Las niñas del inframundo.

Las vemos todos los días en cualquier esquina. Las niñas del inframundo cargan sobre su cabeza en la cintura, en la espalda, con un los males de la sociedad: racismo, estereotipos, discriminación, humillaciones, violaciones. Cargan con un hijo que les fue impuesto producto de una violación, por parte de un familiar o de un esposo con el que la casaron a la fuerza. Cargan con la desigualdad enraizada que también fue yugo para sus ancestras.

Son las que maduran prematuramente, son las niñas adultas y son las adultas a las que la infancia les fue arrebata, las de un vacío interminable como eco. Son a quienes las  circunstancias y desigualdades han hecho arrechas, chispudas, despiertas, ariscas. A las que el desamor familiar, comunitario y de la sociedad han endurecido guardando la ternura bajo siete llaves y custodiándola de cualquier anuncio de asalto. La defienden con la vida. Son las que miran de frente, las que no le tienen miedo a nada porque lo peor ya les pasó.

Son las eternas sonrisas transparentes que anuncian incomprensión, desazón, y una ensombrecida ilusión que endulzan con un poco de rapadura en tortilla caliente. Con un poco de melaza del campo donde cortan caña de azúcar. La sal que les viene de las lágrimas amargas y que quieren endulzar con la esperanza. Son las que limpian ñusca en casa ajena.

Son las niñas que se sangran las yemas de los dedos cortando algodón en los campos del mundo entero. Las que cortan las frutas que luego son servidas en bandeja de plata en las cenas de gala en las mansiones de los millonarios. Las que tiñen las alfombras, las que limpian la sangre del rastro ovino del pueblo o de la ciudad. Son las que ven pasar la vida a través un tragaluz de maquiladora. Las transgredidas. Las que reciben palo noche y día. Las mal habladas.

Son las que caminan sobre el lodo con sus canastos de tortillas que salen a vender, bajo la lluvia ofreciendo tamales de casa en casa, las que arman los escaparates errantes en el mercado callejero, son las que reparten refacciones, las que anuncian los almuerzos en los cafeterías, las que venden chicles en las esquinas. Son las del folclore y la foto típica del recuerdo. Son las chupa penes por orden de sus mamás, por tranzas de sus papás. Por secuestradas, por explotadas.

Las niñas del inframundo son las que comen una vez al día cuando se puede, son las que pican piedra, las que limpian las mesas, los vómitos y los baños en las cantinas. Las que ponen la ficha en la rocola y bailan con el cliente que las terminará violando. Que descardará toda su rabia, toda su perversión. Son los cuerpos mutilados, son las fosas clandestinas. Son estadísticas. Tesis. Coyunturas. Pancartas. Artículos. Poesías. Llanto. Son vacíos. Son el jamás regresará. Son los huesos rotos. Son las vaginas destrozadas. Son las manitas perfumadas con agua del chaparrón. Son las miradas aisladas. La lírica del caminón.

Avanzan como espectros por las noches subidas en zapatos de tacón, maquilladas a la fuerza, son las putitas que se son obligadas a venderse a cambio de un cigarro, de una dosis de droga, de una inyección que las aliviana. Son las traga fuego, las limpia vidrios, las que extienden la mano en el semáforo. Las que deambulan por las madrugadas buscando comida en los basureros. Las que se paran como moscas en la entrada de un restaurante. Las que nunca aprenden a leer y a escribir, las que jamás pisarán una universidad. Las sin casa, sin familia, sin sueños.

Las eternas marginadas. Las obligadas a emigrar.

Son las cipotas de barrio, las escorias de la periferia, son las indias patas rajadas de los pueblos. Son las que no lloran, las que no ríen, las que ríen a carcajadas, las que lloran en soledad. Son las que duermen sobre un cartón en la ciudad. Son las que se pudren en las cárceles. Son las mareras, las tatuadas. Las putas saladas.

Son sidosas, las piojosas, las de cualquier enfermedad. Las que no tienen edad. Las que no se ahuevan. Las que no se rajan. Las que enfrentan la adversidad. Son las caóticas, los trastornos, las enloquecidas.

Son las que no tienen pudor, ni vergüenza, ni pena, son las condenadas a la invisibilidad. Son las huele pega, las drogadictas, las suicidas, las rameras, las de una sola voz. Son la alcantarilla, la colilla del cigarro, el fragor de la hoguera.

Son revolucionarias, autónomas, rebeldes. No son jauría, son legión. ¿Por qué? Porque nada les fue dado, porque se lo quitaron todo, porque se han parido a ellas mismas una y otra vez y eso las hace invencibles, indoblegables, ingobernables. Ellas son la hermosura del inframundo. ¿Quién para tener el tesón de las marginadas? ¿Quién como ellas para tener la transparencia de las que no tienen nada? Nada más que el ímpetu, la conciencia y la libertad, que es todo. ¿Quién?

En el Día Internacional de la Niña.

Para las niñas que habitan el inframundo, con la venia de la periferia y el zanjón. Loor a las grandes.

Dedicadísima, hoy y siempre a las cipotas de barrio.

Ilka Oliva Corado.

Octubre 11 de 2014.

Estados Unidos.

4 pensamientos en “Las niñas del inframundo.

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