La voz Del Carcacha.


Hace unos días llegó una invitación de amistad a mi jetabook, -ya no estoy aceptando invitaciones de amistad de gente que no conozco, aprendí la lección-  y un mensaje que decía más o menos así: “hola morena, soy fulanito de tal… espero que te recuerdes de mí”. ´ombre, el corazón me dio dos vueltas en el aire, dos giros y un salto sobre la vigas de equilibrio  antes de caer de vuelta en mi caja torácica.

Pensé antes de contestar y aceptar la solicitud de amistad: “¿será posible que este hombre se recuerde de mí?”, le contesté y para mi sorpresa vive en el mismo país que yo.

De esos amores inconclusos, cuando era niña y vendía helados, recuerdo que veía al hombre blanco como la leche, vestido de saco y corbata, me lo encontraba prácticamente todos los días, cuando yo ya iba de regreso con mi hielera vacía, nuestras miradas se encontraban en las inmediaciones del bulevar principal que  parte en dos, la bella Ciudad Peronia de mi infancia.

Siempre me llamó la atención, pero lo veía tan inalcanzable, por su porte de patojo elegante, -de hecho lo sigue siendo- me llevaba más de un lustro de edad, siempre rodeado de las chicas guapas de la colonia, de aquellas que: perdían horas frente al espejo, componiéndose el rulo, con gomina y spray, delineando sus ojos con un lápiz negro que derretían con un fósforo, para envagusnarse la cera caliente sobre el párpado. Aquellas pobres se autocastigaban, quemándose los ojos y pestañas, mientras yo empapaba mi colochera con linaza hervida,  -tradición propia de las Oliva Corado-  el dinero no alcanzaba para comprar gelatina y mucho menos spray, la linaza fue la mejor opción y la única, -de vez en cuando utilicé aceite de cocina- a  mi alcance. Hoy en día puedo comprar más de un tiliche de esos, pero sigo siendo fiel con la linaza y ésta conmigo.

El tipo siempre andaba con sus clines acentadas y bien planchaditas, lo mismo con su ropa impecable, no digamos sus mocasines. Tenía un su carro que lo dejaba  tirado a  cada media cuadra, pero fue uno de los primeros patojos en la colonia, en convertirse en propietario de un automóvil, eso lo hacía mucho más seductor a los ojos de las féminas de aquel arrabal.

Yo como que no era conmigo, del mercado a la casa y de la casa al colegio,  nunca me fue indiferente a pesar de ser blanco como la leche, mi debilidad siguen siendo los morenos, y pasaron los años, y nos seguíamos encontrando en aquel bulevar, yo entré a estudiar el cuarto magisterio de Educ. Física y él a ser encargado de uno de los restaurantes de Al Macarone.

Yo en bus y él en su carcacha, de repente apareció el Cupido, un amigo de ambos, mi fiel apartador de sillones en la parada de la Bolívar –atrás de Pollo Campero- yo tiraba el bolsón por la ventana y él se subía por la misma al pedalazo para apartar asiento.

Me habló del Carcacha, así le sembraron de apodo por su carro viejo que lo dejaba tirado en plena cuesta Del Club y de su intención de invitarme a salir, a lo que le contesté al mensajero: “decile que me lo diga él, que si no tiene boca”,  me lo tomé como una  broma de mi amigo, a los días, estaba esperándome en la misma parada, El Carchacha, cuando lo vi me fui de culo, quise hacerme la bestia, pero ya era demasiado tarde. Así que me tocó rajar ocote y aceptar el jalón que me ofrecía en su nave.

De allí pal real, aquel viaje se  convirtió en la declaración de amor del patojo canche hacia la patoja heladera. Yo aun seguía vendiendo helados, -hasta que me gradué de maestra-. Para mi sorpresa, él se sabía mis  nombres y apellidos, fue el primer hombre fuera de mis compañeros de colegio, que me llamó Ilka en lugar de heladera.

Ya te imaginarás vos, yo encaramada en un carro, sentía que flotaba, por muy carcacha, era mejor ir sentada en el lado de copiloto, con música ronroneando desde el galillo del radio viejo.

