La Maestra de mí arrabal.

Llegó a Ciudad Peronia justo cuando ésta era un potrero recién lotificado, vestía para aquel entonces faldas largas de lona, zapatos negros sin tacón y chaqueta oscura o suéter oscuro. Tenía sus cabello largo colocho algodonado que siempre se agarraba con un gancho o una cola.
Guindaba de uno de sus hombros un bolso grande donde guardaba su material didáctico. La veía atravesar El Caminón de la arada a medio día cuando iba camino al colegio Galilea a trabajar en la jornada vespertina: en los básicos. Yo estudiaba entonces en la jornada matutina es primaria.
El colegio Galilea fue el segundo en Ciudad Peronia,  que fue fundado un año después del Rafael Álvarez Ovalle que  duró en actividad no más de cinco años y  desapareció.
De estatura promedio, de piernas rollizas,  y abdomen plano. En raras ocasiones la vi con blusa manga corta su forma de vestir siempre ha sido sobria.
Recuerdo que vivía con su abuela y un hermano. Acabada de graduarse y escuchaba que decían que había estudiado o que era oriunda de Chimaltenango, realmente nunca se lo pregunté.
Era ella y su camada de maestros al igual que yo la única mujer del grupo. Así la recuerdo, con más compañeras docentes pero aleros los hombres de su  círculo íntimo, curioso a mí me pasa igual los aleros de mi vida han sido hombres.
Cuando entré a los básicos resultó que sería ella nuestra maestra guía y además impartiría una  materia: ciencias naturales.
Fue entonces que el flechazo me atravesó el corazón.
Yo siempre anduve con la adrenalina a flor de piel, no olía pegamento, no tomaba licor, no me inyectaba heroína ni nada de eso, tampoco ningún polvo blanco en la nariz, pero actuaba como si toda esa cantidad de droga estuviera en mi cuerpo las veinticuatro horas del día.  Siempre eléctrica, despierta,  con la sangre hirviendo, sumamente hiperactiva, con la agresividad en torrencial de cascada.
En la primaria en los básicos  yo puedo decir que no se quedó ningún patojo del grado sin que yo me agarrara a trompadas con él. En la primaria todos los días  terminaba el recreo en la dirección con las orejas de burro puestas en la cabeza y parada en la esquina viendo hacia la pared y repitiendo: no debo pelear con mis compañeros.
En los básicos terminaba todos los días con el ruedo del jumper deshecho. La blusa manga larga la rompía de la unión de las axilas, la manga corta de los botones, porque cada vez que me debatía a los puñetazos era hasta que volaban los pitos de sangre de la nariz, ya fuera la de él o la mía. Con las mujeres nunca tuve problemas siempre fue un mundo muy tranquilo, el de ellas era fantasear con los patojos que yo trompeaba y el mío era lograr ajustar para pagar la mensualidad del colegio.
Así que de alumna aplicada yo no tengo nada, ni de inteligente tampoco mis promedios nunca pasaron de sesenta y cinco y siempre dejé materias.
Un día en una de mis peleas de la hora del recreo apareció una mujer de suéter oscuro, recuerdo muy bien las mangas y nos separó no me llevó a la dirección como hacían los otros maestros sino que me compró me dijo “Bandida venga para acá”  usted es una “Traviesa”. Me dijo que le impactaba la fuerza que yo tenía en los puños para noquear a los patojos, la técnica y la concentración para golpear.  Intuyó desde el primer instante que aquella técnica y aquella fuerza eran una descarga emocional, eran las lágrimas que yo no podía llorar y eran los gritos y la cólera que yo retenía, era el estrés del trabajo, las obligaciones y las pocas horas de sueño. Nunca me escuchó ninguna queja, ninguna confesión me las leía en los ojos. Para aquellos años yo no hablaba salvo en el mercado ofreciendo mis helados.
Desde aquel instante a la hora de pasar lista dejé de ser Ilka y me convertí en su Traviesa y en su Bandida  y así hasta el sol de hoy.
Sabía de mi trabajo, de mis horarios, de las responsabilidades en la casa y del poco tiempo para hacer los deberes del colegio. Entonces buscó la forma de que toda aquella adrenalina y aquella ansiedad bajara a un nivel aceptable que me permitiera respirar con tranquilidad, lo hizo a través de la literatura puso en mis  manos un poema que se convirtió en uno de mis favoritos: A los Cuchumatanes de Juan Diéguez Olaverri. Me dijo que quería que me lo aprendiera porque se acercaban las actividades de septiembre, me lo aprendí y luego puso otro La Niña de Guatemala –que mi locura-  con ambos poemas me inscribió para representar a la sección, luego para representar al colegio, cuando me daba por tartamudear me decía: Bandida respire profundo, que no la intimide el público, es más véalos a los ojos si puede.
Y así fue como durante los tres años de básicos gané el primer lugar en declamación para las actividades intercolegiales de septiembre.
Cada mes me sorprendía con un libro: los de Rodríguez Macal y Miguel Ángel Asturias, que me los hice bebidos sentada en el tapial de la casa viendo hacia las montañas verde botella de la aldea, todas las tardes después de limpiar el chiquero de los coches.
Ella y solamente ella es la culpable de que yo enloquezca por la poesía y por los libros. Ella es la culpable de que yo encuentre paz en los versos y las letras. Ella es la culpable porque desde el día en que puso esos dos poemas en mis manos yo he enloquecido con las Odas. Ella es la culpable de que yo dejara mi agresividad y la cambiara por la lectura.
