El Salto, salitre y regresión.


Comenzó el  verano,  y no es excepción en los domingos de fútbol. En donde abundan  jugadores que salen del campo sufriendo de  insolación, también quienes piden permiso constantemente para  salir a tomar agua y bebidas energéticas. El suero es importante en este tipo de climas, yo me lo preparo a la antigua: limón, azúcar y sal, más sal que azúcar. Temperaturas que sobrepasan los 40 grados centígrados.  Y eso tiene la Ciudad de los Vientos; que  éstas son extremas, si se trata del invierno son congelantes, si es en verano, el bochorno sobrepasa los límites.

La humedad es extenuante, y en el terreno de juego es un punto en contra para ambos equipos.  Hoy tengo dos juegos complicados, dos clásicos,  esos equipos que entran al terreno de juego a darse con todo, a ganar o a morir, los ánimos caldeados, roces, entradas bruscas,  y exige más concentración de quien imparte justicia. Hoy es mi turno, pero no estoy al 100% el culpable es un catracho, moreno- prieto- azabache que me tiene comiendo zacate, hace mucho que no me sucedía; eso de  perder la atención por  un jugador.

Esos juegos de miradas… imposibles de ocultar, el sentirme observada siempre,  y voltear y toparme con su mirada fija clavada en mis ojos y una sonrisa ligera, un chicotazo helado me recorre la espalda, mi imaginación vuelva, ¡siempre mi imaginación por la gran púchica!, pero en el instante reacciono, y vuelvo a buscar por dónde diablos anda rebotando el balón y si no se han trompeado jugadores mientras yo andana chompipeando viendo a ese hombre con piernas de Roberto Carlos y glúteos de Batistuta todo: ¡en color carbón!

Y aunque quiera pasar de incógnita no puedo, ser la única mujer de la liga dentro del arbitraje me convierte en el foco de atención y cualquier movimiento en falso puede ser utilizado en mi contra. Así es que en cada medio tiempo  me alejo del campo para no estar cerca de los equipos, pero él hasta allá me sigue, con una botella de agua pura y una bebida energética. Trato de no perder la compostura, pero mis instintos me traicionan, hablamos de todo menos del fútbol, es extraño es el primer jugador que llega a mí “sitio” con quien se puede hablar de todo –un punto a su favor- , definitivamente me siento atraída por él. 

Pero estoy atada de manos, por regla propia no salgo con jugadores –para evitarme clavos en el campo- y en segundo plano, el pobre tiene 26 añitos,  ¡es un ishto! Y ahí está no quita el dedo del renglón…   Pero no puedo tenerlo cerca porque me eriza la piel el mentado catracho, trato de controlarme para que no me dé por tartamudear,  pero él me ve con esos ojazos color cáscara de encino, y siento que me derrito como cubo de hielo en sus manos; ¡es que ese su color de piel me hace delirar! ¡Lo he tomado como una extraña atracción dominguera!

El juego termina y ni siquiera sé cómo quedó el marcador, osea lo tengo apuntado en mi libretita, pero: ¡lo pasé de madrugada! Se despide de mí con esa su voz ronca que si me hablara suavemente al oído… dejo el gorgorito tirado y lo invito… ¿a dónde lo invito?

Entro de nueva cuenta al terreno para iniciar el segundo  juego con el que me tengo que andar con pies de plomo, la mara va a ganar o a ganar, me toca poner bozales y aparejos para controlar a las bestias.

La humedad aumenta y las temperaturas también, el sol es un punto lejano en el inmenso cielo desnudo, no hay nubes, todo aquello parece ser el reflejo del lago de Atitlán visto desde la cima del San Pedro.

Ese bochorno, un punto de insolación y el delirio por el  moreno del juego anterior causan en mí una especie de regresión en mi chaveta. Mis nostalgias vuelan al compás de los mishitos que despiden la primavera y caen sobre las dormilonas veraniegas en la finca El Salto.

Domingo de piratear, -esos juegos que hacemos cuando no hay nombramiento por medio de la federación-  unos días en las venas del volcán Pacaya, otros en San Lucas, colonia Centro América, Amatitlán,  zona 16, Jutiapa,  y mi casa: Escuintla. Ahí hice mi debut, en el estadio del Puerto de San José y  en la Base Naval. Era la atracción, nadie podía creer estar  viendo a una mujer en el centro del campo. Y para mí era tan normal ir al campo de fútbol, lo conozco desde siempre, no le veía nada de asombroso y extraño.  Entrevistas para las radios deportivas locales, era para ellos  un Ser de otro planeta, ¿una mujer árbitra¿ ¿a qué horas? ¿Por qué¿ ¿quién le dijo que ella podía pitar? ¿Quién la trajo? ¿Le gusta bailar¿ ?por qué no otro deporte? ¿Está c
asada y su esposo la deja así como así?  ¿Tiene hijos?