Cuando hizo la pregunta de rigor, -¿quieres ser mi novia?- me entró la perseguidora, enmudecí, por toda respuesta le contesté: ¿por qué andás mandando mensajeros? Refiriéndome a mí amigo el apartador de sillones. Me contestó con la loza roja de la pena, “lo que pasa es que prácticamente has trompeado a todos los patojos de la colonia y no quiero ser el siguiente”. Yo no sabía que mi fama de tronpeadora, había salido de la cuadra. ¿Cómo sabía ese patojo de mis potranqueadas? ¿A qué horas? Así que siguió con la convers
ación, que me veía los domingos en misa, y sabía que jugaba fútbol, que de hecho me había ido a ver a muchos juegos a La Fuente –lugar en donde yo jugué durante muchos años, en Ciudad San Cristóbal- ¡y yo ni enterada!

Que su vergüenza más grande era no poder patear el balón con la elegancia que yo lo hacía, ese si fue un piropazo para mí, y sirvió para darle el sí, seguido de un trinque, soque, prense, mientras el semáforo estaba en rojo.

Así fue como El Carcacha, se conviertió en mi novio. Por la noche llegué a la casa, y me le planté a mi mamá –la generala- que se encontraba en la cocina, de un tirón le dije: “mamá sólo para que sepás por mi boca, tengo novio, hoy le dije que sí a un patojo que vos no conocés, de una vez te digo que no lo voy a traer a la casa para presentarlo” a lo que mi progenitora me contestó: “con que no me salgás con tu domingo siete es todo”.

De allí pal real, ese noviazgo fue de viento en popa, -¿o de popa en  viento?- sin embargo yo no me la creía, no creía que fuera novia del patojo del carro viejo, del galán que seguían las púberas de la colonia. Y él, encantador conmigo, demasiado galante, yo no estaba acostumbrada a esos detalles, los únicos hombres que me tocaron, fueron alejados de mi radar con una trompada lanzada con aviada. Él sutilmente me domó,  yo era una yegua salvaje, sin rienda,  y apareció el hombre que con sus caricias y sus tratos, calmó mis ansiedades.

La primera vez que comí: pizza,  lagsaña y tomé té frío, fue a su lado,  cuando  yo tenía 16 años. Nombre vos, yo me sentía como princesa, ya te imaginarás, que de comer aguacate, tortillas y rábanos –muy ricos- para mis almuerzos de la escuela, de repente variaba   -y se me asustaban las tripas- y aquella comida, la degustaba, anonadada, con ese hombronazo al frente.

Me entraba la tartamudeadera cuando se me acercaba y me sudaban las manos,  -las maripositas en el estómago las sentí  con otro asoleado- todo iba tan bien, hasta que se nos ocurrió, ir de tortolos, a subirnos al teleférico a Amatitlán, y allí se acabó el encanto. Porque ya en el parque de las Naciones Unidas, la temperatura subió, y al niño le dio por arrinconarme –y yo me dejé arrinconar encantada- por ai, en las arboledas. Así que de beso en beso, al galán, se le ocurrió soltar sus deseos, y con profesionalismo de un Don Juan, metió las manos bajo mi blusa y tocó lo que se escondía atrás de mi sostén.

Sentí sus manos calientes y grandes, quemándome. Mi reacción fue de leona herida, y le di tremenda cachetada, -que de haberlo querido hubiera podido convertir en trompada-   y le exigí que me llevara de vuelta a mi casa, ¡o me regresaba sola en bus!  -Lo peor de todo que la tentada me había gustado- Allí mismo, le di la maltratada de su vida, y terminé el encantador noviazgo. Y le dije a mi Cupido, que si se le ocurría abogar por él, lo mandaba a la parrilla de la camioneta,  no supe más Del Carcacha, me sentí herida, manoseada –de hecho sí me manoseó pué–  y utilizada. Como nunca me creí que él andaba conmigo –por mis lindas piernas de futbolista, según sus propias palabras- por mi linda cara, me parecía raro que teniendo tantas chicas guapas y femeninas, anduviera con alguien que no usaba tacones, no se pintaba y no usaba escote.

El tiempo  pasó, y dieciséis años después, nos colgamos del teléfono celular a hablar por largas horas,  con la efusiva emoción del momento y del reencuentro –cibernético- nos contamos nuestras vidas, tan lejanas una de la otra.

Me sorprendió saberlo en tierra gringa, trabajando de lo mismo que trabajamos todas y todas, quienes emigramos en las mismas circunstancias. Según yo, con lo inteligente que es el patojo, ya lo hacía de presidente de saber qué empresa de negocios, con no sé cuántas maestrías y viviendo en un sector lujoso de los suburbios de la ciudad guatemalteca.

