No es una pollería cualquiera.

Aquella tarde mientras pastoreaba las frías horas del invierno sentada en el balcón y pensando en que pronto podría sembrar mi parcela de tomates cuando llegaran los aires primaverales, un mensaje en mi teléfono celular interrumpió mi ensoñación, recibí una fotografía vía WhatsApp. Era un mensaje de una alera que llegó a mí a través de mis letras, mordió el anzuelo con mi texto La Terminal brilla con luz propia, hasta este instante éramos dos totales desconocidas, recuerdo que en esa ocasión me escribió comentando el relato y de ahí pal real de lectora se convirtió en alera…

(¿No es curioso? Esto de escribir en soledad y que otras personas lean y algunas sientan afinidad y que sean las letras las encargadas de crear puentes y de ver nacer amistades. –De ver alejarse a personas queridas, también-).

Era una fotografía de una pollería, no era una pollería cualquiera era la venta de pollo de doña Gloria en el mercado de mis amores. Comencé a llorar emocionada no podía responderle el texto, me dijo que había leído otro relato mío llamado Diciembre en el mercado de Ciudad Peronia, y que le se lo compartió a su hermano y él le comentó que conocía a doña Gloria, la señora de lo que yo hablaba en el relato. Su trabajo lo llevaba a visitar distintos mercados del casco urbano y también el de Ciudad Peronia y ahí fue conociendo a los vendedores.

La fotografía fue tomada de frente y se ve toda la pollería y al centro doña Gloria y una de sus hijas, están con sus gabachas puestas, y con sus sonrisas inconfundibles, de las riquezas que guardo en mi corazón.

Dice el fotógrafo que les pidió que posaran para la cámara del teléfono celular porque esa fotografía iba directo a Estados Unidos, era para Ilka.

¿Para Ilka? Sí. ¿Conoce a Ilka? No, pero leo lo que escribe. ¿Escribe? Sí, ella es escritora. Y posaron con la coquetería natural de la mujer de mercado.

Y así viajó la fotografía, del celular del hermano para el de mi alera que estaba trabajando y en un parpadear de ojos me la envió y cruzó fronteras de tiempo y distancia y llegó a mí que la recibí emocionada con la alegría de la niña heladera. Acompañando la fotografía venían los saludos de doña Gloria y de su hija. Reculé en el tiempo y rodé y rodé entre lágrimas, risas y suspiros. Qué fidelidad la de la memoria que no olvida lo importante y lo que transforma. Mi escuela fue mi mercado, ahí está mi raíz cualquier otro centro educativo lo pasé de madrugada.

Me pasé la tarde llorando a moco tendido, suspirando, riendo, volviendo a llorar, viajando en el tiempo, recordando tantos momentos únicos por difíciles; de angustia, desencanto, de ligereza, alegría y satisfacción. Tanto que se vive en un mercado. La pena de vender y sacar para la comida, para los gastos de la casa, en mi caso agregado pagar la mensualidad del colegio y era lo que más me angustiaba, no ajustar para fin de mes y llegar con mis once ovejas a la oficina del colegio a pedir que por favor me esperaran para la siguiente semana. El director vio mi carga muy pesada el primer año de los básicos y sesionó con los otros dueños del establecimiento y decidieron darme media beca, no por inteligente porque nunca pude lograr más que el promedio básico y pasaba las materias raspadita, pero sé que lo hicieron para ayudarme económicamente. En mi educación contribuyeron muchas personas, fue un aporte colectivo: vecinas que me prestaban para el pasaje, vendedores del mercado que me seguían la corriente en mis rifas de doble litro de gaseosa, me compraban los adornos navideños que hacía de papel, mis compañeros de escuela que me compraban las naranjas que vendía a la hora del recreo. ¿Cómo podría tener ego una niña heladera que le debe tanto a tantas personas que confiaron en ella? En mi casa me han dicho toda la vida que soy candil de la calle oscuridad de su casa, y seguro que así es, a mí la calle me ha hecho lo que soy y a la calle que le debo y a la calle honro.

Medio mundo me dice que soy una persona carismática y muy sociable, yo por dentro me veo totalmente distinta, pero sí les creo lo de no ser tímida porque desde niña perdí la vergüenza, de otra forma no hubiera comido, vestido ni estudiado. De otra forma, ¿cómo ayudaba a sacar adelante a mis hermanos? La calle me lo ha dado todo y son los seres inconexos de la habitan los más sabios que he conocido en mi vida.

Hacía tantos años que no veía a doña Gloria, ese mercado que fue mi escuela. Observé la fotografía con la fascinación de un descubrimiento, de un reencuentro, con la emoción del primer amor, de la primera oportunidad, del agradecimiento infinito.

Lloré y lloré como niña, vi la esquina donde me paraba con mi hielera y recordé las tantas ocasiones en que el cobrador quiso sacarme a patadas del mercado y doña Gloria me ayudaba a esconder mi hielera abajo del mostrador y yo le daba la vuelta al mercado en lo que él pasada, para que no me viera ahí y pensara que no había llegado a vender.

Las tantas veces en que llegué muriéndome de la gripe, con la fiebre a todo lo que da y con la garganta cerrada, y tenía que estar ahí con mi hielera juntando los centavos para fin de mes, doña Gloria me hacía té, mandaba a comprar caldo de pollo, me envolvía con sus suéteres y me acostaba abajo del mostrador y ella vendía los helados o lo hacía alguna de sus hijas, lograba descansar las horas de la mañana porque yéndome me esperaba mi rutina diaria. Era una niñita con las piernas cenizas que veía pasar la vida desde la puerta del mercado; jamás imaginé ni en sueños ni en mis peores borracheras que, emigraría y mucho menos en la forma en que lo hice, el norte no era mi ilusión, era mi enfado porque se había llevado a tantos de mis amigos del alma y nunca me los regresó.

Aquí estoy en ese norte, conociéndolo desde la entraña de la marginidad indocumentada, tratando de entender por qué se llevó a mis amigos, por qué no permite que regresen tantos millones de emigrantes, por qué los engaña, por qué los discrimina, por qué lo utiliza, por qué es esta la única salida emergencia cuando la migración es forzada; ésta es otra escuela y estoy aquí porque estaba en mi camino y porque es la consecuencia de mi decisión de la cual no me arrepiento, es el horizonte que no lograba ver desde la puerta del mercado porque más allá de las nubes estaba el lugar donde encontraría mi razón de ser. Lejos, tan lejos de mi gran amor: mi periferia.

Porque aquí el abecedario en mis manos de niña heladera contaría historias que nadie quiere escuchar, porque le daría voz a los que vagan confundidos y desahuciados en la exclusión de la salida y la llegada, a los que no tuvieron oportunidad aprender a leer ni a escribir, a los que la frontera los dejó sin aliento, sin memoria, trastornados. Porque soy una de ellos y lo relato en mi vena, en mi propio dolor, en mi propia decepción, en mi percepción que por ser indocumentada también es colectiva y de tantos matices y emociones. ¿De dónde viene mi escuela sin un diploma? Del mercado de mis amores donde los títulos y pergaminos se usan como papel higiénico.

Para: Gladys Bala. Gracias por la delicadeza…

Para: doña Gloria, con la reverencia del agradecimiento infinito.

Ilka Oliva Corado.

Septiembre 29 de 2014.

Estados Unidos.

2 pensamientos en “No es una pollería cualquiera.

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