¿Lo Intentamos?

Los fuertes rayos de luz la despiertan, abre los ojos,  amaneció, el bochorno del verano se ha metido entre sus sábanas, la humedad se ha colado en todos los rincones de su habitación, acampando en su piel.


Es fin de semana largo, la tan esperada celebración de independencia. Hipólita, como la mayoría de gente indocumentada, no tiene prestaciones laborales, por ende no hay feriado para ella, la fábrica en donde empaca piezas de metal para regaderas y baños, la está esperando. Como todos los días desde hace siete años, de lunes a domingo, doce horas diarias.
Pero el verano la invita a que se vayan juntos de capiusa, la ciudad está de fiesta.  Salta de la cama a la regadera, aun con la piel pegajosa,  se termina de despertar con un baño de agua fría y el aroma del jabón árabe que compró  en una venta de garaje. Busca en el armario, un vestido veraniego, de tirantes y  de tonalidades pastel, un par de caites y una diadema típica enviada en encomienda, desde el altiplano guatemalteco.

Desayuna Honey Nut Cheerios y leche descremada. Finalmente sale a enfrentarse con el bochorno, los zancudos, mosquitos y chicharras invisibles, que solo están en el recuerdo de los veranos de infancia y adolescencia.
Decide no conducir, así que camina hacia la estación del tren,  es un día de paseo, sin rumbo fijo,  ha llamado a la fábrica para decir que no irá a trabajar, no importa, ella no es indispensable, mano de obra barata sobra, y cualquier compañera hará  por ella su labor del día. No se le pagará el día, pero a Hipólita no le interesa, “hoy seré libre por un día” le dice al sol en las alturas, y se sube al tren.
La máquina se desplaza por los rieles, a velocidades de asombro, dentro de los vagones, cada persona va sumergida en su propio mundo, en silencio, observa que  muchas atontadas con los teléfonos inteligentes, llevan los audífonos pegados en las orejas, dañándose los tímpanos, le temen a encontrarse en cualquier  momento, con la voz de sus adentros, por eso huyen, por eso buscan un distractor emergente, que les permita divagar, para retrasar el momento en que se tengan que enfrentar con ese Ser Interno ese espejo que permite el reflejo de lo que realmente  las personas son.
Sentada, observando por la ventana, la cantidad de automóviles que asaltan las calles y avenidas, la ciudad completa está adornada con colores azul y rojo, banderas patrias por doquier, en las gasolineras, centros comerciales, semáforos, parques, paradas de bus y tren. Enormes rótulos que anuncian un: Happy Fourth of July!
Sonríe mientras observa a  docenas de jóvenes bebiendo cerveza en nombre de la libertad, caminan sobre las aceras gritando, enajenados,  es fin de semana de celebrar.
Un hombre muy buen mozo se acerca y le pregunta, en ese idioma extranjero si se puede sentar a su lado, ella asiente con un movimiento de cabeza.

Tímidamente le  chulea el  vestido, ella le agradece mientras se sonroja. Se presenta inmediatamente, Jaroslav;  originario de República Checa, ella extiende su mano y también le dice su nombre: Hipólita, originaria de Guatemala.

Él sorprendido  le pregunta, ¿en dónde está Guatemala? Eso basta para que Hipólita se relaje y le dé una clase de ubicación geográfica respecto a Latinoamérica, ya está acostumbrada,  y para ella es un deleite hablar de aquellos lugares que quedan viendo hacia el sur.

Él: de ojos verdes color hoja de árbol de aguacate, robusto, alto, cabello rubio y barba espesa, frondosa y bien cuidada. Ella: de altura promedio, más bien chaparra, morena clara, cabello largo y  liso, liso como baba, no se le detienen las colas, ojos café oscuro, color cáscara de zapote.
El tren sigue su recorrido, adentrándose hacia la enorme urbe, se comienza a divisar los rascacielos y el inmenso lago que parece mar, que aún en verano, es  de aguas heladas.

¿República Checa? Le pregunta Hipólita. “Sí,” y le habla en su idioma materno. Y le explica en la traducción. Que tiene unos ojos encantadores. Le habla de Praga, de la enorme industria  y exportación de automóviles, que abunda la papa y el trigo. Que está rodeado de montañas, que se llenan de turistas en invierno, son monumentales para practicar el esquí,  y en verano, el ciclismo y abundan  alpinistas.
Ella le cuenta que Guatemala es como el tamaño
del Estado de Illinois, relativamente pequeña, le cuenta del azúcar, del café, del maíz, de las calles enlodadas, y el agua que sabe a tierra si la toma en un cántaro de barro, le cuenta del fresco de tamarindo y de los saraguates, de los ponchos de Toto, y del caldo de chunto.

