¡Juana ohh! ¡Feliz cumpleaños ohh!

Doña Juana  y Tío Lilo: ¡mis abuelos maternos!


Van llegando los cenzontles
Y las flores a tu hogar,
Y desear feliz cumpleaños
Y que cumplas muchos más.
(Mañanitas guatemaltecas)

¡Juana ohhh! ¡Juana ohhh! ¿Cómo está ohhh? ¡Feliz cumpleaños ohhh! Así llegaría gritando por la calle de adoquín, pegadito al cerco de izote, me pararía frente a la puerta de tapesco y alambrado, bajo la sombra del plumajillo, y nuevamente le gritaría: ¡Juana ohhh! Usted emocionada saldría de su cocina con las manos llenas de masa, diciéndome emocionada mientras me salía a encontrar: “¡bien dije yo que venías, el fuego me avisó y el  pijuy cantó en la mañana!” Porque para avisarle que llegaremos a visitarla no se necesita llamar por teléfono, no, usted tiene su propio medio de información y comunicación, a la antigua: el fuego que truena bajo el comal y el pijuy que canta en la mañana.

Así la recuerdo, con sus manos llenas de masa, sus blusas manga larga remangadas hasta los codos, en pantalón de lona y delantal, con su silueta de quinceañera que ninguna de las nietas heredó. La veo en este momento, con sus colochos y sus pómulos pronunciados, sus labios delgados y finos, de pestañas volteadas y sonrisa sincera a veces tímida y en otras burlesca, bulliciosa y estruendorosa dependiendo el color del chiste que le contara.

¡Juana ohhh! El oh tan típico de la campiña jutiapaneca, ¡va pué oh! ¡Qué te vaya bien oh! ¡Nos vemos oh! ¡Todo termina en oh! ¡Ai va el hijo de la chusema oh! Y entonces llegué yo al pueblo, con la euforia típica de una capitalina montañera, porque la gente de pueblo no es montañera, ¡no! Los/las  montañeros/ras somos la gente de la capital. Fue entonces que la conocí y percibí, vivencié en su hábitat, en su casa, su terreno, su sitio, su espacio. La había conocido cuando visitaba la capital, como inquilina momentánea de sus hijas, pero cuando la vi en todo su esplendor en aquella humilde casa de adobe, caí rendida a sus pies.

Enloquecí de euforia y emoción, me atrapó el encanto del pueblo, del barrio Los Claveles, de aquel sitio cercado con palos de café e izotes,  palos de jocote corona, aguacatales, guayabos, matasanos, y el puñado de gallinas, patos, marranos y la yegua, la compañera fiel –más que usted- de Tío Lilo, aparte del corvo que  ya es parte de su Ser y que está contabilizado en la herencia, -¡yo quiero la plancha de hierro la que se llena con carbón para que funcione!-  mire yo si salí buena va, pensando en herencias, qué bárbara a veces se me sale lo azadón del lado de los robalos… Pero es que llevo años tratando de hacer trueque con usted, o de trancear la plancha, pero me manda siempre por un tubo, y voy a caer hasta El Nacimiento, empozada a donde van a  beber agua las vacas.  Pero ya sé, todo Ser tiene su precio, la voy a seguir chaqueteando a ver si le llego al tope y logre con eso conseguir la plancha, porque no quiero otra, ¡no! ¡Quiero esa!

Doña Juana Martínez Soto, oriunda de la Aldea Las Crucitas, ¿o de Escuinapa? Siempre me confundo con los nombres, porque desde El Amatón pa´dentro, todo aquello se transforma en la tierra en donde nací; sin divisiones, cercos, ni apartados, un solo terruño, un solo espacio, árido y seco llamado Comapa.  Las aldeas y caseríos, cantonales y caminos reales, me pelan los dientes, yo lo único que sé –es que no sé nada- es que acaparé en mi memoria y me adueñe de aquel paisaje silvestre, pedregoso y atiborrado de guindos y subidas que dejan en segundo plano a la Cuesta de la Conora.

