apartamento rentado, escuchaba el retumbar de la voz de mi madre, y no paraba de reír, lloraba y reía. Al siguiente día la llamé por teléfono y le conté lo que me pasó, me dijo: ¡patoja bruta, quién no se deja tocar con 25 años en el alma, te dormiste en tus laureles! Cuando le digo que no tendré hijos me dice que es su culpa que yo tomara esa decisión porque nos sentenció tanto en la infancia y la adolescencia que me quedé con miedo. Ella nada tiene que ver, es decisión propia.

“Dejen algo para mañana, no se lo harten todo hoy, chuchos.” “Si van a coger será porque ustedes tienen ganas, no porque lo tengan que hacer para hartarse, para eso les estoy enseñando un oficio y dando una profesión, para que lo que coman se lo ganen ustedes mismas y no tengan que aguantar a ningún hijueputa.”

“Se van a la fiesta hartadas porque no saben si la pobre gente tiene qué darles de comer.” Eso cuando íbamos a fiestas de la colonia. “Yo no parí hijas melindrosas, se hartan la comida aunque no les guste porque hay tantos niños que no tienen que comer.” Eso cuando nos aburríamos de comer todo el mes caldo de frijoles con tortilla sopeada. “Cuando hablen miren a los ojos porque no tienen nada de qué avergonzarse.” Eso cuando nos gritaban en la calle para ofendernos, ¡ahí van las heladeras!

Cuando comenzaron a aparecer los pretendientes nos decía, “yo les doy la libertad y la confianza, ahí vean ustedes si salen panzonas, porque aún con la peor de las calenturas uno debe pensar y meterse aunque sea una bolsa de la Despensa Familiar, ¡pobre de ustedes si me salen preñadas porque les saco el hijo a patadas!”

Cuando los pretendientes eran de otra clase social y llegaban en sus naves, “que no se les olvide que el del pisto es él, que no me entere que ustedes de brutas andan echando chile con cosas ajenas, ¡porque las majo a pura verga!” “Que no se les olvide que el del pisto es él y que no por tener pisto ustedes se van a poner a gatas y se van a dejar coger, respétense.”

“La gente habla por hablar, ahí ustedes de brutas si les creen todo.” Eso cuando llegábamos asombradas contando alcances que otros nos contaban. “¿yo las jodo, porque les exijo? Lo que estoy haciendo es preparándolas para la vida allá afuera porque allá si las van a joder si se dejan.” “Yo no estoy criando marranadas débiles, hinchen esos ovarios que la vida no es fácil y yo no les seré eterna.”

Cuando yo llegaba despeltrada de haberme peleado en la calle con los patojos me decía: “yo no te digo que busqués pleito, pero si te cucan tampoco pongás la otra mejilla, montales reata.” Y literal me les montaba y les daba en la pura nariz con los puños cerrados, muchos de ellos terminaron siendo mis agarres después de la despelucada. ¡Su enderezada querían!

Unos días después de graduarme de maestra me dijo con un aire de melancolía y orgullo: tenía tanto miedo de que no te graduaras. ¿Por qué? Porque sos el vivo demonio, no tenés paz, sos la pura rebeldía y sin estudio no ibas a tener oportunidades en la vida y me iba a morir sabiendo que te dejé indefensa. Con o sin estudio vos me enseñaste a ser fuerte, me hiciste una roca, me hiciste invencible. Nos dimos un abrazo más como amigas que como madre e hija. Yo comprendía muy bien el significado de las palabras de mi madre, ella creció cortando algodón en una finca, apenas saber leer y escribir, llegó hasta tercero primaria. El sueño de su vida siempre fue que sus hijos terminaran el diversificado. La universidad para nuestra miseria económica era un imposible.

Mi madre es una feminista de las de pura cepa, y no lo sabe, no sabe lo que es el feminismo porque sus alcances en lectura no han pasado de leer dónde y cómo firmar un cheque para pagar la renta. De trabajar a deshoras y haciendo cuentas con los dedos de las manos y los pies para ajustar para la comida. De pasar los años de las mocedades con la espalda encorvada en un surco de algodón, sangrándose las yemas de los dedos. Con los sueños cada día más lejos de su alcance de marginada y jornalera.