Finalmente llegan a la Estación Central, ella aun no sabe hacia dónde dirigirse,  por su parte Jaroslav, tampoco; es un aventurero empedernido, siempre que sale de su casa, nunca lleva mapa ni plan, se deja llevar por las coincidencias y casualidades de la vida.

En esta ocasión le puso enfrente a una guatemalteca,  ligeramente tímida y callada. Así es que será su reto del día: hacerla sonreír.
Le pregunta si la puede acompañar, él no tiene plan, ella le confiesa que tampoco, que realmente ha salido a tomar aire fresco.

Así  es como  los dos extraños, caminan por la orilla del Río Chicago, a paso lento, observando los barcos llenos hasta el copete de turistas, compran helados y siguen caminando, en su recorrido sin rumbo, de pronto él divisa un restaurante europeo y la invita a tomar una cerveza checa, “¡la mejor del mundo!”, le dice fascinado;  se sientan en una de las mesas de afuera, con la vista completa hacia el río y el lago,  canastas de geranios  adornan los corredores. Y floreros con gladiolos y girasoles, colorean el centro de las mesas.

Pide dos Pilsen, y dos platos de Knedliky  una revoltura extraña, que forman bolitas de papa y pan.
Jaroslav en su país de origen es maestro de primaria,  y en USA,  es un pintor, encargado de los interiores en mansiones recién construidas. Viste de blanco de lunes a sábado, pero curiosamente, también anda capeado del trabajo.  Bohemio y trovador. Abordó un avión y llegó a USA en busca de nada, quería conocer y se terminó quedando, ya lleva diez años.  Por su parte Hipólita, está encantada con el sabor de la cerveza,  no tiene ninguna profesión, llegó a tercero básico y trabaja empacando piezas de hierro y metal, en una fábrica; trabaja de diez a doce horas diarias.
Él juega tenis todas las noches,  y antes de irse a dormir practica yoga. Hipólita no tiene noción de lo que  el ejercicio y el deporte significan. Antes de irse a dormir, le da por limpiar y quemar incienso. Él; un poeta. Ella; atada a cadenas invisibles que no la dejan caminar con libertad.  Separada de una pareja que con un año de vivir juntos  la agredía física y emocionalmente. Esa fue su razón de huir, vendió las diez vacas que tenía y con ese dinero pagó a un coyote para que la pasara por el lado del río Bravo a tierras gringas. No tiene hijos.

Él le cuenta, que tiene un hijo de quince años, que procreó en medio de una borrachera, con una compañera de clases, la abuela materna  se lo llevó a Estonia y no lo ve desde que tenía tres años de edad.
Vive con unos amigos, no tiene familia en USA. Ella vive sola, es la primera en emigrar en las últimas  siete generaciones de su familia.

El sol cae sobre las frías aguas del lago que parece mar, la tarde agoniza lentamente, coloreando el horizonte, de tonalidades anaranjado zapote y chiltoto pitaya. Al cielo desnudo, lo cubre una manta negra y  una lluvia de  fuegos artificiales engalana  el centro de la ciudad, fin de semana largo y de festejo, es viernes por la noche y las discotecas están abiertas de par en par.

Todo parece indicar que Eros, Afrodita y Venus, están haciendo de las suyas, la noche es joven y Jaroslav tiene a una Hipólita para ir a bailar, Hipólita tiene a un bohemio empedernido y de sonrisa preciosa, no desperdiciará la ocasión.
Al ritmo de la música se desliza entre sus brazos, las pieles pegajosas se rozan, y se erizan, sonrisas van y vienen, abrazos, vueltas, y caricias sutiles. Están entrando lentamente a un área de fuego y calor. La sensualidad  del bailarín despierta en Hipólita, una frescura de Flor de las Diez, no puede controlarlo y un tímido beso se escapa de sus labios, para encontrarse con los del checo, húmedos y suaves, el tiempo se detiene en la pista de baile, mientras ellos levitan dentro de una burbuja de pasión que los ha tomado por sorpresa. El calor aumenta, y el suelo de la pista, ahora arde, al rojo vivo, cual brazas del rescoldo. Sus cuerpos sudan, cada vez más cerca, la música con la que bailan es la que acaba de brotar de aquel beso.

Ahí está Hipólita, besando por primera vez a un completo extraño, dejándose llevar, enrollada en esos brazos fuertes, reflejándose en esos ojos verdes, quiere decirle que la ame allí, en ese instante, que se entreguen al deseo y la pasión, que se lancen juntos de cabeza al vacío… su corazón palpita cada vez más fuerte, quiere adentrarse en su espalda desnuda y morderla lentamente.

