El país de los roperones.

Yo describo a Estados Unidos como el país de los roperones. Para los migrantes que llegan de Latinoamérica en el éxodo forzado, el país representa una puerta hacia el oscuro sótano del consumismo, la salida de emergencia al desengaño post migratorio. Llenarse de cosas materiales innecesarias para tratar de mitigar el infortunio de la indocumentación y el trabajo mal remunerado. Tratar de adornar por dentro la prisión donde se pudren las almas más sublimes que fueron obligadas a padecer la ausencia y el peregrinaje.

El primer embate es el de la apariencia, hay que fingir a toda costa y que los que se quedaron no se enteren que el país de llegada no los recibió como esperaban, como lo cuentan en las películas y en los reportajes de los periódicos. Que no es la tierra soñada que florece en libertad, y que los anhelos se cargan a mecapal para acompañar las extenuantes horas de trabajo y la soledad, o como cuña para no derrumbarse con tanta afrenta.

En una sociedad tan mercantilista como la estadounidense el triunfo y el éxito se demuestran con cosas materiales. Sí o sí. Aquí no caben plusvalías de intelecto y conciencia si en nada benefician al capitalismo. Esas almas utópicas están destinadas a marchitarse, se agota el cuerpo y la mente. Un espíritu boyante en inocencia y humanidad, en este país queda estéril y se convierte en estorbo. Se rinde y comienza a perecer entre el bullicio de las enormes urbes y el silencio de la evocación.

El consumismo ha llegado a nuestros países y ha logrado instalarse con holgura en los lugares más remotos, en las sociedades más carentes del recurso económico estrafalario, pero ha sido tal la persistencia que hasta en esos lugares las personas han sido adoctrinadas y vinculan la realización personal con lo material. Por ende la presión que existe en el corazón de Estados Unidos es descomunal. Y si se le suma la frustración de la migración indocumentada el consumismo viene siendo una especie de dardo envenenado.

Es necesario enfatizar en el indocumentado porque su realidad es muy distinta de quien migra con el permiso de trabajo. O del que emigra con visa y se queda en el país. La realidad y la experiencia de quien cruza las fronteras sin documentos es y será desgarradora, no se puede minimizar. No pido con esto que se compadezca, porque eso sería una falta de respeto terrible, pido que se analice y se comprenda esa tribulación.

Como primer impacto emocional llegan los roperos. El emigrante latinoamericano raso; ese ser que ha trabajado en el campo, que creció siendo obrero, que ha trabajado en las maquilas, en los mercados. Ese ser que ha vivido en el culo de las clases sociales en su país de origen, al llegar a Estados Unidos lo primero que hace es comprarse un vehículo de doble tracción; como el que usaba su patrón en la finca o el dueño de la fábrica. Un vehículo de doble tracción como el que usa el alcalde, el dueño de las camionetas en su pueblo natal. Como el vehículo el que usa el párroco de la iglesia.

Tiene que ser un vehículo de doble tracción y de ocho cilindros. A ese tipo de vehículo yo le llamo ropero, porque eso parece el gran cajón. Roperos solitarios, vacíos que solo llevan una persona como pasajero y es quien lo conduce.

Un vehículo de doble tracción en la realidad de un indocumentado tiene un impacto emocional que se asemeja al poder. Que nada tiene que ver con la estabilidad emocional, que nada tiene que ver con la realización, es tan solo un intento por llenar el enorme vacío de sentirse inferior y de la idónea apreciación del éxito. Es un intento por sentirse a la altura de su ex patrón. Del caporal que tantas ocasiones lo humilló en la finca donde era mozo. Un vehículo como el del cobrador del mercado, o el del doctor y el ingeniero dueños de casas de verano.

Un vehículo que les provea la comodidad de la superioridad, por una lado y por el otro representa el enorme vacío de no tener con quién compartir semejante logro, porque los seres queridos están en otro país que eventualmente representará el pasado de una vida de nómada. No hay con quien lucirlo ni a quien demostrarle su éxito, por eso son necesarias las fotografías que llegan junto a las remesas, para que las pongan en la sala y los vecinos se mueran de la envidia y la familia se sienta orgullosa porque quien se fue logró el sueño americano.

No importa si en las ciudades donde viven en Estados Unidos no existen los caminos de terracería, que todo sea plano y asfaltado y un vehículo de doble tracción esté de más. Lo que representa en la realización personal de un indocumentado es tema de estudio. Una vertiente hacia las emociones de los que se van.

No importa si para pagarlo tienen que trabajar tres turnos al día, los siete días de la semana. No importa si les toca rentar un apartamento de una habitación junto a 20 personas, no importa si quién le hace favor de firmar como responsable en la agencia le cobra comisión mensual por la renta “del crédito.” No importa nada si ese vehículo representa el éxito en la mísera vida de un indocumentado.

En el país de los roperos conmueve hasta el tuétano todo lo que significa en la vida de un indocumentado el ser dueño de un vehículo de doble tracción. De pronto es necesario que se vea esa otra cara de la moneda, la que tiene impreso el trauma, la miseria, el anhelo y la frustración. La seducción del consumismo. Lo que lleva el enorme vacío de la ausencia, lo que no logra suplir el calor de un abrazo, una comida familiar.

Lo mismo sucede con la ropa, los zapatos, con todo aparato eléctrico que represente lo más nuevo en tecnología. Vemos esas fotografías donde muestran sus logros materiales, pero jamás compartirán una donde estén limpiando baños, trabajando uniformados en las fábricas, donde estén a medio día quemándose con el sol en los campos de cultivo. Y ésa es la verdadera realidad del indocumentado, ningún sueño americano, ninguna realización. Eso representa el fracaso de una tribulación que los hizo cruzar fronteras para llegar a este país a darse en las narices con un enorme muro capitalista, con un sistema insensible a la condición humana de los pueblos que ataca. Con una política migratoria que desacredita, insulta y criminaliza a los indocumentados.

La próxima vez que veamos las fotografías que envía un indocumentado haciendo alarde de su vehículo de doble tracción, pensemos en el enorme vacío que hay en el corazón de esa persona. Ni sintamos lástima, detengámonos a pensar en los estragos que tiene la migración forzada. En lo que significa realmente el éxito, la realización personal y el triunfo.

En el país de los roperos, cada uno de esos armarios rodantes, significa una historia de vida, dolor y frustración. El ego viene siendo un chiste comparado con la realidad del día a día del indocumentado. Es  presa fácil en este país capitalista.

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado.

Abril 12 de 2015.

Estados Unidos.

2 pensamientos en “El país de los roperones.

  1. Vos les lllamas roperos, alla’ por los 70s les llamabamos lanchas pero el mismo resultado; tratar de suprimir la tristeza de no poder compartirlo con nadie. Me deci’a un psiqui’atra en los 70s. La ilusio’n de lo material te pasa en menos de un a~o de haber llegado, luego te das cuanta que todas esas cosas materiales no llenan tu interior y es cuando realmente pega la soledad de vivir en este pai’s.

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