La foto en el jardín.

Corría –hecho pistola- el año del ´85  y nuestro presente era un cuarto alquilado en una vecindad en los alrededores de la iglesia La Divina Providencia en la zona ocho de la capital guatemalteca. Justo frente a esa iglesia en una escuela de párvulos  ubicada sobre la Avenida Santa Cecilia estudié la preprimaria.  Me iban  a recoger las vecinas que también tenían hijas estudiando ahí o bien mi tía Aidé una de las hermanas de mi mama que también vivía en la vecindad.

Al cruzar la avenida me topaba con un parque en donde había grandes cipreses y algunos columpios y subibajas, resbaladeros y escaleras. Ahí deteníamos la marcha y mi tía o las vecinas nos soltaban al güiralito, parecíamos manadas de gallinas saliendo del gallinero. Quince minutos después ya nos llevaban de regreso a la casa no sin antes pasar por “el resbaladero gigante” como llamábamos a un repello de cemento ubicado en uno de los laterales de la iglesia y al cual lo convertimos en resbaladero a punta de ropa rota y rodillas despeltradas.

Pronto llegó el año en que tuve que acompañar a mi hermana para estudiar en la misma escuela, la veintiúnica ubicada en el sector para estudiar la primaria. Escuela de niñas a un costado se encontraba la de varones. Una pared de bloques de cemento las separaba. Mi hermana me heredó su uniforme y a ella se le mandó a  hacer otro, como se ha acostumbrado en el clan Corado desde que tengo conciencia. Un bolsón que hizo mi mamá añadiendo pedazos de pantalones de lona viejos y los remendó al pedalazo en una de sus clases de costura que tomaba todos los fines de semana en los programas comunitarios de la iglesia. Aunque siempre quiso tomar el curso de estilista  pero con tal de no hacer enojar a mi papá quien nunca le dio permiso para decidir qué estudiar, obedeció la orden y estudió costura.

Los cuadernos los forraba mi papá con hojas de papel periódico y nilón de bolsas plásticas transparentes, de esas que le daban en La Terminal al comprar la verdura y las frutas. El veintiúnico par de calcetas las aprendimos a zurcir con la ayuda de un bombillo; que metíamos dentro de la calceta y vénganos en tu reino a  atacar con la aguja y el hilo de colores cuando no había azul.

La librería predilecta y más barata a la que acudiríamos siempre sería Oscar de León Palacios, eso cuando no encontrábamos los cuadernos en La Dispensa Familiar. Libros de Colección Claudia y la cantidad de cuentos que leímos y aprendimos fueron como un dulce manjar en aquellos años de infancia capitalina.

Mi hermana para sorpresa mía, porque en la vieja vecindad siempre fungió como mamá un papel estrictamente bien trabajado, me sorprendería al conocerla en otro ámbito: como la alumna destacada de su grado, como oradora y declamadora oficial de la Escuela José María Fuentes. La bien portada, la que siempre llevaba una estrellita pegada en el cuaderno de las tareas, la consentida de la seño Rome –su maestra de salón- y la más madura de aquel puñado de niñas que fueron sus compañeras de clase.

En aquella escuela me enamoré de los árboles de pino y de ciprés porque su enorme jardín tendría puñados de estos sembrados, siempre el tronco pintado con cal o pintura blanca. El jardín engramillado lleno de rosas, claveínas, chatías, chinitas, girasoles y los bellísimos lirios –para la Pelu-. Los recreos eran mis preferidos porque siempre abundaba la repetición de atol de mosh –mí preferido desde entonces- y las galletas que hoy recuerdos son, primero porque ya no las hacen iguales ni en calidad ni en tamaño y segundo porque al saborearlas nos aplacaba el hambre y la ansiedad.

Mi hermana por ser la mejor portada siempre llegaba con una bolsa de galletas a la casa, que en aquel tiempo tendría como veinte el paquete, era el premio que daba la maestra a quien llevara las tareas, tuviera mejores calificaciones y declamara La Niña de Guatemala, poema que después me heredaría mi hermana-mamá para que yo participara en los eventos intercolegiales en mis básicos. Aquellas galletas se convirtieron en nuestras cenas durante los años que asistimos a aquella enorme escuela, la recuerdo ahora patente: de dos niveles, con sus enormes jardines y en el centro del patio el Pabellón Nacional con la bandera que movía el viento en los últimos días de octubre. Veo también al puñado de patojas de quinto y sexto primaria con las faldas enrolladas en la cintura subidas en el segundo nivel, abrazabas a los barrotes de los balcones, apuntando las miradas hacia la escuela de varones que estaba a  un costado, en el otro lado la jauría de patojos dándose banquete con las piernas semipúberas de las  ishtas coquetas.

Yo estudiaría hasta tercero primaria en aquel establecimiento público así es que nunca tuve la oportunidad ni de enseñar pierna apercollada a los barrotes de los balcones ni mucho menos subir al segundo piso, toda mi vida transcurrió en la planta baja, pegada al jardín y al “callejón de la muerte” como llamaban las patojas de sexto primaria al único callejón ubicado atrás de los salones de clase, en donde yacían enormes cipreses más altos que los dos niveles de la escuela,  ellas aseguraron en pacto de honor haber visto en muchas ocasiones salir de ese lugar una mano peluda, así fue como decidimos las del primer piso nunca pasar por ahí ni siquiera de guasa no fuera  a ser y nos atrapara.

