Para apacharle el ojo al macho.

Las huellas de don Teo.
Ayer agarré mi cámara fotográfica y me fui a dundear siguiendo las huellas de don Teddy, como le llaman en Chicago yo le diría don Teo.
Veremos si aun me recuerdo de mis clases de seminario, creo que decía el profesor que el subtítulo debe de ir subrayado, el subtítulo de este artículo es acerca de la profundidad de las huellas que ha dejado el hombre garífuna en un país como Guatemala y en un Estado como Illinois.
Hay tanto que decir que por momentos suena a   catazumbada y por canastadas viene la cólera, decepción y la indolencia.  Se nos fue don Doroteo Guamuch   uno de los  estandartes del atletismo y  de la clase obrera, campesina y proletaria. Nunca sus ojos vieron el estadio con su nombre verdadero y es que Doroteo no llama, no compra y no imita es un nombre puro y la pureza espanta y avergüenza a todo aquel que renuncia a su identidad.
Lo arrumaron como un despojo de las clases sociales que rodara en las periferias y que con su  hazaña promocionara en su oficio de voceador a uno de los bancos más populares de Guatemala, ¿cómo olvidar aquellos días en que el hombre caminaba en las cercanías del centro comercial de la zona 4 ofreciendo el matutino escrito con su infaltable cachucha?
Se fue  a emprender otros maratones a descampados que no conocemos quienes aun respiramos y su proeza no fue compensada al contrario utilizada a merced de los truhanes de siempre.
Con don Teodoro Palacios Flores la historia no es muy distinta,  el hombre es inspiración pura, para quienes llevamos la herencia garífuna en la sangre es un orgullo y para quienes hemos nacido y crecido en los sótanos de las clases sociales también.  Aquí abajo también se acarician sueños y se pernocta con realidades crueles y crudas, ser de herencia campesina, obrera y proletaria no es un estigma es un orgullo y una enorme responsabilidad. Don Teo pudo demostrar que quien se atreve a soñar conquista utopías.
Corrían los primeros días del mes de julio del año mil novecientos noventa y ocho, realizábamos las competencias de atletismo en la pista del Mateo Flores celebrábamos los Juegos Encefistas, yo estaba por terminar el sexto magisterio de Educ. Fìsica realizábamos los eventos de cuatrocientos metros estafetas cuando vimos  ingresar al coloso a un hombronazo moreno y alto rodeado de medios de comunicación que le tomaban fotografías lo reconocimos al instante y pasmados nos quedamos ya nadie terminó la carrera, las estafetas se quedaron en nuestras manos era don Teodoro Palacios Flores de quien habíamos estudiado su biografía en cuarto magisterio  de quien  al igual que otros grandes del deporte nacional también hablaban nuestros docentes y relataban anécdotas compartidas con ellos.
Nuestro profesor de atletismo un tipo que medía un metro noventa cinco centímetros y que se convertía en gacela cuando de correr se trataba lloró cuando lo vio entrar, lloraba como un niño admirando a su ídolo y llorábamos todos y todas contagiados con el amor profeso de nuestro docente.
Nadie dio el banderazo de salida, nadie dijo vayan, nadie nos motivó salvo nuestros corazones que al unísono nos invitaron a salir a su encuentro y en manada corrimos en su dirección  lo rodeamos y lo abrazamos, lágrimas calientes rodaban en sus mejillas estaba ahí  y era don  Teodoro Palacios Flores y una molotera de alumnos y alumnas de la Escuela Normal de Educación Física que lo admiraban.
Inolvidable aquella mañana tuvimos  la dicha de abrazar a una leyenda de carne y hueso, él nos entregó las medallas del evento de pista.
Pasarían los años y yo me haría árbitra de fútbol, entonces él regresaría definitivamente a Guatemala muchas expectativas se crearon con su llegada, nunca faltó el copetudo de saco fino y corbata algodonada que se tomó la foto con la leyenda y que se sentía parte del triunfo de aquel adolescente de pies descalzos que se atrevió a soñar.
Ser la única mujer  central del grupo arbitral  me daba más desventajas que satisfacciones pero en aquella ocasión serlo fue un privilegio, nuestro reencuentro llegó cuatro años después en la sección de palco del estadio El Pensativo en Antigua Guatemala, terminaba yo de dirigir el juego de las especiales y estaba por retirarme no pensaba quedarme a observar el de la mayor, pero salió a mi encuentro otro de los copetudos del equipo de Antigua Guatemala, se esos que te hacen labias y te guiñan el ojo cuando nadie los observa, me dijo que ahí se encontraba don Teodoro Palacios Flores y que me quería conocer, fui y sí nuestro segundo encuentro en aquellas gradas del estadio, me abrazó y me felicitó por mi profesionalismo en la cancha, me dijo que él también era árbitro.  ¿Bromeó dijo que cómo podía mantener el control de 22 caballos salvajes en la cancha? Le dije que necesitaban de una buena jinete que los domara a punta de tarjetazos. El hombre lloraba de la risa, aunque no faltó la invitación para irme a almorzar con el grupo preferí como siempre continuar mi camino sola a él le dije que con gusto en  otro momento compartiríamos una buena taza de café. Pero emigré.
