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Crónicas de una inquilina

Post frontera. (XXVI)

Posted on 11 de junio de 201423 de abril de 2018 By Ilka Oliva-Corado

País de llegada: remesas. (VI)
Uno está lejos, no puede ver a dónde va el dinero, qué utilidad le dan, tan solo recibe la llamada telefónica y se está muriendo pensando que si no envía ese dinero algo malo le sucederá al ser querido y aparte de la culpa que le echará la familia, quien está aquí no se lo perdonará nunca.
La situación que vivimos nosotras es también la de miles. Miles que emigran y miles que se aprovechan y manipulan. Yo fui manipulada por mi hermana que estaba siendo manipulada por mi mamá, con el consentimiento de toda la familia porque cuando uno llamaba a alguna tía o primo para verificar la información resultaba que todos afirmaban que sí, que eso estaba sucediendo, cuando la realidad era otra. Sé que me estoy metiendo en problemas graves escribiendo esto, pero mi familia no es la única y de eso se trata, de que la gente tenga la conciencia y valore cada centavo que envían los suyos, lo digo yo aquí crudo como es porque la mayoría prefiere ocultarlo, y no se vale allá tienen que saber lo que uno vive fuera del país.
Mi hermana me manipulaba con sus palabras de: sos una egoísta, ellos nos dieron la vida y no importa qué tal mal se comporten, nuestra obligación es mantenerlos, devolverles lo que nos dieron. Yo: ¿ajá, y qué nos dieron? Nos obligaron a trabajar, nos obligaron a andar atendiendo borrachos, nos amargaron las navidades, no tenemos ni una sola foto en familia porque ni para eso alcanzaba el dinero porque lo poco que tenían se lo chupaban, decime vos, ¿qué putas nos dieron? Amargura, nos desgraciaron la infancia, de la misma forma en que sus tatas se las hicieron mierda a ellos y no es justo. Mi hermana: sos una irracional, todo lo querés para vos, loca pisada, amargada. Y así nos la pasábamos todos los días desde que llegué, porque la furia que yo traía en el alma era grande y porque el nivel de manipulación al que ella estaba siendo sometida también era feroz. Tan feroz que llegaba en palabras dulces, así es la manipulación algunas veces, que se disfraza de afecto.
Opté entonces por poner una cantidad para enviar en las remesas y la otra para pagar los gastos de travesía que debía, dinero que ella había prestado ni era suyo siquiera. Pero quería que yo enviara más dinero a Guatemala en lugar de pagar lo que se debía aquí, yo me opuse porque porque me urgía salir del compromiso de la deuda para que una vez saldado el préstamo me podía regresar a Guatemala inmediatamente. Todo los días pensaba en “mañana me regreso sin falta” llegaba la noche y entre mis desvelos decía, “pero es que no me puedo regresar fracasada” y así me la pasaba, en ese vaivén tan desgastante.
Lo hice por ella, de poner una cantidad semanal para la remesas porque sabía que si no lo hacía ella de todas formas como siempre se iba a echar toda la carga encima y en parte porque no quería ver a mis hermanos rodando de la misma forma en que nos tocó a nosotros. El problema grave es que ella quería darles de más y yo me opuse, siempre mantuve que había que darles lo absolutamente necesario pero ella quería llenar el vacío que había dejado como mamá de crianza y el vacío que estaban viviendo por que mis papás optaron por irse a trabajar en el tráiler y dejar que se criaran solos prácticamente, estaban confiados en que mi hermana no los dejaría morir de hambre. En esa necesidad de llenar vacíos, también juegan un papel importante las encomiendas.
Yo con todo mi ser quería que por una vez en sus vidas mis papás se hicieran responsables de sus dos hijos pequeños por lo menos, pero mi hermana no dejó porque con su pensamiento de que hay que deberles de por vida a los padres, se hizo cargo de todos los gastos de la casa y me exigió puntual la cantidad que debía aportar. Mi prioridad era saldar la deuda del préstamo y la de ella enviar las remesas. Discusión tras discusión nos la pasábamos cada vez que teníamos que ir a poner las remesas. Porque era el momento para que mis papás reaccionaran y cayeran en cuenta de que tenían hijos y que parir también trae consigo responsabilidades. Pero las remesas siempre estuvieron ahí puntales.
