El arralón con el Sergio el bailador.

Tocaron la puerta a la hora acordada, el apartamento estaba lleno a reventar de santas, no tan santas y de putas; putas sosegadas, medio traviesas y de las pervertidas. Mosquitas muertas, moribundas y de las avispadas. Todas habían sido citadas para celebrar la despedida de soltera de la enclenque que se iba a casar por todas las leyes habidas y por haber con su marinovio, un zopenco con quien llevaba una relación –tormentosa- de tres años.

Del bacanal solo dos tenían documentos legales en el país el resto eran indocumentadas. Entre que esposas, amantes, novias, solteras. Entre que jovencitas, medio sazonas y maduras. Entre que prejuiciosas, racistas y oportunistas. Entre que amigas, conocidas y juzgonas. Entre que madres, abuelas, preñadas y vírgenes –ajá-. Entre que pueblerinas y capitalinas. Entre que centroamericanas y mexicanas. Entre que unas hablaban inglés porque fingían que ya habían olvidado el español, otras empinándose los vasos de bebidas espirituosas, unas aparentando no beber alcohol pero a escondidas de un solo se bajaban la botella de cerveza. Entre que todas se atipujaron de comida y se llenaron la panza a reventar, entre que no se daba abasto el baño.

Entre que solo tres habían visto un stripper en persona, entre que el resto tenía la curiosidad. Entre que unas ovulando, otras menstruando, muchas excitadas y el resto bien gracias. Entre que la mayoría persignadas pero ardiendo en fiebre que el stripper les tenía que quitar. Ahuevadas porque no tenían extinguidor por si alguna agarraba fuego sola y antes de que se propagara tenían que apagarla, alistaron varios guacalazos de agua.

La mayoría con vestidos nuevos, parecían cacatúas y guacamayas con esos peinados extravagantes que se hacen las monas cuando se visten de seda, aquella pestilencia en el recinto por los baños –de asientos- en loción que se hicieron. Las juzgonas, las envidiosas, las endiosadas, las meras, meras putas disfrazadas de castidad.

Unas fingían no tener la urgencia de ver al stripper, otras se delataban con la desesperación de quien muere de sed y busca moribunda un vaso de agua.

Tocaron a la puerta y abrieron, era un soldado del Army con lo cual todas gritaron alarmadas, ¡la migra! Y se tiramos al suelo, era la migra con todo y el Army. Eso pensaron, ¡la migra! Pero era el stripper disfrazado de soldado; ¡les  volvió el alma al cuerpo!

Un hijueputón de aquellos toros sebucanos. Un moreno precioso con los músculos en su sitio y bien trabajados. Aquel trasero que despertada el deseo de agarrarlo a nalgadas. Esos pechos como para agarrarlos de almohada y dormir la mona. Esos labios para comérselos a mordidas.

Apagaron las luces por unos instantes, encendieron la música y comenzó el espectáculo, aquel potro salvaje necesitaba de domadoras y las primeras que se aventaron al ruedo fueron las santas apostólicas. Las evangélicas se resistieron dos canciones pero en la tercera lo jinetearon con experiencia de mujeres que saben lidiar muy bien con sementales. Las mosquitas muertas corrían de un lado a otro intentando no dejarse atrapar por el soldado que a esas alturas solo estaba en tanga dejando ver el paquete de cohetes que solo necesitaba de un fosforazo, nosotras por si las moscas listas con los guacalazos de agua por si los incendios desproporcionados.

Las mosquitas muertas ya entradas en confianza le tocaron hasta el agujero nutricio, la laringe y quisieron comprobar si la tráquea estaba ubicada en medio de las piernas como lo habían pensado pero él les enseñó que ahí solo tenía un muñecón – de tortillas- que se llamaba Sergio el bailador.

Se acaloraron las que andaban en su época de menopausia, a las menstruantes se les fue la regla y ni saludos les dejó. Las monjas lanzaron el hábito en el bote de basura y las persignadas dejaron los rezos para después del pecado capital, porque seguras estaban que se irían al infierno con todo y penas.

Las vírgenes expertas en potros salvajes agarraron rienda cuando lo montaron con silla, en aparejo y a pelo. Corcoveaba aquel semental y ellas diestras en esos asuntos lo dejaron tan cansado que tuvo que pedir unos minutos para beberse un trago de tequila.

La que quería podía calibrar el aire de las nalgas,  las que tenían dudas podían darse por enteradas que esos pechos no eran de silicón. Las abuelas es un abrir y cerrar de ojos le pasaron báscula y en el trámite dos perdieron las placas. La novia fue la menos afortunada porque las santas, las monjas, las evangélicas y las persignadas dejaron salir la furia que llevaban dentro, lo hicieron barrido. Se despidió cabizbajo como convertido en buey de yunta. Quedó comprobado que no hay potro que por muy salvaje una buena jinete no pueda domar.

Y así fue como el arralón se convirtió en un bacanal inolvidable para las que asistieron a la despedida de soltera de la enclenque.

A la salú de las santas, mosquitas muertas, de las puras y castas, de las eternas vírgenes que siempre son las que más se divierten.

Ilka Oliva Corado.

Octubre 06 de 2014.

Estados Unidos.

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