Por el contrario, lo escuché más humilde, más maduro y mágicamente, como si el tiempo no hubiera transcurrido entre nosotros dos, reímos a carcajadas y recordamos el momento de las manos calientes, él se volvió a disculpar y yo suspiré abatida aun conmocionada por el recuerdo alcancé a decirle: “¡quién pudiera regresar el tiempo, si la metida de mano hubiera sido hoy, te prometo que no te dejo ir vivo!” del otro lado del auricular, escuché una sonora carcajada, que duró varios minutos, porque se revolvió con la mía.

Es padre de tres crías y separado, le sorprende escucharme decir que no quiero parir, y encuentra totalmente extraño que siga soltera. Por su parte él, me hacía casada con mi marimbita de crías jugando fútbol, siempre me visualizó como una mamá riguros
a con la disciplina y los entrenos de  actividades extracurriculares. Pero nada de eso ha pasado.

Hablamos de la cruda realidad con que se encuentra quien emigra sin documentos legales, que te avalen un puesto laboral decente y con prestaciones. Hablamos del oficio de la limpieza, él de su experiencia de jornalero, de correr tras los carros y  pelearse el puesto y subir al pedalazo, para que después quien te recogió te diga que sólo te puede dar tu almuerzo como pago, o que te pague menos de lo que te prometió.

Hablamos de la añoranza por el nido, de las lágrimas calientes que brotan de tus ojos cuando tu alma cansada pierde la dirección entre el bullicio de las grandes urbes,  y de renegar tu suerte, al encontrarte en tierra extraña.

El Carchacha, ha venido –como yo y como miles- a este país, a crecer espiritualmente, a enfrentarse con la adversidad y vencerla, doblegarla y a demostrarle de qué está hecho. En sus años de autoexilio, ve crecer desde lejos a sus hijos,  pero no abandona su responsabilidad de proveedor. Ese dolor no lo conozco; el de estar lejos de tus crías. No sé si yo lo soportaría.

Ha venido a trabajar con humildad y a comprender que cualquier trabajo es digno cuando se realiza con la frente en alto. Porque te podrás caer, y te costará levantarte, pero la cabeza nunca se debe de agachar, nunca, es la única que puede darte dirección cuando el resto de tu cuerpo ha perdido el aplomo.

Él en el sur y yo en el norte de la nación norteamericana, ambos trabajando en el mismo oficio: limpiando. Él oficinas y yo casas. Dieciséis años después, y la magia de los recuerdos nos abrazaron en el tiempo.

Ambos hemos venido a crecer y a aprender, que la vida no es  injusta, somos nosotras/tros quienes la hacemos sufrida. Curiosamente esa lección de vida, la hemos adquirido en tierra extraña, tan lejos de nuestra bella Ciudad Peronia.
El reencuentro con ese hombronazo, es una de las cosas que le agradezco a mi autoexilio. Es un premio a mi esfuerzo por la superación, el universo ha confabulado y me ha regalado un cariñito en la voz Del Carcacha.

Posdata; y como le parece fenomenal que una mujer hiperactiva y alocada escriba, hoy mis letras están dedicadas a quien tocó por primera vez lo que  le valió una bofetada y el fin de su noviazgo. Hoy le escribo a quien desde siempre admiró mis piernas de futbolista, que hoy 16 años después ya las pueblan los brochazos de celulitis.

Vuelen mis letras en el vendaval septembrino que anuncia el otoño, y lleguen en puñado a posar frente a la puerta de tu apartamento, para darte las  buenas noches desde mi ventana.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Septiembre 05 de 2011.
Estados Unidos.












3 comentarios

  1. Excelente artículo, me hiciste revivir mi primer noviazgo, pero mi caso fue alrevez, fue ella la que me contacto, ella vive en USA y yo aquí en nuestra bella tierra. Te felicito, por tu humildad y lo genuino de tu artículo, desde tu bella tierra un abrazo calido.

  2. hoy si me hiciste suspirar y a la vez reir ja,ja,ja, Buena Anecdota, y que bueno que se hayan reencontraado aunque sea atravez del ciber-espacio…Saludos Un Abrazo..

  3. Negrita linda: Muy bueno tu escrito, lleno de sinceridad. Una experiencia de vida bien narrada, como todo lo que escribes. Besos, Chente.

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