¡Ciudad Peronia en mi corazón!

De: La Gaceta Independiente.
Corría el año de 1,986  y  nacía un proyecto habitacional impulsado por  el Gobierno del Partido   Democracia Cristiana de Guatemala,  al que llamarían Ciudad Peronia y sería en donde vivirían “los sin casa”. Un proyecto que desde el principio estuvo en manos del BANVI. El famoso Banco de La Vivienda.
Para aquel entonces vivíamos alquilando en una vecindad de la zona ocho capitalina a escasos metros de la iglesia La Divina Providencia. Recuerdo patente sus paredes de adobe y repelladas con cal, techos de lámina oxidada y una torta rústica de cemento fungía como piso de aquel  cuarteríoque formaba aquella vecindad. Un portón de barrotes oxidados con pintura negra descascarándose cada día.

Se rentaban habitaciones que las familias convertían en casas, ahí mismo veías la cocina, sala, comedor y dormitorio. Así vivíamos todas/os jatiaditas/os como en especie de parvas de leña. Un sanitario y una regadera comunes,  hacías cola cada vez que querías utilizarlos. En aquella vecindad vivíamos más de cincuenta personas. Cada familia tenía más de cuatro crías.

Afuera un estacionamiento fungía como patio ahí jugábamos las crías al regresar de la escuela, en aquel sector habían dos; una para niñas y otra para  varones. El uniforme muy parecido al del INCA. Guardo la veintiúnica fotografía que me tomaron en aquella escuela, mi mamá ahorró durante quince días para poder pagársela al fotógrafo. Trabajaba en aquel tiempo como mesera  en  Paiz Montufar, hacía horas extras para comprarnos los uniformes los útiles escolares y también el lujo de alguna fotografía. Lo que ganaba mi papa en su trabajo como agente de seguridad de Alarmas de Guatemala, alcanzaba apenas para la renta y el sustento.  El nombre de la escuela: José María Fuentes. De la puerta del establecimiento en dos saltos ya estás en la línea del tren que recorre la orilla de La Terminal y si le dás a mano derecha llegás hasta los pies de Tecun Uman y  a la  ahora inexistente puerta de entrada trasera de La Aurora.

Recuerdo patente esa tarde, llegó mi Tatoj con su pantalón color crema y su habitual guayabera blanca, aunque el hombre es de pantalones de lona botas y camisas a cuadros, las guayaberas siempre han sido su fascinación – ¡y también la mía!-. Llegó emocionado con dos folletos en sus manos, uno era una de lotificación en las afueras de la ciudad camino para Palencia. El otro era de  una mentada Ciudad Peronia. Mi papa en su fascinación por las carreteras quería que jaláramos para la lotificación  en las afueras de la ciudad. Pero mi Nanoj se impuso –como siempre  lo ha hecho desde que tengo conciencia muchas veces sin causas justas- y con su voz de mando como capitana de aquel barco a la deriva, timoneó en dirección  hacia aquel arrabal que se convirtió en parte fundamental de la raíz de mi infancia y de mi adolescencia. Es la médula espinal de la mujer que soy hoy en día.

En aquel entonces éranos dos crías nada más, mi hermana mayor de ocho y yo de seis. Así llegamos después de transbordar un puñado de microbuses que en aquel entonces valía diez len el pasaje  de la 35 calle de la Calzada Aguilar Batres –justo a un costado del Centro Comercial Galerías del Sur- hacia la recién lotificada Ciudad Peronia.

Llegamos pues y nos encontramos con un enorme cerro siendo devorado por maquinistas encaramados en tractores que con sus enormes dientes perforaban las entrañas de aquel lugar que antes fuera una aldea. No habían casas aun, apenas una pequeña oficina que leías en un rótulo  en su entrada BANVI ahí vimos el mapa de la lotificación y caminamos por las calles polvorientas entre talpetate y vendaval en dirección al pedazo de tierra que pintaba para ser nuestra. Las dos niñas saltamos de alegría corriendo alrededor de aquel lote que nos albergaría y sería nuestro nido durante quince años.  Era en los folletos una colonia residencial que tendría piscina áreas verdes y parques. Eso en papel ya en tierra palpable nunca sucedió y es desde el momento en que se fundó: un arrabal en donde viven “los sin casa”. Eso de los sin casa, fue tildado y subrayado en los folletos de promoción de la colonia, no es invención mía.

Yo vi a mi madre llorar no sé ni por cuánto tiempo lloraba de la emoción porque  su sueño estaba a punto de convertirse en realidad; tener un terreno propio en la capital y repetía entre sus sollozos los días de hambruna y sequía que habíamos vivido en la finca La Pangola y las veces que nos salvamos de morir a causa de las fiebres, las diarreas y  de la sombra constante del dengue y el cólera.  Por su lado mi papa, no celebraba con mayor gala  él nunca ha tenido el sentido de pertenencia él es un trotamundos amante de las carreteras y de los vehículos pesados, de las mujeres y de las peleas de gallos. Nunca vio como hogar aquel cajón de bloques, ha de haber sido por eso que años después cuando a mi mama se le ocurrió la brillante idea de venderlo para enganchar un tráiler él ni se inmutó. Y así nos dejaron sin casa sin jardín y sin techo. Volvimos a alquilar.  Y  ellos siguen  navegando en un barco sin rumbo al que aun no le han encontrado puerto para anclarlo.

