Los emigrados sin nombre, sin patria y sin huellas.

I.
En la madrugada de un domingo cualquiera
En la tarde de un jueves inusual
Los días no importan, no tienen nombre
No tienen horas tan solo la pena que solloza la muerte
 
La muerte de los indocumentados que de paso van
Con los labios secos, con el sudor en sus frentes
Cargando en sus hombros la dificultad
Caminando desiertos, sangrando sus pechos
Las vidas sin techos que marchándose están
 
Los días sin nombre se llenan de ausencias
Los minutos espesos se vuelven sopor
Dolor en el alma, dolor en el cuerpo
Caminan los muertos de la migración.
II.
Prometieron regresar
Se fueron al norte
A buscar el sustento
Hoy son tantos los muertos
De la necesidad
Quedaron regados
Los huesos quebrados
Sin huella de vida
En la tribulación
No regresaron
Los emigrados
Tampoco tienen panteón.
III.
Un sorbo de café en la madrugada
La mañana azareada las despedirá
Se van las parvadas
De vidas truncadas
A morir en los ríos
Dejando a sus críos
Sangrando en dolor
 
A morir en los muros
Dejando los sueños
Sin realización
 
A morir en los desiertos
Dejando a sus muertos
En otro panteón
 
A morir en los vagones
Dejando sus ilusiones
En otra estación.
IV.
Los emigrados sin nombre
Sin patria y sin huellas
Son viento que sopla
Arrastrando las penas
De panteón en panteón
Ninguno es el propio
No tienen terruño
Son polvo que cubre
La cruz de madera
En alguna ladera
Entre el vacío y el horror.
V.
A pesar de todo
A pesar de todos
Se van
Qué nadie los detenga
Qué nadie se interponga
Qué nadie los estigmatice
Qué nadie los doblegue
Qué nadie los torture
Qué nadie los asesine
Déjenlos transitar
Son los emigrados
Qué van a triunfar
No los enjaulen
Ellos saben volar.
 
Ilka Oliva Corado.
Noviembre 09 de 2014.
Estados Unidos.
 

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