El sí, en La Pangola.


Dijeron que se casarían por la iglesia. El par, ya con tres crías y otra en camino. Viviendo juntos ya por catorce años. Ella soñaba verse vestida de blanco, con un novio guapetón que la esperara en el altar, para hacerse la promesa de amor eterno ante Dios y sus seres queridos.

En la colonia algunas vecinas  santurronas, intentaron reprimir a la novia, diciéndole que: “¡cómo es posible vestirse de blanco siendo madre de tres crías y estando preñada de otra!”, la acusaban desde ya, de pecadora, por tal falta de respeto hacia el altar.

Mientras que la otra parte del grupo  que asistían todos los jueves por las noches para limpiar la iglesia y adornarla, y que prácticamente hacían de monaguillos  en misa los domingos: los apoyaba, con eufóricas porras, para que dejaran la “vida mundana y se encarrilaran en los caminos de Dios”.

Ella pidió prestado el vestido de novia que su hermana menor utilizó el día en que se casó, habían pasado ya, doce años de aquella aventura.  Al vestido tuvieron que “sacarle” para que le lograra entrar a la recién estrenada novia.

El novio se encargó, con sus habilidades en las manualidades, de hacer los adornos para la iglesia, junto a dos de sus crías –que la más grande no pasaba de los doce años-, aquellos tres, hicieron las flores de papel crepe: dalias, azucenas, lirios,  margaritas, todo de dicho material. Grandes palomas blancas de papel colgaban junto a ramos de flores en el techo de aquella humilde capilla de colonia marginal.

El pino lo fueron a cortar los patojos de la cuadra,  en los bosques de la aldea vecina. Era agosto del ´89 y Ciudad Peronia comenzaba a poblarse. Aún lucía con calles polvorientas y lotes baldíos, una enorme arada la rodeada.

 En lo alto, camino a las montañas, la aldea El Calvario y sus tres estanques de agua. Palos de aguacate, guayabos, naranjales, jocotales, nísperos. Parcelas con girasoles, dalias, azucenas, gladiolos, guineos, güisquilares, cebolleras y lechuga. Leche fresca a  las cuatro de la mañana.

Los jueves y los domingos por las mañanas,  bajaban las patojas a vender  a la recién lotificada colonia. Iban con sus delantales de encajes  con colores vivos, sus canastos en la cabeza sobre el yagual; queso, cuajada, crema, huevos de gallina de patio, ramos de dalias y gladiolos. Medidas de nísperos, jocotes. Aguacates, mangos, güisquiles espinudos sazones, sólo para hervir y comer con sal.

Puñados de chile chiltepe que envolvían en hojas de guineo. Majunches y bananito de oro. Después de la venta, bajaban al mercado, para llevar de regreso a la aldea: azúcar, sal, aceite,  candelas, fósforos y bastante sal inglesa: para hacerse lienzos de agua caliente para  desinflamar las torceduras de tobillo y los golpes que se daban al resbalarse entre los lodazales.
Para el quince de agosto en la mañana ya estaba todo listo para la boda, una novia feliz con un vestido blanco –de su hermana- una panza de menos de un mes de preñes. Las hermanas de la novia y las vecinas de la cuadra, se encargaron de matar las gallinas y de hacerlas en pepián, docenas de plátanos en mole. Así mismo de los pishtones y el fresco de pepita.

Un novio lucía  en tacuche y corbata –comprado de segunda mano en los sótanos de La Terminal- mocasines negros –comprados en el mismo mercado- y su bigote espeso. Las flores del ramo, sus dos crías mayores las fueron a conseguir a la aldea vecina: dos ramas de velo verde,  y media docena de gladiolos rojos y blancos. Era agosto, y la milpa del patio lucía tupida de elotes, las guías de ayote y de frijol camagua se enredaban entre los tallos de los girasoles.

A la misa asistió la pequeña comunidad que empezaba a poblar aquella colonia que lucía para ser residencial y que terminó siendo marginal, y convertida con honores en: arrabal.
Las tres  crías fueron partícipes de la boda de sus padres, dos que ya cursaban las primaria, una de andar en brazos y la última que des
de la panza escuchó el sí que su madre dio –por segunda vez- a su padre en aquella capilla.

Por la tarde, al final de la misa,  el canasto con los pishtones se vació, junto a las tinajas de fresco de pepita y los gorditos de piquete. La casa de llenó de  amistades y familiares, toda aquella gente sentada en  las tablas de madera  sobre bloques, que  meses antes habían servido para hacer las columnas de cemento de la recién  estrenada casa – ¡propia!-.

