El R.

Lo conocí cuando entré a estudiar magisterio de Educación Física, él ya tenía como quince años de graduado y trabajaba a un costado de la escuela en la Dirección General de Educación Física. De uno de los corredores del segundo nivel de la escuela se veía el patio de la oficina donde él trabajaba y las patojas lo molestaban cuando lo veían pasar, le silbaban y le decían cada cosa que el pobre hombre se sonrojaba y entre sonrisas las saludaba.

Así pasó el año, entre silbidos y bromas y las invitaciones al cine que le hacían las patojas, siempre les decía que para la siguiente semana y así las tuvo y nunca fue. A la hora de salida en la tarde las patojas lo esperaban para que las acompañara a la estación de buses, las primeras cuadras las caminábamos en parvada por toda la 18 calle buscando la 4ta. Avenida de la zona 1, pero llegando al colegio Mateo Perrone yo agilizaba el paso y aquellas se quedaban silbando en la loma, embobadas con los estudiantes y más cuando era época de desfiles, alucinaban con los gastadores.

En quinto magisterio el R., comenzó a esperarme a la hora de salida y nos íbamos conversando hasta llegar a la 4ta. Ave., y así creció una amistad, él era el que hablaba y yo lo escuchaba, las tardes de los miércoles que era la tarde libre de la sección mientras los patojos se iban al cine o a emborracharse a “La Oficina” –un comedor que quedaba cerca de la escuela- yo me iba a la librería Loyola al Centro Histórico, me encantaba pasarme la tarde viendo libros aunque no tenía dinero para comprarlos era mi fascinación sentir el olor de las hojas nuevas y leer los títulos, al R., le dio por acompañarme y se nos hizo rutina, algunas veces él proponía que nos fuéramos a volar pata al Cerrito del Carmen, en otras nos íbamos al Hipódromo del Norte.

Vivía en la zona 1 cerca del Palacio Nacional, por ahí alquilaba un cuarto, nos sentábamos en la plaza, en otras no íbamos a la Biblioteca Nacional o a la Hemeroteca. Un día me enseñó todo el recorrido que realizan los estudiantes de la Universidad de San Carlos cuando es la Huelga de Dolores, agarramos desde la 18 calle hasta llegar a donde finaliza, esa misma tarde me enseñó el lugar exacto donde mataron a Oliverio Castañeda de León, me hablaba de los mártires, de los guerrilleros, de los socialistas y comunistas, y yo me quedaba en la luna, no entendía lo que me quería explicar.

Me hablaba de un tal Karl Marx, de un Engels, de una tal Rosa Luxemburgo y de una mentada Revolución Industrial. De dictaduras en Latinoamérica y de un mentado Fidel Castro. No entendía lo que me quería explicar, en ese tiempo mi mente estaba ocupada entre las materias que estaba dejando de retrancas y las naranjas que tenía que pelar para vender con pepita a la hora del recreo para poder ayudarme con los gastos del pasaje. Lo escuchaba hablar pero no prestaba atención, mis pensamientos volaban hacia otro lugar que siempre fue itinerante, nunca han tenido sitio fijo.

Días hablaba de un tal Camilo Cienfuegos, de un Monseñor Romero y yo seguía en las mismas, con mis pensamientos perdidos en algún lugar lejano y observando su barba cerrada y su cabello largo. Le dediqué esa canción, “El extraño del pelo largo”. Y él, “El breve espacio en que no estás.”

Me llevaba 17 años. Vestía pantalón de lona, un su morralito colgado del hombro y camisa manga larga que siempre se arrollaba hasta los codos. Yo también tengo el mismo estilo en la época del frío, siempre lo tuve porque es mi manera de reverenciar a mi abuela materna que viste así y me fascina. Se arrolla las mangas y comienza a tortear, con esas sus manos grandes palmea la masa y se inflan las tortillas en el comalón de barro.

Nació un amor distinto, entre las conversaciones, nuestros paseos por el Centro Histórico y los libros de la Loyola. Yo como siempre no estaba preparada para algo tan intenso, nunca lo he estado realmente, para los amores tórridos siempre he estado desarmada. Aunque siempre quiso invitarme a comer nunca lo permití, me cuesta tanto dejarme invitar, entonces lo que hacíamos después de negociar las decisiones era que él me prestaba el dinero para pagar mi comida y después se lo pagaba, a los días llegaba yo con el dinero y no me lo quería recibir, le hacía berrinche hasta que enfadado extendía la mano y lo recibía.

Una tarde al salir de la Loyola me llevó a conocer El Portal del Comercio, entonces me habló de las novelas de un tal Miguel Ángel Asturias y de un personaje llamado Cara de Ángel, y también de una Revolución del 44. Una tarde mientras llovía me invitó a Las Cien Puertas y enloquecí. Me fascinó el lugar, pocas veces había salido, mi vida había transcurrido hasta entonces entre el mercado La Terminal, el mercado de Ciudad Peronia y la escuela de Educación Física, ni los cines conocía. Me maravilló el lugar y quedó estampada en mi memoria esa tarde de lluvia, panes con frijoles y un vaso de cerveza.

