Oficio de mucama.

Cuánto he aprendido lavando baños, sacudiendo muebles, doblando ropa, limpiando cocinas con gabinetes de madera africana, butacas italianas. Cristal alemán. Sábanas francesas. He tenido el privilegio en esta vida de haber nacido y crecido en la miseria económica y he llegado a este país a trabajar en el sector del Estado más exclusivo en donde viven las familias millonarias: dos realidades puestas en mis manos, ambas las he vivido y respirado desde mi invisibilidad. Cuánto se aprende de la vida siendo invisible.
La felicidad es tan fugaz que ni siquiera da tiempo de festejarla, no llega ni a un suspiro, se escapa como gota de lluvia que avisa el temporal. Dura más un orgasmo que la alegría extrema. Aquí los ricos con sus mansiones y sus lujos y allá los pobres con sus carencias, no es más feliz el rico con su dinero que el pobre con su adversidad. El dinero compra todo, menos lo esencial y eso abunda en mi arrabal. Están tratando de llenar y de rebalsar vacíos existenciales comprándose cuánta cosa material se les antoje, pero son vacíos que siempre estarán ahí: respirables, palpables, causando incomodidad en cada segundo de sus putrefactas vidas, ahondándose más cada vez que compran en descomunal desperdicio.
Son insensibles, apáticos y la avaricia les correo los sesos, les succiona el corazón, son explotadores laborales por excelencia. Ahí en sus altas cumbres donde el dinero les abunda, también los tortura el desamparo, ahí en las pupilas de sus ojos he leído sus calvarios día a día, desde mi invisibilidad de empleada doméstica. Tengo libros enteros escritos en las yemas de mis dedos. Innumerables historias por contar.
Y los adicciones los someten, de la misma forma en que huele pega un patojo de arrabal: aquí la heroína allá el pegamento de zapatos. Aquí la bulimia y anorexia y allá el hambre. Aquí el whisky y allá el agua ardiente. Aquí las peleas por la millonarias sumas gastadas en tiendas por departamento y allá las mismas peleas por la falta de frijoles para comer. Allá con suerte las bicicletas y aquí un automóvil nuevo al cumplir los 16. Aquí no es mejor allá.
Aquí he aprendido las reglas de etiqueta, la forma en que se colocan los cubiertos de plata sobre la mesa, -esas mesas que no saben disfrutar porque nunca se sientan ni para comer siempre ocupados en agrandar la fortuna – los platos, qué mantel para qué ocasión, el tipo de copa para cada licor, la forma de servir la comida cuando es cena de gala. Esas cenas donde todo es ficción. A tirarlo en el bote de basura lo que no se comieron. Qué zapatos van con qué vestido, qué corbata para tal ocasión, qué abrigo y de qué tela, qué joyas y qué peinado, he aprendido el nombre que tiene cada baño y habitación dentro de las mansiones: master room, great room, powder room que no es igual al washroom room. El family room que no es igual al tv room y dista del great room.
En mi casa de mi amada Ciudad Peronia, solo existía un cuarto que dividimos con canceles de tela. Aquella casa no es no la quinta parte de lo que aquí es una alacena. Aquí vine a conocer las aspiradoras, las secadoras de ropa, las alfombras turcas y también el famoso salmón y atún que en mi vida había probado. Aquí conocí el mentado coñac que en el bar se pide cognac. Pero no cambio por nada del mundo la chicha de piña de mi natal Comapa ni las tortillas con leche y frijoles.
Todo lo he aprendido en las mansiones en donde he trabajado limpiándolas. También he aprendido a identificar la soledad de las crías que nacen millonarias y que no padecen de hambre ni de carencias materiales, pero que mueren en la carencia de amor. Son tratadas como juguetes de peluche sus padres aun no se han dado cuenta que han parido humanos. Sus sonrisas fingidas cuando tienen que aparentar, los ensayan para que aprendan qué decir, en qué momento, en qué ocasión y entonces aprenden a ser actores y actrices extraordinarias, ninguno es real. Van a las sinagogas y a las iglesias con sus mejores galas y se dan los tres golpes de pecho con devoción, el diezmo es abundante pero el salario que le pagan a sus empleados es de miseria el trato es desgarrador.
Claro que sí, yo lo he visto todo desde mis ojos invisibles. Mis manos tienen innumerables historias por contar. Aquí he confirmado, en este país del capitalismo, de los espejuelos, de la gula, de la avaricia, de la comunidad y desperdicio que; la esencia de la vida nada tiene que ver con dinero, absolutamente nada. Con lo necesario se vive bien si se entiende que el desperdicio es vileza.
