La tarde en que Alfredo no llegó.

A los días de nosotros recién llegados a Ciudad Peronia también llegó otra familia de occidente, hicieron su covacha en el último terreno de la calle Danubio a un costado de la arada que hoy en día es la colonia Jerusalén. Muy poco español hablaban y eran discriminados por su condición de herederos de los pueblos milenarios, tenían dos hijos una niña y un niño, a los años tuvieron al tercero. Los mayores eran de una edad conmigo. Ellas se vestían con sus cortes y sus huipiles, ellos con sus pantalones de tela y sus camisas blancas. Para llegar de la calle Éufrates a la Danubio o a la calle de la bomba de agua y bajar a las calles de gradas camino al colegio Galilea nos íbamos por la arada para no dar la vuelta por toda la calle, bajar al bulevar y subir a la Danubio, hicimos un camino entre el zacatal y pasábamos por la casa de la familia de Alfredo, él era uno de los dos hijos mayores.

Se detenía el tiempo porque como tenían circulado con malla el terreno podíamos ver las hortalizas sembradas al estilo de occidente que era muy distinto a la forma en que mi mamá tenía sembrada su parcela de oriente. Sembraban en distintos tiempos del año, también. Pasaba con mi bolsón rumbo al colegio y me quedaba suspirando viendo las plantas de tomate, culantro, los chiles, tenía milpa, güisquilar, guías de ayote. Cuando no teníamos íbamos a su casa a pedirle.

La hermana de Alfredo era tímida pero más lo era él y costaba que los patojos le dieran juego porque era indígena, él era de la calle Danubio y yo vivía en la Éufrates, estaban a la par, un día lo invité a jugar con nosotros aunque nunca perteneció totalmente a la marita de los 17 que andábamos como uña y mugre barranqueando y rompiéndonos las narices a trompadas con medio mundo; siempre estuvo cerca y siempre me buscó y siempre lo arropé, éramos polos opuestos.

En su timidez con la única que podía hablar era conmigo, me contaba de las patojas que le gustaban y de cómo lo rechazaban porque era indígena, y yo también me daba cuenta, y quería pegarles una arrastrada de aquellas y las paraba en la calle y les decía que por mínimo pero que por mínimo que fuera el desprecio que le hicieran a él por indígena se las iban a ver conmigo, que una cosa era no querer tener nada que ver con alguien y otra discriminarlo. Si hay algo que no soporto en esta vida es el racismo, al grado que me hace hervir la sangre en segundos y en mis tiempos de infancia y adolescencia mi única forma de expresión fue a base de trompadas y todos mis pleitos callejeros tuvieron razón de ser, era cuando veía algo que no era justo que me les dejaba ir encima con toda la fuerza de la indignación. Mis amigos del alma, los que ya han sido puestos a prueba son: recogedores de basura, albañiles, cargadores de bultos, leñeros, son mozos, trabajan en maquilas, la única que logró pasar de sexto primaria fui yo, y yo merita pongo el pecho por todos porque nuestra amistad se hizo en la peor de las miserias y en la infinidad del amor de periferia. Hoy en día soy escritora y muchas personas se acercan quieren estar próximas a la bloguera, y yo, yo solo quiero estar cerca de la parvada que nunca me discriminó cuando fui heladera y con quienes viví los instantes más hermosos de mi infancia. Son ellos mis amores más transparentes y a quienes ni la niebla del tiempo ha podido borrar de mi memoria y de los afectos que este corazón roto insiste en custodiar.

Crecimos, se nos fue la infancia y llegamos a la adolescencia en un abrir y cerrar de ojos, todos nos despercudimos; a mí me brotaron dos limones en el pecho y me bajó la sangre, ellos se llenaron de músculos y de pronto tenían bigote y barba, les cambió el tono de voz, ya no eran unos niños se habían convertido en hombronazos de mi arrabal. Y me les subía en los hombros, y me cargaban a cucuche, y me hacían estrellita y nos reventábamos las narices en las batallas campales en los partidos de fútbol, y seguíamos desnudándonos juntos cuando íbamos al riachuelo que estaba en el eco de las montañas verde botella. Quién como yo que tuve el privilegio de tener 16 hombres para mí solita.

Alfredo trabajaba como trabajábamos todos, solo que él lo hacía con su papá y se iban al centro todos los días y los patojos de mi cuadra lo hacían en la colonia, con los mil oficios. Llegaba todas las tardes cuando ya estaba cayendo la noche, me encontraba pastoreando las cabras, o los marranos, barriendo el patio y regando las dos parcelas –jardines- en la patio de la casa.

