La juventud de extramuros.

Hasta ofensivo es decirle a la mocedad que habita en las alcantarillas de las clases sociales, un insolente e irónico, ¡Feliz Día Internacional de la Juventud! Celebramos con júbilo el fracaso de un sistema que los amordaza, los degasta y los consume lentamente hasta obligarlos a renunciar o a emigrar forzadamente. El mismo sistema y el mismo patrón de sociedad que se atreve con aires de rectitud a condenar la existencia de las maras o como se les llama oficialmente en otras latitudes del idioma: pandillas.

Cuando uno lee la resolución 54/120 I, con la que las Naciones Unidas declara en 1999, el 12 de agosto como el Día Internacional de la Juventud, de verdad que hasta el alma suspira, es tan utópico algo así como la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es que si esta raza fuera humana y conociera el amor, la gratitud, la solidaridad, la dignidad y la conciencia no tendría por qué existir tanta resolución, tantos días de “celebraciones y conmemoraciones” para recordarnos que somos escoria.

Hay de mocedades a mocedades, están los que nacen con todo y a los que todo se les quita al nacer, los primeros son unos cuantos que tienen la vida resuelta y los segundos una multitud a la que se le ultraja, desprecia, golpea, a la que se obliga a memorizar que es el desecho de la sociedad.
Esta semilla fértil habita en las barriadas, en los pueblos olvidados, en las laderas, en esas periferias a las que se les señala como zonas rojas, zonas de peligro. Y de esas zonas marginadas fructifican los mejores talentos que el mundo ha conocido, de ahí la fortaleza, la lealtad, la intrepidez que viene del limbo donde se forjan las almas bravías que vencen todos los obstáculos que la adversidad –y la vileza de los opresores- pueda lanzarles como escupitajos en el rostro.

Son esos niños y jóvenes con la vida destrozada, son seres astillados de corazones reventados, con las ampollas en las yemas de los dedos por tanto bregar en la inequidad, tienen la espalda encorvada por el peso del infortunio. Son esas almas de miradas frías y perdidas, que aun atascadas en el cieno y ahogándose en las profundidades de las aguas negras resisten desde el ímpetu y desafían lo evidente para realizar lo inimaginable. Esas hazañas que solo reverencian a las mocedades con espíritus y quimeras indoblegables.

A los que se atreven a sublevarse, a los que se les busca censurar, arrebatarles las gotas de rocío que acarician los pétalos de una flor de asfalto. A ellos que lo único que no les pueden quitar es la libertad de amar, la insurrección y el anhelo que vienen con las alboradas que siempre traen esperanza aunque estén dentro de una jaula marginada, aunque los golpee la injuria, aunque los ofenda la indiferencia y aunque pretenda eliminarlos la segregación.

A esa juventud a la que le cortan las alas y le esconden el horizonte, que corre y salta y canta y vuelve a correr y vuelve a saltar y vuelve a cantar, que le pone el pecho a todo porque sus alas al final están en el ímpetu de atreverse a sonreír, demostrando con esto que el confín lo acunan las almas que se atreven a defender el derecho a la alegría y pueblan la lindeza de la diafanidad donde no tienen cabida: ni la injuria, la discriminación, la apatía, la tortura, la opresión, la rémora y la vileza.

Porque un alma libre siempre será triunfo del amor sobre el odio. Y el inframundo lo que nos sobra es albedrío.

Con amor profundo mi reverencia a las mocedades excluidas, incomprendidas y perturbadas del mundo entero y a las rarezas que deambulan en el bulevar de mi amada Ciudad Peronia.

Ilka Oliva Corado.
Agosto 13 de 2014.
Estados Unidos.

3 pensamientos en “La juventud de extramuros.

  1. Ilka linda: Mientras la raza humana exista sólo cambiaran los actores, pero de una forma u otra todo será igual o peor. Lamentablemente la Historia así lo refleja. Besos, Chentof.

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