Hágase mujercita.

Hace unos días que estaba con una gripe de aquellas dramáticas al estilo de radionovela tipo Porfirio Cadena, el ojo de vidrio. Recuerdo que cuando estaba cipota escuchábamos esta radionovela cuando recién nos pasamos a vivir a Ciudad Peronia en aquellos vientos de noviembre que arrasaban con todo. En el radio Philips de baterías que guindábamos en la pared ya no recuerdo en qué estación la daban pero grabada tengo aquella cancioncita de “la cadena azul de Guatemala, la cadena azul de Guatemala…” Que siempre que me viene el recuerdo de esa radionovela aparece la canción.

No hombre aquellos truenos que se escuchaban y las ráfagas y los plomazos y los llantales de las mujeres enamoradas y asustadas por las balaceras, y nosotros haciendo oficio en la casa nada de sentarnos alrededor del radio para escuchar, era de no parar y medio descansábamos y llegaba mi mamá a sacarnos fibra, “bueno hijas de la gran puta, ¿descansando las tengo yo?, ¿no las puse a hacer oficio?” y en calienta a despabilar porque ya se sabía que doña Lila era de armas tomar. Y yo con mis once ovejas siempre preguntando, ¿mama y vos por qué nos decís así pué? ¿Así cómo? Hijas de la gran puta. Porque no les estoy diciendo nada malo si hijas de puta son porque puteé con tu papá para tenerlas, ¡patoja dunda! ¿O qué pensás que el Espíritu Santo las engendró? Ya te me vas a lavar el chiquero de los coches y dejá de estar preguntando bobadas.

El abuelo tío Lilo se mandaba unas cuando regañaba a mi mamá y a mis tías, ¡hijas de chimada! Y volteaba a ver mi abuela como la gran diabla, “bueno vos enclenque por qué les decís así a las muchachas no mirás que me estás ofendiendo trompota de choche.” Ve vos, en lo que estás, si no les estoy diciendo nada malo si hijas de chimada son, ¿o qué creés vos, que te embarazaste del canto del pijuy? Y yo con mis once ovejas preguntando, ¿abuelo y qué es eso de chimar? Mi abuelo cambiaba colores y mi abuela y sus hijas se lanzaban aquellas carcajadas que se escuchaban hasta la aldea. Mi abuela salía para atizar. Eso es vamos a ver qué contestación le vas a dar a la niña ahora zopenco. Mi abuelo se quitaba los cuentazos y me mandaba a donde estaba mi papá haciendo su atarraya y me decía que le preguntara a él. Llegaba yo muy tranquila, ¿papa, qué es chimar? Mi papá que estaba concentrado en su costura por poco y se caía del pedazo de banco donde estaba sentado y le daba por toser. ¡Patoja bruta, qué cosas anda preguntando, vaya a ver en qué la ayuda a su mamá con el oficio! Y así me cargaban y nunca me decían hasta que les pregunté a los patojos de la cuadra y aquellos diestros y chispudos me explicaron con plasticina. Y así supe que chimar era agarrar un hule y lanzar cáscaras de naranja.

En los años de adolescencia tuvimos a un amigo nicaragüense que iba rumbo al norte y un día lo invitamos a una fiesta familiar y llegó aquel bien catrín y con sus zapatos nuevos tipo mocasines pero le molestaban y no se aguantó más y pegó el grito, ¡ay, dios, cómo me chiman estos zapatos! Con lo que todos guardamos silencio nos vimos las caras y después de unos segundos soltamos la carcajada recordando los alegatos de tío Lilo y nía Juana. Llegó un tío y le dijo que nos explicara lo que significaba chimar en su país y él nos dijo que era un término propiamente del calzado y se usaba cuando rozaban mucho. Bueno, -dijo el tío- no es tanta la diferencia.

Hacía años que no tenía una gripe de esas de melodrama la última fue cuando estaba cipota que empezaba a botar la ceniza y es que andaba la bulla del dengue y caían los patojos por costaladas, recuerdo yo que hervía en fiebre y hasta deliré, la calle se quedó vacía y también el bulevar y la arada porque la manada de garrobos estaba en cama completamente privada, a los días fueron apareciendo más esqueléticos que lo de siempre. Yo viví distinta la fiebre del dengue mi mamá acostumbrada a esas bullas de la gente de la capital ni cuillo le hizo, me mandó a bañarme con el agua fría del tonel, mi desayuno de todos los días; una taza de café y un pan dulce, arregló mi hielera y la llenó de helados y me mandó al mercado y me dijo: “hágase mujercita.” Rezo aprendido de memoria cuando atacaban los dolores de muelas, “esas mierdas no son dolores, dolores son los de parir un hijo.” Recordé las palabras de mi mamá, me levanté de la cama, me bañé con agua fría y salí a encontrarme con la brisa de los últimos días del verano estadounidense. Ciertamente me hizo mujercita, a su manera. Me quedé niña a la mía.

Ilka Oliva Corado.

Septiembre 24 de 2014.

Estados Unidos.

2 pensamientos en “Hágase mujercita.

  1. ¡SOS GRANDE ILKA! y no en talla o estatúra, sino en lo fecúndo de tu palabra y me hiciste reir al recordar nuestras formas tan particulares de hablar cuando patojos. Gracias por hacerme recular en el tiempo, mis vivencias de güiro. Un abrazo.

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