Desde que la escuché hablar con sus vecinos y utilizar el oh en todo momento, lo hice mío, me apropi
é de él, y lo utilizo de cuando en cuando con gente que es de allá pondiuno, se me infla el pecho al mencionarlo.
Entonces yo entré a El Mundo Del Misterio Verde, en mi propia versión, La Árida, la árida tierra peñascosa, de gente de pies descalzos subiendo por la orilla del camino real, con sus cargas de leña a mecapal y a tuto, costales de máiz, frijol y maicillo que llevaban para vender en el pueblo  o intercambiarlo por otros víveres: azúcar, aceite, sal, cal, candelas, margarina, gas, fósforos. Todos pasan obligatoriamente frente a su casa, y aprovechan el peaje, para descansar  bajo la sombra del plumajillo, ahí beben agua de sus tecomates, piden permiso para calentar sus pishtones –que llevan siempre en el  matate- en las brazas o en el rescoldo del pollo.  Nunca la he visto negarse a ofrecer su casa como posada para el descanso del caminante del medio día.

Por las tardes el olor del clavel rojo en flor, se apropiaba del horizonte rojizo color flor de fuego, allá apuntando para los potreros, camino pa´l río Paz, en donde los guindos y barrancos se cuentan por montones, en donde la gente transita por atajos y veredas, por caminitos y caminones, despertando dormilonas, cortando hojas del monte para la sopa de la cena, o simplemente recogiendo chiriviscos secos, para juntar el fuego de la mañana siguiente. ¡De allá vengo, y allá he de regresar!

Hoy es su cumpleaños y cierta nube de nostalgia me invade, porque al son de la distancia quisiera en una jugada con cartas marcadas, ganarle la partida al destino, no con tres pistas, ni conquián, mucho menos con escalerita ni pokar, o montoncitos, no, quisiera ganarle la jugada o mínimo engañarlo, pegarle su baboseada, darle unas quince vueltas antes de partir la piñata, y así mareado para que  no se percate que soy bruja y con hechizos y unciones, pociones y hierbas mágicas, he dejado a la otra Ilka aquí, su cuerpo, más la interna, la Chilipuca, ha viajado  en el tiempo para irse a encontrar con usted, en los días de infancia, de adolescencia y en sus años de autoexilio, todas en una y una en todas: para abrazarla y decirle “¡feliz cumpleaños Juana ohhh!” Entonces usted sorprendida por la premura de la sorpresa gritaría encandilada: “¡el fuego me avisó que vendrías!”, sí, así como en antaño.

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol en tiempos de otoño se queda sin hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Pero antaño ya valió pura estaca, el hubiera y el malaya se fueron de pinta y sepa cuándo regresen, así que como lo único que tengo palpable e invaluable en este momento es el Presente, en mi presente, le escribo estas letras, fieles y leales al sentimiento de mi corazón: campesino, obrero y labrador, llevo en mi sangre la herencia de las manos cansadas trabajadoras del campo de sol a sol. Con mi presente quiero decirle que: utilizo las blusas a cuadros al igual que usted, me encantan, y al usarlas es una forma de honrar mi herencia campesina; así dobladas de las mangas hasta el codo, siento su presencia y sus abrazos, las caricias de sus manos enormes y bien trabajadas, las utilizo en otoño –de octubre a diciembre- es la época de frío y vientos huracanados, para que en medio de la diáspora congelante, me abrigue su recuerdo.

¿Cómo olvidar sus manos? Si con ellas me enseñó a tortear cuando no podía ni siquiera amararme bien las cintas de los zapatos,  con paciencia de maestra de párvulos, me enseñó el arte de tortear, el ritual, el proceso que lleva desde escoger y lavar el máiz, medir la cantidad de cal y sal, el tiempo de cocimiento, molerlo en la piedra o en el molino, amasar la masa, limpiar el comal, acariciarlo y prepararlo con una tuza mojada empapada con cal, -para que no se pegue la tortilla-  hacer las bolas de masa, e ir formando lentamente esa hostia que crece en cada  palmada, hasta que como una artesana y alfarera quede la obra de arte en su magnitud: perfecta. Ojo que medir el tiempo de cocimiento de la tortilla para no sacarlas crudas del comal, y que empachen a los comensales,  ¿y qué decimos de las caritas infladas? ¿Tortear? Tortear aquí es un lujo que muy pocas personas se dan, yo lo hago de vez en cuando, con esa harina que venden de máiz en polvo, en honor a usted, y para encantar a mi paladar pueblerino. Entonces vuelvo a recordar paso a paso todo el proceso, y la entrega y el amor con que usted tortea, con el mismo ímpetu trato de imitarla en mi cocina alquilada en mi tiempo de emigrante.
Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida,
Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas.
Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
Que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.
EL candil pegado en la pared de adobe, aquí no hay candiles, pero lo ha
go con candelas, y en esa oscurana, nuevamente le doy  quince vueltas al presente, para que mareado no me vea hacer chanchuy, y entonces me escapo por interminables instantes, y viajo en calidad de nube, acolchonada empujada por el viento, hasta plantarme en el cielo que cubre su casa, caigo -sin paracaídas- de bruces sobre el techo de teja de su casa, me tomo una pastilla de “regresión en el tiempo” y busco en el catálogo la opción de: “años de adolescencia” entonces me transformo, en aquella patoja rebelde y montañera, y me la como a besos, barremos el patio con la escoba de escobillo, primeramente lo regamos con las palanganadas de agua enjabonada que ha sobrado de la lavada de platos.