Un año comprando docenas de bloques, quintales de cemento, hierro  y Tío Lilo se fue a cuidarlos mientras también servía de ayudante al albañil. Al término de ocho meses –porque el sueldo no daba  para hacerlo antes- vimos terminado aquel cajón,  vivimos el proceso de su construcción semana a semana, ahí conocí de: torta, cuchara, martillo, cáñamo, nivel, úes, bases, zanjas, cernidor, plancha y todos esos materiales y recursos que necesita un albañil para llevar a cabo su  “obra maestra”.

Para noviembre del ´88 ya estábamos viviendo en aquel lugar fuimos la tercera familia en poblar Ciudad Peronia, durante meses pasamos sin puertas porque no hubo recurso económico para comprarlas así que de la zona ocho jalábamos cajas de cartón para pegarlas con clavos y trancas en los umbrales de las puertas y ventanas, ahí muy probablemente nació mi fascinación por  los días de chiflones y noches gélidas, por las tardes nubladas y plomizas. Ciudad Peronia está cimentada en lo alto de un cerro en aquellas alturas el viento arrasa con láminas, lazos de ropa, panas de trastos y gente mal parada.


Carentes de  mercado y tiendas, de luz eléctrica y de estufa. Tomamos por asalto los barrancos y la inmensa arada que hoy en día es la colonia Jerusalén. Con corvos y hacha en mano nos internamos en busca de leña y chiriviscos,  nos encontramos con guayabos silvestres, palos de manzanilla, nances y abundante chipilín, bledo y quilete. Flores silvestres y mis encantadoras chiligüas. De estar encerradas en una vecindad pasamos a ser libres y vagar por la arada, saltar entre el zacate y flores silvestres. Aun guardo en mis nostalgias de infancia el olor a monte mojado en los días de invierno y el roce del zacate seco en los días fríos de noviembre.  En los años siguientes Ciudad Peronia se llenó de asentamientos y de gente invadiendo terrenos en busca de un hogar. De aquellas primeras tres familias en el año ´88  hoy en día Ciudad Peronia alberga a más de ciento treinta mil personas, aunque las estadísticas gubernamentales nos hagan pensar que hay solamente treinta mil.

Aunque se nos tache de ser “zona roja” y en donde viven los violadores, abusadores, drogadictos y prostitutas. No es así, gente que trabaja en  las sombras de la ley hay en todos lados. Por esas casualidades –causualidades- de la vida, llegó a mis manos información respecto a la organización Peronia Adolescente Aguja, un colectivo que trata de involucrar en actividades recreativas a jóvenes “peronienses” un colectivo que tiene voz propia y que sus integrantes se empeñan y se esfuerzan en hacer de  la adolescencia de aquel arrabal un “río que fluya”. La organización nació años después de que yo me convirtiera  en emigrante.

Su sede llamada Centro Cultural Comunitario está ubicada a escasos metros de la casa en donde crecí –calle Danubio cerca de la iglesia parroquial  mi cuadra es la Éufrates-  y trabajan contra viento y marea, buscando recursos e inventando actividades que en el poco espacio se puedan realizar. Éstas también se implementan en centros educativos de mí amada Peronia. Un colectivo organizado y desarrollado por jóvenes.  Cuentan con: talleres de teatro, guitarra, serigrafía, malabarismo, zancos, break dance, muralismo, grafiti, entre otras actividades.

La columna vertebral de este proyecto y objetivo fundamental es enfatizar la identidad y la autoestima. Una herramienta vital para el desarrollo integral del Ser humano.  Hace algunas semanas envié  un correo a la gente de Peronia Adolescente Aguja, preguntándoles por información, me enviaron un archivo con el marco teórico, finalidad, avances y los objetivos del colectivo.  Por lo que leí son patojos y patojas bien organizados/as y que están interesadas/os en que la juventud de aquel arrabal tenga actividades sanas en donde invertir el tiempo.

De aquella Ciudad Peronia que yo conocí y a donde nos mudamos cuando tenía apenas siete años de edad y a la de hoy, hay ciento treinta mil personas de diferencia, más de cien buses y un puñado de asentamientos. Otra docena de colonias aledañas construidas y lotificadas en  lugares que en algún tiempo fuera una inmensa aldea llena de caseríos y veredas en donde mis pies de niña y adolescente anduvieron caminando.

El colectivo Peronia Adolescente Aguja, está trabajando arduamente para que la juventud de aquel arrabal  viva una realidad con actividades que les permita desarrollar habilidades y trabajar en las destrezas.
Demostrando que en los arrabales también hay talento, intelecto, dignidad y  ganas de “levantar la cabeza”.  El arte está en todos los estratos sociales no debe de ser clasificada y etiquetada a un solo sector. También en los sótanos de las clases sociales se respira sueños,  es solo de voltear y ver que allá abajo también hay talento, pluma, arte, voz, gracia, habilidad, destreza, es solo de no negar… de extender la mano y brindar la oportunidad.

Yo soy Ciudad Peronia y confío plenamente en el proyecto de desarrollo integral que está llevando a cabo el colectivo  Peronia Adolescente Aguja.  En los tiempos de mi infancia el único distractor fue jugar “pelota” en la calle, actividad a la que no se les permitía la participación a las mujeres.  A mí me tocó rifarme el puesto a trompadas con los patojos. Los tiempos han cambiado   y con el aporte de una juventud peroniense soñadora y trabajadora, hay proyectos que invitan a buscar diferentes alternativas de desarrollo. En las que se involucran hombres y mujeres, en las que se les invita a trabajar en equipo y fomentar la igualdad de género. Si gustan más información del colectivo lo pueden encontrar en las redes sociales  y en  el mundo de las bitácoras de blogger.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Diciembre 01 de 2011.
Estados Unidos.

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