El desconsuelo de crecer.

Nunca imaginé una vida distinta, nunca. Mi vida era entonces la arada verde con linderos lejanos, mis cabritas y las montañas verde botella, allá a los lejos. Dos volcanes allende de mi alcance y en lo alto los cielos azules que en invierno se llenaban de ceniza y se empezaban de agua. Comenzaba a tronar y en instantes caían los chaparrones y las calles de mi arrabal de llenaban de ríos enlodados y los niños salíamos a jugar con barcos de papel y a saltar descalzos sobre los charcos. Qué alegre era la vida entonces. La frágil edad de la inocencia que se va tan rauda para nunca volver.

Nunca imaginé una vida distinta. La mía era ordeñar mis cabritas y conversar con ellas mientras tiraba palanganazos de agua en el patio de tierra y lo barría con el escobillo que había cortado en el monte. Acostarme a arrullar a las cabritas recién nacidas y abrigarme con su calor. Era recogerme los huevos de las gallinas y sentarme a ver el amor con el que cuidaban a sus críos las recién quedadas. Barrer el gallinero y salir con mi manada de marranos a la arada, conseguirles desperdicios de verduras y frutas en el mercado y darles de beber chilate de masa o tortillas tiesas ablandadas en agua.

Mi vida era ver a mi madre con su sombrero de paja bajo el sol de brasa, juntando las cáscaras de encino para venderlas por medida en la leñería que fue nuestro primer intento de sobrevivencia colectiva. Con sus ojos avellana y su rostro enrojecido, robusta, cansada e inquebrantable. Mi vida era ver a mi padre hacer sus galleras y ejercitar sus gallos finos que los fines de semana se llevaba a las peleas.

Por las tardes en el ocaso del día, sentado en su banco tejiendo su atarraya en la puerta del patio trasero mientas silbaba sus canciones rancheras, o cuando pasaba mi madre por ahí atareada con el oficio, le acariciaba las piernas y le recitaba versos de amor que ella aplacaba en el instante   con una palanganada de agua que  le tiraba para que se estuviera sosiego. Entonces los hijos les hacíamos bulla para que se dieran un beso, mi padre se ponía de pie, se arreglaba la camisa ajada e iba tras mi madre que no le ponía asunto, la corría por todo el patio, le tomaba la mano y le daba un beso con su bigote de brocha a lo que su Dulcinea reaccionaba empujándolo y diciéndole: cortáte ese bigote Guayo loco que me raspás la boca. El Quijote entonces la sentenciaba: pero si fue mi bigote lo que le gustó cuando nos juntamos. Los hijos hacíamos apuestas, y la bulla se hacía hasta con los cascarones de tortuga que yo tocaba en las posadas; volaban las palanganadas de agua hasta que don Guayo terminaba empapado y nía Lila volvía a sus oficios.

Nunca imaginé una vida distinta,   lejos de la cama de metal con una pata coja, el cancel de tela y el chuzo como tranca para la puerta del patio, el medio tonel como polletón y la estufa de tres hornillas sobre la mesa de pino. Nunca imaginé una vida más allá del tapial de adobe, mi hielera de helados y los cumes aprendiendo a hablar y pidiendo comida con señas a la hora del almuerzo. Aquel tiempo que se detenía cuando estaban aprendiendo a caminar, cuando calentábamos el agua con el sol para bañarlos dentro de un recipiente plástico en el patio. Cuando jugábamos a que es estanque del patio era una piscina y nos metíamos con todo y ropa cuando no estaba mi mamá. Cuando el alcohol todavía no se me había vuelto sangre. Cuando mi sonrisa era la genuina expresión de la infancia de periferia. Cuando aún no había conocido el dolor de vivir. Cuando quería ser zurda como mi madre.

Nunca imaginé una vida distinta a las reuniones familiares y al matriarcado de mi abuela, mi madre y mis tías. Escuchar las historias de cuando fueron niñas en Comapa y las montañas, la quebrada y el río Paz eran los testigos de sus romances con los enamorados. De cuando iban a aguar las vacas, a sembrar arroz, milpa, frijol y maicillo. De la cosecha de ayotes y el atol shuco y la poleada. De cuando hacían jabón de aceituno y caldo de guías de güisquil y de ayote. De cuando el chipilín floreaba en la aldea y se hermanaba con las flores de campana y las de chacté.

Cuando bailábamos todos contra todos y nos amanecía, los adultos contando historias y los niños sosiegos escuchándolas. De cuando comer carne era un privilegio más allá de portarnos bien, tenía que ver con las hazañas para conseguir el dinero.

Nunca imaginé una vida distinta a la de las tardes sentada en el tapial del patio de atrás, ida, embelesada con las montañas verde botella que a lo lejos arropaban las parvadas de loros. Una vida sin mis amigos del alma, sin las mañanas con el olor del café hirviendo en la jarilla. Sin el molino de masa al pie de la bomba de agua. Sin la aldea con sus vacas lecheras y los palos de guayabo rojo. Sin El Calvario y La Selva. Sin los terrenos con sus hortalizas y sus árboles frutales. Sin mis hortalizas y el olor de las hojas del limón tierno. Sin el caminón hacia el colegio Galilea. Sin mis zapatos de suelas agujeradas y mis calcetas remendadas. Sin empezar el día a las tres de la madrugada a prepararles las pachas a los cumes, a poner a hervir el agua para el café y sin desmoldar los helados. Sin las sonrisas del matriarcado y sin el acento jutiapaneco de la raíz más profunda de mi vida. Sin los tíos zacapanecos contando sus hazañas de juventud. Sin los primos y sin la casita en la calle Éufrates.

