Para Navidad.

Asomaban los chiflones de diciembre en las copas de los árboles de las aldeas La Selva y El Calvario, hamaqueaban las ramas de los nisperales, las cepas de guineo majunche se preñaban de hojas tiernas que para fin de año servían para envolver los tamales. Aquellos vientos arrastraban la hojarasca por el camino real en el vaivén de los últimos días del año.

Era Ciudad Peronia de la década del 90, covachas y chozas a medio armar comenzaban a poblar aquel enorme descampado, calles de talpetate y lotes con numeraciones en panchas frescas de cemento. A las calles se les dio nombre de ríos, a lo recién invadido de metales y minerales. Se había dejado llegar la muchedumbre que invadió El Asentamiento y La Cuchilla.

Ciudad Peronia se engalanaba entonces con la esencia del arrabal, la habitaron los obreros, los proletarios y los campesinos emigrados del interior del país. Se fue mezclando el norte con el sur, el oriente con el occidente y parvadas de las barriadas capitalinas se amalgamaron en la misma necesidad de techo, aquella periferia brotaba como cogollo tierno en vid de alcantarilla. Única.

El cipotal agarraba camino hacia la aldea en los primeros días de diciembre, con machete en mano para entrar a las montañas y cortar ramas de pinos y cipreses para hacer los árboles navideños. Tengo una fascinación por el musgo blanco que crece en los cipreses, me tocaba encaramarme y hasta que llenaba un costal estaba tranquila.

Después nos íbamos a los basureros a conseguir botes de leche para llenarlos de piedras y hacer la base para poner el arbolito. Ajustar para comprar el papel de regalo con adornos navideños para envolverlo y esconder lo oxidado. Los más desahogados hacían nacimientos. En la casa nunca hicimos uno, era demasiado dinero y para eso no nos alcanzaba.

Se compraban las luces navideñas en la miscelánea del mercado, en La Placita, la 18 calle, La Terminal o en El Guarda. No más de dos rollos porque tres era lujo vedado para nosotros los pobres.

Lo más esperado eran las posadas. En esos años hacíamos farolitos con papel celofán y se llenaban las calles con la romería, mis papás eran muy católicos y eran los encargados junto a otros matrimonios de organizar las posadas. Mi papá me había llevado un casco de tortuga que consiguió en Río Dulce, y lo tocaba con unas baquetas de palo de guayabo que me hizo un señor que vivía en   la entrada del segundo caminito de la aldea La Selva. Trabajaba haciendo muebles. Era el padre Pedro el párroco de la capilla.

En los primeros años de la década del 90, trabajábamos cortando fresas en La Fresera, a las dos de la mañana medio Ciudad Peronia ya iba en camino atravesando las montañas para estar a las seis en punto cortando fresas, salíamos a las seis de la tarde y nos entraba la noche en el camino. Algunos utilizaron el dinero de ese trabajo para comprarse los estrenos, mi hermana y yo se los dimos a mi mamá para ajustar el presupuesto familiar. Nunca estrenamos y nunca tuvimos regalos, primero por el dinero tan escaso en nuestra familia y segundo porque esas fumadas no iban con la forma de pensar de mis papás, -hasta el día de hoy yo no doy ni acepto regalos para Navidad, ni para cumpleaños- lo esencial eran los tamales y el ponche. Y nos costaba tanto ajustar para la mejor cena del año. Siempre fue un lujo hacer tamales. La Navidad para nosotros siempre fueron los tamales.

Un ritual de organización familiar, mi papá era el encargado de preparar la masa y mi mamá el recado. Mi mamá echaba la masa y el recado sobre la hoja de tamal y mi papá, mi hermana y yo envolvíamos. Mi papá y mi hermana mayor al estilo Zacapa, y yo al estilo Jutiapa. Los cumes apenas comenzaban a caminar. Pedíamos fiado unos litros de cerveza en la tienda y nos los bajábamos despacio mientras hacíamos los tamales.

Nunca faltamos al mercado, la venta de helados era primordial, el 24, el 25, el 31 y el 1 son los mejores días del año para la venta. Se vendía el doble. Ese dinero servía para los tamales y para ajustar para los útiles escolares. Por esa razón todo para los tamales se compraba hasta después de haber vendido los helados y hechas las cuentas. Las carreras eran el mero día. Los comenzábamos a hacer por la tarde. Cuando ya teníamos la hieleras lavadas y secándose para que estuvieran listas para el día siguiente.

En Ciudad Peronia poco asunto era la bulla de los regalos y los estrenos. El privilegio eran los cohetes y los bailes callejeros. El cipotal barríamos las calles y pintábamos las orillas con cal. Las puertas de las casas se abrían de par en par y aquel olor a pino blanco nos llenaba el alma. Las hojas de pacaya pegadas en las paredes, los brichos guindando de las vigas, las música de mis adorados Los Tigres del Norte y su Navidad de los pobres, nos hacía llorar y la cantábamos a todo pulmón. La mayoría sintonizaba Radio Ranchera, sacaban las bocinas a las banquetas de talpetate y se hacían los bailes callejeros. La Radio Fiesta y la Tropicalida, tenían música sin anuncios. De dónde ajustar para casetes o discos, los bailes se hacían con la música de la radio.

Abrazo de casa en casa y de ley comerse un tamal y tomarse una taza de ponche y el infaltable trago de piquete.

Así fueron las navidades de la década del 90 en Ciudad Peronia. En mi vida. Cuando estaba la familia completa. Cuando estaban completos mis amigos del alma. Cuando no había conocido el dolor de perder a un ser querido y sentir su ausencia en la médula de mis huesos. Cuando la inocencia superaba cualquier cuento de ficción. Lo que duele perderla y despertar a la realidad de las ausencias y de los infiernos y de los vacíos. Despertar a la vorágine de la vida en su todo con sus yermos y praderas.

¿Y usted, usted cuándo despertó de la inocencia? Porque siempre hay un despertar, y lo que duele…

 

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado

Diciembre 20 de 2014.

Estados Unidos.

Un pensamiento en “Para Navidad.

  1. Que pregunta la del final… El relato me paseó por tu infancia, por tu tierra, por tu historia, y de pronto aparace la pregunta…¿Que cuando desperté?.. cada día lo hago, y cada día duele… muero y renazco cada día.
    Gracias por tan bella historia, y tan provocadora pregunta.
    Saludos.

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