Asalto de botellas en el Complejo Deportivo de Escuintla.


Desde hace ratos que me la mara me anda jodiendo, preguntándome que para cuándo saco del armario a nía Yoyis porque la tengo encerrada en su puesto de las refas, yo explicaba que nía Yoyis se manda sola, como todos los personajes de mi imaginación, ella aparece cuando se le ronca la gana y se va también cuando se le para el caite y no aparece hasta cuando ella quiere, son las horas y la sigo esperando, para que me convide por vida suya un mi plato de tortillas con leche y brijoles parados, sería mucho pedir un mi tolito de arroz con chipilín y crema, ando de antojo y díganle por favor que si se me cae la cría será culpa de ella  nomás.

Ayer leí en las redes sociales algo que una amiga comentó en su muro del jetabook, es que la mara cuando anda enamorada es como si la pusieran en salmuera o en capilla ardiente, se descoció con un resto de piropos para el fulano que la carga arrastrando la cobija, al final ni siquiera colocó el nombre completo si no MC. Entonces dije yo la voy a joder, y como tenemos un amigo en común con quien estudiamos los básicos le escribí: “bueno vos y esa colgazón del MV para qué se tardaron tanto desde los básicos le hubieran dado” aquella contestó que: “el MV ni en cuenta vos, aquel está en los USA y allá que te haga el tiro a vos”, en otras palabras me caldeó, me echó flit, cofalito  y vicks, yo diría que hasta una roseada con Agua Florida.

Con eso tuvimos para que aquella conversación cibernética entre dos se volviera un peladera de un puñado.

Pues aquello se convirtió en el peladero cibernético del miércoles de dos por uno, hasta preparando los shucos y los chuchitos estábamos para atipujarlos y bajarlos con aguas en bolsa. Entre tabal y tabal se nos desplomaron los recuerdos de adolescencia, de las pato aventuras vividas en la pobreza pero las gozadas que nos dimos compartiendo hasta los novios, en la vil lipidia nosotras va.

Los básicos, en Ciudad Peronia por allá del año noventa y dos quebró –llamémosle así- el colegio más fifí que existía, no si entre la mara pobre también existía la mara de clase pobre alta, esa mara era la que se compraba sus zapatos Rinho –con punta de acero- en el mercado del Guarda ahí entre las galeras, el resto los comprábamos en las pacas de ese mercado o de La Terminal.

Pues cuando el colegio Rafael Álvarez Ovalle cerró sus puertas, a las fifís y los fifís les tocó repartirse entre los otros colegios choleros como les llamaban, en donde estudiábamos las y los mucos, así que en primero básico convergimos un revoltura que iba de la escuela pública, el instituto Fe y Alegría, del colegio Galilea y los finados del Ovalle, fuimos a dar al recién estrenado Ave María de la Asunción, cuyos dueños eran la mano derecha del párroco de la iglesia.

Por cosas de la vida y del destino –castigo de Dios decía el profe Byron- en nuestra sección fuimos a dar las canelitas finas, los asoleados, las mampluzas y los nerdos. Un abanico de colores, aquello eran un hervidero, mientras unos  bebían su cuto camuflajeado en agua en bolsa, otras se trincaban entre ellas, unos con espejos puestos en los zapatos trataban de verle el unicornio azul a las patojas que pasaban caminando entre las filas de escritorios.

La gente que  bajaba de la aldea a estudiar siempre fue la más aplicada, Marta que caminaba aproximadamente tres kilómetros de su casa al colegio, siempre la vimos leyendo libros y libros, muy pocas veces dejaba ver el color zarco de sus ojos, Jacinto Canel y Egidio Gallina fueron dos de los más nerdos, aldeanos también y tímidos por excelencia, pero eso se lo quitamos después de un par de soques, trinques y prenses. La mara de los “batos locos” que la conformaban, Jorge “Seguetas”, Carlos Chen, Edilberto el hijo de la señora que vendía en el mercado, y “Bin”, Edwin que fue el gallo de Zuly, la mayor de toda la clase, mientras la mara andaba en los quince ella ya iba saliendo de los dieciocho, que se la quise llevar de madura y seria, pero al término de unas semanas la hicimos sacar fibra.