Hay una falta, un jugador corta un avance prometedor derribando con zancadilla a un adversario, silbato y muestro la tarjeta amarilla, la porra comienza a alegar, pero yo estoy lejos… en otra órbita, flotando en el nubarrón de mis recuerdos…

Abordo La Esmeralda con destino a Escuintla, son las seis de la mañana, mientras la burra avanza repaso el reglamento de fútbol, pasando Palín, el bochorno comienza a avisar que la jornada no será fácil, el paisaje cambia completamente; cañales,  granjas, palos de jocote marañón, almendros, mangos, cocales, guineos, cítricos; zancudos y mosquitos.

¡Qué va a llevar seño agüita de coco con hielo! ¡Mangos maduros en bolsa! ¡Papayas! ¡Naranjas con pepita! ¡Plataninas!¡Gallina asada!¡ El puñado de vendedoras y vendedores acapara los vidrios de la camioneta antes de que ésta se estacione completamente.  Ofrecen su venta a gritos, los más jóvenes se cuelgan de los vidrios, mientras que las señoras con canastos tratan de no perder no tropezarse. Son las siete de la mañana,  mi playera va pegada al cuerpo como estampa voy sudando. Ahí me está esperando mi jefe, otro árbitro  quien es encargado de la liga. Me da las últimas indicaciones y me  echa la bendición, me manda de un patín a abordar la camioneta local que me conduce hasta la entrada de la finca. 

Ahí me apeo  y tras pasar una puerta con umbral de alambre de púas, entro al fabuloso mundo de la Finca El Salto. Colas de quetzal enredas en árboles, palos de tamarindo, cocales, mangales y el cañal que ronda los campos, humedad, graderíos, cafeterías y narradores de radios locales; ¡una fiesta total!

Alguien me grita que el jugador hizo el saque incorrectamente, me hago la bestia porque no lo vi, por andar sobrevolando tierra escuintleca;  me despabilo y sigo la jugada, tratando de prestar atención a ese jugador que lleva el balón, porque adelante no lo dejarán pasar, el líbero será el encargado de derribarlo.
El bochorno y la humedad me columpian en un sube y baja, voy a vengo… con brazadas de nadado de río regreso…

Me quito el pants y me quedo en licra, mientras me estoy cambiando a la orilla del terreno de juego, llegan los equipos a presentar la nómina y  a que revise si todos tiene los uniformes y espinilleras, es la primera vez que llega una mujer a trabajar en el centro del campo, no saben si tratarme de señorita, señora o de profe.

Los cañales se desplazan por toda la línea de banda del campo, al compás de mi trote, los veo como parte del campo de traslado y del área de las bancas, pero están lejos, es el delirio del calor de Escuintla el que me hace verlos sembrados tan cerca.  Hojas de pacaya y enormes ramas de paterno y zapotes dan sombra el área de meta.  Del suelo entre la grama de  color verde musgo, comienza  subir el humus de las ocho de la mañana, es tiempo de iniciar el juego. Debo de terminarlo a tiempo para salir echa pistola hacia el campo  de Masagua… para allá me dirijo cuando me toca realizar un aterrizaje forzoso,  y me voy en picada,  trato de realizar llamadas de auxilio a la torre de controles, para avisar que voy de vuelta a la realidad, pero la profundidad es mucha, voy zambullidla entre el bullicio, la humedad y los cañales de la Finca El Salto.

Así que  me toca poner en práctica mis clases de magia blanca: y con dos bolsas de agua de coco con hielo, una de plataninas, y una de mango con pepita, limón y chile, a las que   le agrego un brochazo  del paisaje de la vuelta del Quetzal,  dos cucharadas  del salitre del Puerto,  un cevichón Pérez, y un jocote marañón,  ya cubierto todo aquello con carnaza tierna de coco,  lo lanzo con una atarraya desde el muelle viejo  a eso del medio día, tras ella voy yo en clavado de panzazo,  y el menjurje surte efecto porque caigo con el uniforme empapado en sudor y sal,  justo para sancionar   el final del juego en el verano húmedo y bochornoso de Chicago.
Ilka Ibonette Oliva Corado.
30 de mayo de 2011.
Estados Unidos.
  

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