Un tango para Juliana.

Esa tarde Juliana regresa a la misma hora, religiosamente después de su trabajo. Estaciona su automóvil en el mismo lugar, se baja y comienza a sacar bolsa tras bolsa que contienen dentro los víveres de la semana. De pronto, un vendaval de tornado le eriza la piel, alguien la abraza fuertemente por la espalda y le desliza suavemente al oído la letra de un tango argentino en voz de Carlos Gardel: “acaríciame mi ensueño, el suave murmullo de tu suspirar, como ríe la vida si tus ojos negros me quieren mirar…”

“¿Che?, me vas a matar de un susto” le dice mientras lo abraza de vuelta y le estampa un beso –de trapeador- en sus labios argentinos. “He venido a sorprenderte”  la Juliana está bajando libros, preguntándose si será posible que el chico de Buenos Aires, le llevará la cuenta y sabe que está en el día pleno de ovulación. -Porque ha sido re mal pensada siempre, quisquillosa- Es imposible contenerse a la caricia de esos brazos rollizos.

Se  quita los zapatos de tacón al entrar al edificio en donde vive, ha sido un día insoportable, el bochorno del verano y la jaqueca de tener que trabajar junto a  un troglodita que por si fuera poco también es su jefe. Lleva el estrés pegado en los hombros. En cambio el  chico de Buenos Aires, la transporta a otros mundos, son polos opuestos, él  enamorado de Messi y Maradona, come,  bebe y sueña fútbol. Un vagabundo bohemio y de muy buen ver. Apasionado con el tango y la zamba del folclore argentino.  Le encanta el vino y no pasa fin de semana sin que la sorprenda con un asado al mejor estilo de la tierra de Martín Fierro. Trabaja como salvavidas en las playas del lago Michigan, el hombre tiene un bronceado perfecto.

La Juliana es una mojigata recatada, mustia y tímida. Pero sólo es necesario un abrazo del salvavidas para que le hierva la sangre y se le aloquen las hormonas. Todo recato se queda fuera de las cuatro paredes de su apartamento, en el elevador la temperatura comienza a subir de grados, las bolsas con la comida descansan en el suelo, las manos del salvavidas se han extraviado entre la espalda desnuda de la ex mojigata. En cambio ella, aun queriendo engañarse trata de mantener  sobria a la cordura, pero que si ésta, ya fue y vino, se saltó las trancas y va por la segunda vuelta. Es totalmente insosegable el deseo de devorarlo palmo a palmo. Las puertas del elevador se abren, están ya en el onceavo piso, de un edificio que queda justo viendo de frente hacia  el aeropuerto O´Hare. Inmensas pistas y aviones de tamaños inimaginables.

Ya se acostumbró al ruido excesivo de los motores de los aviones cuando aterrizan y cuando alzan vuelo. Le ha desabotonado parte de su blusa de  seda,  una mano estampada sobre la cadera derecha siendo únicamente la tela del pantalón de vestir la que separa el roce de ambas pieles desnudas. Entre el inmenso calor provocado por el jugueteo de adolescentes hormonales, aquel par, amontona las bolsas con los víveres y en un puñado las levantan hasta dejarlas caer frente a la puerta del apartamento de La Juliana.

La linda tiene el deseo de ponerle fin a su tormento en ese mismo instante, le da por sacarle la playera y tocar sus pechos fuertes y galantes. Pero el chico de Buenos Aires, la detiene en seco. La invita a dejar las bolsas con la comida en el mismo lugar en donde quedaron olvidadas y salir de aquel apartamento. El bohemio vive en el edificio vecino, es allá en donde se llevará a cabo el sacrificio hormonal. Y para ajuste de penas La Juliana anda en pleno día de ovulación, – ¡pobre cristiana eso es perro!- le pide un minuto al “invitador”  entra en su habitación y a las carreras saca unos chirajos y los mete en su bolsa.

Ya en el apartamento del “apagador de incendios” aquella pareja le da rienda suelta al despabile de las emociones –contracciones- y las revoluciones hormonales.  A media luz, la sala de aquel apartamento con decoración argentina, luce nostálgico y acogedor, una vela encendida y dos copas de vino descansan junto a un  plato de empanadas, el aroma que proviene de la  parrilla en el balcón,  con los trozos de carne asándose lentamente, la remontan a la Argentina de su amor “efervescente”.

El chico de Buenos Aires, la empuja  suavemente sobre el sillón de cuero, y se lanza sobre ella, poro a poro las caricias comienzan a poblar la piel semidesnuda de la ex mojigata. La Juliana emocionada piensa que hoy sí, en ese instante domará al potro salvaje que tiene encima. Pero nones, el salvavidas se detiene nuevamente, dejando a la “mustia” con la respiración agitada y a punto de un infarto.

