Feliz noche Tío Lilo.




Hace algunos minutos que Evelyn (la Pelu) colgó la llamada   que tuvo con nuestra madre: su hija predilecta; es tan parecida a usted, en todo, de mi abuela no sacó más que los pómulos pronunciados que también heredé yo. Pero de usted mi Nanoj tiene hasta la forma de andar, sus labios carnosos, y el porte de mulata –heredado de su abuela materna y paterna- aunque es blanca como la leche, su pelo murusho canche, lo heredó de usted. ¿Se imagina que también hubiera heredado sus ojos color verde esmeralda?

Los recuerdos se desmoronaron de golpe después de escuchar lo que mi hermana me dijo: que lo trasladaron de emergencia de Comapa a la  capital, que no reacciona a los medicamentos y que estemos preparadas por cualquier noticia.
“La Pelu” anda como loca, caminando de un lado a otro, llorando aquellos lagrimones que le empapan el rostro, maldiciendo la puta decisión de emigrar y no estar en este momento con usted. Ha encendido una veladora blanca y se encerró en su cuarto a orar. Usted sabe que yo para esos rituales no soy buena, tampoco puedo llorar, en este momento mi mente está en blanco, está en un limbo total, recurro a los recuerdos, solamente atada a ellos puedo lograr tener los pies sobre la tierra en este momento.

¿Platicamos? Haré de cuenta que esta hoja en blanco es nuestro canal de comunicación, haré de cuenta que estoy sentada en la hamacona, en el corredor de su casa, es una noche fría, la luz del candil guindado de la pared de adobe  nos alumbra, bebemos café en el batidor,  sopeamos las tortillas tostadas dentro de el.   
¡Cuántos recuerdos abuelo! ¡Cuánta nostalgia y desesperación me atrapan en este momento! ¡Tanta desolación! Quiero, besarlo, abrazarlo, ver sus ojos verdes, decirle que lo que  yo sé de lealtad y honestidad en esta vida lo aprendí de usted, solamente de usted. No puedo llorar, tengo un nudo de sal deshaciéndose en mi garganta  y, ¡no puedo llorar!

Lo que mejor sé hacer en este momento es escribir, así con estas letras que son libres, como los pensamientos y los sueños, ellas no tienen ataduras, no tienen fronteras y atraviesan las barreras del tiempo y la distancia, con estas letras quiero que sienta mis lágrimas, vea mi sonrisa, sienta mis  abrazos, escuche mis chistes y mis eternas bromas en doble sentido.

También con estas letras quiero que sienta los latidos de mi corazón acongojado en estos instantes.   ¿Sabe? La avalancha de recuerdos sigue acercándose, no quiero correr, quiero que me atrape, que me lleve con ella.
La primera vez que escuché la  historia de la Llorona fue de sus labios, tendría yo apenas siente años, usted cuidaba la choza donde se guardaban los materiales de construcción de la que después sería nuestra casa en Ciudad Peronia,  siempre contaba que la escuchaba llorar y caminar en las calles,  que usted como todo un hombronazo de Comapa, salía con el corvo desenvainado, y con la linterna encendida, pero sólo los llantos escuchaba. Del Cadejo, que era su íntimo amigo, en sus tantas borracheras, siempre lo guiaba por la orilla de la quebrada cuando de Las Crucitas subía para Comapa, se desaparecía hasta que lo dejaba en la puerta de la casa de doña Juana; su esposa, mi abuela.

Siempre tan apuesto,  aquel mujeral siempre atrás de sus huesos, lo cómico es que eran veinte años más jóvenes que usted,  y la pobre abuela que se atragantaba con sus celos, poco faltaba para que lo agarrara a cacerolazos, con pailas y todo, nunca se lo comprobó nada de lo contrario, hasta yo es capaz hubiera hecho guardia para que nadie entrara a rescatarlo de las garras de doña Juana; su fiel y abnegada esposa.

Interminables mañanas  caminamos juntos en los zacatales que conducen a la Fresera, con una hielera al hombro cada uno, también a  la Aldea El Calvario, ¿se recuerda de la escuelita? Allí pasábamos dejando una hielera a la hora de recreo,  allí nos quedábamos La Pelu y yo, mientras usted se iba a tratar de vender la otra topada de helados, de casa en cas
a. Al rato regresaba con la hielera llena de güicoyes, chipilín, jocotes, güisquiles y flor de izote. Siempre prefirió cambiarlos por comida a que se le deshicieran en la hielera.

