Post frontera. (lll)

País de llegada: los miedos.
Aunque desde niña siempre le he tenido miedo a la oscuridad, después de la frontera esto se convirtió en pavor. Tan así que no podía estar sola en el apartamento con las luces apagadas. No podía dormir si no sentía un pie de mi hermana cerca del mío, cuando le tocaba trabajar hasta tarde la esperaba sentaba en el sillón de la sala con la luz encendida y mi caja de cervezas, completamente ebria me era imposible dormir y más si no tenía el pie de mi hermana cerca, lo tenía que sentir y sentir su cuerpo para comprender que no estaba en peligro. Me arrullaba en su regazo y me mentía en ese hueco de la cintura y las costillas. Los primeros meses sufría de fiebres que me sacudían en las madrugadas. Los gritos, las escenas, los sonidos todos se revolvía en mi memoria y me angustiaba, me dominaba la ansiedad.
Por las mañanas en total desvelo me iba al trabajo y pasaba templando el resto del día, limpiaba casas y cuidaba niños. Las instrucciones me las dejaban escritas en un papel y con un diccionario traductor las pasaba al español, así lo hice durante cinco años porque todo ese tiempo en mi auto-castigo también me negué a aprender inglés.
Lo peor que le puede pasar a un latinoamericano en Estados Unidos es trabajar para otro latinoamericano, y no digamos específicamente guatemaltecos que capitalinos racistas agreden a paisanos de otras etnias. La misma familia troceando a otros, hermanos agrediendo a otros. Supe de muchos casos de niñas, adolescentes, mujeres y hombres que fueron violados en las frontera y la gente cuando se enteraba decía: “vaya, pero norte quería pues norte tiene qué le haga huevos”, una insensibilidad rotunda. Para conocer el trabajo, que la limpieza no es cosa del otro mundo pero sí los químicos que se utilizan en pisos, vidrios, cocina, alfombras, es delicado y con un solo error se pueden echar a perder miles de dólares gastados en un piso de madera o en un refrigerador al que se el daña el brillo de la puerta de aluminio o el forro de madera africana, por ejemplo.
Tenía que memorizarme los nombres en inglés y saber identificar los usos. La guatemalteca que nos dio en donde dormir la noche que nos fuimos de la iglesia vio en mi cuerpo rollizo una mano maciza para trapear el piso de su casa. Otro de mis defectos más detestables es que intuyo la intención de las personas desde la primera vista. El día siguiente cuando nos pasamos a vivir a la habitación que nos rentó en su condominio la mujer rusa, le dije a mi hermana: me cambio el nombre si ésta tu conocida guatemalteca no nos va a cobrar con creces el favor de la posada, mi hermana enfureció y me acusó de ser tan negativa , pero no es mi culpa intuir cuando el caldo saldrá más caro que los frijoles y no me equivoqué.
Al tercer día pidió de favor que le cuidara los niños durante unas horas que se convirtieron en un mes completo, yendo de seis de la mañana a seis de la tarde. Alistaba los niños para la escuela y luego hacía limpieza en la casa, lavaba y planchaba la ropa, ella trabajaba limpiando mansiones de suburbios de judíos y el esposo un capitalino con aires de anglosajón nacido en cuna de oro, se las llevaba de estar estudiando maestrías en universidades anglosajonas, tan alto andaba que no podía lavar siquiera colocar la cafetera en su sitio. Ella trabajaba de nueve de la mañana a cinco de la tarde, cuando regresaba me daba cinco dólares para una tarjeta telefónica. Ella ganaba $300 al día y me daba $5 por estar todo el día en su casa y dejársela brillante.
Al mes le dije a mi hermana que creía que hasta de más había pagado la posada, el día que le dije que ya no podía ir a cuidar a su niños y a limpiar su casa se enojó conmigo y me acusó de engreída y falta de humildad, me gritó que una tenía que ser agradecida y yo le dije que no se podía vivir explotando a la gente. Con mi ayuda se ahorraba lo de la niñera y pretendía que me quedara un año, todo por una noche durmiendo en la alfombra de la sala de su casa. Que le agradecí y que pagué con creces. Me dijo mi hermana que eso era para que me diera cuenta y también me mandó a trabajar con una mexicana que limpiaba casas, me ponía lo más jodido de la jornada a mí y ella hacía lo más leve, limpiábamos dos casas al día, a ella le pagaban $280 y a mí me daba $20 por el día.
Mi hermana lo hizo adrede, eso de mandarme con ella, porque me dijo que era para que yo conociera cómo era la mayoría de la gente latina con otros latinos y cuando salieron trabajos serios no me dejó ir, me dijo que preferible que me pudriera en el apartamento encerrada que ir a servir a latinos explotadores, por esta razón me tardé 6 meses en conseguir trabajo.
Nunca he trabajado para latinos. Pero en los primeros tres trabajos quienes me los consiguieron, porque debo explicar que cuando no se tienen papeles y se trabaja de niñera o limpieza de casas por cuenta propia, lo que cuenta es la referencia. Estas dos mujeres la guatemalteca y la mexicana me consiguieron los trabajos pero me cobraron el suelo de la primera semana. Me dijeron que los tiempos de hacer las cosas de gratis ya habían pasado.
Mi hermana y yo hemos conseguido trabajos a otras personas y nunca hemos aceptado ni un vaso de agua en pago. Creo que es cosa de la conciencia de cada persona. No puede andar una por la vida: “es que como a mí me lo hicieron también lo voy a hacer a otros”. Y es lo que sucede en este país que los latinos se vengan con otros, con los que van llegando, de las cosas que les hicieron pasar cuando ellos eran recién llegados. Esa cadena tiene que romperse.
Como anécdota me ha sucedido muchas veces que cuando me presentan como escritora y que trabajo limpiando casas las personas se me acercan y me dicen que cuánto cobro por la limpieza, que sería un privilegio tener a una escritora limpiando sus casas. Yo sonrío muy feliz y les digo que me reservo el decidir quien tendrá el privilegio de ser mi empleador pero que les agradezco la oportunidad de trabajo y que no faltará quien la tome.
De pronto cruzando la frontera me dio por tartadumear constantemente, no podía articular una frase sin tartamudear, no se me entendía nada de lo que intentaba decir, algo que superé recién el año pasado. También el año pasado vencí el miedo a la oscuridad y a los umbrales de las puertas. No podía dormir con la puerta de la habitación abierta, tenía que cerrarla con llave eso me daba seguridad.
Un miedo que nació con la frontera es el de las alturas, nunca padecí de esto y siempre fui potranca subiéndome a árboles frutales, techos de edificios, casas, me lanzaba clavados de las plataformas de la piscina olímpica en Guatemala pero aquí un tercer piso me marea y ni por chiste de asomarme a un trampolín de piscina, a los toboganes les tengo pavor. Estos rezagos dejó la frontera en mí. Recién el año pasado dejé de tener pesadillas y he logrado dormir ocho horas de corrido, pero duró 10 años el proceso.
La frontera me robó la alegría y los deseos de vivir, ningún sueño tenía. Me dejó la soledad que a principios fue asesina, llegando a Estados Unidos me alejé de las personas y de la bulla para internarme en mi ser interior y lamerme las heridas abiertas. Recién el año pasado esas heridas secaron, mi soledad es mi compañera, la prefiero a ella que a un grupo de fanfarrones, mi esencia es otra muy incomprendida.
Más allá del muro fronterizo ya estando en tierra estadunidense el más letal es el muro humano, frío y de aprovechados que hacen que los recién llegados paguen los platos rotos que no son suyos. Y no es justo. No es justo hacerle esto a otro humano sin importar la nacionalidad, ni el idioma, ni el color de piel.
Cobran por conseguir los trabajos, el triple si los tienen que llevar en automóvil a algún lugar, cobrar por traducir las instrucciones del jefe latino que se cree gringo, lo he visto tantas veces. Quien vende carros a los recién llegados les vende los más arruinados a precio de nuevos. Las camas podridas que están por tirar al basura se las venden como nuevas al recién llegado que no tiene más que lo que anda puesto. Eso somos los recién llegados para otros migrantes, un negocio redondo. Un forma de explotación. Y ahí es cuando se pegan las amarguras, unos a otros nos acuchillamos, de traición en traición vamos, somos un lastre de podredumbre.
Eso de indocumentado a indocumentado, la cosa es peor cuando es de residente a indocumentado, si ya de por sí quien no tiene documentos se cree dueño del país, quien tiene permiso legal de residencia es el más déspota de los esclavizadores.
Salir ileso del país de llegada es una labor titánica. Mantener la esencia y la humanidad en el país de residencia es proeza de pocos. La mayoría anda de venganza en venganza, no mira quien se la hizo sino quien se la paga. Ahí reside el frío que yo sentí cuando recién llegué a este país. Hiel pura.
Ilka Oliva Corado.
Mayo 06 de 2014.
Estados Unidos.

