Pino hembra.

Después de almorzar con mi hermana-mamá  como sobremesa vemos una película. Con ella  si le querés dar por su lado sentáte a la par suya y no te movás hasta que termine la película y dejá que te vaya contando las escenas una a una, como si ella hubiera escrito el guión ahí está tratando de hacerte entrar en la trama, al final es como si estuvieras escuchando una radionovela porque no te podés concentrar en las imágenes por la voz y la emoción con que narra los sucesos ella. Pero ahí quedáte y hacé como si nada pasara de lo contrario salís pescoceada/do.

Ya engatusada por las suaves caricias de Morfeo voy buscando acomodo en un sofá de la sala, ella sigue narrando los sucesos con su voz porfía –esa que solo le ataca cuando ve películas- lentamente voy cayendo en un letargo sobrevolando en no sé qué zona del alguna dimensión del sopor.

Cierro los ojos y abrazo un cojín la voz de la narradora se extravía y llega a mis oídos distorsionada, duermo. Pero una especie de angustia me despierta y brinco instintivamente del sillón la idea de no despertar de esta modorra me asusta. El corazón me da brincos y tengo los ojos más abiertos que nunca en las mismas me levanto y le pregunto a mi hermana ¿en dónde está mi mamá? Ella me contesta: “de qué, ¿cómo qué en dónde está? Está en Guate”, le digo que: “sí en Guate pero está en la casa ¿la puedo llamar?”,  ella sigue respondiendo a mi interrogatorio fugaz: “Negra claro que la podés llamar a cualquier hora del día es tu Nana”.

Su respuesta me devuelve la tranquilidad o más bien me permite regresar definitivamente –del susto y de la idea de no haber despertado nunca más- de aquel letargo de media tarde. Me levanto apago el televisor y le digo que se abrigue, se ponga guantes y bufanda que vamos a salir a comprar el árbol de navidad. Ella totalmente asombrada me ve con los ojos desorbitados me pregunta: “¿Negra te sentís bien?” no le contesto porque estoy ocupada poniéndome los zapatos y buscando las llaves del carro. En esta ocasión no protesta por no dejarla terminar de ver la película. Me sigue instintivamente se ofrece para conducir.

No puede creer que sea yo la que tenga la motivación para ir a comprar un árbol de navidad fresco.  En el camino le digo que la vida es muy corta se va en un abrir y cerrar de ojos y nos vamos con los males a tuto y con los dolores como equipaje; mientras tanto se nos pasa la existencia sin contar las sonrisas y los momentos de alegría que al final del día son los que cuentan.  Ella no puede creer que esas palabras salgan de mi boca, sigue conduciendo hasta que llegamos a un vivero.

Estoy eufórica como en pocas ocasiones en mi vida lo he estado. Le damos la vuelta al sitio en donde yacen los árboles de navidad frescos. Siendo ésta la primera ocasión en nuestras vidas en que vamos a comprar un árbol fresco. En mi infancia me iba al corazón de las montañas que dividen Ciudad Peronia de San Lucas Sacatepéquez, con mi  corvo –cuto y oxidado- en mano cortaba una rama de pino y  la cargaba a mecapal para no arrastrarla,  al llegar a la casa la sembraba en un bote de Leche Nido y lo llenaba de piedras, los adornos fueron brichos de los que hacía para vender en el mercado y un juego de luces de colores compradas en la Miscelánea del mismo,  muchos años ya de aquellos acontecimientos.

La noche ha caído y son apenas las cuatro de la tarde, el viento gélido está en un punto congelante hay copos de nieve regados por doquier el Espíritu de la Navidad anda campante haciendo de las suyas en esta ocasión yo he sido una de sus víctimas, ¡lo que  le ha de haber costado al pobre meterme en su red!  Ando en busca de un Balsam pero se han terminado me compro un Fraser Fir traído desde Montana. Pero la sorpresa de la noche está por llegar. Mi hermana me señala unos pinos pero desahuciada le contesto que es “pino macho” y no huele que el del olor es el “pino hembra” y de esos en los ocho años que llevo viviendo en Estados Unidos no he encontrado ni uno solo en todo Illinois.

