La confusión y el beso de Mrs. Sheffer.


Gracias a la confusión de una caja de tiliches que mi hermana mandó a Guatemala en meses pasados conoció a nía Olimpia una zacapaneca de setenta y dos años de edad.

Recuerdo haberla escuchado hablando por teléfono en innumerables ocasiones, molesta con el dueño de la empresa que maneja los paquetes de encomiendas  de Estados Unidos a Guatemala.  Le dije que lo dejara así que ya no discutiera porque de todas maneras ya no recuperaría su caja. Resulta que hubo cambio de cajas y la de mi hermana fue a parar a Zacapa y la caja de nía Olimpia  en lugar de la de mi hermana.

Así fue como a la capital llegó una casa similar solo que con diferente contenido. En las mismas se encontraba la familia de nía Olimpia en Zacapa preguntándose qué pasó con su encomienda. El dueño de la empresa decidió solucionar el clavo facilitándoles el número de teléfono a las afectadas para que lo arreglaran entre ellas. La familia de nía Olimpia dio como propio el contenido de la caja equivocada  entonces ella decidió pagar en efectivo a mi hermana o comprarle las cosas tomadas por su familia.

Acordaron que mi hermana recibiría el producto en especies y juntas se fueron a comprarlo. Casualmente nía Olimpia trabaja cerca del suburbio en donde vivimos.

Meses después escuché hablar a mi hermana maravillas de la nía Oli, ya no era Olimpia sino que Oli, de cariño me dijo. Me dijo que estaba maravillada con ella, una mujer de setenta y dos años de edad de las que se paran en un pie. ¿Setenta y dos años? Le pregunté asombrada. ¿Y qué hace todavía trabajando? Debería ya de estar en Guate disfrutando el fruto de su trabajo.

“¡Já!” Si la vieras Negra, esa mujer nos dice quitáte de ai a las dos.  Tiene una chispa hasta para caminar. Pasaron las semanas y los meses y mi hermana llegaba al nido  emocionada diciendo que era la típica mujer de pueblo que le recordaba tanto a Zacapa, su acento al  hablar sus modismos. Que nunca la dejaba salir de su casa sin antes haber comido.

Cosas como esas se han perdido ya tanto en Guatemala como en el extranjero, aquí es  prácticamente inexistente  la opción esa de que alguien te invite a su casa te haga entrar a su sala y te invite  a tomar aunque sea un vaso de agua. La reuniones se realizan fuera en cafés o restaurantes nadie comparte generalmente el calor de su nido. Y yo entiendo perfectamente la razón, porque son muy pocas las personas que vale la pena que dejés entrar en la intimidad de tus aposentos.

Me llamó poderosamente la atención que saliera de nía Oli lo de pagar o reponer lo tomado por su familia. Eso ya no se mira muchá.
Cada semana llegaba mi hermana con platos de comida que nía Oli me enviaba, “que te mandó chiles rellenos, frijoles volteados, chile en escabeche, carne en amarillo” de las mujeres de antes que no te dejaban salir sin  haber comido y todavía te echaban la maleta para el camino o para cuando llegaras a tu casa.
Hasta que un día  sin planificarlo fuimos a visitarla a su lugar de trabajo. Un suburbio habitado  generalmente por gente judía. Donde se emergen esas mansiones de jardines enormes, con un puñado de habitaciones y chimeneas, donde mirás estacionados carros de último modelo.

Doña Oli trabaja cuidando personas de la tercera edad desde hace más de treinta años.  Y sí mi hermana no se equivocó los ojos se me viraron cuando vi salir a abrir la puerta a una mujer que  no aparente más de cincuenta años de edad, yo no puedo creer todavía que tenga setenta y dos.

La coquetería andando. Y el acento zacapaneco al hablar. De las que te saludan con abrazo y  el beso en la mejilla lo dejan para las capitalinas.  Entramos nos sacudimos la nieve y dejamos los zapatos arrumados en la alfombra de la puerta. Adentro desde la cocina sentada leyendo el periódico  nos saludó confusa Mrs. Sheffer una anciana de noventa y cuatro años de edad padeciendo Alzheimer.

El abrazo de nía Oli y el beso en la mejilla de Mrs. Sheffer nos entibiaron la tarde. La zacapaneca contó que durante más de dos décadas ha trabajado en la misma cuadra y ha cuidado y ha visto morir a la mayoría de ancianos y ancianas del sector. Que a  la propia señora Sheffer le cuidó a una hija que  murió de cáncer y al esposo que también murió.

Me quedé conversando unos minutos con la señora de tercera edad, encantadora de ojos color cielo desnudo de verano, manos suaves y delicadas. Enjutada vestía una pijama y un camisón se disculpó en el instante por la facha pero dijo  no quiso cambiarse. Le dije que estaba en su casa y que no había problema. Por momentos hablaba de su esposo fallecido como si estuviera vivo y llegaría en la noche.

