Mi Amora Polaca.

Pensar en el día en que las conocí causa en mí una fascinación, quiero recordarlo intacto antes que la memoria me juegue una mala pasada y me apuñale por la espalda con cáscara de naranja lanzada con hule desde el techo de una choza de las calles de mi infancia. Estaba sola en el sauna del gimnasio leyendo uno de mis libros cuando asomaron en manada salían recién de sus clases de aeróbicos acuáticos. Siempre juntas, siempre en grupo, salvajemente hermosas y emancipadas Las Chicas de la Tercera Edad.
Durante años fui la cume, la cría tierna, la niñita, la nieta, la consentida por el grupo de mujeres de multiculturas. Cada una habla el inglés con acento de su país de origen y causa en mí un trastorno inexplicable, algo así como un conjuro del que no puedo escapar cuando las estoy escuchando hablar, son un deleite, con sus gestos, sus sonidos, sus voces de mujeres andadas en las ciénagas de la vida y de la migración. Todas migrantes que cuando se juntan unen los cinco continentes y por ahí en una cuñita una cipota tartamuda que representa Guatemala.
Es un embeleso ver sus cuerpos desnudos abrazados por el vapor del calor, la piel ajada por la edad, los muslos suaves y tiernos que sólo la nieve de los años embellece, las pequeñas lomas que en la juventud fueron cumbres de cúspides soberbias que la leche materna con gracia de alfarera moldeó.
Las espaldas cansadas y trabajadas, los pies que han recorrido miles de kilómetros para encontrarse, reconocerse y confesarse migrantes. Los ojos de miradas extasiadas cuando un buen recuerdo aflora, la tristeza de decir adiós, los ocasos de países lejanos con aroma a terruño, a lo propio, a lo conocido, a lo amado, a lo abandonado.
Las manos acariciando utopías, sentenciando ironías de quien a otra tierra va y no regresa.
Siempre preguntaron por qué tan callada, por qué tan ensimismada leyendo libros que los libros eran consuelo de las abuelas no de las nietas, que las nietas tienen la juventud a flor de piel, la energía, la belleza física, y yo que nunca supe cómo explicarles que la vida la había vivido al revés, lo último como primero, que no parí pero que crié, que las penas más ligeras no fueron las de buscar el cáñamo del trompo para jugar, ni que la pelota se pinchara o que las calcetas estaban rotas, que el estrés de la vida adulta yo lo viví –y me lo pasé con tortilla y sal y me lo bajé con saliva- en la infancia, que las penas iban de conseguir dinero para la comida hasta para la medicina, gastos de útiles, ropa y colegio, a la edad en que debí estar acariciando la infancia con sus alegrías y sus tonterías. A la hora que los niños jugaban yo estaba trabajando como mula y hoy que quiero jugar todos son adultos ya. –Tal vez por eso hoy de vieja parezco güira que no quiere madurar-.
No, no podía explicarles porque nunca he podido hablar –lo que en esta hoja en blanco mágicamente aflora- no podía decirles que leía tanto libro con ansiedad de loca, de amante en día de ovulación, de migrante cruzando la frontera, en esta edad adulta porque en la infancia y adolescencia no me dio tiempo ni de presentarme con ellos mucho menos ir al retozo de una velada sumergida y extasiada entre sus páginas. Apenas logré contestar que me gustaba leer por eso andaba con dos o tres libros inclusive en el sauna.
Del grupo de aquellas bellezas hubo una que me cautivó, que me robó el corazón desde el instante en que vi sus ojos azules color cielo desnudo de verano, alta, con su cabello nevado, con las cicatrices del tiempo asidas a su piel, excelente nadadora atleta en su juventud en su natal Polonia. Noventa y uno, me contestó cuando le pregunté cuántos inviernos habían caído sobre su cabello, noventa y un años y lucía como de setenta, con un garbo para caminar, su sonrisa destellante, verla nadar era la alucinación de estar en mar abierto contemplando la hermosura de un delfín. Y así le decía, Dolphin.
De pronto llegaba cuando todas se habían ido, ella disfrutaba de nadar el famoso y respetado kilómetro extra entonces se asomaba al sauna cuando yo estaba sola y conversábamos, siempre indagaba sobre las trama de los libros que yo leía:
– ¿Ajá de qué trata el de hoy?
– De una muchacha que se enamoró…
– ¿De un fulano pervertido?
– Algo así…
– ¿Y qué le dio a cambio?
– ¿Quién él, o ella?
– ¿Ambos qué se dieron a cambio?
– Bueno, el cuerpo
– ¿Y él le pagó?
– No, porque ella se enamoró y lo atendió fuera del salón de baile y encendieron velas a la orilla del río y ahí en el río hicieron el intercambio de babas y de líquidos y de sudores… Y de pasiones y de las placas postizas porque los dos no tenían ya dientes. Como fue en verano las nalgas se las comieron los zancudos.