Es un árbol -que tanto como el encino- que tiene que ver con la vitalidad de mi infancia. Añoro ese olor la suavidad de sus hojas, trae muchos recuerdos gratos a mi vida y la imagen del ocote encendiendo el fuego en el  “pollo”.  Pensar en pino es trasladarme a los primeros años de vida del arrabal en donde crecí y aprendí a barajear al destino para ganarme el sustento.

Me voy a respirar árbol por árbol impregnándome de la esencia de aquel sitio colmado de  verdes que no son pinabetes pero que en ésta tierra tienen el mismo significado. Me encuentro de nueva cuenta con pino lo respiro pero no huele, el vendedor un emigrante europeo me pregunta qué clase de pino busco  le contesto que el “Woman pine ” que llevo buscándolo ocho años como una enajenada,  no sé qué habrá visto en mis ojos pero con una enorme sonrisa  me contesta que tiene mi regalo de navidad, después de  un momento sale con ramas de White Pine. ¡Pino hembra en Guatemala y pino blanco en gringolandia!

El incomparable aroma de aquellas ramas impregnando mi cuerpo en la tarde noche en una ciudad extranjera, causa en mí una revolución de emociones y sentimientos las abrazo con mis manos convertidas de mujer migrante, las pulsaciones cardiacas suben de ritmo lo primero que hago es dar saltos  y gritar con los pulmones llenos de aire  e inmediatamente me da por llorar, el vendedor ríe a carcajadas y mi hermana llora y me abraza. Mis lagrimones no se tancan y sigo respirando el olor del White Pine,  retumbando –como agua de quebrada en invierno- regreso a las tardes de musgo colgando de los cipreses en la aldea El Calvario,  al Destacamento Militar  de aquella zona ubicado en el corazón de aquella verdes montañas que guardan el eco de mis silbidos de mi voz y de mis pasos. Veo a los soldados tratando de ayudarme a cortar la mejor rama, soy  una de las dos niñas heladeras a las que les compran  no sólo helados sino también pupusas, atoles y plátanos fritos. Todo fiado y pagan a la quincena.  


Mi Nanoj llama en ese justo momento y logra escuchar mi respiración agitada, le cuento lo sucedido y como si de una  corriente eléctrica se tratara, también se une al concierto de lagrimones. Seguramente veía inalcanzable el día en que su Negra regresara a tierra despu
és de llevar años perdida en  nubes imposibles de visualizar. 


Ocho años buscando el “pino hembra” y el vendedor de origen europeo me sorprende con las ramas de White Pine. El regalo es incomparable uno de los mejores elogios que me ha hecho el autoexilio. Aun con los lagrimones recorriendo mis mejillas y la voz entrecortada le pregunto al vendedor, ¿en dónde consiguió esas ramas porque yo no las he encontrado en todo el Estado? Y como buen sabedor del producto que vende me explicó: “es un árbol que crece en Norte América entre  los Estados de Minnesota y Georga en Estados Unidos y Manitoba una provincia de Canadá. Y es conocido por las tribus Nativas Americanas llamadas Haudenosaunee  como el Árbol de la Paz “.

Y ahí estamos con mi  hermana recibiendo cátedra de un vendedor de origen europeo.  Yo lo único que puedo decir del “pino hembra” o del White Pine, es que me transporta a los años de infancia y a la esencia de los meses de fin de año en aquella casa que hoy al pasar de los años es la única que reconozco como propia, aunque sea otra persona su dueña. El recuerdo de las vivencias que guardan sus paredes simplemente es raíz de  mi vida y ese abono a pesar de la distancia y de los años nunca dejaré de echárselo porque no deseo que muera, al morir seguramente también quedaré Pepe de mi arrabal, de mis tardes de cielos chiltotos y de madrugadas nubladas, de noches  frías y de láminas sudando gotas de agua congelante.
Salimos de aquel vivero con el Frasier Fir y las ramas del White Pine, el automóvil está impregnado del aroma de mi infancia y de las imágenes que como película se me  han vuelto a repetir en mi mente. 