Y conversábamos de todo y le pasaba la escoba para que me ayudara a barrer, o que lavara el chiquero, y a veces se sentaba a verme montar al fugitivo que fue un cabro que tuvimos que parecía caballo de grande que era, me le subía en el lomo y le daba por corcovear y me agarraba de los cachos y salía revirada y también de pronto corría y de un salto caía parada en la banqueta de la casa de doña Enma. Los patojos decían que era una garañona. No me fue difícil montar las yeguas a pelo cuando llegué a conocer Comapa, los señores del pueblo le decían a mi abuelo: “tío Lilo, esa cipota está endemoniada.” Con lo que el abuelo reía, se inflaba como pavo real y les decía: es hija de la Lilona, cómo querían que saliera. Mi mamá hizo lo mismo cuando fue patoja. Y se despeñaba con todo y bestias, decía que con sus yeguas hasta la muerte. Así que lo de potranca me viene de ella no de mi papá.

Alfredo quería estudiar pero no había dinero, tenía que trabajar para el estudio de su hermana y de su hermanito. Lo empecé a llevar a los bailes callejeros y puntual estaba en la puerta de la casa, con su pantalón de tela, su camisa blanca y su chumpa de tela de color negro. Sus papás lo dejaban salir solo iba conmigo y allá en el baile despabilaba y las patojas le quitaban el óxido, y nos regresábamos en manada en horas de la madrugada, aplanando calles y a veces sólo él y yo. Cuando mi mamá no me daba permiso de salir él me esperaba en la esquina del callejón pegado a la arada y me veía saltar el tapial de adobe y de un silbido lo llamaba y nos íbamos y de regreso le tocaba hacerme sillita para treparlo de regreso. Me llevaba galletas que compraba en la tienda de abarrotes y yo le regalaba helados y sentábamos a disfrutarlos en la banqueta de la casa de don Chuz y nía Irma.

Había demasiado amor como para hacernos novios, siempre le he dado mayor importancia a la amistad que a las relaciones de pareja, mis amigos son intocables, no les falto el respeto. Siempre he visto la amistad como el más sublime de los afectos.

En la década de los noventa comenzó la limpieza social en mi arrabal, y se llevó a tantos de mis amigos, fueron apareciendo sus cuerpos desmembrados, algunos en los barrancos de alrededor, en la aldea, en la bajada de la cuestona, muchachos huele pega, niños sin oportunidad que llegaron a la adolescencia desesperados, ellos olían pegamento y yo me emborrachaba, adicta también. Queríamos olvidar por instantes lo que éramos, cómo vivíamos, qué sentíamos, queríamos olvidar lo que nos dolía estar vivos. Los dejaba en la entrada de la cantina Las Galaxias y al otro día aparecían muertos, a veces nos despedíamos en el baile callejero y al otro día aparecían sus cuerpos en el basurero, ¿por qué putas no me fui con ellos? Siempre me lo he preguntado, si era igual que ellos, yo también debí morir antes de los 18. No eran asesinos, ni violadores, no eran ladrones, eran solamente la juventud que crece atada de manos y pies porque le niegan toda oportunidad de desarrollo. Eran el caos, el mismo caos temperamental que soy yo.

Una de tantas tardes Alfredo quedó de llegar como siempre lo hacía y me quedé esperándolo, en la noche se propagó la noticia, lo habían matado junto a otro conocido mío. Decían que había asaltado la casa de un militar y que este le había disparado. Muchos lo creyeron, yo no.

Docenas de personas fueron a su velorio, y hablaban muy bien de él, decían que era un muchacho muy trabajador, honrado, las patojas que lo discriminaron por ser indígena lloraban consternadas. Yo no fui al velorio, me subí al techo de lámina de mi casa y me senté a llorar sola. Lo lloré con la amargura de la injusticia social, de las vidas truncadas a tan corta edad, de los sueños rotos, de las esperanzas marchitas. Que lo lloraran en público quienes en vida lo rechazaron, yo lo lloré en soledad, con la intimidad con la que se aman los amores eternos. Tampoco fui a su entierro. Que estuvieran con él los que le negaron tiempo y afectos cuando estuvo vivo.

Cuando me canso de preguntar por qué, por qué no morí con ellos, si éramos el unísono, creo que llegan las respuestas que trato de entender; no morí porque tenía que estar viva con todo el dolor que representa respirar, y tenía que encontrar la razón de mi existencia, porque tenía que atravesar fronteras y en la lejanía de la migración volverme escritora indocumentada, para contarle al mundo de Las Memorias de mi Infancia. Por eso pasé de sexto primaria, por eso aprendí a leer y a escribir: para inmortalizarlos en los textos de una proletaria.  Para que no se esfume en el paso del tiempo la belleza de la esencia de los niños y adolescentes de arrabal. Los marginados de la sociedad.

Para: Alfredo, y Las Memorias de mi Infancia,  con este insoportable amor de la evocación.

 

Ilka Oliva Corado.

Septiembre 25 de 2014.

Estados Unidos.

2 pensamientos en “La tarde en que Alfredo no llegó.

  1. Esto de… leer cada día… el relato bloguero… de memorias y sueños……… cada vez lo veo más recomendable. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡qué suerte que encontré éste!!!!!!!!!!
    GRACIAS ILKA……. pedazo de verdad, trozo de ternura, arrollo claro de inteligente natural…….. Segmento de mi vida…, AHORA

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