Los años pasaron, -como pasa también todo en la vida- y  dos de aquellas cuatro crías emigramos.

Un día, hace algunos meses, hablando por teléfono con mi Nanoj, me atreví a preguntarle, quería saber, quería conocer aquella tórrida historia de amor que uniera a ese par en los años de su juventud.

Compré tres tarjetas telefónicas y le dije: “bueno mama, aquí tengo parque para que hablemos hasta que se nos duerma la lengua”. “Contáme tu historia de amor con mi papa”. “Contáme cómo fue que te enamoraste de aquel morenazo  de músculos marcados”.

Y es de esas cosas extrañas de la vida, cuando yo vivía en su casa en Guatemala, los días nos los pasábamos discutiendo todo el tiempo, ella agrediéndome física y verbalmente, y yo buscando qué hacer en el patio, para no entrar  a la casa hasta pasadas las diez de la noche. Nunca tuvimos la oportunidad de disfrutarnos, como familia ni como madre e hija.
Sin embargo, somos las únicas que tenemos una relación íntima en cosa de hombres y orgasmos y amores contrariados. Yo comprendo su postura como mujer más no como madre, y ella entiende la mía de igual manera pero no como hija. ¿Extraño verdad?

Mi mamá se quedo en silencio por algunos segundos, mientras yo escuchaba en este lado del continente a mi hermana mayor sentenciándome: “¡Negra, sos una re salida, dejá de faltarle el respeto a mi mamá, es su vida!”, luego escuché a más de siete mil kilómetros de distancia, cómo delicadamente, se le escapó un suspiro. Y comenzó a desatar aquel hilo, sin la mayor prisa, con toda la emoción y con el nebuloso paso del tiempo haciendo mella.

Me atrevería a decir que casi vi la expresión de su rostro y sus ojos a punto de abrir las compuertas de agua salada. Su voz cambió, y entonces, fui yo la que se desbarrancó y cayó en la finca La Pangola, en La Gomera, Escuintla, lugar en donde se vivió aquella historia de amor. Con forme su voz y sus recuerdos, la vivencio en presente, al enamorador  presente y no en pasado.

Ella corta algodón, viaja junto a su padre y su hermano mayor desde Comapa para Escuintla, para realizar el corte de la flor blanca durante tres meses. En esa temporada, su padre se enferma y envía solamente a sus dos hijos: mi mama y mi tío Romid. En Comapa se queda el resto de la familia, trabajando la tierra y cuidando la siembra.

Es en el segundo año en  que aquella joven  ve al apuesto conductor de tractor, mientras ella corta la flor blanca junto al resto de la cuadrilla, él recoge la cosecha con el enorme, “descapotable”.

Quien corta el algodón duerme en galeras, sin paredes,  allí tiran su petate y su chamarra, que recogen por las madrugadas y arruman en una esquina. Cada día, el caporal, selecciona a algunas mujeres para que cocinen y echen las tortillas, para alimentar a las cuadrillas.

Ella es una mujer que no pasa desapercibida, canche murusha, de ojos color miel, y cuerpo de mulata.

Yo la imagino así, bella, con sus labios carnosos, sus caderas prominentes y su larga cabellera que cae en cascada sobre su espalda. Imagino a mi padre, con el cuerpo de futbolista, y sus pectorales marcados, lo veo allí, sobre el automotor, con sus pantalones campana y sus camisas a cuadros.

La pobreza extrema y el enorme deseo de superación, llevan a aquellos hermanos, a dejar su nido y emigrar al sur,  durante tres meses, para buscar el sustento que ayude a criar a tres hermanas  y un hermano que esperan en Comapa.

No sé, qué pasa por la mente de mi madre a los 17 años de edad. Ni la de mi tío a los 18. Los veo, bajo los fuertes rayos de sol y el bochorno y los zancudos. Siento el dolor en la espalda baja y  en las piernas. El ardor cuando se rasguñan la yema de los dedos con las espinas de la planta,  veo la sangre correr por sus manos labradoras.

La veo allí, lavando la ropa de ella y de mi tío, en la orilla del río, la deja secando sobre el zacate  cerca de la galera que sirve de techo por las noches. Y siento esas descontroladas palpitaciones y cambios de ritmo en el corazón de aquella patoja canche, cuando se acerca el hombre que le roba los suspiros.

No es la primera vez que trata de enamorarla, ya lleva días en la faena. Por las tardes, después de ir a dejar el tractor, llega a la galera para ayudar a rajar leña a punta de hacha, allí hombro a hombro, le ha pedido la mano de su hermana a mi tío, quien sin mosquearse le contesta: “es ella la que decide, preguntále a ella”.