Entonces vi entrar en acción a nía Oli, hablando claro y con un tono de voz lo suficientemente fuerte para que la anciana anglosajona le entendiera. La anciana hizo la misma pregunta cinco veces y cinco veces obtuvo la misma respuesta de la cuidadora.
Quedé impresionada de la energía de nía Oli para caminar es increíble, su forma de hablar y de ver la vida. Mucho qué aprenderle a esa mujer. Emigrante desde hace más de tres décadas. Mil usos como todas las personas que venimos a este país con una mano adelante y la otra atrás.

Con un inglés bárbaro que lo aprendió también macheteado y a puro tetuntazo. Se las sabe todas y las que no se las saca de la manga. Habla de Guatemala como el país donde dejó el ombligo y la raíz de su herencia pero  ha vivido t
anto tiempo fuera que ya Estados Unidos es su segundo hogar.

La anciana me toca las manos suavemente ambas estamos sentadas con los codos puestos sobre la mesa, nía Oli y mi hermana conversan en la cocina. Luego sube sus manos  y me toca el rostro, las cejas y me mira con sus ojos azules de agua de lago en verano. Me pregunta que para cuándo regreso que por favor vaya más seguido a verla. Pregunta el país de origen y le contesto que Guatemala, me dice que nunca ha estado ahí que ha ido a otros lugares pero no recuerda haber ido a Guatemala. 

La suavidad y debilidad de sus manos me hace pensar en el futuro y la posibilidad de llegar también a una edad avanzada, de lo cruel que es aquí la cultura fría que arruman a las personas de la tercera edad en casas de retiro o las suertudas y acomodadas económicamente  como la señora Sheffer que  tienen su casa propia y una persona que las cuide las veinticuatro horas del día.

Pero con todo el dinero que poseen no pueden comprar el cariño de la familia. Cuenta nía Oli que las amigas de la de ojos azules ya murieron  y que los hijos y nietos se olvidaron de su existencia  es ella –la cuidadora- el único canal de comunicación. Típico en un país como este. Que las únicas personas que lo vemos descabellado somos las migrantes.
Nía Oli cuenta  de las penurias vividas con una mujer que  por momentos recuerda y que en otros es totalmente ajena al mundo en que vive. También habla del baile, de la cocina y de sus nostalgias. De su pasado y su futuro.

Es una conversación a las carreras hemos ido a visitarla por una hora nada más. Nieva y  conducir con un clima  así complica transitar por carretera. Nía Oli  me observa mientras borda,  las cuatro estamos sentadas en la sala lo primero que me dice viéndome directamente a los ojos: “usted es agridulce, lo puedo leer en sus ojos, muchachita es azúcar  y hiel”. Sentí que la cara me agarraba fuego. Me sugirió ir a visitarla más seguido, sola sin cola sin crías (osea sin mi hermana, de paso que ella es la cría va)  porque me dijo: “usted y yo tenemos que hablar”. ¡Juepúchis!

Antes de marcharnos nos regala un traste con chile en escabeche recién hecho y deja abierta la invitación para ir a visitarla más seguido –bueno yo porque mi hermana si la frecuenta- nos despedimos con un abrazo apapachador. También nos despedimos de Mrs. Sheffer le pido que me deje ver those beautiful eyes  y la anciana de noventa y cuatro años  emocionada vira los ojos para que  la guatemalteca los disfrute en su totalidad.

Sentada en su silla me lanza un beso al estilo Marylin Monroe. Así de sensual, delicado. Besa su mano y la extiende suavemente para que el beso se extienda hasta el umbral de la puerta de salida en donde yo lo estoy esperando.

Asombrada nía Oli le aplaude me cuenta emocionada que con los veinte años que lleva trabajando con ella nunca la ha visto lanzarle un beso a alguien y mucho menos al estilo de la Monroe. A lo que yo contesto arrogantemente: “¡a vio pues soy irresistible inclusive a las personas de la tercera edad!” A empujones me sacó nía Oli de su casa, diciéndome entre risas que ¡¡no, si de oriente tenía que ser”!

Y así termina la visita. Una  mujer más de las que emigró de las que dejaron su país atrás, de las que hicieron su vida en el extranjero, de las que andan en otros suelos. De las que se impregnaron de otra cultura pero nunca dejaron la suya en la intemperie. De las que a los setenta  y dos sigue trabajando sin quejarse y con el mejor rostro agradece el nuevo día. Mucho qué aprenderle a la mujer.

Nía Oli y el  beso de Mrs. Sheffer fueron el postre de aquella tarde de domingo cuando enero comenzaba a marcharse.
Ilka Ibonette Oliva Corado.
Febrero 07 de 2012.
Estados Unidos.

Un comentario

  1. Buena y reflexiva narrativa,de gente diaria que podria ser tu o yo,las luchas y las vivencias diarias de aquellos que batallamos en tierra ajena,que por muchos que sean los anos pasados aqui,nos sigue pareciendo tan ajena como el primer dia,con la diferencia que lo consideras tu hogar temporal aunque en mi caso sea asi por los ultimos 20 anios…

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