Allí andaba su corvo bien afilado y  al mío “cuto” también me le hizo una vaina, cocida con cáñamo, me enseñó  el secreto de  agarrar la cacha para prevenir las ampollas. A rajar leña  con el hacha, la almágana y las cuñas. A escoger del pino, el ocote fresco, a diferenciar de la leña verde de la  seca. Con mis diminutos ocho años de edad, ¡pero se me quedó! ¡ y créame abuelo que no se me olvida echarle cal al comal antes de tortear! A usted no  le gustan las tortillas como ostias así que aprendí como  las hace mi abuela; doña Juana, su abnegada esposa: ¡pishtones!
Siempre fui la salvaje de las nietas, la garañona me decía  usted siempre,  dice que  soy igual que mi mamá cuando era niña, tan sin pena, ambas montábamos las bestias a pelo, nada que en  aparejo y mucho menos en silla,  y qué boa creer  que de lado,  ¡no señor a pelo y a horcajadas! ¡Pero yo sí terminaba escaldaba!

Usted a pulmón le ayudó a construir las 3 casas a sus 3 hijas que tiene en Guate -ya que la otra emigró  y  se estableció en México-,  los tres yernos no le sirvieron ni  para pura estaca y lo mismo pasó con los nietos varones,  salieron más ananados que saber qué, hasta pena da que lleven el apellido Corado, en su familia quienes llevamos los pantalones somos las mujeres; nosotras somos las arrechas.

Gracias al cielo le daría de haberle salido yo  varón,  dice que sólo los “coyoles” me hacen falta porque lo demás ya lo tengo, nací boca abajo, como los machos,  y según usted, mi abuela, bisabuela y la comadrona del pueblo, soy  una mujer con suerte, por haber nacido envuelta en aquella grasa blanca, como nacen las bestias.
Pues lamento haberlo defraudado con no haber tenido “coyoles” pero tengo en su lugar dos ovarios que me bastan y me sobran, usted  no se preocupe, que soy Corado.

Don Cirilio, mayormente conocido en el bajo  mundo como Tío Lilo, el hombre más trabajador que he conocido en mi vida, nuca lo he escuchado quejarse de nada, ni cuando murieron sus únicos dos hijos varones, no lo vi llorar, tan roble como siempre, la familia se vino abajo y cayó a sus pies, y usted  mantuvo la cordura, vivió su duelo a su manera, nunca lo he visto desplomarse por nada, para usted esta vida “no es sólo de soplar botellas”, hay que tener los arrestos para poder aguantar los embistes de la existencia.

Usted me enseñó a comer matasanos, las chiliguas y a atipujarme de chilipucas, ¿Se recuerda, soy su Chilipuca? A soloquearme el choreque con guayabas silvestres y a comer chaparrones, a tapiscar, a desgranar, a aporrear el frijol, usted me autorizó a subirme a los árboles frutales, gozaba observando a los vecinos que con la boca abierta chismeaban que las mujeres argeñamos la fruta, pero a usted los vecinos le pelaban los dientes, la fruta nunca se argeñó y en cambio yo me convertí en una experta en encaramarme a los árboles, saltar tapeales y cercos, caminar sobre las tejas  en el techo de su casa sin quebrarlas.

 EL resto de la marimbita de nietos, le huía a sus  manos ásperas,  a   usted le gustaba carrerearlos y acariciales las caritas sucias, aquellos lloraban porque se las dejaba todas rayadas, muy pocas veces lo he abrazado, es un hombre arisco, muy  poco expresivo, pero es de los que piensan mil veces antes de decir las cosas y con eso ofender a alguien, siempre habla en metáforas, y así en metáforas nos seguimos comunicando,  aunque ahora sea yo la que habla y habla vía telefónica y tenga que subir el tono de mi voz para que usted logre entender y escuchar bien, lo seguiré haciendo mientras usted quiera seguir escuchándome.

Su pecho se llenó de orgullo el día en que fui por primera vez a Comapa,  quince años después de mi nacimiento, tengo el orgullo de ser la única nieta que   nació en su casa, justo sobre la mesa del comedor, con la ayuda de las manos de mi abuela, bisabuela y de la comadrona del pueblo, en  la esquina de su casa, pegado al clavel rojo –que ahora se peinó el vecino-  está enterrado mi ombligo. Mis raíces pertenecen a Comapa, están en Comapa, en su casa, junto a usted, a sus puros, a los tercios de leña, junto al candil y a un costado de la horqueta con la olla donde está sembrado el chile chiltepe, soy suya, soy Corado, soy su Chilipuca, su Garañona.