Entonces aquel moreno bigotón de labios gruesos y músculos marcados,  se acerca a la patoja que se encuentra lavando en la orilla del río. Le pide que se “junte con él”. Que formen un hogar juntos. Cosa que deja sin aliento  a la hermosura que tiene las manos llenas de jabón Corona.

No es el primer hombre que le habla, que le ofrece, que la enamora. Pero es el único que le roba los suspiros y le alborota las hormonas. Es el único que por las tardes al terminar de conducir el tractor, toma un costal y la ayuda a cortar algodón. Él es el tractorista y ella una humilde cortadora de algodón que duerme en la galera, con el resto de la cuadrilla.

Cursó hasta tercero primaria, no tuvo la oportunidad de terminar ni el sexto, su lugar como hija mayor, la obliga a dejar de estudiar para trabajar y convertirse en proveedora de su familia. –Como muchas patoja de su edad en todo el país-.

La pobreza en Comapa agobia, la milpa crece en algunas ocasiones y en otra se seca por la tierra árida y los inviernos de lluvia esporádica.

Allí está, frente a ella, el hombre que le promete amarla  y respetarla y trabajar  junto a ella hombro a hombro.

Mi madre lo observa seriamente, y le dice que tiene que hablar con su hermano porque él es la representación de su padre en La Pangola. El enamorador, le confiesa que no hay problema alguno, que el hermano ha aceptado. Sin mosquearse la lavandera, le da el sí, y le afirma que en la noche se muda a vivir con él, pero hasta en la noche, porque tiene que terminar de lavar la ropa.

Por la noche, se despide de su hermano, y lo deja en la galera y se dirige a otro sector de la finca, en donde están las covachas de lepa, un tipo de galera pero con paredes, con el mismo piso desnudo. El futuro compañero, ha comprado un catre para compartirlo juntos y una chamarra floreada nueva. Ha comprado un vaso, una olla y un juego de cubiertos extra.

Bajo el manto nocturno y la nube de mosquitos que se pasean de un lugar a otro, sobre el velo que cubre aquel catre, aquella mujer se entrega en cuerpo y alma al hombre que años después le juraría amor eterno por segunda vez en el altar de una capilla, rodeados de sus cuatro crías.

Nunca imaginaron salir de La Pangola y vencer la pobreza extrema, nunca soñaron con que sus crías lograran sacar el sexto de primaria, nunca imaginaron vivir en la capital. Nunca imaginaron siquiera, que sobrevirían al dengue y el cólera que azotaba la finca en cada invierno.

Como también nunca imaginaron que sangre de su sangre, hoy escribiría estas letras, d
esde tierras lejanas.
El 15 de agosto, no solamente trae a mi memoria la celebración de la Virgen de la Asunción, más bien se descuelgan los recuerdos, de la única fotografía tomada a aquella marita en la capilla de la ahora sobrepoblada Ciudad Peronia.

Es agosto y trae en las vísperas del aniversario de matrimonio de mis padres: el  blanco algodonado y el rojo vivo de los gladiolos que formaron el ramo de novia de aquella hermosa mujer.

Trae un aire de delirio y éxtasis, el olor a pepián y el paisaje de una aldea poblada de árboles frutales, que hoy, son una lotificación.

Veo las manos de mi padre cortando y formando los pétalos de las flores con papel crepe, alumbrados con candil, bajo el refugio de aquel cajón al que le llamamos hogar. Veo a  aquellas dos niñas, zurciendo las veitinúnicas calcetas caladas de la escuela,  y lustrando los zapatos para estar a la altura de la celebración.

Veo a mi madre entre angustiada y feliz, su sueño de casarse de blanco ha llegado, la ansiedad no la deja dormir, entonces toma agua de azahares para calmarla. Ella escogió el día de  la Virgen de la Asunción, para que ella bendiga la unión.

Veo, veo todo aquello, desde otro cristal: lejano en el tiempo y el espacio. Lo abrazo y me ato a él. Veo a aquellos dos jóvenes en la polvareda y la nube de zancudos, inventando cada tiempo de comida, entre guineos y bananos con tortilla, entre tazas de café de máiz y el anhelo de salir un día de la pobreza extrema y dibujar en el horizonte un futuro distinto.

Ya son los últimos minutos de la tarjeta telefónica le aviso, ella deja de hablar, su llanto trastapasa el inalámbrico y también me contagia. Le pregunto si me dejará contar su historia de  amor algún día.  Espero una respuesta negativa, pero me sorprende su: “sí, es tu raíz”. El corazón acelera sus palpitaciones, escribir se ha convertido poco a poco en mi pasión y tener el privilegio de atesorar ese romance en letras, es invaluable.

