Deberías escribir un libro.

Caminábamos a la hora de salida hacia la puerta del Centro Universitario Metropolitano (CUM) cursábamos el primer año de Licenciatura en Psicología, fue por allá del año dos mil. No éramos amigas, ni compañeras de grupo, pero nos saludábamos cuando nos encontrábamos en los corredores del edificio, mi grupo era el más inquieto del salón (cosa rara que no yo ande metida en grupos con esas características) y el suyo uno de los más disciplinados y formales.

Para el año dos mil cayó rendido a mis pies el catedrático más exigente de los que impartían clases en la escuela de psicología, al que todos le salíamos corriendo por, ¡yuca! Nos dejaba una de deberes y cada semana nos tocaba exposición grupal, es que ni respirar tranquilamente podíamos porque el profesor nos quería ver parados en un pie, que sacáramos fibra. Él quería que pusiéramos a funcionar el cerebro. Se lo agradezco, pocos maestros hay así. Sucedió una tarde cualquiera cuando entré al salón como todos los días, con diez minutos de atraso debido a mi horario de salida de mi trabajo y el tiempo para transportarme al CUM, cuando entré el salón completo se puso de pie los patojos aplaudían y silbaban, yo volteé a ver hacia atrás pensando que alguien más había entrado pero no, era solo yo. El profesor caminó hacia donde yo estaba y me abrazó, cosa que por poco hace que me infarte, ese profesor apenas contestaba el saludo de las buenas tardes, no pude salir del asombro y los patojos seguían aplaudiendo y silbando, ¡bravo Negra, ¡bravo Negra! Les escuchaba gritar.

Tenían varias periódicos en las manos y el profesor también, resulta que ese día había salido publicado en un periódico un reportaje sobre mi trabajo como árbitra de fútbol federado, habían tomado varias fotografías mías dentro del terreno de juego en algunos partidos de fútbol masculino, y le dieron espacio de tres hojas al reportaje. Esa era la emoción que todos tenían, era la primera mujer en dirigir en un campeonato UNCAF de futbol masculino, de las selecciones sub-21. También fue televisado. Entonces en la universidad hasta los catedráticos me pedían si se podían fotografiar conmigo y si les podía firmar una autógrafo. Todo el tiempo me salían al paso estudiantes de la jornada matutina, vespertina y nocturna, con la misma encomienda.

Aquella tarde el catedrático lloró emocionado cuando me abrazó y me dijo que era realmente un honor conocer a una mujer árbitra de fútbol, yo no sabía qué decir porque nunca vi mi trabajo como una hazaña, solo estaba demostrando que los hombres y mujeres tenemos las mismas capacidades. Inmediatamente me pidió que le autografiara el periódico en donde había salido mi entrevista. Y jaló una silla, me invitó a que me sentara frente de todos y que les contara cómo era mi vida, mi rutina y mi experiencia dentro del mundo del arbitraje. Aquella tarde no hubo exposición y todo el periodo se me fue en contar mi experiencia como jugadora de fútbol, maestra de Educación Física y árbitra de fútbol.

Al siguiente día me esperaba en la entrada del CUM el mismo catedrático con una de sus hijas adolescentes, yo solo iba a recibir una clase porque en la noche tenía que dirigir un juego de especiales en el estadio Mateo Flores. Me salió al paso y le dijo a su hija: “ella es, tócala es de carne y hueso.” La saludé y le di un abrazo, conversamos los tres como por veinte minutos, le autografié varias copias del periódico en donde había salido mi entrevista, y unas playeras que llevaba, nos fotografiamos juntas, y me despedí porque tenía que ir a clases.
El catedrático realmente admiraba mi profesión y hasta se detenía cuando lo encontraba en los corredores del campus, me saludaba con una sonrisa.

Era la atleta del CUM, era algo más que eso, era la primera mujer árbitra de fútbol que nadie había visto nunca en persona. Las mujeres árbitras sí existíamos, no éramos mitos, éramos de carne y hueso y había una estudiando en el CUM. Pero querían verme en acción y me invitaron a dirigir las finales del torneo inter facultades con motivo de las celebraciones de aniversario de la Tricentenaria Universidad de mis Amores, fue todo un trámite porque por estar federada tenía que pedir permiso con una carta sellada y firmada por el director de la escuela.

Aquella tarde se detuvieron las clases de Psicología y Medicina y rodearon el campo alumnos, personal administrativo y catedráticos, todo mundo me tomaba fotografías, los mismos jugadores se congelaban en el lugar al escuchar mi silbatazo, no sabían cómo actuar ante una mujer árbitro. Hasta que detuve el juego, los reuní a todos y les dije que era como ellos de carne y hueso y que se dedicaran a jugar y que disfrutaran el partido porque yo estaba ahí nada más para hacer valer el reglamento y que se respetara el juego limpio. Funcionó.

Al finalizar fui rodeada por una multitud que me aplaudía, pedía fotografías y autógrafos, dos de los chicos más populares y deseados por las patojas de la escuela de psicología me llevaron un ramo de rosas cada uno, me reverenciaban con aquella fascinación, me invitaron a cenar, al cine, a donde yo quisiera ir. Eso es la fama. Me preguntaba ¿y estos desde cuándo invitándome a salir, solo porque soy árbitra de fútbol? Nunca acepté pero di las gracias por el detalle. La fama es como la espuma de la cerveza, hay que tener mucho cuidado porque se torna como olas en reventazón y nos pega unas arrastradas, bárbaras.