Es mujer de muy pocos abrazos su forma de expresión es rara pero yo la entiendo a la perfección, de muy pocas palabras y siempre me trató de usted, yo  fui la única del grupo que nunca la llamó Miss, para mí siempre fue maestra en castellano y maestra sigue siendo.
Siempre me metía en problemas por andar en trompadas y me llevaban a la dirección mis compañeros le avisaban y ella dejaba de dar clases y salía despepitada a abogar por mí, perdí la cuenta de las ocasiones en que los regaños fueron para ella y no para mí, perdí la cuenta de las veces que le dijeron que si me seguía defendiendo la que terminaría despedida sería ella,  perdí la cuenta de las ocasiones en que otros docentes le decían que yo era caso perdido, ella se ponía como fiera salvaje y no había argumento alguno que la lanzara a la duela y que perdiera la pelea: nunca ni por un instante dejó de confiar en mí, en mi capacidad y en mi intelecto.
La mayoría de peleas eran a la hora de salida en el sitio baldío y ahí nos hacían rueda las patojas y los patojos,  me sostenían el bolsón, me quitaba el suéter y me arrollaba la manga de la blusa y empezaba pues al primer pitazo de sangre  se acababa la pelea, recuerdo que La Maestra salía en carrera de la reunión de docentes o dejaba lo que estuviera haciendo para salir a detener el ataque a como diera lugar, la veíamos aparecer y nos esfumábamos con su miraba  de dardo me hacía llegar a su lado y entonces me decía: “Bandida es bueno que no se deje pero no hay motivo para golpearse con los patojos” me llevaba entonces a su casa me ofrecía un vaso de fresco y me daba un poema o un libro y me dejaba de tarea llevar en una hoja  la síntesis, fue un secreto entre ella y yo que hasta el día de hoy estoy revelando. Yo le dejaba  la hoja doblada  en el escritorio.
Cuando en tercero básico me dio por tomar con los patojos su decepción no la hizo renunciar a su lucha, al contrario fue perenne su compañía, sabía que teníamos técnicas y tácticas de última moda para tomar  dentro del colegio,  aquellos compraban un agua en bolsa y ahí le echaban el octavo y con pajilla pasaba de boca en boca hasta acabarse, así que salíamos surumbos.
Como nunca he sido pipa para los tragos con el olor me emborrachaba. Fue doblemente estricta conmigo que con el resto del grupo,  ni un punto regalado, ni un trabajo entregado fuera de tiempo, yo no tenía máquina de escribir  permitía entonces el trabajo a mano con letra de carta o de molde pero legible.
Yo le hacía corazoncitos en las esquinas  y florecitas era la única forma de expresión que tenía para decirle que la quería y ella la entendía a la perfección. No le  asombraba que alguien tan recia y tan agresiva también dibujara florecitas de colores.
Para el viaje que hicimos de clausura al Complejo Deportivo de Escuintla  y  unos cuantos nos bajamos cuatro libros de guaro revuelto con gaseosa y sin tener base en la panza, ella enloqueció sintió que todo el trabajo de tres años había sido en vano, pero no desistió ni por un instante en sacarnos del atolladero antes que más maestros y el director nos vieran. Ella y los sobrios fueron a acarrear a agua a las regaderas, con vasos desechables y nos la echan en la cabeza, después nos llevó a la piscina donde nos tiramos de cabeza y ella con nosotros con todo y ropa  y nos mantuvo a flote hasta que se nos pasó la borrachera. En la bus nos metió atrás y nos tapó las jetas con unas toallas y nos sentenció que no abriéramos la boca para nada y que fingiéramos dormir, solo así  podríamos salvarnos de la expulsión.
El día de la clausura de tercero básico no fue nadie de mi familia pero ella estaba ahí y eso era suficiente para mí, ella llenaba  mi mundo de enajenación y  algodonaba de niebla lo día lluviosos.
Me sentenció para que no dejara de estudiar y siempre en las noches más frías y en los desvelos más largos recordaba sus palabras: “Bandida es capaz de lograr todo lo que se proponga en la vida” “Traviesa su fuerza de voluntad es inquebrantable, no la desperdicie”.
El día que me gradué de maestra de Educación Física mi alma estaba de fiesta había cumplido la promesa que me había hecho en las madrugadas de trabajo, era docente como ella, y en mi corazón el título y el diploma se lo dedicaba a ella a nadie más. Cuando lo tuve en mis manos pensé: “Maestra de mi alma  este logro también es suyo”.
Con el tiempo cuando experimenté en el campo de trabajo la labor docente entendí a cabalidad su actuar, porque solo quienes son maestras por vocación apuestan todo contra todos por aquellas crías que nadie daría un centavo. Yo fui una de esas crías y ella confió en mí.
Cuando me da por hablar sola  muchas ocasiones  lo estoy haciendo con ella, me quedó la maña de realizar síntesis de libros cuando termino de leerlos, es su culpa.
Cada Día del Maestro  retorno a los años en que nadie daba ni  medio centavo por mí, y ella apostó todo por una heladera enajenada a la cual nadie le sabía el nombre.
Sé que no lo hizo solo conmigo y que probablemente no lo recuerde, porque es maestra de vocación y son varias generaciones las que ha visto emerger de aquel arrabal que es poesía en mi nostalgia y prosa en mi locura.
Para:  Zonia Higueros. La Maestra que me enseñó a amar la poesía y las letras. Chicharra de Más de un  Verano. A usted  la gratitud de mi alma y la lealtad de mi demencia.
Su siempre Bandida y Traviesa.
Ilka.
Junio 23 de 2013.
Tabucolandia.

