El garrobo de la Simona de tío Lupe y la nía Nanda.

La Simona de tío Lupe y nía Nanda  iba arreando sus vacas rumbo al guatal del morro. Bien distraída es que iba la gran pasmada feliz porque los mangales ya estaban preñados y las flores de pito en su punto, aquellos guindos amarillaban en flores de chacté y San Andrés, las pepescas saltaban en las aguas del río Paz y las chicharras cantaban la alegría del verano en la tierra del jocote corona. Comapa en su aridez seguía siendo la Reina de las Colinas.

Tragando polvo en el camino real es que iba cuando se le apareció con el sol del medio día aquel gran garrobo, cuentan que fue amor a primera vista. Había retornado a su tierra natal uno de los tantos cipotes que se llevó la migración hacia Estados Unidos. En aquellas parvadas que soñaban dejar de ser mozos y comprar sus terrenitos y trabajar en lo propio, se le fueron tres hijos a nía Genoveva, uno decidió regresar y los otros dos se quedaron en el norte trabajando en el corte de manzanas en Washington. Juraron que nunca regresarían a Comapa.

El Nicador que era el mayor de todos siempre extrañó el pueblo, la siembra y la tapisca, el arroz con crema y chipilín, las flores de pito en iguashte, aguar las vacas y el olor a tierra mojada. En el invierno estadounidense siempre deseó estar nadando en las aguas del río Paz y bajar matasanos de los palos, hacer sus morrales de pita y preparar el jabón de aceituno. Echaba de menos la chicha en tiempos de feria y el rescoldo del polletón de la nía Genoveva. Las semitas, el pan de arroz, las quesadillas y los marquesotes. Bailar en el salón comunal las canciones de Los Tigres del Norte. Atravesarse unos pedazos de ayote en dulce y dormir en la hamaca del corredor de su casa. Entrañaba la vida, la pureza de lo natural.

Cortar zacate y desbrozar. Aperchar las cargas de leña y limar su corvo. Hacer adobe y componer las tejas de la casa. Cortar las flores de izote y arreglar los gallineros. Echaba de menos lo que en el norte tantos olvidan.

En Estados Unidos había hecho dinero para comprarse las botas caras que nunca pudo en Comapa pero no las podía usar en invierno, tampoco cuando iba a trabajar, las guardó en su armario y se las puso solo en ocasiones especiales, como para Navidad y para su cumpleaños. Compró camisas a cuadros y pantalones de lona, su sombrero y siempre echó de menos el corvo en el cincho.

Sus dos hermanos se casaron con gringas y aunque arreglaron sus papeles nunca regresaron a Jutiapa. El Nicador que siempre fue hombre de monte nunca ignoró el llamado de la tierra. Se fue de Comapa entrando a la adolescencia y regresó vuelto un hombre. Compró un su picop y un día agarró camino, aún era invierno en Washington pero en Comapa el verano comenzaba a acampar.

En el camino real bajando por la cuesta del antiguo cementerio en la aldea El Pinito se le apareció una gran animala, galana, iba arreando vacas. Nicanor se detuvo y la saludó, la animala apenas levantó lal vista y contestó al saludo.

El garrobo la siguió viendo todas las mañanas, había comprado un terrenito en los alrededores de La Joya en la aldea Las Crucitas, la animala despertó en él lo que ninguna gringa pudo, dejó el picop en su casa y caminó todos los días hacia el terrenito con el único fin de acompañar a la animala que iba a arreando las vacas rumbo al guatal.

Fue un amor inocente, casto y tímido que se fue convirtiendo con el paso de los días en una pasión hirviente que a ninguno de los dos dejó dormir en paz.

Una mañana mientras la animala aguaba las vacas llegó el garrobo, le llevaba un ramo de flores de chacté que había cortado en los guindos del terreno, estaba sudado porque había pasado desherbando el terreno preparándolo para la siembra de mayo.   La encontró en sostén y fustán lavando su vestido en una de las lajas del río, no dio tiempo de pensar, el desvarío fue más fuerte, los cuerpos se buscaron y se encontraron desnudos sombre la hierba bajo la sombra el morro.

El Nicador que ya había estado con tantas mujeres en Estados Unidos no pudo con la pasión desbordante de la Simona de tío Lupe y nía Nanda, que para nada era virginal, ya había estado casada, tenía tres hijos, su esposo se había ido para el norte y allá se había juntado con una europea y tuvo otros hijos olvidando los que dejó. La animala se había bajado las fiebres con cuanto amante quiso, era la comidilla del pueblo, fama de mujer avara y del mundo. Quince años mayor que el Nicador.

Los encuentros sexuales fueron más constantes siempre en el guatal, algunas veces en el río, otras sobre la hierva, siempre con el morro como testigo.   Un día el Nicanor preparó su ropa y se fue a vivir a la casa de la Simona de tío Lupe y nía Nanda. Había encontrado finalmente la familia que siempre soñó. A la animala no le importó la infertilidad del garrobo, ni a él que ella tuviera tres hijos de otro hombre.

Para las fiestas patronales bailan sin descansar las canciones de los Tigres del Norte, el garrobo la ayuda en las labores domésticas, se quedan por las noches viendo las estrellas sentados en la hamaca del corredor. Él desgrana el máiz y ella aporrea el frijol. Ella compone las tejas de la casa y él prepara el arroz con crema y chipilín. Él lava la ropa y ella los platos.

Ella sigue aguando las vacas y él sigue sorprendiéndola con las flores de chacté, los encuentros sexuales dejaron de ser pasionales, eufóricos y urgentes, dieron paso a la confidencia, al erotismo de las caricias, a la calma de la entrega y al placer de amar sin tiempo.

Comapa sigue siendo la Reina de las Colinas y sus hijos siguen migrando hacia el norte, pocos regresan.

La Simona de tío Lupe y nía Nanda sigue siendo la comidilla del pueblo, dicen que de seguro al Nicador le dio a tomar agua de fustán, porque; ¿qué mujer de cascos ligeros se consigue un garrobo como ése, caído del cielo y encima que ayude en la labores domésticas el gran fustanudo? Y aparte más joven que ella. Lo que sucede es que el garrobo en Estados Unidos se avivó y aprendió que en la vida los prejuicios, las calumnias y los estereotipos no sirven de nada, no fue bruto supo que en la vida no todo es dinero y no se afanó con los dólares, se llevó a Comapa lo mejor de Estados Unidos: una cultura que no juzga a la mujer por su vida sexual. Una maestra de escuela les dice que el Nicanor regresó feminista que así deberían ser todos los hombres, pero en el pueblo se persignan cuando la escuchan blasfemar y prefieren apodar al Nicanor como, “El Fustanudo.”

Nota: pensando en la Simona y el Nicanor, me pregunto: ¿cuántos hombres estarían dispuestos a convertirse en fustanudos? ¿Un hombre deja de serlo si es infértil? ¿Qué tiene que ver la edad en el amor? ¿Cuántas mujeres se decidieran a vivir sin reparar en ser la comidilla de la familia, del barrio o del pueblo? ¿Es necesaria la equidad de género o es una fumada de gente que no tiene oficio? ¿Usted qué opina apreciado lector?

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado.

Marzo 06 de 2015.

Estados Unidos.

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