La norteada.

Para cuando había cumplido un año de haber llegado a Estados Unidos me invitaron a un baile, cuando me lo dijeron me quedé suspirando porque en mis tiempos eran toques, “vamos al toque de la calle tal” aquí es ir al baile. Las añejas suspiran porque en sus tiempos era ir al repaso y mi mamá que siempre habla de los tiempos de la zarabanda.

Yo que no andaba con ánimos para salir dije que no pero una mexicana me alegró cuando me contó que había en vivo música de quebradita y también norteña, pensé en las barridas de pino que dábamos en mi arrabal, y en Comapa para la fiesta patronal y solo de imaginarme me volvió el alma al cuerpo; el lugar era un salón de baile mexicano a donde iba el proletariado y estaba abierto de lunes a domingo, la música era en vivo porque tocaban las bandas locales y también llevaban internacionales, esa noche iba a estar Mi Banda el Mexicano.

No hombre emocionada me arreglé, me vestí con pantalón de lona, blusa a cuadros y mis botas vaqueras, mientras los hacía recordé la vez que llegó la banda a dar un concierto al Parque de la Industria, fue en una tarde de domingo y me fui con una amiga de los básicos. En la casa para lograr permiso me tocó después de vender helados dejar comidos a los marranos, a las gallinas y pastoreadas y ordeñadas las cabras, andaba aún en los años de adolescencia. Mi amiga era mera lucas de aquellas que viven en el arrabal y actúan como si su chiquero estuviera en por allá de las casitas del barrio alto, fue al concierto debido a mi insistencia no porque le gustara “es música de chusma” y yo feliz de la vida porque era adicta a la quebradita y por supuesto mi locura es la música de los Tigres del Norte y toda la camada de cantantes norteños de la época de mis papás.

Aquellos gritos que pegaba yo cuando comenzaron a cantar y al unísono también la bailadera y como aquella ni se mosqueaba la dejé ahí durmiendo la mona en el lugar donde estaba y me acerqué a donde estaban las parejas bailando y ni dos veces y me metí a la pista a bailar sola, en eso sentí la mano áspera de un patojo que me tomó del brazo se quitó el sombrero y me preguntó si quería bailar con él, yo le contesté con una sonrisa: si sos de Jutiapa sí y me respondió con otra, soy de Comapa. Puta, dejé de bailar y me le quedé mirando a sus ojos verdes, ¿sos de Comapa? Sí. Quiero ver tu cédula. La sacó de su billetera y cierto era de Comapa, mucho gusto le dije, soy nieta de tío Lilo. Ve vos, ¿no me digás que nía Juana es tu abuela? Ella mera. Pues yo soy nieto tío Manuel hermano de tío Tibe. ¿El don de las vacas? Sí, él mero. Pues no perdamos el tiempo y bailemos. Y bailamos hasta que se terminó el concierto y para esos días se avecinaba la fiesta patronal de mi pueblo y quedamos de vernos allá. No nos alcanzó el salón comunal para barrer con el pino, es que bailar con un hombre de oriente es un lujo y con las mujeres más. El de los ojazos verdes había migrado a la capital para trabajar y ayudar en la crianza de sus hermanos pequeños. -¿En dónde he visto esa película?- A todas estas mi amiga la del chiquero en las casitas del barrio alto se había vuelto piedra y me dijo que para qué andaba hablando con desconocidos y además por qué andás en esa zangoloteadera. Pues es quebradita ni modo que baile pura momia. Nos tocó pedir jalón porque la última camioneta hacia Ciudad Peronia solo el humo nos había dejado de recuerdo.

Mientras me ponía las botas vaqueras me recordé de los bailes callejeros en el arrabal, no había necesidad de tener pareja afín porque todos nos sabíamos el modo, qué nos gustaba, qué no. Pero siempre hay preferencia estaban los merengueros con los que otra música les quedaba en los dos pies izquierdos, los del hip hop que cuando había salsa se sentaban a ver pasar la procesión y los de la cumbia que a las baladas saludos les dejaban, pero las norteñas, las de los mis adorados Tigres del Norte eran las consentidas de todos y no había necesidad de buscar pareja porque sonando la primera canción y la pista se llenaba y quien extendiera la mano primero y hacíamos intercambio de parejas que al final todos bailábamos con todos. Nos daban las tres de la mañana y nosotros cantándolas y bailándolas.

Es una delicia bailar las rancheras con los hombres de oriente, esos chiquimultecos, los zacapanecos y ni qué decir de los de Jutiapa. Pero raíces les salen si se quedan esperando a que dos mujeres dejen de bailar, les toca pararse, buscar otro que les haga el paro e ir a preguntar si quieren bailar con ellos porque de otro modo más armonía que la bailar mujer con mujer no puede existir y se volverán momias esperando.

Nada como las fiestas patronales y sus chiniques. Yo adoraba ir a Comapa para el tiempo de la feria e ir a bailar a los chiniques a donde llega la gente de las aldeas y también los bailes en el salón comunal que hacían de día para ellos. Sentaba en la piedrona a la sombra del plumajillo en la casa de mis abuelos los veía subir con sus costales de máiz, frijol, con sus cargas de leña que iban a vender al pueblo y aprovechaban para bailar en el chinique y regresaban cayendo la noche: con sus libras de sal, sus medias botellas de aceite, sus quesadillas, sus onzas de margarina, sus yardas de tela, sus fósforos y sus medias de gas para el candil.