Lo vuelve a besar,  él le acaricia el cuell
o con sutileza y le habla al oído. La ve tímida y sonriente, disfrutando del baile, tan frágil que quiere enrollarla en sus brazos y no soltarla nunca, quiere que ella sienta su refugio, quiere decirle que le gusta, que lo tiene encantado, que se siente a gusto con ella, que se siente atraído como un imán. Por su color de piel, por sus ojos, por su sonrisa y su forma tan genuina de ser.
El calor de aquella pista y la humedad de la noche, están haciendo estragos en la pareja.
El encanto de Eros llama a ese par a compartir en otro espacio, salen de la discoteca y el bullicio, se suben a un taxi y llegan al apartamento de Hipólita, a las carreras se sacan la ropa a tirones, él la devora a besos de pies a cabeza, y ella por primera vez hace al amor, sin pudor, sin temores, y deja ver su desnudez, sus pechos sazones, sus caderas imponentes y las suavidad de sus muslos. Él se bebe gota a gota el rocío de la madrugada, abandonado en el cuerpo de aquella mujer que la casualidad y el destino  pusieron en el mismo tren. Cupido amanece junto a ellos.

La luz del día, la despierta, abre los ojos y encuentra a su costado, una charola con una sopera de Honey Nut Cheerios y leche descremada y una taza de café. Y un par de ojos verdes color hoja de palo de aguacate, que la observan con ternura. El silencio de la mañana es interrumpido cuando  de aquellos labios húmedos y suaves, se deslizan dos palabras: ¿lo intentamos?

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Julio 02 de 2011.
Estados Unidos.

Es fin de semana largo, la tan esperada celebración de independencia. Hipólita, como la mayoría de gente indocumentada, no tiene prestaciones laborales, por ende no hay feriado para ella, la fábrica en donde empaca piezas de metal para regaderas y baños, la está esperando. Como todos los días desde hace siete años, de lunes a domingo, doce horas diarias.
Pero el verano la invita a que se vayan juntos de capiusa, la ciudad está de fiesta.  Salta de la cama a la regadera, aun con la piel pegajosa,  se termina de despertar con un baño de agua fría y el aroma del jabón árabe que compró  en una venta de garaje. Busca en el armario, un vestido veraniego, de tirantes y  de tonalidades pastel, un par de caites y una diadema típica enviada en encomienda, desde el altiplano guatemalteco.

Desayuna Honey Nut Cheerios y leche descremada. Finalmente sale a enfrentarse con el bochorno, los zancudos, mosquitos y chicharras invisibles, que solo están en el recuerdo de los veranos de infancia y adolescencia.
Decide no conducir, así que camina hacia la estación del tren,  es un día de paseo, sin rumbo fijo,  ha llamado a la fábrica para decir que no irá a trabajar, no importa, ella no es indispensable, mano de obra barata sobra, y cualquier compañera hará  por ella su labor del día. No se le pagará el día, pero a Hipólita no le interesa, “hoy seré libre por un día” le dice al sol en las alturas, y se sube al tren.
La máquina se desplaza por los rieles, a velocidades de asombro, dentro de los vagones, cada persona va sumergida en su propio mundo, en silencio, observa que  muchas atontadas con los teléfonos inteligentes, llevan los audífonos pegados en las orejas, dañándose los tímpanos, le temen a encontrarse en cualquier  momento, con la voz de sus adentros, por eso huyen, por eso buscan un distractor emergente, que les permita divagar, para retrasar el momento en que se tengan que enfrentar con ese Ser Interno ese espejo que permite el reflejo de lo que realmente  las personas son.
Sentada, observando por la ventana, la cantidad de automóviles que asaltan las calles y avenidas, la ciudad completa está adornada con colores azul y rojo, banderas patrias por doquier, en las gasolineras, centros comerciales, semáforos, parques, paradas de bus y tren. Enormes rótulos que anuncian un: Happy Fourth of July!
Sonríe mientras observa a  docenas de jóvenes bebiendo cerveza en nombre de la libertad, caminan sobre las aceras gritando, enajenados,  es fin de semana de celebrar.
Un hombre muy buen mozo se acerca y le pregunta, en ese idioma extranjero si se puede sentar a su lado, ella asiente con un movimiento de cabeza.

Tímidamente le  chulea el  vestido, ella le agradece mientras se sonroja. Se presenta inmediatamente, Jaroslav;  originario de República Checa, ella extiende su mano y también le dice su nombre: Hipólita, originaria de Guatemala.

