No tuvimos nada pero fuimos tan felices.

Así comenzó nuestra conversación ayer por la mañana vía WhatsApp, “no tuvimos nada en nuestra infancia, nada material pero fuimos tan felices, vos.”  Me dijo la Soruya. Es podría decir que de mis pocas amigas la más añeja y nunca fuimos íntimas de andar de uña y mugre pero su familia fue de las primeras en llegar a Ciudad Peronia y crecimos la parvada de hijos de una edad, el cipotal con las canillas cenizas y las candelas de mocos tiesas en la nariz, las sopapeadas que nos metían nuestras mamás por andar con las crines sueltas.

Su mamá de carácter indomable como la mía, doña Lucy católica rematada y cuando se decía a repartir chicote era de preparar el lomo, todos los patojos le temblábamos cuando la mirábamos pasar con su biblia camino a la iglesia, la Soruya y yo siempre fuimos la perversión encarnada, se repetía nuestra historia, siempre entre los hijos hay los mansos y los que tienen hormigas en el candelero, nosotras dos éramos las de las hormigas y las mayores eran las mansas palomas que no faltaban a misa ni al grupo juvenil, rezaban todas las noches antes de irse a dormir, no mataban ni una mosca y eran puras y virginales, de buenos modales y sobre todo obedientes. Las putas eran otras, según la fama…, y como ya se habían echado a dormir.

Por liberales nos cayó palo en paleta. Ayer conversábamos de la forma en que se vive en la periferia y cuando uno aprende a valorar en la necesidad y la carencia, ser pobre es en muchas cosas un privilegio de la vida. Es de las pocas personas con las que puedo ser desbocada y me siento libre porque me conoce desde que tenía 8 añitos.

En la crianza tuvimos muchas cosas en común: nunca usamos desodorante porque no había dinero para esos lujos, nos tocaba limón – en la casa le agregábamos bicarbonato-. Crema para el cuerpo mucho menos, nos tocaba aceite de cocina. La pasta dental que era un lujo de lujos la cuidábamos como la niña de nuestros ojos y cuando se terminaba nos tocaba pasar raspándonos las jachas con pedazos de carbón y sal. El mentado fluoruro risa nos daba, se lo llevaba entre las patas la arenilla roja para raspar las ollas. Las toallas sanitarias eran de los lujos para los que no alcanzaba, -en mi casa las conocimos hasta bien pasada la bulla de nuestros primeros años de regla, usábamos trapos como en el tiempo de nuestras abuelas, para cuando conocí las toallas con alitas fui la deportista más feliz del mundo-. Dormíamos en un cuarto todos. Conocedoras de los canceles de tela y de las pulgas que sí saltaban en nuestro petate, en su casa y en la mía nunca faltaron los perros. La tele en la sala con su antena hecha con una cercha y todos viendo el mismo programa si es que había tiempo de ver televisión. Segundas al mando del barco a la deriva nos tocó velar por los cumes. Aquellos sí son una familia numerosa, mi papá y mi mamá se rajaron y con cuatro se quedaron. Porque una de ellos, la más deschavetada vale por cinco en canas verdes y dolores de cabeza a sus progenitores.

Conocedoras del suelo de talpetate que barríamos con escoba de palma –y yo con escobillo que iba a cortar al monte-. Sentenciadas si abríamos las patas en una calentura de adolescencia y llegábamos con premio a la casa. Las que nos hablaron de sexo siempre fueron nuestras mamás porque los papás ananados no se metían en cosa de calzones. Aquella creció con temor de cualquier acercamiento de esa índole con los patojos solo de imaginarse a doña Lucy sacándole el hijo a patadas. Mi mamá fue también directa: hijas de la gran puta si se les calienta la cola y no se pueden aguantar la calentura se meten aunque sea una bolsa plástica de la Despensa Familiar, pero ni se les ocurra llegarme a la casa con una panza porque les saco el hijo a pura reata. Y así quién se iba a atrever a una buena cumbia, si otra cumbia de pijazos nos esperaba en la casa. El día que me bajó mi primera sangre recuerdo que asustada llegué a donde estaba mi mamá platicando con una mi tía y le dije que de seguro me había golpeado la panza el día anterior por andarme trepando a los palos de jocote con los patojos y que no aguantada el dolor de estómago y que se me estaban saliendo las tripas porque estaba sangrando, soltaron la carcajada con mi tía y de los más tranquila me dijo: a la gran puta ahora tenés que cuidarte de no salir embarazada, ya te bajó tu primera mierda.Y fue así como yo deduje que esa primera mierda era mi primera menstruación.