Zuly que se había negado a caer en la tentación de tener novio, cayó como anona madura cuando en tercero básico apareció “Bin” moreno, alto y atlético, recio se decía que era jefe de una mara pesada, que lanzaba cáscaras de naranja con hule. Así fue como Zuly se rindió ante el amor y los brazos de boxeador cadavérico de “Bin” el hulero. Digo hule no de choreque, hule de hule estoy diciendo, bueno que a decir verdad, algunas veces era hule de choreque.

El cuarteto de Susette, Julia, Olga y Aura  esta última que siempre la creímos virgen, la aparecida que no mataba ni una mosca, pero que después cazaba leones, solo fue cuestión que se relajara, a ese grupo de cuatro las envidiamos durante los tres años de los básicos, fueron ellas y nadie más, tan unidas, tan confiadas unas en las otras que hicieron un pacto,  que  los hombres serían motivo de separación y que su amistad estaba antes que todo, así fue como decidieron compartirse los novios, y los lanzaban como chirajos viejos después de haberlos gozado… yo lamento no haber formado parte de ese grupo, porque mientras yo los trompeaba a puño limpio, ella eran más pilas y se los trincaban a boca de jarro.

Pero hoy no voy a deletrear los tres años de los básicos ni la infinidad de pato aventuras, ni las enlodadas en el campo de la colonia cuando llovía y nos tocaba recibir las clases de Educ. Física, el profe “Quico” llegaba tocadito oliendo a Quetzalteca Especial o a Cabro, así que mientras se sostenía en algún poste de luz, nos soltaba como manada de gallinas recién salidas del tapesco, nos lanzaba dos pelotas de fútbol y vénganos en tu reino, el agua, el lodo y las hormonas hacían de las suyas, quien no metió mano fue porque no le dio tiempo, quien no trincó fue porque tenía fuego en la boca y a quien no se le calentaron las hormonas fue porque andaba con gripe. No contaré nada de eso, ni mucho menos cuando fuimos a parar a “la loma del amor”.

Para cuando se acercaba octubre y nuestros últimos días como estudiantes del colegio, tercero básico estaba siendo historia y la nostalgia por las vivencias compartidas nos comenzaba a jalar las orejas. Entonces organizaron una excursión hacia El Complejo Deportivo de Escuintla. En una camioneta primero  básico, en otro segundo y en otra tercero, nuestro grupo.

Nosotras que nunca –bueno no tan así de nunca va– habíamos probado el licor ni mucho menos cantado, “La Puerta Negra” ni  bailado “La pipiripao” ni mucho menos traqueteado con las canciones de “El General” nos dimos a la tarea de fungir como “celadoras” –no por celosas aclaro- del arsenal de los patojos.

A última hora aquellos compraron cinco botellas de venado, y como cinco doble litros de agua, según ellos fácil subirían al bus y disfrutarían de sus aguas espirituosas en el complejo, pero los maestros pasaron revisión y los patojos tuvieron que acudir a nosotras, así que en nuestros bolsones transportamos las  aguas mágicas.

Llegamos y mientras aquellos se discutían una cuadrangular de fútbol, a nosotras nos dio, bajo el calor del mío día y la humedad del lugar, por tomarnos unos traguitos, “nada más para probar” a qué sabía el mentado licor.

De tranguito en traguito nos bajamos las últimas gotas que quedaban en los dobles litros de agua, previamente cuarteada. Para cuando los patojos terminaron de jugar nosotras estábamos vapuleando con el transe de la modorra, unas cantaban cancines de Mónica Naranjo, y coreaban “sola me paso las horas…” a no sé quien le dio por imitar a Lucha Villa y maullaba “ te traigo estas flores que corté por la mañana, la prueba de amor de este corazón que te ama”, la más quietecita de todas se convirtió en bailarina exótica a tal punto de agarrar uno de los tubos de la net de volibol como compañero de baile, las fotografías son las pruebas fidedignas de que las mosquitas muertas son las más avispadas.

Mientras que una pueblerina de Chiquimula, que durante mucho tiempo no encajó en la periferia de la urbe en donde vivía, extrañaba constantemente su pueblo natal, ese día se bajó la nostalgia a empujones de cubitas, se creyó gaviota y quiso volar por los aires, estuvo a punto de lanzarse desde la última grada de las que circulaban las canchas de tenis, hasta que las más alentadas la bajaron arrastradita, lloraba como niña recién nalgueada por un novio de ojos verdes que la amaba con locura.

