Domingo de Fútbol.

La alarma del reloj despertador comienza a sonar,  algún locutor madrugador se encuentra dando la bienvenida al nuevo día: Día del Trabajo. Despierto azurumbada, el efecto de las pastillas de valeriana me dejó flotando en algún lugar acolchonado con nubes del quinto sueño, las tuve que tomar para poder relajar mis nervios y espantar la ansiedad provocada por la alegría del autógrafo.

Es domingo mi primer día de trabajo en el fútbol, hoy inicia la primera jornada de la temporada que termina hasta en octubre. Comenzamos en tiempo de frío y terminamos en las mismas condiciones. En primavera con los vientos desatados y aguaceros de mayo, en octubre, con la nostalgia de la temporada en que las hojas  secas son arrastradas por los mismos ventarrones, hacia ningún lugar, hacia todos lados…

Me baño con el agua lo más fría posible: ¡tratando de despertar de una vez por todas! Hoy hago café de “haraganes” en la cafetera, ¡al chilazo está listo! Me trenzo  la colochera, e inicio como todos los domingos desde hace diez años, el ritual de mi vestimenta futbolera.

La licra, el top, las medias, la playera blanca, mi pantaloneta negra, y mis playeras del  uniforme. Reviso en mi bolsón si tengo listo: silbato, tarjetas, lapicero, monedas, papel en blanco, cronómetro, bloqueador solar, bronceador –para mis piernitas- y el resto de ungüentos por aquello de las lesiones, calambres y desgarres.

Mientras tomo mi taza de café, preparo dos contenedores plásticos en donde llevo mis aguas mágicas, esas que al tomarlas revitalizo energías, algunas veces llevo el suero de pueblo,- ese que se hace con limón, sal y azúcar- en otras agua con algún  tipo de polvo sustancioso, que al tomarlo  me transformo en  “La Mujer Maravilla”.

Finalmente preparo mi licuado de proteína con frutas y de una vez me atravieso mi puñado de vitaminas, salgo de mi casa en una mañana completamente nublada, el viento autoritario que a todas luces te enseña que él es quien reina en la ciudad.

Conduzco por la calle completamente solitaria, es domingo y son las 7 de la mañana,  medio mundo se encuentra roncando la última pestaña del quinto sueño, en la emisora radial sigue el locutor hablando  de  Juan Pablo Segundo,  -¡Te quiere todo el mundo!-  muy animado, después dejan  al aire una de esas canciones en inglés que me encantan: Somewhere Over The Rainbow.  Sigo conduciendo mientras el canto, en los jardines y banquetas, arriates y parques, observo el colorido maravilloso de los tulipanes en botón, algodonadas lucen las ramas de los cerezos en flor,  es una mañana realmente maravillosa.

Falta poco para llegar la cancha en donde pasaré 6 horas  del tingo al tango con la mirada clavada en el balón de fútbol. Comienzo a prepararme mentalmente y a colocar pieza por pieza mi caparazón imaginario, a untarme de repelente contra las maltratadas y las malas vibras, lentes de protección contra las miradas hechiceras,  y aceite de coco: ¡para que todo me resbale!

Ser mujer  no es cosa fácil, ¡ser mujer árbitra solo es cosa de chifladas! Llego saco mi silla, mi bolsón, mis banderolas y comienzo a caminar por el campo engramillado, respirando ese olor a monte,  a vida,  solo me acompañan las manadas de patos que se apoderan de la estación, me gusta llegar temprano y estar en comunicación con ese campo, las líneas que lo demarcan, los banderines de esquina y las porterías.

Son canchas abiertas, no hay graderíos, ni cercos, todo es totalmente al aire libre. Es un privilegio poder trabajar en este tipo de canchas, aunque “me hice” “pitando” en los tierreros y potreros de los pueblos y aldeas de Guatemala. Trabajar aquí me resulta simplemente “chuchita”: porque los campos son más pequeños, porque tenés la comodidad de correr sobre grama –que es amortiguador para mis rodillas despozoladas-  y al menor intento de agresión o batalla campal, con marcar el 911 en menos de dos minutos el campo está rodeado de policías.

Comienzan a llegar los jugadores,  y entonces  duplico mi capa de “contras” solo porque no puedo atalayar siente montes, porque también me daba una mi buena limpia y chilqueada antes de entrar al campo oficialmente. 

Soy la mujer más odiada de la liga, 
la más detestada de los árbitros, los equipos es a mí a quien odian y aborrecen, es que si pudieran irme a dejar perdida a un desierto por allá de las latitudes del Sahara con gusto lo hacían y encima me darían carita: ellos bajo alguna sombra tomando agüita de coco y yo deshidratándome bajo el sol.

Desde el momento en que  entro al terreno oficialmente, dejo de ser Ilka para convertirme en la árbitra, nunca sonrío, -cuando lo he hecho toman las cosas por otro camino-  nunca toco a los jugadores, salvo para revisar algún tipo de lesión –cuando las circunstancias  lo  permiten- mi única forma de  comunicación es mi silbato, y de cuando en cuando que le tengo que llamar la atención verbalmente a más de algún salido que se quiere pasar de listo y prefiero evitar la tarjeta amarilla.