Sirve el asado y la invita a degustar semejante exquisitez de la pampa argentina. La Juliana ya no sabe si masticar o pasarse de largo cada bocado, para no perder tiempo y  hoy sí, por fin  darle un golpe certero a la yugular del enloquecedor de hormonas. El salvavidas bronceado, con toda la choya del mundo, le  ofrece postre, pero la ex mosquita muerta, no quiere saber ya más de comida, ni de postres ni de nada, lo que quiere es que el hombre se desnude o desnudarlo ella en un dos por tres,  y lanzarse de cabeza en los profundos guindos de los calurosos y   enloquecedores, encuentros de alcoba.

Quisiera darle un par de nalg
adas  -también al salvavidas- a las hormonas que la tienen enloquecida, si pudiera las cinchaceara, o las  hincaría en granos de máiz y las pusiera a meditar las consecuencias del semejante embrollo en la que la han metido.

Pero no hay tiempo de castigarlas, en ese mismo instante lo importante es apagar el incendio.  Así es que con su talento de  primera actriz  se hace la que se está ahogando, imaginándose que el sillón de cuero ha tomado la forma de las frías aguas profundas del lago Michigan, el deber del salvavidas está antes que todo; y al ver a su amada en plena agonía, se lanza sobre ella nuevamente, le da respiración boca a boca y a punto de aplicarle el RCP está, cuando la antes moribunda –y hoy bien vivita- le cambia la estrategia, ahora es él quien está en las profundidades de la pasión desmedida.

Se encuentra a punto de ser devorado, cuando la antes semi ahogada, le exige dos minutos de su fino tiempo: deja al  chico bronceado lamentando no haber sido presa de aquella fiera salvaje que se acaba de desaparecer de la sala. De pronto aparece una preciosa doncella –ajá- que pareciera ser la reencarnación de Afrodita, el antes moribundo la observa anonadado de pies a cabeza; su cuerpo es  semi cubierto por una suave tela transparente en color teal, lleva puesto un babydoll  y unas bragas que sujetan sus medias negras, se ha soltado el cabello que en ese instante le cae como cascada sobre la espalda de músculos torneados. El chico de Buenos Aires, enmudece.

Ella se sienta de piernas cruzadas y enciende el equipo de sonido, se acomoda para disfrutar del espectáculo,   de pronto se escucha un tango salir de aquel aparato de sonido, el salvavidas sabe qué es lo que ella quiere, y se lo da. Lentamente comienza a desnudarse al compás de la música seductora, hasta quedarse con la piel en pampa. Toma a la ex mojigata en brazos y beso a beso le llena la piel de caricias, se pierde en el surco de aquella espalda torneada,  y se empapa del pegajoso deseo de la seducción.

Ella se deja amar, sintiendo por aquel salvavidas algo más fuerte que la feroz pasión, siente sus labios deslizarse entre sus muslos desnudos y luego subir lentamente hasta sus pezones tímidos y agradecidos. Sus manos se resbalan entre sus caderas y ella lo besa apasionadamente, lo tiene ahí sujeto a ella, son uno solo, se han compactado, son instantes de sobrevuelo por terrenos desconocidos, aquellas profundidades del deseo, del amor y de la pasión. El erotismo  se ha apoderado de aquella alcoba, el bochorno del verano ha hecho estragos, la humedad de las pieles pegajosas y lo cercanas que se encuentran, han despertado a Eros y Venus. Aquel instante se convierte en todo un encuentro sexual de la mitología griega, todos los ingredientes están en su punto. Y Cupido está por flecharlos a ambos.

La Juliana ensimismada y ex mojigata, con su piel en pampa y abrazada a la desnudez bronceada del salvavidas, le canta al oído el tango que un día los hizo encontrarse  y caer en las redes incontrolables del amor: “el día que me quieras la rosa que engalana, se vestirá de fiesta con su mejor color…”

Él la escucha, mientras sus ojos se llenan de agua salada, tiene frente a él,  a una mujer  que ha aprendido a tararear tangos y a amar en argentino, tan lejos de su natal Guatemala.  Él: está dejando ir sus miedos y enfrentando sus fantasmas, tan lejos  de su Argentina natal,   ambos intentando amar  nuevamente, gracias al fortuito e intempestivo de las coincidencias en suelo extranjero. El chico de Buenos Aires,   alumbrado por los primeros brochazos del amanecer de un nuevo día en suelo estadounidense, tomó una  hoja de papel, un lápiz, e inspirado por  la piel caoba de su musa, comenzó a escribir la letra de: Un tango para Juliana. Ella mientras tanto dormía desnuda sobre el pecho de aquel hombre que la vida le puso en el camino: para volver a amar.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
08 de octubre de 2011.
Estados Unidos.

Un comentario

  1. Me dejaste sin palabras nena… y eso no suele pasarme muy a menudo…!!! Un abrazote Ilka desde Guate, espero algún día tener el honor de conocerte personalmente!!!

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