Nancy Valdez la más nerda de todas finalmente andaba peleada con su mejor amiga, Wendy Rodas,  por los besos calientes de “Seguetas” al final “Seguetas” que pertenecía al grupo de los “batos locos”  se quedó sin ninguna de las dos y aquella amistad nunca volvió a ser la misma. Ese día en aquella excursión se cayeron muchas vendas –no de las tabas- que tenían varias en los ojos.

A Zuly que ya “Bin” le había dado un chajazo en el corazón, comenzó a padecer el síndrome de la colgazón y desahuciada quiso hacer realidad el sueño de su vida: aprender a nadar, y con las venas rebalsantes de licor se lanzó un clavado en la piscina digno de puntuación perfecta en los Juegos Olímpicos, los patojos encolerizados por la falta de licor y nuestra astucia de haberlo bebido, no pudieron dejar que se ahogara y se lanzaron en molote a salvarla, con la playera como cachucha salió Zuly del agua pero vivita y coleando, después quién le aguantaba la llorazón, que ni el pobre “Bin” tuvo los pantalones para dejarla sollozar por tanto tiempo, no porque la quisiera consolar si no porque aquello reventaba los tímpanos.

A Helen Díaz una de mis dos amigas inseparables, -junto a Rosenda- de los básicos que pertenecía a la iglesia Pentecostal,  en medio de la soca le dio por rezar el rosario y cinco padres nuestros, decía que por su culpa, por su culpa,  y se golpeaba el pecho con el puño de una mano, pero tampoco decía la culpa de qué, ¡mi sombrero que se iba a quemar solita!

Y finalmente a mí no me calaron los tragos, ¡si pues! Lo que me pasó a mí lo dejo en los anales de la historia de los básicos.

Para  cuando nuestra maestra guía se enteró de lo sucedido corrió enajenada a buscarnos, entonces nos encontró sumidas en un trance digno de una  buena fumada de hierba verde, ¡aunque sea de zacate o escobillo!

Corría de los vestidores a donde iba a llevar dos vasos desechables  con agua de las regaderas, más lo que botaba en las carreras que lo que lograba echarnos en la cabeza, se encargó junto a los patojos de la clase de que no nos vieran los otros maestros, porque dijo que era expulsión segura, corría desahuciada los  ojos le viraban, las piernas no le daban para correr, hasta que camuflajeadas nos lograron llevar a las regaderas y allí con todo y ropa nos bajaron la borrachera, por último nos lanzaron a la piscina con tres patojos a los lados hasta que empezamos a ver clarito, clarito cómo los patojos nos querían trincar, y no pudimos oponernos, para ese entonces yo tenía dos semanas de andar de novia con mi amorsote Abelito.

En esas vueltas colaboraron las del grupo de las “ Ush” que lo conformaban: Sidia, Nancy “la mosco” y Marleny que siempre vivió con aires de millonaria y era su karma pertenecer a la clase obrera, pero en esa misión imposible dieron todo porque no se descubriera el asalto de botellas que hicimos, y más que todo que las teníamos en la panza y en las venas, algunas ya en la maceta.

Al Abelito le tocó duro, cuando ya éramos novios me confesó que estaba enamorado de mi desde primero básico pero como me miraba trompeando patojos a cada rato nunca se animó a decirme nada, y sí a él también lo trompeé y no haber sido así nunca se me habría declarado. “Dale con el látigo” decía la canción que bailábamos en las calles en las noches de toques.

Aquella tarde, uno de los “batos locos”, específicamente “Seguetas” lo hizo entrar en el juego de ponerse un espejo en la punta del zapato, así para cuando pasáramos las compañeras caminando por el corredor de los escritorios, nos vieran hasta el número de matriz, para su mala suerte cuando yo pasé me di cuenta cuando el sol de la tarde que entraba por las ventanas, pegó justo en el espejo, el reflejo  me hizo voltear a ver y  en las mismas soltar una bofetada que en el aire se convirtió en puño cerrado, el cachete le quedó colorado y los ojos rojos a punto de llorar, me levanté el uniforme que era un “jumper” y le enseñé las piernas y mi licra, para que se quitara las ganas, y le dije que  para la  otra preguntar que con gusto se las enseñaba nuevamente.