Él sorprendido  le pregunta, ¿en dónde está Guatemala? Eso basta para que Hipólita se relaje y le dé una clase de ubicación geográfica respecto a Latinoamérica, ya está acostumbrada,  y para ella es un deleite hablar de aquellos lugares que quedan viendo hacia el sur.

Él: de ojos verdes color hoja de árbol de aguacate, robusto, alto, cabello rubio y barba espesa, frondosa y bien cuidada. Ella: de altura promedio, más bien chaparra, morena clara, cabello largo y  liso, liso como baba, no se le detienen las colas, ojos café oscuro, color cáscara de zapote.
El tren sigue su recorrido, adentrándose hacia la enorme urbe, se comienza a divisar los rascacielos y el inmenso lago que parece mar, que aún en verano, es  de aguas heladas.

¿República Checa? Le pregunta Hipólita. “Sí,” y le habla en su idioma materno. Y le explica en la traducción. Que tiene unos ojos encantadores. Le habla de Praga, de la enorme industria  y exportación de automóviles, que abunda la papa y el trigo. Que está rodeado de montañas, que se llenan de turistas en invierno, son monumentales para practicar el esquí,  y en verano, el ciclismo y abundan  alpinistas.
Ella le cuenta que Guatemala es como el tamaño
del Estado de Illinois, relativamente pequeña, le cuenta del azúcar, del café, del maíz, de las calles enlodadas, y el agua que sabe a tierra si la toma en un cántaro de barro, le cuenta del fresco de tamarindo y de los saraguates, de los ponchos de Toto, y del caldo de chunto.

Finalmente llegan a la Estación Central, ella aun no sabe hacia dónde dirigirse,  por su parte Jaroslav, tampoco; es un aventurero empedernido, siempre que sale de su casa, nunca lleva mapa ni plan, se deja llevar por las coincidencias y casualidades de la vida.

En esta ocasión le puso enfrente a una guatemalteca,  ligeramente tímida y callada. Así es que será su reto del día: hacerla sonreír.
Le pregunta si la puede acompañar, él no tiene plan, ella le confiesa que tampoco, que realmente ha salido a tomar aire fresco.

Así  es como  los dos extraños, caminan por la orilla del Río Chicago, a paso lento, observando los barcos llenos hasta el copete de turistas, compran helados y siguen caminando, en su recorrido sin rumbo, de pronto él divisa un restaurante europeo y la invita a tomar una cerveza checa, “¡la mejor del mundo!”, le dice fascinado;  se sientan en una de las mesas de afuera, con la vista completa hacia el río y el lago,  canastas de geranios  adornan los corredores. Y floreros con gladiolos y girasoles, colorean el centro de las mesas.

Pide dos Pilsen, y dos platos de Knedliky  una revoltura extraña, que forman bolitas de papa y pan.
Jaroslav en su país de origen es maestro de primaria,  y en USA,  es un pintor, encargado de los interiores en mansiones recién construidas. Viste de blanco de lunes a sábado, pero curiosamente, también anda capeado del trabajo.  Bohemio y trovador. Abordó un avión y llegó a USA en busca de nada, quería conocer y se terminó quedando, ya lleva diez años.  Por su parte Hipólita, está encantada con el sabor de la cerveza,  no tiene ninguna profesión, llegó a tercero básico y trabaja empacando piezas de hierro y metal, en una fábrica; trabaja de diez a doce horas diarias.
Él juega tenis todas las noches,  y antes de irse a dormir practica yoga. Hipólita no tiene noción de lo que  el ejercicio y el deporte significan. Antes de irse a dormir, le da por limpiar y quemar incienso. Él; un poeta. Ella; atada a cadenas invisibles que no la dejan caminar con libertad.  Separada de una pareja que con un año de vivir juntos  la agredía física y emocionalmente. Esa fue su razón de huir, vendió las diez vacas que tenía y con ese dinero pagó a un coyote para que la pasara por el lado del río Bravo a tierras gringas. No tiene hijos.

Él le cuenta, que tiene un hijo de quince años, que procreó en medio de una borrachera, con una compañera de clases, la abuela materna  se lo llevó a Estonia y no lo ve desde que tenía tres años de edad.
Vive con unos amigos, no tiene familia en USA. Ella vive sola, es la primera en emigrar en las últimas  siete generaciones de su familia.

El sol cae sobre las frías aguas del lago que parece mar, la tarde agoniza lentamente, coloreando el horizonte, de tonalidades anaranjado zapote y chiltoto pitaya. Al cielo desnudo, lo cubre una manta negra y  una lluvia de  fuegos artificiales engalana  el centro de la ciudad, fin de semana largo y de festejo, es viernes por la noche y las discotecas están abiertas de par en par.