Por la tarde me voy a acarrear agua a la pilona, en pantaloneta, dejando asustados a sus vecinos y convirtiéndome en la comidilla de sus vecinas, “por ser una mujer descarada como todas las de la capital” según las palabras de las observadoras. Como mica me trepo en los palos de guayabo, aguate y jocote corona, nunca creyeron usted y tío Lilo en las quejas que agencian  de boca en boca, respecto a que si una mujer se trepa a un palo de fruta la argeña. Desde ahí me enseñaron que ser mujer no me hace diferente ni excluyente sin mi permiso previo.

Por las tardes de ocasos nublados, las acariciamos con pequeñas pinceladas humeantes saliendo del polletón, allí usted  y yo cocinamos mi atol predilecto, ese que sólo usted puede hacer en la faz de la tierra: la poleada. –Azúcar, canela, masa y suero de vaca, granitos de sal-.
Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía,
Donde encontrarás con el pan al sol la mesa tendida.

Acompañadas de la luz macilenta de un candil, vemos llenarse de estrellas  la manta negra que cubre el cielo, usted con su radio de baterías, escucha las emisoras radiales que llegan desde El Salvador, cómo olvidar la radionovela: Porfirio Cadena, “El Ojo de Vidrio”, y las canciones de Chelo, Las Jilguerías y Flor Silvestre, no, eso no se olvida, las escucho también en  la voz nostálgica de mi Nanoj, ella dice que le recuerdan sus años en Comapa. Concierto de grillos y luz de luciérnagas, canto de chicharras, y pies asaltados por las niguas, colchones atipujados de pulgas y petates rotos, no, eso no se  olvida. Esas vivencias enriquecen mi memoria y mi alma, engrandecen mi Ego y mi orgullo, de inflar el pecho y agradecer la sangre que recorre mi cuerpo, tan roja y viva como el recuerdo suyo en mi memoria.

Sí, fui feliz en su casa, en la casa en donde nací, y lo sigo siendo hoy, a pesar de tener en contra la distancia física, -más no la emocional-. En este preciso instante en que le escribo y plasmo en  esta hoja en blanco; mis sentimientos de nieta descarriada, perdida en algún lugar de la fría diáspora, pero que lleva a Comapa como bandera, como única identidad, y como área protegida por la devorante vida  en la ciudad, yo me cubro y hago tres veces cruz, para que la corriente del materialismo no me incluya en sus conquistas, sigo cambiando, creciendo, aprendiendo de la vida, de las experiencias, del entorno, observado, escuchando y actuando, pero muy dentro, muy escondido y extremadamente resguardado está: mi amor y lealtad al pueblo en donde nací y a su casa, aquella casa de adobe alumbrada con candil, ese adobe tiñó el color de mi piel. Hoy es su cumpleaños, reciba en estas letra un ramo de claveles rojos, un abrazo de Chilipuca y sobre todo un agradecimiento eterno, y el orgullo incomparable de tener tatuados en mi rostro sus pómulos pronunciados.
Sea pues un día bendecido, entre nostálgico por los que no están, porque los que están lejos y alegré porque está viva, porque hay una nueva oportunidad para respirar y enfrentar la vida con todos sus dolores, desavenencias, conquistas, tropiezos y alegrías.

De verla tengo, aquí o en el más allá, nos volveremos a reencontrar, entonces mágicamente, regresaremos al viejo polletón: ¡y llenaremos de pishtones el comal!

Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
Que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.
(Canción de las simples cosas. Mercedes Sosa)
Ilka Ibonette Oliva Corado.
Mayo 15 de 2011.
Estados Unidos.

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