Más allá del hielo.

¿Usted alguna vez ha estado cerca del mar? ¿Caminando sobre el salitre de alguna playa? ¿ O por lo menos lo ha visto en películas? Pues no me dejará mentir que cuando el oleaje se acerca a la ribera y besa con urgencia el salitre húmedo, deja expuestas pequeñas conchas, piedrecitas de colores, cangrejos bebés, algunos caracoles y todo tipo de desecho que no le pertenece y devuelve a la tierra.
Quitándole el romanticismo es eso mismo lo que sucede en Estados de la nación de las eternas pesadillas. Las tormentas invernales solo sirven para exponer la escoria humana, de jefes, líderes sindicales y los ya conocidos –por mequetrefes y embusteros- líderes de la comunidad migrante. Cabe aclarar que esos líderes se autonombran entre ellos mismos y que realmente la comunidad migrante que vive atemorizada y ni sale de sus viviendas por miedo a deportaciones, no los conoce siquiera, ni nunca les han visto la ficha.
Ellos colmilludos aprovechan entonces luces de cámaras para fanfarronear con tacuche nuevo. Dicen que es para dar una buena impresión de los migrantes en el extranjero, – dirá usté, qué bruta ni modo que migrantes dentro del país. También los hay- para que no se piense que se están muriendo de hambre, aunque en realidad sí y la gente no tenga qué comer. Pero como lo que interesa es el hueso, el cuello, el conecte, vaya usté a saber con qué finalidad. (Bien sabe, la de la marmaja).
Lo que yo estoy escribiendo en este artículo usted no lo leerá en reportaje de periódico de país de origen ni de llegada. Y no porque sea invención de mi mente maliciosa. Al de origen solo le interesa cubrir casos de deportaciones, la foto de aquella fila caminando con la mirada perdida, con las manos esposadas y los sueños truncados. Pero no vaya a creer usted que porque les interesa la frustración de las personas deportadas y sus situaciones emocionales y económicas. La foto es nada más para llevar una contabilidad de las posibles remesas que se pierden con la cantidad de deportados. Somos pues estadísticas de remesas, así nomás.
Por ahí uno que otro reportaje que hacen con fanfarreas a familias que han logrado el famoso sueño mal llamado americano, cuando lo que urge realmente es exponer la realidad que vive la mayoría de migrantes sin documentos, la realidad cruda sin barniz, sin pintura, sin repello. Ésta muy pocas personas se atreven a tocar.
Porque no vende, porque asusta, porque es cruel, porque apesta, porque escupe todo aquello que el sistema pretende esconder.
¿A quién o a quiénes les puede interesar la realidad de la comunidad migrante indocumentada? Si para lo único que puede servir es para ser explotada por el país de origen y de llegada, el de origen por las remesas y el de llegada por la mano de obra barata.
A ninguno de los dos países -peor al de traslado que es tercero- le interesa la vida de la persona sin documentos. El país de origen quiere que quien se fue no regrese y el llegada explotarlo hasta que quede inservible para mandarlo como lastre a donde dejó el ombligo. Sin beneficio laboral ni médico alguno, ya daría usted su brazo derecho porque regresara a su país de origen y siendo indocumentado le mandaran su cheque de jubilación. ¡Pero patadas en el culo, diría Tío Lilo!
Hoy en clima de onda polar, frío mortal en varios Estados de este país, que decidieron cerrar escuelas y oficinas gubernamentales, que pidieron a la población no salir de sus casas para que no arriesgaran sus vidas con lo terrible del estado de las carreteras y de las bajas temperaturas. ¿Sabe qué?
Mientras los jefes gringos se quedaron en sus casas abrigándose, cubriéndose del frío polar, hicieron ir a trabajar a sus empleados indocumentados solamente, dándoles el día a sus empleados con documentos y beneficios laborales.
Así fue como Juan y Carmelo trabajaron en el primer turno –empezando a las 3 de la mañana- en una lavandería industrial, mientras sus compañeros con documentos dormían en sus casas.
También María, Josefina y Guadalupe, meseras indocumentadas: fueron a limpiar el piso del restaurante que estaba cerrado, cuadro por cuadro, de rodillas, mientras los jefes estaban en sus casas cuidando su salud. En otro restaurante Pedro y Jacobo indocumentados, lava platos: los hicieron ir a trabajar sabiendo que el único transporte que utilizan es el de autobús, que el día de hoy pasaba uno cada hora. Es decir los dos estuvieron una hora parados esperando el transporte, bajo gélidas temperaturas que bien les pudo causar daños a la salud. –Aun no se sabe-. Lavando ollas y restregando lavaderos se pasaron el día.
