La lotificación.


Como si no  hubiese sido ya terrible la noticia del puñado de lotificaciones en que se convirtió la aldea, como balde  de agua fría en horas de la madrugada cayó sobre mi cabeza el norte que me pasaron: “lotificaron las montañas del Destacamento Militar”.

No podía reaccionar me era imposible asociar la noticia con las montañas de pinos y cipreses que me vieron crecer. ¿El destacamento? Pregunté.  “Sí, el destacamento en donde íbamos a vender helados” me contestó mi hermana. “Dicen que el ejército las lotificó y se les regalaron los lotes a generales y capitanes, y ellos los andan vendiendo al contado porque no quieren vivir en esas chifurnias”.

Ajá, chifurnias le llaman a lo que queda de las montañas y las parvadas de loros, los riachuelos y los tigrillos y saraguates. Chifurnias al suelo fértil que están dejando sin vida con la maquinaria que le está arrancando el oxígeno a la tierra.

Se me aguaron los ojos y como un puro acto de desesperación me  asomé a la ventana del apartamento, vi el balcón  levanté la vista hacia el horizonte cerrado y emponchado del invierno estadounidense y como quien quita la crema de la leche cuajada quise limpiar con mis manos el horizonte gris para lograr divisar el verde botella de las montañas de mi infancia.

Pero no lo logré. Mi vista perdida se devanaba entre el grisáceo de las nubes que bajas estaban a punto de nievar.  ¿Las montañas en dónde están? ¿En dónde los riachuelos? ¿El canto de las aves? ¿Y  el eco de mi voz de güira? ¿En dónde está mi infancia?

Quise extender los brazos y convertirlos en alas para regresar como golondrina migratoria al nido. La cabeza me comenzó a maquinar y perdí la tranquilidad aquella tarde de la noticia. 

De la aldea ya no quedan ni las matas de gladiolos que abundaban hasta en los zacatales. Del  sitio de “la María” ni la semilla del tomate se salvó, arrancaron hasta los recuerdos de sus manos cansadas sembrando culantro, hoy emergen docenas de casas prefabricadas de esos huevitos de hoy en día.

Vaya que era fértil la tierra abundaban los tomates, chile chiltepe, chile dulce, apio, culantro, ajo, cebolla, gladiolos, maizales, palos de nance, níspero y las olorosas guayabas rojas.

Del sonido natural de la aldea solo queda el recuerdo en quienes andamos sus caminos y veredas y la sed interminable del agua que bebimos en sus estanques. En bullicio se convirtió; en bullicio de carros y camionetas, de docenas de personas caminando sobre el adoquín, bullicio de televisores y grabadoras sonando a deshoras, silenciando así la serenata nocturna del canto de los grillos.

Lotificaron el destacamento. Y entre la arboleda arrancada también se fue la raíz de mi infancia. Para cuando emergió el destacamento militar Ciudad Peronia  tenía  mercado construido y docenas de camionetas, algunas calles ya habían sido asfaltadas y el BANVI ya había tranceado las áreas recreativas y las había convertido en terrenos para vivienda.

Por el bulevar principal pasaban docenas de camiones llenos de solados rasos la polvareda nos dejaban como recuerdo y la manada de ishtos corríamos atrás queriendo atrapar con las manos la nubes de polvo.
Entre los mil oficios e intentos por buscar el sustento a mi madre se le ocurrió mandarnos a vencer helados a mi hermana y a mí al destacamento militar. Ya habíamos surcado las montañas atravesándolas en la labor de cosecheras, cuando íbamos a trabajar a la “fresera” cortando la fruta, también  ya habíamos hecho negocio cargando las hieleras a tuto con helados, pupusas de chicharrón y vasos de atol de plátano para dejarlo fiado todo y regresar el día de pago a cobrar el mes, ahí mismo en la “fresera”.

Habíamos comprado ya costales de aguacates verdes en la “aguacatera” de la aldea Sorsoyá y los revendíamos en el mercado de Ciudad Peronia o con las vecinas de la cuadra. Pero lo nuevo fue el destacamento solamente teníamos que caminar siente kilómetros y no los más de veinte en búsqueda de la “fresera”. Siete de ida y siete de regreso.