Vamos en busca de luces artificiales y de adornos para el arbolito, no puede faltar el bricho. Con la oscurana cubriendo la noche coloco las luces en el balcón y me encargo expresamente de adornar el primer árbol  navideño en mi autoexilio, mi hermana se limita a verme trabajar y a guardar el  momento con la cámara de video, la veo llorar de la emoción  ciertamente ella nunca perdió la esperanza de que su hermana regresara de aquel letargo de trece años en los que no tocó un árbol navideño ni artificial ni fresco. Trece años en que la Navidad le dio absolutamente igual. Trece años inmersos en saber qué aguas profundas de su queja, de su dolor, de su ansiedad y de la constante inestabilidad emocional. Trece años en los que se acostó a dormir a las nueve de la noche para Navidad y apagó su teléfono celular.

Desde octubre del año noventa y ocho cuando llegaron ambas a su casa en Ciudad Peronia y nadie les abrió la puerta, porque ya no era su casa sus padres la habían vendido sin avisar y tuvieron que montar un bus de regreso, en busca de la casa que les tocaría alquilar.  Desde aquella tarde la más rebelde de las crías Oliva Corado, no siembra una flor  y tampoco había disfrutado de la Navidad.

Aunque la Navidad no es sinónimo de un árbol con luces artificiales y adornos de papel tiene en La Oveja Negra de la familia una profundidad con muchas más preguntas que explicaciones, todas vienen atadas de  su inestabilidad emocional.

De pronto tuve miedo de no despertar de aquel sueño de media tarde y quedarme ahí sin haber disfrutado de nueva cuenta del aroma del “pino hembra” y de la alegría de volver a colocar bricho en unas ramas frescas de un árbol de navidad.  Llegando a la conclusión de que: la vida es aquí y ahora, que las cadenas se pueden romper, y que los recuerdos sin imborrables hay que aprender a vivir con estos sin que torturen en el presente. Que el hogar en el techo que te abriga en este justo momento y que la familia son quienes te rodean ahora, aquí. Que no hay momento más  oportuno para vivir que el presente y que no hay desperdicio más grande que el vivir atándote a dolores innecesarios y querellas que muy bien podés convertir en puentes para cruzar al otro lado y que te ayuden a avanzar en tu andar por este camino real  que de más está decir que en un abrir y cerrar de ojos se puede terminar.

Trece años después y en tierra extraña he vuelto a sentir el aroma del “pino hembra” que atesora mis recuerdos de infancia y de las Navidades cuando el mayor regalo  hubiera sido disfrutar a mis padres sobrios y no ebrios  y   lanzándose uno al otro  bajillas completas de trastos y nosotras corriendo cubriendo con nuestros cuerpos a las crías cumes de la casa.

Regalo y estreno, nunca los conocimos y ni falta que nos hicieron en cambio la paz siempre estuvo ausente y siempre fue necesaria en aquella casa de un solo cajón y puertas de cartón. Hoy que el destino nos ha puesto tierra de por medio el malaya llega, pero el presente se tiene que vivir tal y como viene, con lo que trae y saber encararlo para que con los vientos de fin de año no nos bote a guindos imposibles de poder trepar de vuelta.
Eso es la vida una lucha constante de pérdidas y ganancias en las que la mayoría de veces salimos  tablas. Pero de la cual adquirimos experiencia y aprendizaje que al final del día es un arma para combatir los embistes de los golpes bajos que traen nuestras emociones.

Tuve miedo de cerrar los ojos y no despertar  y ya no vivir… es por eso que hoy he nacido de nuevo con nuevos brillos y con la decisión irrefutable de disfrutarme cada segundo que la vida me regale, para que cuando duerma de nuevo y el destino decida  conducirme al letargo eterno cierre los ojos con convicción y seguridad pero más que eso con la tranquilidad y el placer de haber vivido la vida en todo lo que ella trae.
Trece años: y gracias al miedo de no despertar jamás  he  logrado romper sin haberlo planificado una de las tantas cadenas que yo misma me impuse.

Nota: creo que no es necesario comentar que este apartamento rentado huele completamente a pino hembra, y que el privilegio de tener una hermana-mamá no lo tienen todas las personas, ¡solamente quienes nacemos con suerte! 

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Diciembre 11 de 2011.
Estados Unidos.

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