He ordenado ropa y zapatos en armarios que ocupan el espacio de cinco casas de mi arrabal, cientos y cientos de zapatos sin estrenar, ahí guardados para tratar de llenar vacíos existenciales. Con un mes trabajando en el campo se les quitan las mañas, a una maquila hay que llevarlas, a cortar café y algodón, a sembrar tacaco y hortalizas, de ayudantes de albañil, de panaderos y de empleadas domésticas, vamos a ver si así siguen llorando en lágrimas de oro su avaricia incontenida.
Escucho lo que no debo y no porque quiera sino porque estoy ahí como un mueble más, como la escoba, como el trapeador, eso vale una empleada doméstica para ellos. He aprendido a tomar el pulso con agilidad, a medir las aguas, a caminar de puntillas para no despertar de la siesta a la patrona que la toma a media tarde. A entender las miradas como órdenes irrevocables y a querer abrazar siendo invisible. Porque siento y eso no lo he aprendido eso emana de mi corazón. También de mi alma ha emanado el llanto salado durante días y noches de largos años en mis primeros pasos migrantes. No ha sido fácil y yo necia y testaruda me he complicado las cosas.
A saludar en idioma extraño y a limpiar el piso tres veces por día cuando llega el invierno.
Me han puesto a prueba en más de una ocasión dejando dinero escondido en la ropa sucia, debajo de las camas, en los gabinetes, abiertas las puertas de las cajas fuertes con la perchas de dólares que invitan a hurtar, dejando joyas carísimas a mi vista de mucama y he devuelto el dinero encontrado y no he tocado las joyas. Y les ha sorprendido mi honestidad, pensarán que como soy pobre soy ladrona y se han topado con una pared fortificada donde rebotan: eso se llama dignidad. Dignidad de arrabal. La desconocen.
Aspirando sótanos y áticos, lavando botes de basura, trapeando pisos de madera he aprendido a escuchar a mi ser interior, que en el bullicio de cualquier otro oficio no hubiera podido. Limpiando baños y arreglando camas se me quitó lo soberbio. Y recuerdo tanto a mi madre diciéndome en mi adolescencia cuando de corrido dejé cinco clases por bimestre: si no estudiás te vas a quedar trabajando de sirvienta y yo le decía que primero muerta que limpiar casas, ahí está que he aprendí a no escupir para arriba porque me ha caído torrencial tras torrencial. Y no porque denigre el trabajo de limpiadora de casas, he vendido helados en un mercado y no hay gran diferencia: en ambos he sido invisible. Pero se supone que se trataba de que estudiara para dedicarme a algo distinto y sí estudié y me hice maestra y ve pues me vine a empezar de cero contra la adversidad del idioma desconocido y en tierra extraña, sin documento alguno y en la zozobra de mi inestabilidad de emocional. Cuánto he aprendido en mi oficio de mucama. Oficio que no me gusta realizar pero que he aprendido a respetar.
En la soledad de mis silencios la memoria me habla, los recuerdos atisban, la realidad me sorprende, entre ropa por doblar y platos por lavar mi cerebro analiza, crea, decora, puntualiza. Repaso y repaso la forma en que debo equilibrar mi temperamento, lo voluble de mi ser. Ahí entre escobas y guantes plásticos, entre jabones y cepillos, mi imaginación está alerta y define, pregunta y responde.
He escuchado esos orgasmos fingidos que uno paga con tarjeta de crédito y la otra gasta en viajes a islas paradisiacas. Y he sabido de vidas rutinarias: gimnasio, club, amantes, salón de belleza y tiendas por departamento. Golf, club, amantes, licor y bar. Y en medio de todo las crías que tienen un pie en el limbo y el otro en la inestabilidad de un hogar.
He sido agredida en más de una ocasión en mi condición de latinoamericana, desconocedora del idioma, por mi condición de indocumentada. No más de las que me agredieron en Guatemala por mi oficio de heladera, mi color de piel y por vivir en periferia.
Claro que sí, he vivido tanto desde mi invisibilidad.
En un pedazo de papel siempre en la bolsa de mi pantaloneta he escrito los relatos y artículos y poemas, mientras aspiro alfombras turcas, mientras lavo los baños, mientras trapeo pisos de madera. Le debo tanto a mi oficio de mucama que ahí en el tedio del jornal y la tempestad de mis silencios en conflicto me hice escritora y poeta. Escritora y poeta desde la pluma de la invisibilidad. Claro que sí, soy privilegiada y usted más porque lee lo que escriben las manos de una cipota de arrabal. No cualquiera.
Ilka Oliva Corado.
16 de enero de 2014.
Estados Unidos.