Nunca imaginé una vida distinta, nunca. Hasta que se hizo real…, entonces desperté al desconsuelo de crecer y de pronto me veo adulta,  escribiendo en una enorme ciudad industrializada, siendo extranjera, en una catarsis continua que no tiene fin. En la soledad absoluta del psicoanálisis. A veces con mecanismos de defensa. En otras sumergida en cienos y recovecos en las profundidades de mi subconsciente alienado que aflora en poesía. De pronto y la memoria de niña fue la que me hizo escritora, para existir….

Ilka Oliva Corado.

Enero 17 de 2015.

Estados Unidos.

23 pensamientos en “El desconsuelo de crecer.

  1. Dichosa que podes recular en el tiempo y nombrar uno a uno todos esos pequeños y grandes detalles que retratan tu historia y tu vida, desde ishta hasta adolecente y describiendo segun su época, lo que sentias en esos momentos. Con las limitaciones económicas que muchos tenemos, pero con esa riqueza de experiencias vividas, si lo pones en la balanza, te das cuenta que se inclina mas hacia una niñez alegre, travieza y feliz, en comparación a otros niños o familias que no tienen absolutamente nada. No es sano compararse con nada ni con nadie, pues como dice el poema: ¡¡¡Siempre hay alguien mas grande o mas pequeño que tu!!! pero tenes muchisimas cosas mas importantes y valiosas; tu persona, recuerdos de tiempos idos, tus convicciones, tus experiencias, tu sabiduria y nivel académico y sobre todo…………la belleza de poder expresar con palabras todos los sentimientos que se atraviezan por tu cabeza. Tu crónica de hoy, es deliciosa y apreciada en toda la extención de la palabra, porque es leida y vivida por un zacapaneco tan oriental como vos. ¡¡¡GRACIAS!!!

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      • No, sé que no te comparas con alguién y sé tambien que tu autoestima está y debe estar muy alto porque tenes mucho que dar y compartir con nosotros; quién de nuevo se equivoco fuí yo, porque generalice en las circustancias de la vida de la gente y te dije que mientras unos tienen la suerte de oir el canto del chiquirin o comer tamalitos de loroco o chipilin, o un abuelo que se sentaba a umar su cigarro; otros no tienen nada; sin embargo, trate de enmendar inmediatamente y dije que no es sano compararse con nadie, pues como dice el poema: ¡¡¡Siempre hay alguien mas grande o mas pequeño que tu!!! A veces, nuestra mano escribe mas rápido lo que nuestra cabeza piensa y se comenten errores de concepto, a pesar que hablamos en el idioma de Cervantes que es bello y riquisimo. Hasta siempre

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  2. Mi estimada, ayer y hoy te noto nostálgica. Te deseo que veas mucho más hacia adelante. Tu tienes un gran camino que recorrer. Hay que vivir el presente intensamente porque ahora más que nunca no sabemos con precisión que nos depara el futuro . ¡Animo y entusiasmo!, decía mi recordado amigo y maestro el doctor Castro. Castro Umaña, no Castro Ruz.

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  3. No se por qué parece extraño mi comentario. Los mensajes se perciben por seres humanos, por lo que pueden tener interpretaciones denotativas y connotativas. Posiblemente falto decir que me gustó. y ya.

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  4. Ilka: Que belleza de crónica… que entrañable… sólo alguien con la sensibilidad y el talento que tienes tú para escribir, puede lograr que una persona sensible también, se “encuentre” en alguna, o todas tus líneas, antes de pretender encontrarte a ti. No Ilka… no estás nostálgica, ni tienes nada que olvidar, ni nada que superar, ni estás para que nadie te aconseje. Que hermoso que escribas para ti, y para que si alguien desea “encontrarse” en tus líneas, lo haga.

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    • Elvia: eso mismo. Muy pocas personas tienen la capacidad de entender un texto, verlo como relato, sin sentirse con la autoridad -y falta de respeto- de psicoanalizar a quien lo escribe. Me alegra que usted como poeta tenga la sensibilidad de comprenderlo en toda su expresión. Le envío un abrazo.

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  5. Pues en este momento, para que llore, le cuento que me estoy comiendo un excelente tamalito elaborado por una anciana de más de ochenta años. ¡Imagínese ese tamalito!: con aceitunas, alcaparras, tomate asado y…Acompañado de un pirujo adornado con ajonjolí. Algún día vamos a compartir esas delicias chapinas. Va un abrazo, aunque no sea como seguramente abrazaba el Jamaiquino.

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  6. Ja,ja,ja, ¿Qué es eso de carretero? En mi Drae es ese pobre hombre que hala una carreta con pesada carga. Pues yo te llevo en mi espalda aunque me cueste mi vida.

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  7. Mi oficio es escribir. Va un abrazo y gracias por compartir. ” Pero no se enoje” Creo que era una de las tantas expresiones de Roberto Gómez Bolaños., .

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