El leve recuerdo de aquella covacha de lepa,  en donde vivimos,  que a veces pareciera un sueño, -porque las imágenes son difusas-  me visita de cuando en cuando,  y regreso, retorno,  me veo entre grandes guindos de guineos y plátanos, y el medio tonel en donde mi madre plantaba: flor de la diez, claveínas y claveles rojos. Tal vez de allá venga mi fascinación por esos claveles y su color. Allí me veo comiendo tierra, y sosteniéndome a duras penas de aquel metal. Mis primeros tres años de vida se cimentaron entre La Pangola y Comapa.
La tarjeta telefónica  marca dos minutos de tiempo antes de terminarse,  y yo le cuento de una canción que conocí en mi autoexilio, que cada vez que la escucho, me recuerda a ellos, y me regresa a los calurosos y desnudos días en La Pangola. Se la comienzo a cantar con la voz quebrada, deseando en ese instante, ser alquimista y acortar las distancias, ver sus ojos color miel y su murushera, su piel blanca como leche recién ordeñada, y cantar los versos de aquella canción en su oído mientras la abrazo.

Pero no soy  alquimista y tampoco puedo acortar las distancias, lo único que tengo al alcance en ese tiempo es mi voz y la dejo escapar sobre el auricular para que viaje en el tiempo y la distancia. Para que llegue a ella junto a Agosto, el agosto del día de la Virgen de la Asunción.
  
El viejo río que va cruzando el amanecer,
como un gran camalotal
lleva la balsa en su loco vaivén.
 
Rumbo a la cosecha cosechero yo seré,
y entre copos blancos mi esperanza cantaré
con manos curtidas dejaré
en el algodón mi corazón.
 
La tierra del Chaco quebrachera y montaraz
prenderá mi sangre con un ronco sapukay,
y será en el surco mi sombrero
bajo el sol faro de luz.
 
De Corrientes vengo yo, Barranqueras ya se ve,
y en la costa un acordeón gimiendo va su lento chamamé 
 
Algodón, que se va, que se va, que se va,
plata blanda mojada de luna y sudor,
un ranchito borracho de sueños y amor quiero yo.
 
Algodón, que se va, que se va, que se va,
plata blanda mojada de luna y sudor,
un ranchito borracho de sueños y amor
quiero yo, quiero yo, quiero yo.
 
 
El Cosechero. Intepreta: Mercedes Soca. Letra: Ramón Ayala.
 
Ilka Ibonette Oliva Corado.
Agosto 14 de 2011.
Estados Unidos. 
En las vísperas…
 

3 comentarios

  1. Waw me hiciste suspirar!!!..gracias por compartir tu raiz, un abrazo Ilka..

  2. Hace algún tiempo; un amigo muy cercano me comentaba que, el genio del famoso Cuarteto de Liverpool consistía en: Que tenían el talento innato para ponerle música o musicalizar cualquier objeto o situación que se les presentara. En otra palabras era la sencillez, la magia de lo ordinario de la vida, lo que provocaba en esos bardos, esos torrentes de notas musicales y de letras, que hasta la fecha siguen deleitando y cautivando la imaginación de multitudes alrededor del mundo.

    Corriendo el riesgo de hacer comparaciones indebidas, me atrevo a decir que, el genio de Ilka está precisamente en el talento para poetizar y cantarle a aquellas cosas y situaciones de la vida: el campo, los arrabales, la marginalización de sus gentes y lo ordinario de su cotidianidad, que pasan desapercibidas a los obtusos sentidos de la mayoría de los mortales, no así, a la percepción y sensibilidad poética de ella, que logra captar y trasladar esa magia no visible en un torrente de fluidas como bellas letras. Para que todas y todos, aquellas y aquellos que osemos indagar en esas letras descubramos y nos deleitemos con la frescura de su prosa.

    Gracias Ilka por tu generosidad, por tu disposición para compartir con tus lectores, tu arte, tus pasiones y anhelos como Guatemalteca y Comapense de Pura Cepa. Adelante!… Que Agosto aun no termina!

  3. Cómo no va escribir con el corazón si usted es producto de tan bella historia de amor? Como bien de dijo su Nanoj “esa es su raíz”, una raíz sólida, amorosa, muy bien sembrada y aunque ahora el destino llevó a dos de sus frutos a estar muy lejos, son y siempre serán parte de ese gran árbol robusto y frodoso, enraizado en Guate que se nutrió en La Pangola, Comapa y Ciudad Peronia.
    Gracias por compartir tan lindo relato. Un fuerte abrazo.

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