La seño Rome maestra de mi hermana recuerdo que en aquel tiempo la maestra que te tocaba desde primero primaria era la que te daba clases hasta sexto primaria, entonces mi hermana ya llevaba cuatro años con la misma maestra a la cual le tomó un cariño de mamá y ésta de hija. Así fue como la seño Rome al ver las penurias económicas de mis papás decidió faltar al reglamento de la escuela, éste consistía en no sacar el material didáctico del establecimiento. Mi hermana llevaba los libros de la escuela a la vecindad todos los fines de semana para ponerse al día ya que mis papás nunca ajustaron más que para comprar los cuadernos y los lápices.

A la luz de una candela veía  mi hermana leer la percha de libros sobre la mesa, hacer las tablas de caligrafía y nombrar departamentos y cabeceras de Guatemala con una rapidez y autoridad dignas de una oradora de concurso. Mientras ella
se perdía en las páginas de los libros yo brincaba como yegua en el patio de la vecindad; jugando paradillas, saltando cuerda, tenta, electri, doncamaróntintero y sobre todo trompeándome con quien se me pusiera al brinco, pero había una más salida que yo que siempre me dejó quieta, si yo era hiperactiva aquella agarraba fuego y con un solo jalón de pelo me dejaba sentada y sin musitar palabra.

Ahí crecí junto a Heidi  la hija de los vendedores de helados más famosos del sector quienes años después pasaron la receta a mi madre y con esa misma clave comimos durante quince años en Ciudad Peronia.  Heidi se hijo una mujerona que años después cuando por casualidades de la vida me la encontré entre las filas de las que estudiaban en la Academia de la Policía Nacional Civil,  no pude evitar sentir la felicidad de mi infancia y con la misma euforia me le lancé encima subiéndomele a cucuche, ya no éramos las niñas de la vecindad ambas estábamos hechas dos mujeres, ella enormemente alta que cuando me bajó de su espalda quedé si mucho a la altura de su hombro.

Un día al año pasaba el fotógrafo por la escuela, entonces las maestras sacaban una manta blanca en donde estaba escrito el nombre del establecimiento la colocaban en la pared del salón y limpiaban sus escritorios, ahí pasaba güira por güira se sentaba en la silla y colocaba las manos sobre un libro de la maestra sonreía a la cámara y tas el flash, a las dos semanas pasaba de grado en grado el mismo hombre repartiendo las fotografías en sobres y el güiralito con el dinero en la mano para pagarlas.

Mi hermana se pudo dar ese lujo solamente en dos ocasiones, siempre fue un sacrificio para mis papás lograr juntar el dinero para las fotos, entre los dos ganaban justo para pagar la renta y el sustento. Casualmente el día en que pasó el fotógrafo por mi salón yo me enfermé y no pude tomarme la foto con la manta blanca y sentada en el escritorio de mi maestra. Así que cuando el hombre llegó quince días después mi madre nos recomendó talonearlo hasta lograr que me tomara la foto, porque ella quería un recuerdo de su Negra con el uniforme de la escuela José María Fuentes. Esa fue la primera recomendación, la segunda nos la repitió hasta que nos ardieron los oídos: por favor buscan un lugar cerca de los árboles y que le tome la foto a la Negra en el jardín, que se recoja las crines aunque sea saliva que se eche.

Toda la mañana mi hermana y yo estuvimos repitiendo para que no se nos olvidara “la foto en el jardín, la foto en el jardín” hasta que por fin llegó el fotógrafo y logramos que accediera a tomarme una foto, pero estaba de tal mal humor el hombre que no dio tiempo a que mi hermana me asentara las crines y mucho menos buscar el paisaje en el jardín. Agarró un banco lo colocó justo atrás de la pared de los baños y me sentó de tal manera que quedé como estampada sobre la pared, al ver mi cara de espanto me dijo; “reíte muchachita” y esbocé una tímida sonrisa más por miedo a que me traspasara en la pared del baño  a que me regañara mi mamá por no haberme asentado las crines y no haber buscado el paisaje en el jardín.

A las dos semanas cuando mi mamá vio la fotografía, levantó en vilo y nos metió dos cuerazos “¡por brutas! ¿Acaso no nos dijo claramente que la quería en el jardín?”

Sin saber aquella gracia se ha convertido a través de los años en el motivo de risa cuando la nostalgia apremia en el autoexilio  o cuando el hambre tocaba la puerta de nuestra nueva vivienda en Ciudad Peronia. Es la veintinúnica fotografía que tengo de  mis años en la zona ocho capitalina, esa y una que es mi tesoro que me la tomó un fotógrafo de los que pasaban cada tres meses tomando fotos a las crías que ya estaban por morir en las covachas de la gente que trabajaba cortando algodón en la finca La Pangola en la Gomera, Escuintla. El doctor del dispensario ya le había dicho a mi mamá que  prácticamente estaba agonizando, del mal típico que agencia en aquellas áreas en donde ni letrinas existen, entonces ella como pudo me paró agarradita de la orilla de un medio tonel lleno de flores de las diez, claveles rojos y claveínas el fotógrafo hizo su trabajo y mi mamá tuvo que prestar el dinero para pagar la fotografía. No morí y amo los claveles rojos. Hoy escribo para que esas memorias no mueran y pasen a ser herencia de las generaciones que vendrán del  clan Oliva Corado.

La fotografía en el jardín nunca se logró, pero quedó captada la esencia de mi mirada y la picardía que me abrigó en la infancia.

Nota: para vos Pelu y por los viejos tiempos que hoy entibian el frío de la diáspora.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
29 de noviembre de 2011.
Estados Unidos.

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