En la esquina de una avenida principal del centro de la ciudad, estaba Francisco, indocumentado. Parado sosteniendo el rótulo que ofrecía descuento en el cambio de aceite a un automóvil. Ahí pasó ocho horas. Ganando a cinco dólares la hora. Adentro trabajaban Manuel, Gustavo y Erick también indocumentados, sus compañeros “legales” descansaban en sus casas.
A Gerónimo lo obligaron a ir a cortar madera, es albañil. Junto a él doce compañeros más, mientras que sus compañeros europeos con documentos, tomaban té caliente en sus casas, a ellos sí les pagarían el día en cambio a Gerónimo y a sus compañeros les ofrecieron despido si faltaban al trabajo.
A Rosa y Macaria en cambio las jefas les cancelaron el día, ya cuando iban en camino hacia el trabajo, ambas limpian casas. Faltando quince minutos para llegar les llamaron por teléfono para decirles que no llegaran porque los niños se levantarían tarde y no querían ruido. No les pudieron avisar la noche antes, sino que las hicieron llegar hasta el lugar para decirles que no querían ver sus caras de latinas en el día familiar… Por supuesto no les pagaron el día. Pero a Rosa y a Macaria –como a millones más- sí les vieron la cara de latinas en la noche Navidad, Noche Buena, la de Año Nuevo y el primero de enero, porque necesitaban las patronas, sus casas limpias y que sirvieran la cena y que volvieran a limpiar después del postre, saliendo pues al filo de la media noche, a enfrentarse con temperaturas polares y a llorar en el camino, el calor del hogar. Los hijos que dejaron a cargo de las abuela, en sus países de origen.
Adela y Margarita tiene cinco hijos cada una, los dejaron a cargo, Adela de su mamá, y Margarita de su hermana mayor. Trabajan limpiando habitaciones de motel. Hoy las obligaron a ir y con la sentencia de no faltar porque les quitarían el trabajo. Ganan $5.25 la hora y las horas extras no se las pagan. Entran a las seis de la mañana y son las ocho de la noche y ni por donde asome la hora de salida. Hablan poco español y son descrinadas en cualquier otro trabajo por su aspecto físico y su color de piel. El taxi que las llevó les cobró $45.00 porque la ruta del autobús hoy no funcionó, debido a la onda polar.
Adela y Margarita – y las Adelas y Margaritas allá afuera- no pueden objetar porque en sus espaldas tienen la manutención de cinco crías en sus países de origen. El motel estaba prácticamente vacío pero les tocó restregar paredes, desinfectar sanitarios, lavar puertas. Cualquier excusa para no darles el día y tener que pagárselos.
Las niñeras cuidando crías mientras los jefes descansando, tampoco a ellas les dieron el día porque los padres son incapaces de poder convivir con sus propios hijos un día entero.
En los noticieros lo único que enfocan son las calles vacías, las tiendas cerradas y algún automóvil detenido a media carretera. Las parvas de nieve. La entrevista habitual a líderes y copetudos de la política. Los centros que brindan comida y noche con calefacción a personas sin las posibilidades económicas, los mismos a donde no pueden ir personas indocumentadas porque la migra ronda en todos lados, Y cuando los meten en las perreras, ningún pseudo líder de migrantes aparece para por lo menos hacer acto de presencia. Porque ahí no hay cámaras, ni fotos, ni entrevistas para lucirse.
Pero más allá del hielo está una realidad de la que nadie habla y ésta es la indocumentada. La de los apartamentos sin calefacción, donde la gente mantiene las estufas encendidas para tratar de entibiar un poquito el nido. Esto no sale en las noticias, la gente indocumentada trabajadora y explotada, somos invisibles a todo raciocinio, sentimiento y ley que abogue por la justicia humana.
Por esa razón, usted que me lee, cuando sepa de una remesa que llega de Estados en donde nieva, sepa que el sacrificio es doble, sepa que ese dinero lleva más que sudor y dolor, la humillación, el abuso, la agresión. Y la piel misma. Sepa que ese dinero en lugar de ser verde, es rojo como la sangre misma. Más allá del hielo, hay millones de vidas marchitas, con el cansancio de las extenuantes horas laborales y la frustración de la explotación, la añoranza y el desencanto. Más allá del hielo, hay una voz: la voz del miedo que hace llorar al corazón.
A ellos y ellas… Siempre.
Ilka Oliva Corado.
Enero 06 de 2014.
En mi tabuco –congelado-.

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