8 comentarios

  1. Que verdades mas escalofriantes has plasmado en tu escrito…. que tristeza que lo que absorbemos no sea lo mas edificante para que de ser humano a ser humano nos podamos cubrir la espalda. Que bueno que tu pluma te ayuda a aclarar el alma, y a hacer de vos un ser humano fuerte, y con una conciencia tan clara.. Un abrazo

    • Lo que sucede es que la mayoría nos guardamos las cosas, por muchas razones y preferimos que nos ahoguen por dentro antes de tener el valor y enfrentarlas, no es fácil, se pierde mucho pero la final se gana la tranquilidad. Abrazos.

  2. Carlos René García Escobar

    Quiero seguir leyendo más de lo tuyo. Lo escribes de manera edificante. Presiento el advenimiento de un libro tuyo. Veremos. Sobretodo mi solidaridad total.

  3. Pura tanguita… bien metida! Las busco. Gracias

  4. Ilka, no se si lo has contado a detalle en otro relato… por qué te fuiste? en qué momento y qué circunstancias te hicieron tomar esa decisión de migrar? cómo decidiste el “me voy”? por si se puede la respuesta, sabes que estoy pegada a tus escritos. Vencer los miedos y temores te hacen una mujerona! qué chiste tiene una vida sin vencerse a uno mismo? Abrazos para vos

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