Mientras los progenitores andaban en carreteras echando punta con el camión, los cumes entraron a los básicos y luego a carrera, solos. Mis papás no se mantenían en la casa ni porque mi hermana cubría todos los gastos habidos y por haber, lo de ellos siempre ha sido vivir en su eterna adolescencia.
Nosotras crecimos trabajando como mulas y con mi mamá en la casa, de vez en cuando mi papá que aparecía de sus viajes en el tráiler pero los pequeños cuando creíamos que el factor dinero estaba resuelto con el envío de las remesas y que mis padres por fin brindarían apoyo por lo menos moral a sus dos hijos pequeños, resultó todo lo contrario, como ya estaba el apoyo económico en espaldas de mi hermana, ellos se largaron a conducir por carreteras trasportando cualquier tipo de mercadería. Dinero al que nunca ni mi hermana ni yo le vimos por lo menos una encomienda que trajera dulces de a dos por cinco centavos.
Yo como ya estoy acostumbrada a ser la mala del cuento, la verdad no me interesa si me envían cosas, pero en cambio sí me parte el alma que mi hermana que ha sido Nana y Tata de todos, no reciba por lo menos una de sus galletas favoritas sin que se la cobren. Eso sí me duele y eso sí se los reclamé durante años, les dije que no fueran descarados y que por lo menos un dulce le enviaran a su hija que se estaba malmatando trabajando a deshoras para que ellos tuvieran techo, comida y ropa.
Estoy segura que no soy la única de los que ha emigrado que ha realizado este tipo de llamadas y que ha tenido este tipo de discusiones con su familia. Esto es tan común que ocurra. Lo veo todos los días y cuando me preguntan mi opinión les digo: la solución es dejar de enviar remesas para que aprendan a valorar en la ausencia, ya que no lo hicieron cuando había. Claro, este pensar lo tuve cuando logré desligarme emocionalmente de la manipulación. Me tomó años y muchos enojos y tantísimas peleas con mi hermana y mi familia. Y cuando uno deja de enviar resulta que se vuelve ante los ojos de la familia, un desgraciado, pura mierda, que como está en Estados Unidos se olvidó de todos. Pronto se olvidan ellos que las remesas llegaban puntuales y que nunca se dignaron a preguntar de dónde salía el dinero. Y los reclamos no tardan en aparecer, ¡pero si vos no has mandado dinero! De verdad, se les borra de la memoria que llegaban encomiendas y los envíos. Todo sea que paren de llegar y las maldiciones llueven.
Así sucede, a la gente que se quedó, después de que llegan las primeras remesas, le vale un comido si uno aquí está viviendo debajo de un puente.
El asunto de las remesas es un arma de dos filos. La gente se acostumbra solo a estirar la mano y recibir, uno con los envíos está ayudando (desgraciadamente) a que las personas se vuelvan mantenidas y descaradas, (que ya de por sí) a que no trabajen, a que no tengan aspiraciones porque todo lo reciben sin mover un solo dedo. Y si trabajan esa para darse sus gustos porque saben que los que están en Estados Unidos enviarán la remesa para cubrir los gastos de la casa, comida, estudio y ropa. De todos, contando hasta los primos. El corazón de pollo, “es que aunque me lleve el río voy a enviar dinero para que mi sobrina estudie” pero la sobrina tiene Nana y Tata que manipulan a la tía para que en nombre del amor envíe remesas.
Y ahí están los miles que envían remesas para dar estudio a primos, nietos, hijos de amigos. Todo en nombre del afecto. Afecto que en el país de origen no valoran.