Para sexto magisterio el amor ya tenía raíces profundas pero yo decidí mantener intocable la amistad, los patojos de la escuela ya nos veían como una pareja estable con cimientos poderosos, y por más que yo me enfadara explicándoles que éramos solo amigos aquellos ya se habían auto invitado a la boda y a él le brillaban los ojos cada vez que alguien nos veía como esposos.

Y yo le decía que si de verdad se quería casar con un silencio que no expresaba y que no podía hablar, me decía que ese silencio solo se estaba preparando porque ese volcán un día haría erupción. Me decía que yo no era mujer para casarme porque era demasiado libre para enjaularme. ¿Mujer? Le cuestionaba yo que me veía a mí misma como una niña –hasta el sol de hoy-. Sí, sos una mujer en cuerpo de niña, tenés alma añeja y la madurez de una mujer ancestral. Vos sos compañera, me dijo. ¿Compañera? Sí, sos una compañera revolucionaria, sos rebelde.   ¿Revolucionaria? Sí. Y en la cafetería donde estábamos tomando café, sacó un pedazo de papel, prestó un lapicero y comenzó a dibujar, a los pocos minutos me lo entregó finalizado, era el rostro de un hombre que tenía una boina con una estrella, también una barba como la suya. ¿Quién es? Le pregunté. Es Ernesto Che Guevara. Me quedé igual, era para mí un dibujo cualquiera. Un día comprenderás la razón de este dibujo y de este obsequio, me dijo. Entonces me habló de los guerrilleros guatemaltecos y de las faldas de los volcanes.

Cuando íbamos a la Ciudad Olímpica nos sentábamos en los jardines de la Piscina Olímpica o en los alrededores del Mateo Flores, en tantas ocasiones nos acostamos sobre la grama y veíamos pasar las nubes y los aviones.

Ha sido de los pocos hombres que me ha visto a los ojos y me ha sostenido la mirada sin intimidarse y eso me cautivó pero no se lo pude decir porque no podía expresar con mi voz, me lo tragué, pero lo leyó en mi mirada.

Me dijo que era una poeta de alma melancólica y que un día esos poemas iban a salir a bortones porque aunque me negara o no me diera cuenta estaban en mí hirvientes como la sangre que tenía en mis venas.

El día de mi graduación no quiso importunar y se quedó afuera, de lejos me saludó, nadie se percató que ahí estaba el R., y a mí el corazón se me revelaba.

Nos vimos una semana después y me llamó colega y compañera, también era maestro de Educación Física, me preguntó si quería ser su novia cuando cumpliera la mayoría de edad y le dije que era demasiado hermoso lo que teníamos como para echarlo a perder con un noviazgo, lo tomé de las manos, me recosté en su pecho y después le di un tierno beso en sus labios insurgentes y fue esa nuestra despedida. Yo decidí alejarme. -Aguacata que soy para las querencias-.

Había estudiado psicología y ya iba por la segunda licenciatura en la Universidad de San Carlos. A los años me lo encontré en el Centro Universitario Metropolitano, yo estaba estudiando psicología y él iba por unos trámites. Lo vi aparecer entre la multitud de estudiantes subiendo las gradas que están a un costado de la cancha de baloncesto, yo salía del edificio donde estaba mi sección, corrí con todas mis fuerzas y salté a horcajadas en su cintura, nos abrazamos como dos enamorados empedernidos, yo ya estaba comprometida con mi novio de ese entonces, nos tomamos un café y me dijo que me había visto en televisión y que seguía de cerca mi carrera como árbitra de fútbol, que tenía todos los recortes de periódico. El deporte es tu pasión, me dijo, pero tu vida serán las letras, terminarás escribiendo poesía porque nadie puede contra su propia naturaleza.

¿Cómo lo supo? Quisiera preguntarle ahora. No lo volví a ver. ¿Sabrá que emigré? Cómo quisiera correr de nuevo, saltar sobre su cintura y decirle al oído que soy poeta, de pronto hacer de cada poro de su piel un verso de una poesía nocturna. Pero uso un morralito colgado del hombro, es mi forma de decirle que está conmigo, que está en mí. Es por él que me fascinan los hombres velludos, de pelo cano y de barba espesa, mínimo que me lleven 17 años.

Brincos diera de ser revolucionaria, apenas comienzo a entender el por qué de sus pláticas de memoria histórica y rebelión.

Para el R., con este indeleble amor de compañera.

 

Ilka Oliva Corado.

Octubre 15 de 2014.

Estados Unidos.

 

2 pensamientos en “El R.

  1. Que bella historia! Y si, lo rebelde te brinca por todos los poros… Yo no lo habría dejado alejarse! Pero tenés razón el bonito recuerdo que esta linda amistad te dejó no tiene precio. Gracias por compartirla.

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  2. Sí. evidentemente este cuate estaba organizado y también trataba de organizarte respetando sus sentimientos amorosos como todo buen revolucionario de entonces… Pero la vida es así… Cuando uno siente, lo mejor ya pasó…
    Carloss René García Escobar
    cargadorazo@gmail.com

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