Don Teo llegaba a Guatemala con la intención de formar parte de la directiva del deporte nacional, un hombre con  experiencia de más de treinta años en la docencia y en técnicas y tácticas deportivas, atleta laureado dentro y fuera de Guatemala. Se hablaba de la leyenda día y noche y se dejó ver seguido por la ciudad olímpica,  creíamos que estaría en la presidencia de la CDAG o en el Ministerio de Cultura y Deportes, que estaría a cargo de la Federación de Atletismo o la de Baloncesto, pero todo aquello fue llamarada de tusa, dejaron al hombre en el limbo.
Por más que lo basculearan para encontrarle  su lado oscuro el hombre estaba más que preparado para cualquier puesto de trabajo,  si títulos querían él tenía docenas en Illinois, fue docente de escuelas primarias, de básicos y de universidad con maestría en pedagogía y deportes, de analfabeta se convirtió en  uno de los mejores docentes de Chicago tan así que  el propio alcalde la ciudad lo condecoró, la Orden al Quetzal con la que quisieron chaquetearlo no fue nada a  las hazañas que el hombre hizo en Chicago con los equipos que dirigía como entrenador y docente.
Una vez más el destino se encargaría de unir nuestros caminos, cuando emigré y llegué a Chicago inmediatamente busqué trabajo como árbitra y fui a dar a las mismas canchas de fútbol donde dirigiera el hombre muchos años antes que yo,  cuando los jugadores y entrenadores  se enteraban que yo era de Guatemala me contaban del ¨Negro Teodoro¨ un árbitro moreno alto que era de Guatemala y al cual respetaban mucho, entonces yo les contestaba que él era una leyenda en mi país que había conquistado hazañas que ningún otro y que todo lo hizo con los  pies descalzos y sin saber leer ni escribir. Sin chaquetear a nadie y con la dignidad como bandera. Que conocieron a un estandarte del deporte de Guatemala y que se sintieran honrados de haber tenido un árbitro con su calidad.
Hace muchos años que no iba a esos campos, ayer fui a caminar y a encontrarme nuevamente con las huellas de don Teddy.
Ahora traigo a colación el título del artículo, apacharle el ojo al macho, como si de reconocimientos se pudiera vivir ahora que el hombre agarre la Orden Al Quetzal y que la haga en caldo de quilete,  que los múltiples diplomas  y plaquetas otorgados por lampiños del sistema deportivo  los agarre a mordidas.
No, no se puede vivir de reconocimientos tampoco con el insulto de una mísera pensión vitalicia que no le alcanza ni para comprar una vitapirena.  Se trata de una gloria del deporte nacional de las contadas con los dedos de una mano y sobran dedos todavía,  se trata de alguien que no  compitió en pista de tartán ni con los spikes que ahora se zampan quienes se  hacen llamar atletas de élite, se trata de alguien que sin saber leer ni escribir y con ningún tipo de apoyo familiar ni institucional logró conquistas deportivas internacionales, se trata de alguien que enseñó que de las cenizas se puede resurgir, que buscó el acceso a la educación, de alguien que en desgracia tuvo que emigrar para lograr la superación pero que regresó  para devolverle a su país todo aquello que éste le negó, que volvió para sembrar semillas, para compartir su conocimiento y su experiencia.
Se trata de alguien a quien el sistema deportivo se ensaña en abandonar, no es justo como muchas otras cosas no son justas en Guatemala tal pareciera que vivimos en el país de las eternas injusticias, apacharle el ojo al macho con un insulto económico es una bofetada en el rostro de quienes soñamos con un país con mejores condiciones de vida, alò Erick Barrondo vos que ya sos un mito mirà ahí tu espejo y tu futuro, la desgracia del sistema deportivo  y la gula de quienes lo dirigen.
Que no muera en el olvido quien en vida nos ha dado Gloria, don Teodoro Palacios Flores, es usted un ejemplo de superación.  Ha sembrado buena semilla y germinará en los campos donde la pobreza azota y la desigualdad castiga, pero donde las crías abrazan las noches soñando hazañas que usted demostró que se pueden conquistar.
Posdata: quitándole el grado de gran cruz en sus hazañas deportivas y los laureles conquistados es un hombre de 74 años de edad que pertenece a un país donde la miseria humana es más voraz que la económica.  ¿Qué  tipo de apoyo esperamos que dé el gobierno a quien sin gloria reconocida ha luchado en el día a día y respira en la tercera edad? Pan  pa`tu matate.
 
Ilka.
Enero  12 de 2013.
Estados Unidos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Un comentario

  1. Vicente Antonio Vásquez Bonilla

    Estimada Ilka: Un lindo y justo homenaje nacido de tu pluma para un hombre que lo dio todo y es ninguneado como muchos más en nuestra sufrida patria. Después de muerto los homenajes y que qué lindo era, cuando ya no le sirven de nada. Justicia en vida. Besos, Chente.

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