Inamovible mazmorra.

Auténtica es la flor de asfalto que crece a pesar de todo, que se abre camino en la parte más dura del talpetate y emerge justo ahí donde nadie lo espera, en el inamovible asfalto.
Inamovible pero  no para su ímpetu y lindeza.
Crecen afianzadas a las ramas de los árboles ahí sacan sus raíces colgantes y florean las orquídeas sin un suelo fijo más que la savia de la  cáscara que las alimenta.
A la orilla del  riachuelo crece el berro  verde su raíz no se pudre, se oxigena aun contra la corriente.
En lo más árido de la tierra emergen los peyotes sin oasis alguno florean y paren dulces frutos pitayos.
Nacen en nidos peregrinos sin refugio alguno, ahí en los pasajero aprenden a extender sus alas y surcan horizontes, las golondrinas de más de un verano.
Ahí en el agua estancada de un pantano crece hermosamente la flor de loto.
En el filo de la ladera  brota el nacimiento de agua cristalina que emerge desde el corazón mismo de la tierra.
Aun mojada enciende la leña verde en el rescoldo del polletón.
En la intemperie duermen los perros callejeros y sin embargo ladran y aman.
Con hambre se acuesta el mendigo y abraza la alborada con una nueva ilusión.
Se socava en un alud la loma enverdecida y en su nueva forma vuelve a retoñar la zarza y la dormilona.
Se inundan las periferias y la alcantarillas  y los roedores aprenden a nadar.
El lodo encharcado se convierte en barro que una mano artesana  transforma  en arte.
El viento fuerte da altura al barrilete  y lo libera cuando rompe su hilo.
Lo cortan, lo talan pero el árbol retoña desde su raíz.
Canta siempre canta su dolor la chicharra de más de un verano.
La luciérnaga en la oscurana nunca deja de alumbrar.
No apaga su luz el alto faro que alumbra en el litoral.
La luna que nunca duerme aunque la cubra un poncho encapotado.
El camino que nunca deja de ser vereda, trayecto aunque  lo cubra un alud.
La montaña que no deja de ser otero aunque a traición la perforen.
Los guindos que no dejan de ser paisaje aunque los conviertan en vertederos.
Los gallos que nunca dejan de cantar aunque la alborada tarde en arribar.
El pueblo que camina, siempre avanza, aunque desmoronen los senderos y entrampen las veredas.
El río nunca deja de ser afluente aunque lo drenen. Queda ahí en la sequía su forma estampada, su huella, su guía.
La justicia nunca deja de ser lucero aunque nos tiznen el cielo, aunque lo pinten de negro.
La conciencia que es rescoldo nunca se apaga aunque la inunde un aguacero.
La consecuencia que es retoño de flor de bugambilia revienta en múltiples colores como arcoíris después del temporal.
La honradez es tierra de  un solo color que aunque la tiñan de sangre siempre será corteza tonalidad grano de café tostado.
La honestidad que aunque la torturen, desaparezcan y lancen en una fosa clandestina desde el corazón mismo de la tierra alzará su retumbante voz.
El pueblo que mantiene viva su memoria está obligado a hacerla respetar.
Todo genocida culpable está condenado al escarmiento, al castigo y al derecho de una celda donde se pudra en sus propios sus caldos, cuando sus muertos le exijan cuentas.
Entonces será inamovible la mazmorra donde se convertirá en hollín implorando perdón a las almas de sus torturados y masacrados.
¡No lo indultarán porque no existe el olvido ni el perdón!
Ilka.
Abril 19 de 2013.
Tabucolandia.

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