Ese día usted con su mejor mudada nos fue a esperar a  la Alcandía, justo en frente se estacionaban las camionetas que llegaban de la capital,  a un costado de “ la pilona”, en marimbita le llegamos  cinco nietos,  allí lo vi
con su pantalón de  lona, sus botas, su sombrero, y su corvo a un lado, en la calle a todo el mundo  le decía que yo era hija de “La Lila” su hija mayor, cosa que nadie le creyó, porque yo soy negra y ella es  blanca como la leche. De haberlo dicho “tomado” lo hubieran llamado “sobado”, pero como andaba en su sano juicio, hay de aquel que no le creyera.

Ese reencuentro con su hogar, con mis raíces, me llenó de tristeza y de alegría a la vez, la primera porque aquel mundo de fantasía que construí en mi memoria se desmoronó,  la Comapa que  construí en mis sueños, no tenía  nada que ver con la real, su casa era diez veces más  pequeña a la que me imaginé, no eran terratenientes, no tenían ganado, y usted muy humildemente labraba media manzana de tierra, para lo cual caminaba  veinte kilómetros diario: diez de ida y diez de  vuelta.

Pero me enamoré, de los candiles, del rescoldo de polletón, de los izotales , del plumajillo, de los palos de café y de amarillo huevo de las flores de Chacté. No tenían pila, mi abuela lavaba sobre una laja, acarreaban el agua en tinaja desde “la pilona” del pueblo hasta la casa, su servicio era un baño ciego, que estaba al final del terreno, la puerta de madera, se trancaba no se usaba llave, se  le ponía una piedra o un chuzo. La única ventana que daba a  la calle no se podía abrir, porque de lo contrario se le venía encima las persianas de madera que la cubrían, no tenía piso, en su lugar un duro talpetate, usted compartía su sala con las gallinas, patos, coches, niguas, pulgas y gatos.

Las pencas de guineos maduraban ante mis ojos  y los aguacates caían maduros   en pleno patio. Me enamoré, aquella casa me embrujó, la plancha de mi abuela, era de esas a las que se les ponían brazas, no había luz eléctrica y el aceite se compraba por medida:  al igual que el gas y la margarina.

Me enamoré, de la humildad de su hogar, de mis raíces. Lo conocí en su mundo, en su hábitat, en su espacio; el “pan para tu matate” es su frase favorita, y no se imagina el significado que ha tenido en mi vida.

Nunca se ha dejado cortar el pelo por otras manos que no sean las de mi abuela, cualquier “torcedura” se las ha curado yéndose a sobar con una mujer primeriza, cree en el mal de ojo y que la gripe se cura con un buen “trago”, la chicha le pela los dientes en esas circunstancias, tiene que ser “algo pal pecho”, fuerte y amargo; la vez pasada quisimos darle agua de apasote y nos mandó al carajo, dijo que  lo fuerte y amargo, era para usted  su “cuto de Quetzalteca Especial”, y nos tocó que írselo a comprar, de lo contrario no  se hubiera curado. “Patadas de ahogado decía mi abuela”.

Me enseñó a cargar a mecapal y a tuto, eso de usar yagual y cargar en la cintura no eran cosas para mí. A contar las cargas de leña, me dijo que son cuarenta pares. –si mal no recuerdo- a amarrar  los lazos de las bestias con argolla, y  a identificar la hora según la postura de su sombra con el sol.

 Viene a mi memoria el día en que fuimos a conocer  la casa en donde nació; el fanfarrón de su yerno – mi papá- acababa de enganchar el cabezal y andaba estrenando la carrocería que le mandó a hacer a Petén,  como vacas –metidos en la carrocería- nos fuimos, hijas, yernos, nietos, y hasta tráidos de las  nietas, aquello allí dentro parecía  ganado de segunda mano, adelante junto al conductor  iba  usted y el primo de mi  mamá,  -el otro charlatán igual a mi padre, que andaba  comprometiéndose con una patoja de 18 años en Petén, estando ya casado y con cuatro hijos-  los hombres de oriente usted muy bien sabe cómo son: fanfarrones.