Todo parece indicar que Eros, Afrodita y Venus, están haciendo de las suyas, la noche es joven y Jaroslav tiene a una Hipólita para ir a bailar, Hipólita tiene a un bohemio empedernido y de sonrisa preciosa, no desperdiciará la ocasión.
Al ritmo de la música se desliza entre sus brazos, las pieles pegajosas se rozan, y se erizan, sonrisas van y vienen, abrazos, vueltas, y caricias sutiles. Están entrando lentamente a un área de fuego y calor. La sensualidad  del bailarín despierta en Hipólita, una frescura de Flor de las Diez, no puede controlarlo y un tímido beso se escapa de sus labios, para encontrarse con los del checo, húmedos y suaves, el tiempo se detiene en la pista de baile, mientras ellos levitan dentro de una burbuja de pasión que los ha tomado por sorpresa. El calor aumenta, y el suelo de la pista, ahora arde, al rojo vivo, cual brazas del rescoldo. Sus cuerpos sudan, cada vez más cerca, la música con la que bailan es la que acaba de brotar de aquel beso.

Ahí está Hipólita, besando por primera vez a un completo extraño, dejándose llevar, enrollada en esos brazos fuertes, reflejándose en esos ojos verdes, quiere decirle que la ame allí, en ese instante, que se entreguen al deseo y la pasión, que se lancen juntos de cabeza al vacío… su corazón palpita cada vez más fuerte, quiere adentrarse en su espalda desnuda y morderla lentamente.

Lo vuelve a besar,  él le acaricia el cuell
o con sutileza y le habla al oído. La ve tímida y sonriente, disfrutando del baile, tan frágil que quiere enrollarla en sus brazos y no soltarla nunca, quiere que ella sienta su refugio, quiere decirle que le gusta, que lo tiene encantado, que se siente a gusto con ella, que se siente atraído como un imán. Por su color de piel, por sus ojos, por su sonrisa y su forma tan genuina de ser.
El calor de aquella pista y la humedad de la noche, están haciendo estragos en la pareja.
El encanto de Eros llama a ese par a compartir en otro espacio, salen de la discoteca y el bullicio, se suben a un taxi y llegan al apartamento de Hipólita, a las carreras se sacan la ropa a tirones, él la devora a besos de pies a cabeza, y ella por primera vez hace al amor, sin pudor, sin temores, y deja ver su desnudez, sus pechos sazones, sus caderas imponentes y las suavidad de sus muslos. Él se bebe gota a gota el rocío de la madrugada, abandonado en el cuerpo de aquella mujer que la casualidad y el destino  pusieron en el mismo tren. Cupido amanece junto a ellos.

La luz del día, la despierta, abre los ojos y encuentra a su costado, una charola con una sopera de Honey Nut Cheerios y leche descremada y una taza de café. Y un par de ojos verdes color hoja de palo de aguacate, que la observan con ternura. El silencio de la mañana es interrumpido cuando  de aquellos labios húmedos y suaves, se deslizan dos palabras: ¿lo intentamos?

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Julio 02 de 2011.
Estados Unidos.

2 comentarios

  1. Elder Exvedi Morales Mèrida

    Hermosìsimos textos. Felicitaciones-
    Guatemala es poesìa derramaba en el alma de la marimba

  2. Los trenes, son sin duda, desde sus inicios el medio de transnporte colectivo humano que, en no pocasocasiones ha sido el artificio literario, el elemento, elmedio favorito, en el cual laimaginacion o la inspiracion del artista ha tejido las mas variadas como fantasticas historias; complots, crimenes, conspiraciones, escenas torridas de amor o el preludio a estas. Las memorables escenas en El Doctor Zhivago, Un Tranvia Llamado Deseo, El Expreso de la Media Noche, son testimoniales del arte que han servido para mitificar este tan singular, antiguo, como moderno artefacto locomotor.

    Pero en esta ocacion, no es el tren de esas epicas literarias. Es el caballo de acero de Ilka, que silenciosamente se desliza por los recovecos ferroviarios en algun lugar de Chicago, en donde la autora haciendo uso de singular creatividad, y recursos literaios, magistralmente nos entrega esta muy provocativa pieza. En la que sus personajes en el medio de un tenue y silencioso vagon deliciosamente conspiran, urden,complotan con el calor de sus cuerpos y del verano avasallador; ante la mirada complaciente de Eros y la furia incontenible de Thanatos, la naturaleza del pecado, del crimen a cometer….

    Gracias por uno mas de tus clasicos.

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