Puede haber otras historias porque cada vida es una, cada experiencia es distinta, yo estoy contando la mía, lo que he vivido después de que crucé la frontera. Si alguien desde que llegó a este país ha vivido en completa serenidad y sin ningún altibajo, sin ningún tipo de manipulación y sin ninguna ruptura familiar, que bien, es ser de otro planeta, porque una cosa es que no lo cuenten y otra muy distinta a que no suceda.
Me sucedió también que muchos amigos me mintieron y se aprovecharon de mi afecto. Amigos que yo consideré como hermanos, también se inventaron las de vaqueros para que yo les enviara para las emergencias familiares, cuando el dinero iba destinado para decoración de sus casas, fiestas familiares, o para comprarse algún antojo. Y yo pensando que la cosa era de vida o muerte prestando dinero para enviarles. Ningún dinero vale la inmensidad de una amistad. Dinero que nunca pagaron, y que tuvieron el descaro de seguir llamando para pedir más, con otras invenciones de vaqueros.
También resultó que quienes me decían heladera consiguieron mi número de teléfono y me llamaron para recordarme que éramos amigos del alma en Ciudad Peronia y que si no era mucha molestia que si les podía prestar dinero, algunos me pidieron computadoras portátiles, ropa, zapatos, lociones caras. A todos los mandé al diablo. ¡Qué nivel de descaro! Yo sé quiénes estuvieron conmigo cuando era heladera, a ellos reverencio y por ellos doy la vida. Y de ellos nunca nadie me ha llamado para pedirme dinero, porque nuestra amistad ya está probada por fuego. El nivel de conciencia de estos huele pega está más elevado que el de cualquier letrado.
En el país de llegada debido al tema de remesas perdí muchos seres queridos que solo vieron en mí la oportunidad para sacar dinero en nombre del afecto o del lazo sanguíneo.
Y uno confunde el amor, con la codependencia, con la obligación, con la ayuda. En nombre del amor muchas parejas se terminan matando lentamente porque son incapaces de aceptar que se terminó, que hay amor pero no salud mental.
En nombre del amor tantos hombres asesinan a sus parejas, le llaman amor a la obsesión y al abuso.
Lo mismo sucede con quienes emigramos que en nombre de la añoranza y del amor, nos dejamos manipular porque más difícil aun es darse cuenta que se está siendo manipulado y se decide quedarse en ese juego.
A la mayoría de los que emigramos los familiares que se quedan en el país de origen logran chuparnos la sangre, con las remesas que enviamos, pero todo comienza a cambiar cuando asimilamos la realidad que estamos viviendo y somos capaces de tomar decisiones importantes que cambiarán el rumbo de nuestras vidas, entre estas: aceptar que estamos fuera, que no se puede vivir en el pasado, por mucho que duela, por muy feliz que haya sido, que el mundo sigue su curso con o sin nosotros. Que también tenemos derecho a ser felices y a soñar estando en otro suelo. Que lo que es ayuda no puede tornarse jamás en una obligación y mucho menos en una cárcel. Que hay que alejarse de lo que doblega y castiga. Que aunque sea la propia sangre hay que poner distancia para bien de todos pero principalmente de nosotros mismos.
Que las remesas tienen un valor afectivo que solamente quien emigró comprende. Y que no es necesario emigrar para tener conciencia y ser cabal. Que tenemos que aprender a ser agradecidos porque no es justo vivir a expensas de otros. Que el dinerito que llega lleva mucho más de lo que pueda ser el monto en papel. Entender la realidad de las remesas es complicada porque se requiere más que de afecto de una muy certera honradez y eso es difícil de encontrar. Nada tiene que ver con raciocinio.
Continúa.
Ilka Oliva Corado.
Junio 11 de 2014.
Estados Unidos.

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Comment

  1. Lisette Aguilar. dice:
    23 de junio de 2014 a las 7:15 PM

    ojalá que muchos la lean, y se liberen y tengan derecho a vivir… y que bueno que tú te quitaste el rencor, que no te deja ser mas libre. te toca volar.

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