Y tampoco nos dejaban ir a fiestas ni a bailes callejeros en eso aquella era obediente pero yo me escapaba y me saltaba el tapial de adobe de la casa y regresaba a deshoras rodeada de los 16 Hombres de mi Vida, bien a pichinga y de vuelta también me saltaba el tapial y caía de jeta sobre el astillero de la venta de leña que tuvimos en la casa. La goma me la quitaba bañándome a esa misma hora con el agua del tonel del patio, fría como las alboradas de diciembre.

Crecimos viéndonos en misa, en el grupo juvenil y el grupo carismático de los sábados por la noche. Me vía cuando iba a comprar al mercado y yo estaba ahí con mi hielera de helados. Mi fama en la colonia fue atronadora, una por andar rodeada siempre de hombres y otra porque no se sabía si por puta o por marimachado. Las mamás de las patojas les prohibían ser mis amigas porque a quien anda entre la miel algo se le pega. Tenían miedo que se las pervirtiera, seguramente. Bailadora a morir llegaba desde que empezaban los toques en la calle hasta que recogíamos la última hoja de tamal. Fue otro motivo para la fama de furcia, porque decían las señoras que de una vez me pasaba y que con el baile sonsacaba a los patojos decentes, los patojos decentes por su parte felices de la vida y yo también. Y cuando me salían algún asoleado le decía: a mí me apercollás bien o me busco otro. Es que eso de bailar a tres metros de distancia del otro como que no mucho me cuadra, porque no se siente nadita, pero nadita la otra piel… En cambio con las patojas siempre fue todo nítido, al mismo compás aunque ardiéramos en el infierno, -eso de arder juntas era lo bonito- de las malas miradas de los santos y puritanas.

La Soruya siempre tuvo ojitos pizpiretos y han sido su pegue con los patojos, de esas morenas sangre dulce y llevaderas que son el alma de la fiesta y que a todo mundo caen bien. Que nunca están de mal humor y que a todo le sacan chiste.

Me conoce desde siempre, ha visto todas las etapas de mi vida.

No sé como le hace porque siempre está de buen humor por muy jodidas que las esté pasando, sacándole chiste hasta a la peor amargura y pelándole los dientes a la adversidad. Se ríe de ella misma todo el tiempo y eso es algo que admiro tanto.

Poco compartimos porque las dos atareadas con hermanos y estudio y cosas de la casa, aquella no salía más que a misa y a los mandados, el mismo yugo era el mío solo que a mí me daba absolutamente igual tener como castigo una chicoteada de mi mamá, -ya tenía curtido el lomo- si mi alegría siempre fue el fútbol e ir barranquear y mi eterno vicio los bailes callejeros, por vivirla pagué el precio, puntual.

Qué lata no haber compartido más, y no tener el recuerdo de una buena borrachera juntas, lo que diera por tomarme una cerveza con la más chara – y puta- de las hijas de doña Lucy, a la salú de la cumpleañera de este 18 de septiembre.

Para: Eimy, con el único y perverso amor de la infancia y adolescencia de periferia. Gracias por los recuerdos.

 

Ilka Oliva Corado.

Septiembre 18 de 2014.

Estados Unidos.

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