– De dicha no fue en invierno se hubieran congelado las babas y los líquidos y los sudores y las placas las hubieran perdido entre tanta nieve.
Y así ella y yo sabíamos que la trama recién contada no era la del libro pero a ella le encantaba que yo le inventara historias y a mí me fascinaba hacerlo. Decía que yo era escritora y yo le decía que no, que era housekeeper, insistía en que yo era escritora y que por boba estaba perdiendo el tiempo en limpiar casas y en cuidar niños ajenos. Yo me reía nada más y seguía con la invención de otro capítulo del libro hasta que el calor del sauna nos obligaba a salir y lanzarnos de panza a la piscina.
Siempre nadamos en el mismo carril, nunca la pude alcanzar, tenía suficiente aire y mi panza cervecera no ayudaba nada a mantener el oxigeno en mis pulmones, nadábamos los cuatro estilos siempre me ganó en mariposa. Nadar con ella se volvió una inspiración siendo yo tan arisca para las relaciones interpersonales y que toda mi vida he entrenado sola, de pronto tener a un mujerón como ella de alera se volvió un encanto.
Perdí la cuenta de las veces que le dije viéndola a los ojos después de nadar, ambas aun en la piscina: I am in love with you! Y ella entonces me abrazaba y acariciaba mi murushera y me decía con voz de abuela, me too kid, me too. Sus abrazos de gallina recién quedada. El día que me vio con el pelo corto me aplaudió me dijo que ya era hora de empezar a maniobrar el timón de mi vida. ¡No sé qué quiso decir con eso!
Todas las veces que la vi y que compartí con ella se lo dije, se lo repetí viéndola a los ojos, “estoy enamorada de ti”, y ella entendía la profundidad de esa expresión sabía que estaba libre de todo morbo que era una delicadeza del corazón, yo era su nieta del corazón.
En los primeros días de agosto nadábamos juntas en el mismo carril, algo sucedió con su corazón que se detuvo de súbito, murió cuando la trasportaban en ambulancia al hospital. Hoy la enterraron en su natal Polonia. De la que tanto me habló, de la que llevaba en el corazón, arraigada en lo más profundo de su alma y de su esencia. Volvió a la tierra que tanto amaba, allá sus huesos se harán polvo y se juntarán en el ocaso con el de sus padres y hermanos asesinados en el holocausto.
Desde el día en que el corazón no dio para otro entreno, la piscina ha quedado en silencio, Las Chicas de la Tercera Edad decidieron dispersarse hacia distintos gimnasios porque el recuerdo de la amiga de décadas les oprime el alma en las clases de aeróbicos acuáticos.
En silencio ha quedado también en el sauna, los vestidores, y los corredores donde tantas veces conversé con ellas. Con ella. Decidí seguir asistiendo al mismo gimnasio porque no huiré de su compañía, sigo nadando en el mismo carril, y ella sigue ganando en mariposa.
No pude ser capaz de ir a su velorio, preferí guardarme el recuerdo de sus brazadas dentro del agua, de su cabello blanco, de sus abrazos, de sus consejos y de nuestras invenciones con los libros.
Hoy recibí un libro que ella quiso regalarme para los primeros días de agosto, hay una dedicatoria escrita con su puño y letra. Es el libro de Cristina García llamado en inglés, Dreaming in Cuban. Ya lo leí y ella sabe que lo leí y ella también lo leyó, era el único libro que teníamos en común. Es de hecho su libro, no lo compró, me dio su libro, lo que hace del regalo una tarde de lluvia y niebla.
La dedicatoria de adentro es la que me ha hecho escribir hoy: “Para mi niña lectora, mi nieta, amiga y escritora favorita. Disfruta la vida que es corta. Con amor, tu Amora Polaca.
Solo en este instante para ella y por ella, dejaré guardados en la noche de este agosto que agoniza, los utensilios de limpieza y el oficio de niñera, el de heladera y seré su escritora favorita. Tal vez un día tome en cuenta sus palabras y comience a escribir…
A: Mi Amora Polaca.
Ilka.
Agosto 26 de 2013.
Aquí.

3 comentarios

  1. Deliciosa escritura. 😀
    Me resultó curioso…compartimos apellido. Saludos!

  2. Vicente Antonio Vásquez Bonilla

    Ilka linda: Es un texto muy bello, escrito con el corazón. Te felicito, eres una gran escritora, no dejes que el viento se lleve tu talento, Compártelo con el mundo de hoy y con el del largo futuro.
    De nuevo te felicito. Tu lector. Chente.

  3. Luis Estrada Ronquillo

    Linda, Ilka. Bendiciones y que el Dios de toda gloria te dé la inspiración, el arranque y los medios para que empieces ya como Él manda. Ánimo, empieza ya, ya sabes el qué, el cómo déjaselo al que es proveedor por excelencia.

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