10 comentarios

  1. Felicitaciones Ilka, muy buen escrito, espero leerle un libro completo
    .

  2. Marylena Bustamante

    Nunca había leído un texto completo de usted, primera vez que lo hago. Le confieso soy barata para eso del llanto y su relato me provocó eso, y siento de pronto verguenza cuando recuerdo con lagrimas el exilio político, al salir huyendo de la dictadura de Ríos Montt. Siempre hay otras realidades que creemos saber, pero estamos tan lejos de ellas. Gracias por su hermoso texto, no hay duda que ha crecido y lo seguirá haciendo y un día será “legal” en ese país, tendrá papeles y será la escritora de los arrabales más reconocida que haya parido Comapa en Guatemala.
    Algún día le contaré que muchas mujeres nos volvemos invisibles, aunque no trabajemos en casas de millonarios.

    • Mire pues, bienvenida al blog. Y muchas gracias por sus palabras, efectivamente hay tantas realidades del ser humano, de las circunstancias de vida, de las formas de verlas, de experiencias. Yo pertenezco a la generación de la desmemoria en lo que se refiere al convicto armado interno que se vivió en Guatemala cuando yo recién había nacido, de eso ustedes las personas mayores pueden expresar más que yo, porque lo llevan en la piel.
      Yo cuento mi verdad de lo que he vivido, no para ser comprendida, no para ser enjuiciada, la cuento porque necesito expresar…. Le mando un abrazo fuerte y gracias por comentar.

  3. Ilka..cada vez que leo lo que escribes, mi admiración por ti cada día crece más..y te envidio..pero envidia de la buena…..como tus valores y principios se han mantenido incolumnes , viviendo y viendo a tu alrededor tantas injusticias, miserias, con personas que tienen de todo….pero no tienen una vida feliz, que ha simple vista parece que sí…pero no….me enamoro de tus sentimientos y aprendo mucho…ojala que lo que escribes llegará a muchos jóvenes, para que aprendan de tí…y como tú dices “Le debo tanto a mi oficio de mucama que ahí en el tedio del jornal y la tempestad de mis silencios en conflicto me hice escritora y poeta. Escritora y poeta desde la pluma de la invisibilidad. Claro que sí, soy privilegiada” y yo Bendigo que Dios te haya dado la oportunidad estar viviendo y compartiendo conmigo esa invisibilidad aparente…pero que nos iluminas día a dia….y eres luz y ejemplo de lucha para nosotros….un abrazo en la distancia

    • Me abrumás con tanta palabra bonita, mirá tenemos pendientes el chocolate y la champurrada, y por ahí algún antojito de tu tierra… Un día será… ya verás. Te mando un abrazo fuerte, fuerte. Gracias.

  4. Hola Ilka hermosa, Feliz anio!!
    Gracias mil por esta bella composicion. Me identifico con vos porq tambien he aprendido cantidad de mi misma y a percibir los sentimientos de aquellos a los q me ha tocado servir y limpiarles sus inmensas casas.
    Gracias por tu originalidad al escribir. Me encantaria comprar un libro von tus relatos condensados. Muchas Bendiciones del creador para vos y tu hermana Mama. .

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