Eran tímidos sus vidas transcurrían en el monte, entre los sembradillos, en los nacimientos de agua, rajando leña y ellas quebrando el nixtamal en la piedra de mano, cuidando los niños, haciendo ropa en la máquina de coser. Llegaban al chinique con sus caites, con sus vestidos que ellas mismas habían confeccionado, llenos de flores de colores, con sus peinetas adornando sus cabellos, con sus pieles doradas por el sol. Me fascinaba ir a verlos bailar, con cierta timidez y a la vez la coquetería hermosa de la mujer de aldea que es la de una niña que está comenzando a botar la ceniza. Y ellos que apenas si hablan se arman de valor para preguntar si desean bailar y jule canelos a pagar para pasar debajo del lazo y a sacarle brillo al talpetate.

De ahí salen las juídas que regresan a los meses con sus once ovejas y con un niño en los brazos, con la excusa que si no se iban juntos nadie les permitiría amarse para la eternidad. Llegan los yernos con sus cargas de leña, su bolsa de víveres y su chicha como ofrenda a los suegros por semejante afrenta, haberse llevado a la niña de sus los ojos.

Y yo que siempre fui como yegua desbocada que buscó su propio barranco para despeñarse, los sacaba a bailar y siempre buscaba a los más tímidos porque se notaba que se morían por bailar pero no les daba la modestia para una empresa de semejante envergadura, les extendía una mano y les preguntaba si querían bailar conmigo, se me quedaban mirando con los ojos desorbitados y jalados los hacía después ya no me querían soltar, pero como nunca he sido de bailar más de dos canciones con la misma pareja a la tercera me despedía e iba de cacería a agarrar al más pasmado que ya con el calor de la pista le salía lo   avezado.

Nada como bailar con los más tímidos y con los rechazados, tienen esa belleza escondida que quien la sabe descubrir es la más afortunada del baile. Nunca me gustaron los jactanciosos que llegaban con sus botas nuevas, rechinando llantas, con su pistola en el cincho, me gustaban los que andaban su machete envainado metido en el pantalón a un costado de la pierna; al estilo tío Lilo. Los del pueblo nunca me llamaron la atención por ananados, en cambio mi delirio eran los aldeanos. Y yo que llegaba de la capital era la furia, siempre quien es forastero llama la atención de los lugareños y recuerdo las caras de los del pueblo cuando les decía que no cuando me sacaban a bailar y al rato me miraban sacando a bailar a los aldeanos que para ellos eran poca cosa. Unas apercolladas que les metía para quitarles lo tímido y hacerlos a mi modo ya después arrepentida porque eran de armas tomar y ni modo que demostrara que soy aguacata y que a la mera hora zampo la carrera pero cuando el incendio era descomunal los mandaba al río a traer agua para apagarlo, mientras sacaba a bailar a otro que estaba más frío que el sereno.

Cuando llegamos al lugar estaba lleno a reventar de obreros indocumentados, estábamos los que vivimos entre las sombras de la marginación que en un lugar de esos sacamos toda la amargura y la tristeza bailando, al baile se va a gozar y a soltar las penas y a brindar por los tiempos mejores que siempre están por llegar. La música de quebradita en vivo y solo entramos y encontramos las manos extendidas de los bailadores que inquietos esperaban por mujeres, la misma angustia, las misma ansiedad, la misma soledad compartida de millones. En segundos cada quien tomó su pareja y se desapareció en la pista, íbamos aquel mujeral que parecía parvada de pericas, todas hablando a la vez, todas emocionadas, todas con las nostalgias de sus países de origen y el recuerdo de más de un baile gozado en la complicidad de los recuerdos.

A mí me agarró un hombronazo robusto con esas sus manos ásperas que después de dos canciones me dijo que trabajaba en construcción, sentía desmayarme o más bien quería desmayarme para caer en sus brazos velludos y que me arropara en esos pectorales macizos, y que sin pena me diera respiración de boca a boca para volver a la vida y encontrarme con esa su barba cerrada que me tenía ya con vahído.

Pero con todo lo hermoso que era, con todo lo bien que bailaba no sentí acoplamiento en nuestros pasos de baile. No era él era yo. Bailé con otro y con un tercero y lo mismo, no eran ellos era yo que añoraba a Las Memorias de la mi Infancia y a los 16 Hombres de mi Vida. Era yo que no podía bailar sin extrañar a los campesinos de Comapa.

Después llegaron las norteñas que eran mi fascinación y lo mismo sucedió, no eran los bailadores era yo. Era yo la que no podía armonizar el presente tan lejos de mis amores, de mis alegrías, tan lejos de las noches callejeras y de las fiestas patronales. Fui yo la que no pudo acoplarse a otros pasos, a otros cuerpos, entender otras miradas, disfrutar a otras alegrías porque nunca será lo mismo bailar en la diáspora y sin la armonización de lo querido. De lo conocido, de lo que fue y no regresará.

Decepcionada me fui a sentar y me volví momia esperando a que regresaran las bailadoras, cuando me sacaban a bailar los danzarines proletarios, hermosos y con cadencia de incendios descomunales les decía que no podía bailar y que solo había llegado a acompañar a unas amigas, porque era cierto, no podía bailar porque mi compás se había quedado con los más amado y en ese lugar solo estaba la norteada recién emigrada.

No  me he vuelto a poner las botas vaqueras.

 

Ilka Oliva Corado.

Septiembre 25 de 2014.

Estados Unidos.

 

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