10 comentarios

  1. Lindo Ilka recién salido del corazón.
    Me hizo recordar a mi abuela, que era una maestra como la que usted describe en su historia, de esas que dejan una semilla de bondad y hacen que germine. Que orgullo mas grande para su maestra ver que tanto esfuerzo prosperó grandemente
    Saludos calurosos

  2. Abrazos Ilka.m E HA EMOCIONADO Y ENTERNECIDO EL RECONOCIMIENTO QUE LE HACES a tu Maestra. me encanta la riqueza de tu vocabulario y la forma en que describes cómo, con gran esfuerzo y trabajo has salido adelante. sigue escribiendo, sigue estudiando. adelante.

  3. Gregorio R. Trujillo G.

    “Ser Maestro es llevar en la mano una antorcha de luz encendida , llamar a los hombres hermanos y llenar de grandezas la vida”… eso es usted
    Felicidades M A E S T R O S!!!!!.

  4. Soy su seguidora, no siempre estoy de acuerdo con lo que escribe, pero esta historia me gusto.

    • Mucho gusto Norma, no es necesario estar de acuerdo en todo. Se imagina qué aburrido sería. Lo que sí es que hay que tener conciencia… Le envío un fuerte abrazo, cuídese mucho y gracias por comentar, no se pierda.

  5. Luis Estrada Ronquillo.

    Ay, Ilka, otra vez me has hecho estremecer con tus palabras y tus recuerdos que hacen emerger un no sé qué de mi alma. Bendiciones.

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