Las Cuevas de Andá Mirá, nos avisaban que estábamos cerca de su  natal aldea El Coco, el aire seco y ralo nos recibió, leves polvaredas se levantaban a paso de las llantas del cabezal, era un camino de una sola vía, de un lado tenía paderón, un enorme cerro, y por el otro, los enormes guindos que caían en las frías aguas del Río Paz.
Faltando dos cuadras para llegar a su casa,  el primo de mi mamá –su sobrino hijo de uno de sus hermanos- enloqueció y comenzó a  hacer sonar la bocina del camión, la gente se asomaba sumisa por las puertas de sus casas de adobe, sólo asomaban parte de la cara, los niños corrían atrás del cabezal, estacionamos en el campo de fútbol, a escasos veinte metros de la casa de su hermano, que en antaño fuera de sus padres. Allí nos esperaba con su esposa y un marquesote, una tinaja de leche y tortillas recién salidas del comal, era febrero, el mes del jocote rojo.

Lo vi llorar como  un niño al tocar el suelo donde había crecido, tenía 40 años de  no ir, abrazó a su hermano ya hecho un anciano también: su hermano mayor, mulato, mulato. Los palos de jocote rojeaban por doquier,  fuimos a comprar gallinas y las hicimos en caldo, el agua la sacamos del río, hicimos una poza –según las indicaciones de los lugareños- escarbamos  en la arena, en la orilla del río y la dejamos reposar durante veinte minutos, después sacamos el agua  con morros, como era de imaginarse, “algo pal pecho” no pudo faltar, y terminaron bajándose la sed  con una tinaja de chicha.

Mi abuela abrazó a su cuñado y concuña, hacía tanto que no se veían. Mientras que el primo –descarado- abrazaba a su esposa y a sus cuatro hijos, -nadie de ellos supo  de su infidelidad-, usted: en la tarde ya fresca, nos llevó al río, y nos enseñó en dónde estaban escondidos los cangrejos,  y los camarones, hasta jutes y caracoles agarramos, para el caldo de marisco del siguiente día. Tan arrecho como siempre, atrapó pescados, sacándole punta a un chirivisco seco, y clavándoselo al pez que nadaba tranquilo en las frías aguas del Río Paz. Cosa que no pudieron hacer; el yerno, el primo, los nietos y el novio de  una de las nietas. Definitivamente hombres como usted, ¡ya no   nacen!

Nos enseñó a cortar la fruta sin lastimarla y sin herir la rama, porque de lo contrario quedaría estéril para la siguiente cosecha.
Aquella noche dormimos en manada, acostados sobre la plataforma de aquella carrocería, sin más ropa que la muda con la que llegamos, nunca he visto las estrellas tan cerca como en aquella noche, en su Aldea El Coco, poco faltó para que las pudiéramos tocar.

Ya  me había hecho trato con un lugareño; un patojo mocoso igual que yo, de 17 años los dos, según usted se me quitaría lo  animala si encontraba marido luego, así que ya prácticamente   hasta  la fecha tenían, pero qué ¡papo! ¡debajo! ¡saco! Se le olvidaba que soy Corado. Y no me dejé amarrar.  El pobre patojo durante los meses de cosecha llegaba a la Avenida Bolívar, por consejo suyo y de mi mama, todos los lunes me llevaba cinco cientos de jocotes, según él que con jocotes me iba  a enamorar. Sigo tan salvaje, potranca y garañona como siempre mi querido abuelo. En su decepción primero conoció  bisnietos de los nietos más pequeños que de esta Chilipuca.

Para  la última navidad que pasamos juntos,  bailamos: “La Temporada es Buena”, creo que le empapé la camisa, no podía parar de llorar, porque sólo quienes viven en el campo conocen esa clase de amor. Usted sabe que si me hubieran dado a escoger, con gusto hubiera crecido en Comapa. Pero  el arcoíris tiene diferentes colores abuelo, de regresar al nido tengo.

Aquella noche de Navidad, bridamos con “algo pal pecho”, yo presentía mi partida, mi exilio, más nadie de la familia lo sabía, pero usted me abrazó fuerte y me cantó al oído, como si supiera lo que mi corazón le quería decir: “ te vas ángel mío, ya vas a partir dejando mi alma herida, y un corazón a sufrir…”   y terminamos de cantar juntos la de Cornelio Reyna. Aquella noche, se quemaron cohetes, se encendieron estrellitas y volcancitos, pero usted y yo descubrimos un canal de comunicación  del cual no teníamos noción alguna.