El profe no m castigó por la trompada, más bien me dijo que si volvía  a suceder que le volviera a sonar.

Los “batos locos” no se  hicieron esperar con su reacción y le calentaron la sangre a Abelito, que de por sí como buen chiquimulteco la tenía hirviendo por tal humillación. A la hora de salida me retó a las trompadas, cosa que como buena trompeadora no podía negarme tenía que defender mi título.

Así quedamos, a la hora de salida nos reunimos atrás del colegio, ni una sola mosca se movía en el aire, porque el aire estafa atestado de estas que ni espacio para extender las alas tenían. La seño Zonia corrió a tratar de detener la pelea, pero no fue necesario porque Abelito en lugar de trompearme frente a medio colegio se me declaró y todavía me di el lujo de decirle que lo iba a pensar, pero después caí en la cuenta de que le llevaban ganas las del cuarteto de mi sección y mejor le di baje ahí mismo. Camorra nos dieron y estrellita para celebrar.

Así fue como Abelito y yo duramos tres años de novios, de los cuales solo nos vimos diez veces porque él se fue a estudiar  el diversificado a su natal Chiquimula.

¡Me celaba hasta con las ramas del mezquite! De no haber sido así, yo ya no fuera virgen, pura y casta a mis treinta y dos años, -¡ajá!- y estaríamos en una perpetua luna de miel, nunca fue mi colgazón pero existe el recuerdo del primer novio de manitas sudadas – ¡lástima que en mis tiempos no era  con todo!- y con el tiempo el bandido se ha puesto para chuparse los dedos y comerle esos labios carnosos a mordidas.

En mi casa algunas veces le decían Abelito y en otra Abelino. Fue el novio mío más conocido en mi colonia, es decir el único que se atrevió a aguantarme una trompada y a la vez a declarar su amor. Media Ciudad Peronia nos quería ver casados, hasta el día de hoy existe el mito del único patojo que logró declarar su amor a una de las heladeras, para ser específica la trompeadora.
Esa pareja fue de espectáculo, ella: ñecuda, entrada en carnes, alto y fortachona el flacucho a tal grado de parecer anémico, blanco como la leche y de ojos verdes color hoja de jocote corona, en un momento con su pantalón  brinca charcos más bajo de estatura que ella, pero con la estirada de octubre a enero del primer año de diversificado le ganó en altura.

Aquella excursión en el Complejo Deportivo de Escuintla, fue una de las más celebradas y gozadas por nuestro grado y hasta por el profe Mario, nuestro maestro de inglés y párroco de la iglesia, quien se echó también los tapiz con nosotras. Nuestra maestra guía que más que docente fue nuestra amiga incondicional, y los bellos recuerdos de la adolescencia que aun en la pobreza  compartimos hasta el último pedazo de pan.

Entramos a Ciudad Peronia al filo de las seis de la tarde, la burra olía a chicha, a guacareadas y a hormonas a punto de explotar, – ¿a qué olerán las hormonas digo yo?-  fue la última excursión que tuvimos como grado, y la primera de las tres borracheras como grupo, las otras dos fueron en mi casa, pero esas las cuento en otro colazo.

De aquel grupo, como en todos. Hay quienes se tomaron en serio  lo de la mara y se dedicaron a negocios gruesos, los que se quedaron con los básicos nada más, quienes estudiaron diversificado, quienes fueron mamás a temprana edad, quienes se casaron y formaron sus hogares, quienes se graduaron de educación superior, y quienes también migramos.

Pero aquellos tres años y sus vivencias forman parte de nuestra lista de nostalgias que en lugar de entristecernos nos alegran la existencia  cada vez que aparecen en nuestra memoria.

Así es como llega a su fin este tushte del asalto de botellas en el Complejo Deportivo de Escuintla. Porque inicialmente el licor no era para nosotras, si no para ellos, pero los pobres terminaron valiendo pura estaca.
Nota: con el amor de siempre a mis hermanas y hermanos de leche de mis básicos.
Ilka Ibonette Oliva Corado.
Mayo 03 –Día de la Cruz- de 2012.
Estados Unidos.

Un comentario

  1. Estimada negrita: Que buena platicona te mandaste, eres buena para el huirihuiri. Te felicito. Chente.

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