Fue para los años en que le exigí a mi cuerpo la condición física que me permitiera mantenerme en donde yo quería, se me contaban los músculos marcados, entrenaba dos veces al día: corría veinte kilómetros, diez en la madrugada y diez en la noche, aparte del entreno con el panel arbitral los martes y jueves por la tarde. La patojas me nalgueaban a cada rato y los patojos me detenían a para pararse a la par mía y comparar los músculos cuádriceps y los bíceps. A veces hacíamos competencia de quién lograba mover los músculos pectorales, siempre les ganaba.

Fue para los años en que la fama tocó a mi puerta y cuando también mi vida personal era un caos que lograba amainar solo con el alcohol. Pasión y adicción eso ha sido mi vida, lóbrega y destellante.
Siempre me he identificado con los payasos, me creo sus actuaciones, me río de sus chistes, de sus alcances, y admiro tanto la delicadeza con la que esconden la amargura para salir a escena y hacer al mundo. Coleccioné payasos durante muchos años, todo lo que tuviera figura de payaso lo coleccionada, siempre consideré que algo de payaso había en mí, por dentro una opacidad y por fuera una sonrisa resplandeciente, nunca fue adrede, nunca me puse la máscara para aparentar, simplemente así soy, por esa razón prácticamente nadie se dio cuenta de mi adicción al alcohol porque era algo sumamente interno, no bebía en público, tampoco en las reuniones sociales, lo mío fue en soledad, como ha sido todo en mi vida.

Hace dos años agarré una bolsa negra plástica y eché ahí todos los payasos que tenía coleccionados, solo se salvó uno de una pintura de un cuadro que compré en una tienda de segunda mano el segundo día de haber llegado a Estados Unidos, me costó un dólar, porque estaba destartalado . Me sigo identificando profundamente con los payasos, mi máscara es no poder expresarme con mi voz, y en cambio me desnudo con las letras.

Aquella tarde caminábamos hacia la salida del CUM, ella vestida con zapatos de tacón, falda y chaqueta tipo sastre, sus libros en una mano y en la otra su cartera. Yo, en pantaloneta, tenis y playera, con una mochila colgada de los hombros.

El golpe fue certero directo al corazón, nunca lo esperé, no lo vi llegar, me tomó desprevenida, muy serena me dijo: deberías escribir un libro de tu vida, tienes mucho por contar, mucho por compartir. Me dejó sin aliento y me tomó varios segundos reponerme, le pregunté, ¿lo decís porque soy árbitra? Con esa tranquilidad que tienen las almas liberadas me contestó: No, te lo digo porque tu mirada es transparente y uno puede ver ese mar que llevas dentro, escríbelo, escribe, compártelo. De los pocos amigos que conservo de aquellos años en que la fama tocó a mi puerta, están mis inequívocos compañeros de universidad, mi maestra adorada Nydia Medrano, para ellos nunca fui la árbitra y sigo siendo La Negra. Me conocieron famosa, me conocen mil oficios. La multitud que me alababa se esfumó, y siempre sentí nostalgia por la mujer que nunca fue mi amiga, con la que apenas pude compartir los saludos y pocas actividades en el salón.

Emigrada comencé a escribir como una última resistencia a mi adicción al alcohol, en los vacíos siempre estuvo ella, la imagen de su silueta, la forma en que vestía aquella tarde, el tiempo detenido y sus palabras: escribe, escríbelo. Ella vio un mar dentro de mí y yo siento que es un volcán en constante erupción.

Hace unos días recibí una invitación de amistad en mis redes sociales, cuando vi que era ella comencé a llorar de alegría, no me buscó por “escritora” porque ni siquiera sabía que escribía, me buscó porque fuimos compañeras de universidad.
Recordé estas palabras: “Un hilo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse sin importar el tiempo, el lugar ni las circunstancias. El hilo se puede estirar o enredar, pero nunca se romperá.” Sir Muse.

Así es como la vida me trajo de vuelta a la persona que vio un mar a través de mis ojos, y tenía razón, ese mar nunca estuvo en calma porque siempre fue tormenta. Llevo ya varios años escribiéndolo, sus palabras al final fueron intuitivas. ¿Cómo lo supo? ¿Cómo nació de ella decirme que escribiera? ¿Por qué?

Cuando le entregue mi primer libro autografiado lo sabré.

Para: Claudia Torres. Gracias por la entereza…

Ilka Oliva Corado.
Agosto 14 de 2014.
Estados Unidos.

9 pensamientos en “Deberías escribir un libro.

  1. ¡Deberias de escribir un libro! Realmente hay una inmensa claridad y llevas un mar bravio dentro tuyo y sobre todo, tenes la valentia y capacidad de decir las cosas como son y a quién le toque. Lo que tu amiga del alma dijo una tarde, es cierto. Escribí… y mientras tanto, gracias por compatir algunos capítulos de tu vida con nosotros. Me nace pensarte como Ilka, como payasita o como negra; aunque el mejor piropo a una persona, es llamarle por su nombre, pero dentro de lo que diariamente nos compartis, el llamarte Negra o Payasita no es ofensa ni despectivo para vos, porque tiene una acepción fuerte y especial en tu vida. Gracias paisana, un abrazo.

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