Antes en mis inicios, corría como desquiciada, de una lado al otro, de  punta a punta, según yo, que entre más cerca estuviera del balón, mejor sería mi visión, pero con la práctica y la experiencia, he comprendido que lo ideal para un árbitro es tener buena ubicación, ese es lo esencial, la ubicación, el desplazamiento, los cambios de ritmo en el trote o la carrera.

Cada vez que observo árbitros “novatos” me recuerdo de mis primeros tanes, e igualita me miraba, corriendo con las tripas de fuera y al momento de silbatar ya no tenía aire en los pulmones. Y allí iba en picada cada vez que había un contragolpe, ni con  bicicleta llegaba a la jugada al otro lado del campo. Aunque es necesario aclarar que todos los juegos son distintos y en todos se aprende siempre, siempre.

Hasta que aprendí  a controlar mis desplazamientos y mis cambios de ritmo. A no enojarme cada vez que los jugadores me reclamaban, he aprendido a controlar mi carácter dentro del terreno de juego, a ser antes que Mujer, profesional, entendí que soy quien está a cargo de hacer valer el “juego limpio”  estoy obligada a ser la única persona que tiene que mantener la cabeza fría los 90 minutos,  de las 23 que se encuentran en el terreno de juego.

Los jugadores entran y comienzan entregarme el carné, los nuevos me ven de pies a cabeza, escudriñándome, como si la mujer que está parada  frente a ellos, hubiera salido de otro planeta, algunos me saludan muy amablemente otros no pasan de los buenos días, nunca falta quien aprovecha ese  lapso de tiempo para pedirme el  número de teléfono para invitarme a salir –a cenar a bailar y después a… ¡buscar el postre!- reglamentariamente es una ofensa que debe ser castigada con tarjeta amarilla, porque si en mi lugar hubiera un hombre, seguramente no le pedirían el número de teléfono  -¡y mucho menos irían por el postre¡-  entonces me limito a decirles que no les puedo ayudar con ese tipo de información.

¡El primer silbatazo e inicia  oficialmente la temporada! ¡Pum! El toque con el empeine lateral externo del zapato de un jugador en el balón, ¡música para mis oídos! ¡El  balón está en juego!, y anonadada comienzo a disfrutar de aquel espectáculo -la chamusca- me derrito con las fintas, pases, toques, dominio de balón, ¡y piernas!

El sonido el balón circulando por los aires es muy parecido al de  un lazo cuando se salta la cuerda, ¡solo sabemos distinguirlo quienes llevamos la efervescente pasión del balompié en la sangre!
Hay mucho viento, eso resta probabilidades y obliga al equipo que lo tiene en contra a  concentrarse en la defensa, ¡hay frío! Ese factor externo no permite la concentración total, es entonces que toca correr “el kilómetro extra”.

El frío y el viento –como cuando hay lluvia o neva-  no permiten la fluidez  del partido, así que por  ende también hay  muchos acalambrados, otros desgarrados,  ¡y yo congelada de los pies a la cabeza¡
Los nuevos: siempre hay problema con los nuevos, mientras se acoplan a entrar en el corral, a las primeras de cambio les tengo que llamar la atención con la tarjeta amarilla en la mano,  de lo contrario si no logro controlarlos así, sería una roja y mínimo tres partidos de suspensión. Después de los primeros tres domingos, de llevarlos con la pita cortita, y amarraditos de los pies con cáñamo, comienzan a entender que soy mujer, pero que dentro  de la cancha soy quien hace  cumplir las reglas del juego.

¡Me comienzan a detestar! Y  ni me quita ni me pone pero maliciosamente me gusta, ¡porque es mejor que me respeten y no que se me suban a tuto!

Después de tres juegos, varios goles, -que me dieron ganas de gritar junto a los anotadores-   algunas maltratadas de las porras, dos pelotazos en la espalda y un titipuchal de  piernas y glúteos, termina mi jornada arbitral. Me despido del campo, esper
ando reencontrarme con él, y la pasión más añeja de mi vida, el siguiente domingo a la misma hora, llevando conmigo, el caparazón que en este momento no tengo puesto.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Mayo 01 de 2011.
Estados Unidos.

4 comentarios

  1. Felicitaciones Ilka. Seguí así, y si te odian que te valga un comino. Imponé tu autoridad y éxitos. Chente.

  2. O sea… pitó 3 partidos, no vaya a ser como los arbitros del Roosevelth que ya el último partido se la pasan solo en medio campo.

    Yo le fallé con el ejercicio, todo el dia me estuve frente a la computadora, miré 3 películas… voy por la 4… awwwww!

    Saludos

    Saludos!

  3. Muy bueno Ilka… se siente uno en la cancha! Saludos Fernando

  4. Desde nuestra bella Guatemala, te mando un cordial y fuerte saludo y adelante.

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