Pero lo es, y es una feminista de las buenas. Siempre se preocupó en hacernos mujeres fuertes para enfrentar los embates de la vida. En darnos el albedrío desde niñas para que supiéramos tomar decisiones y hacernos responsables por las consecuencias. Para no vivir bajo la sombra de nadie. Para construir nuestros sueños en nuestras propias bases y no en las alas de alguien más. Para no depender de ningún amor romántico y de ninguna fábula.

Mis recuerdos de ella son de verla siempre trabajando de sol a sol. Pocos abrazos, con poco tiempo para compartir como familia, la nuestra fue un clan que sobrevivía buscándose la vida en la venta de helados, pupusas de chicharrón, atoles, corte de fresa en las fincas, venta de plátanos fritos, venta de leña. Caminando kilómetros de una aldea a otra, atravesando montañas con las hieleras al hombro. El trabajo físico lo tenemos todos y bien molida que tenemos la espalda. Pero ninguno como mis abuelos paternos y maternos, ni como mis padres y mis tíos, todos campesinos, todos jornaleros, todos obreros del día a día en los mil oficios. En los días sin sol…

En la carencia uno aprende a valorar; las palabras, los abrazos, la comida, y se aferra a las pequeñas ilusiones que son la gota de agua que moja nuestros labios reventados para no dejarnos morir en sequía.

“Si van a tirar un golpe láncenlo de frente para no agarrar a traición al otro y lo miran bien a los ojos y pobre de ustedes de ahuevarse, le hacen frente a la respuesta, que para eso las estoy criando enteras.”

Mi relación con mi madre nunca ha sido de mamá-hija, ella para mí es como una hermana también montuna y arisca. Conforme pasan los años me parezco más a ella, en lo físico y en la actitud y es algo que en la adolescencia aborrecí tan solo de imaginarlo. Todo lo cura el tiempo, dicen… De pronto la hiel que habitó en mí toda mi vida, poco a poco se va disolviendo y extrañamente se está convirtiendo en comprensión.

Voy adquiriendo poco a poco la capacidad y la calma para colocarme en sus zapatos, y me duele, me duele mucho, yo no tendría los arrestos para enfrentar la vida desde el umbral de sus ojos. Y la cólera y la frustración y mi arrebatada rebeldía que tantos desvelos le provocó, se están convirtiendo en una admiración inconmensurable.

Sin embargo somos como el agua y el aceite, y estar cerca nos consume, en la distancia hemos aprendido a querernos y a extrañarnos, nos valoramos más, y crece ese amor humano más allá de los lazos de sangre. Y la contemplo niña jornalera en una finca de algodón, y entonces el orgullo que siento de ser su hija borbotea en mi sangre, en mi rebeldía y mi dignidad. Y viene a mí más fuerte que nunca y escucho su voz ronca en mis momentos de rabia, frustración y desaliento diciéndome, ¡respétese!

Con profundo amor y reverencia a la mujer que me parió. A la maestra de mi vida. A mi Nanoj.

Loor a las niñas jornaleras de todos los tiempos.

 

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado

Junio 25 de 2015.

Estados Unidos.

6 pensamientos en “La maestra de mi vida.

  1. Ilka, me deleite con tu pequena historia, a la vez, me acerco a lo que es la idiosincracia de las nanas y tatas de antanyo, que en algo siempre acertaron, lo de darse a respetar, indudablemente regla de oro en la vida. Cuidate mucho. Manana viernes estaremos en Meztli-Citlalin Gallery, es mismo sitio a donde ya has ido.

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  2. Un par de frases no mías en este día que es mi día: Soy MAESTRO. Quien se atreve a enseñar jamás debe dejar de aprender. A veces, dije a veces: se puede amar más alos maestros que a los padres. Los padres nos dan la vida y los maestros nos enseñar el arte de vivir.

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  3. Haay Ilka, que puedo decir…me encantó! Y la madurez que todas estas vivencias te han dejado son invaluables! Bravo por tu Nanoj! Pero…. y el marroquí??? Ya no lo volviste a ver????

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