En mi exilio, he tratado de acortar distancias,  con las llamados telefónicas, con fotografías, pero su reclamo a nuestra ausencia –de mi tía “su hija” mi hermana y mía- ha estado en todos nuestras conversaciones, siempre ha dicho que  lo vamos a ir visitar al cementerio de Comapa  a nuestro regreso, porque ya estará tres metros  bajo tierra; usted y abuela  siempre han defendido la tierra y la familia,” ¡es lo único que no se abandona!” es lo que nos repiten siempre.

Que no seamos ingratas, que regresemos al nido, a nuestras raíces, que no andemos buscando lo que no hemos perdido. Volveremos al nido, volveré, será cuando Dios así lo disponga, no sé si lo encontraré en el cementerio o será  usted quien me entierre a mí. Eso nunca se sabe.
En estos instantes de transición, mi querido abuelo, quiero repetirle lo que le digo siempre: que lo amo, usted es fuerte y las enfermedades le pelan los dientes,  siento un orgullo enorme por haber nacido en Comapa,  y que su sangre corra por mis venas.

Me imagino que quiere descansar, ya es tarde y tiene que dormir, voy a salir quedito  de su habitación, para no despabilarle el sueño, le dejo un beso en la frente, feliz noche Tío Lilo, que duerma bien. Mientras usted descansa, yo me tomaré a su salud: “algo pal pecho”.

Ilka “Chilipuca” Ibonette Oliva Corado.
21 de noviembre de 2010.
Estados Unidos.





5 comentarios

  1. Precioso relato. Enhorabuena desde Madrid, España.
    Felicidades

  2. Todo lo aprendido por los abuelos, no tiene precio… ellos nos daban sus consejos como son…

    Animo Ilka… que no hay mal que por bien no venga…

  3. Wow… que historia.

    Mi abuelito Abraham igual, nunca lo vi llorar, a que hombre mas callado, y con sentimientos de piedra, podia arreglar radios, televisiones, cualquier aparato electrico y no era ingeniero, invento un enfriador de agua industrial para una fabrica creo que de helados, lo hizo con puras laminas y no era quimico, el sabia donde pasaban los tubos de agua en el suelo, podia hacer posos profundos y escalar a la salida, y no era minero, se sabia todos los nombres de las plantas, flores y animales y no era biologo, se sabia toda la historia de los presidentes, gobiernos y no era politico, encontre entre sus cosas unas cartas que se publicaron en la segunda guerra mundial, fue las primeras persona que tuvo radio en guatemala, una caja de madera con tubos, audifonos toscos y pesados… y no era Periodista.

    Por eso no solo entiendo esta relato, si no lo vivo, me llega al corazon, mi abuelito ya esta alla con Dios con una buena corona de oro, nunca tomo, nunca tuvo otra mujer, nunca fumo…

    Yo nunca pense que mi abuelito se iba a morir, era un hombre indestructible, nada la dolia, igual como usted dice… se curaba con un te de algo, una planta… y ya.

    La ultima vez que le hable fue en el hospital, yo tenia en la mente que cuando saliera fueramos a McDonalds a comer, era su cafe preferido, y le pregunte… Abuelito, como esta? y solo me dijo, cansado mijo, cansado…

    Una respuesta que me dejo atonito, mi hombre imbencible, aquel que se iba in bicicleta a trabajar todos los dias, que cargaba varios quintales de cemento en su carreta, cansado???

    No lo creo todavia, solo se que hace falta mi abuelito, el hombre que me hizo hombre.

    Saludos a los abuelitos, su sabiduria es inigualable.

    PS
    Ilka, una vez mas usted se pasa… no me la imagino montando caballo a pelo, eso quiere que uno sea bien diestro y bueno para montar, ja ja ja…

  4. …”no es solo de soplar botellas”, hay que tener los arrestos para poder aguantar los embistes de la existencia. El nido siempre estara ahi esperando el retorno.

  5. Para variar… que historia; pase cerca de Comapa y ahora al leer tu historia trato de imaginarme esos caminos. Que bendicion la que tenes vos y tu hermana de conocer a tus abuelos, los mios murieron antes de yo nacer, a excepsion de mi abuela materna, no cabe duda que son un caudal de sabiduria. Te felicito por tu forma tan sencilla y elocuente te escribir que nos atrapas desde el primer parrafo. Fidel

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