Entonces amanecía y mi Nanoj nos llenaba las hieleras de helados a eso de las ocho ya íbamos sudando con los primeros rayos del sol atravesando las ramas de los árboles,  la gente de la aldea nos conocía y nos dejaban atravesar sus sitios para acortar el camino. Atravesábamos sitios llenos de palos de nísperos, jocotales, guayabales,  hileras de gladiolos sembrados, dalias, azucenas, girasoles, pascuas, guineos y platanales, se enredaban entre las ramas de los encinos las guías de ayotes y güisquil. Las lecherías y el olor a queso fresco.

El canto de los gallos se revolvía con el de la parvada de loros que decoraba el horizonte por las mañanas y al atardecer.

A medio camino parábamos en el sitio en donde sembraban lechugas, a dos manos nos las atipujábamos. Yo llevaba sal y limón listo cargaba un mi cuchillito tipo sierra para  cortar  en cuatro los limones. A las diez estábamos destapando las hieleras y nos acurrucábamos por el lado de afuera del destacamento, un cerco de alambre de púas nos separaba rueda nos hacían los solados, todo los dejábamos fiado por la tarde regresábamos por el mismo camino solo que en lugar de helados llevábamos a tuto en las mismas hieleras, pupusas de chicharrón y atol de plátano ó arroz con leche.

Fiado también. A fin de mes solo llegábamos con el cuaderno  a cobrar. Transcurrieron los años y fuimos conociendo  uno a uno a los soldados rasos,  los capitanes y generales. Mi hermana y yo no pasábamos de los trece años de edad. Ahí desarrollamos en el transcurso del camino de la casa al destacamento cargando las ventas y buscándonos el sustento.

Nos ganamos la confianza de todos hasta que  nos permitieron entrar al destacamento y correr dentro de las instalaciones, las barracas, el comedor, las oficinas y la inmensa arada. Nos enseñaron a montar a caballo y nos colaceábamos al terminar la  venta y tener bien apuntado en el cuaderno el listado de deudores.
Cortábamos limón mandarina, jocotes, nísperos, guayabas, nos regalaban libras de frijol nuevo, máiz nuevo para los tamales de diciembre y nadie se quedaba sin pagar la deuda de lo contrario asegurado tenía el castigo de quedarse el día de descanso encerrado dentro de las barracas.

Fueron más de ocho años andando las mismas vías de mañana y de tarde. Recibiendo amaneceres y despidiendo atardeceres seguidas de polvaredas, lluvias y fríos.

Aquel pequeño pulmón ha desaparecido, emigraron los pájaros y los loros. Y también emigramos nosotras. Han de haber muerto los tigrillos y los saraguates. Los riachuelos se secaron y el suelo fértil hoy es una lotificación.

Por fotos vi el despojo en que convirtieron aquellos cerros de arenilla y pinos. Ni la raíz quedó de los palos de jocote, de jiote y la cepa de los platanales. La aldea es un fantasma que me persigue por las noches de mi estancia en tierra extraña, los estanques son fotografías en blanco y negro que yacen empolvadas en mis nostalgias de infancia.

Y el eco de mi voz de güira ya no se escucha más en las tardes polvorientas en el corazón de aquellas montañas.

La lotificación llegó y junto con la industrialización han matado el corazón palpitante de la tierra fértil por donde alguna vez anduve y han logrado silenciar la voz rugiente de la aldea que tanto añoro.

Pero no han logrado que la niña heladera que anida dentro de mí, se olvide del musgo que colgaba de las ramas de los cipresales en diciembre, del sol radiante del verano y de las lluvias torrenciales del invierno en todos y en cada uno siempre caminó  junto a su hermana mayor, ofreciendo la delicia dulce y congelada: “helados de leche y manía, de coco con leche, de mora para la señora, de piña para la niña, ¿qué va llevar, qué va querer?”

Es lotificación con mirador de lujo, sigue siendo una chifurnia encunetada aislada y arrabalera pero hoy por hoy sigue teniendo en sus entrañas mi corazón rebosante de alegría por los días vivimos en aquel lugar.
Ilka Ibonette Oliva Corado.
Febrero 21 de 2012.
Estados Unidos.

Un comentario

  1. Excelente artículo, eso pasa en toda Guatemala, lamentablemente la gente ve con indiferencia los saqueos en todo el pais.

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