Tenis Color Azul.



Una década está  punto de cumplirse, una década de haber dejado  su pueblo, los zacatales y el amarillo de las flores del chipilín. Una década viviendo en el exilio.
Es noviembre diez, Martina decide llamar por teléfono a sus jefas, les comunica que se tomará el día libre  y que no se presentará a trabajar. Le vale pura estaca perder el salario del día. Es la primera vez que falta  al trabajo en diez años.  Total lo mismo hace las patronas con ella, cuando se les ronca la gana la llaman para avisarle que no están disponibles para que ella les  limpie la casa y sin más ni más, como sucede con la mayoría de indocumentados, si no se trabaja no se le paga.
Dieciséis días duró la travesía, salió un 27 de octubre  y llegó a tierra de anglosajones un 11 de noviembre. Cada año durante esas fechas, ella revive paso por paso aquella travesía, durante 16 días ella  deambula sumergida en un  lapsus temporal que no logra borrar de su memoria. Trabaja como sonámbula, se despabila de la realidad y se interna inconscientemente en esa travesía.

 Y vive segundo a segundo desde que abordó el avión de Mexicana de Aviación,  aterrizó en tierra Azteca y se convirtió  en la mexicana más patriota  que haya parido aquella nación. Aprender a hablar mexicanizado, cambiar de acento, de nombre,  y hasta de look, aprender a comer con demasiado chile,  a llamarle popote a la pajilla, gaseosa a las aguas, a comprar las tortillas por kilos y a  hinchar el pecho al cantar el himno nacional de aquella nación.

Su piel,  oscura como la cáscara del encino. Tapizada de tunas, lleva en ella las cicatrices que le  dejaron los dos desiertos  que se atrevió a perforar. La casa en Arizona en donde estuvo prácticamente secuestrada por coyotes mexicanos. Los cuatro días y tres noches que duró su traslado en automóvil, una camioneta forrada de indocumentados al igual que ella, en las misma situación y con las mismas carencias,  respirando a cada instante el olor del miedo y el sudor helado de un cuerpo lleno de adrenalina.

Dieciséis  días sin dormir, (dormitaba por escasas horas) pero los últimos siete días  los había pasado   sin pestañear, por más cansada que estuviera, por más sueño que tuviera no  podía dormir, pegar los ojos era sinónimo de quedarse perdida en el desierto, o ser víctima de una violación en la casa donde estuvo secuestrada.
Es diez de noviembre, y Martina decide hacer cosas que no ha hecho en 10 años.
Está cansada de trabajar para enviar dinero a su  natal aldea El Coco, en Jalpatagua, Jutiapa. Hija mayor, de  un matrimonio de lugareños que procreó ocho hijos, a los 20 años Martina decidió tomar las riendas de su vida y emigrar para el norte, vendió su terreno heredado  por su abuela, -tres manzanas  cundidas de palos de jocote rojo (el que se da en febrero) en las  orillas del río Paz- con eso tuvo para pagarle al coyote –un lugareño- que le prometió que en Estados Unidos  rehacer ese dinero era cuestión de meses. ¡Ya lleva diez años!

Alquiló   una casa en el centro de Jutiapa, para que los hermanos pudieran estudiar “en el instituto”, terminar la primaria, cursar los básicos, diversificado, y verlos graduados de la universidad –algo  con lo que ella soñaba; ser doctora-  mes a mes mandaba las remesas y dos veces al año, cajas en encomienda, llenas de ropa, zapatos, electrodomésticos, un ordenador y hasta cámara fotográfica digital, han pasado  nueve años y  ni una sola fotografía recibida en agradecimiento.
Los hermanos mayores terminaron los básicos y diversificado –bachillerato-  los menores sólo llegaron hasta los básicos, todos se fueron “juidos” con las n
ovias. Sus dos hermanas menores,  recibiendo el diploma de tercero básico y de allí mismo salieron con los novios, “juidas también”.

Durante diez años, Martina ha enviado remesas mensualmente, para alimentación de sus padres, dos campesinos que viven de la pesca y de la cosecha del jocote rojo. Para estudio y alimentación de sus hermanos, ilusionada ahorró durante tres años y confió en la familia para recuperar los terrenos que vendió en antaño, pero la misma familia le robó el efectivo.
Se cansó de llamar por teléfono durante años, para saludar y contar a la familia de la vida del exilio. Se cansó de recibir llamadas sólo cuando la familia necesitaba dinero, nunca para saber cómo estaba, cómo le iba, en qué trabajaba, cómo dormía, ¿tendría cama? ¿Pasaría frío?

Diez años tronándose los dedos, y enviando las remesas para  que sus hermanos no vivieran lo que ella vivió” -vaya gran equivocación-, se cansó de enviar dinero para que su familia se dignara a enviarle en encomienda una quesadilla, cinco semitas, unos cuantos tazcales y dos libras de café; de los palos que ella dejó sembrados. Tenía que pagar para que ellos se dignaran a enviarle  la encomienda, ¡le cobraban hasta las hojas  de guineo con las cuales envolvían los tamalitos de chipilín! esa comida no le sabía  a nada. Mientras ella se desvivió durante 10 años, por brindarles todo, ¿ellos no podían enviarle una quesadilla sin pedirle dinero a cambio? Vaya que la vida es agria, la vida el  desterrado lleva su propio dolor.

Diez años después comprende por qué los emigrantes es Estados Unidos son tan fríos, secos y herméticos, y es que todos o por  lo menos la mayoría también han  sufrido la decepción  de ser estafados económicamente por familiares en sus países de origen.
Para quienes quedaron en la tierra quienes emigraron se convirtieron en alcancías, bastaba con una llamada telefónica y un tono de angustia para que el desterrado se preocupara y mandara a como diera lugar la cantidad que se les pedía.
¿A cuántos habrán engañado fingiendo enfermedades; de los papás, de los hermanos, de los hijos, de las esposas?

Noviembre 10, Martina busca en el closet el par de tenis color azul, con los cuales cruzó la frontera,  la muda de ropa que la acompañó, saca de su monedero las dos piedras que recogió: una en cada desierto –Sonora, Arizona- revivir la escena, justo a media noche, mientras corrían dispersos entre los nopales, ella recogió las dos piedras, para recordar en el futuro que sí, que sí cruzó dos desiertos, por si la memoria le fallaba estarían esas dos piedras como prueba de aquella hazaña.
Se pone los tenis color azul, arranca el motor de su carro y lo primero que hace, es ir al salón de belleza más cercano y pintarse el cabello, cosa que juró nunca haría, pero  una década después es suficiente razón para cambiar de parecer, se hace rayitos entre los risos.
Ya con el cabello  de  dos colores, pasa por una heladería  y compra una “Banana Split”,  mientras la saboreaba recuerda que  de niña  sus padres nunca tuvieron los recursos para comprarle un topoyiyo y ella que lloraba por esos enormes helados que vendían en Jalpatagua,  diez años después lo está saboreando, y cuando por fin lo termina insatisfecha piensa: “¡Bah… es más la bulla!” Comprende que no se ha perdido de mucho.

¿Cuántas cosas ha vivido en diez años? ¿Cuántos trabajos?, limpiando casas, oficinas, recogiendo basura de los estacionamientos en los centros comerciales, limpiando nieve, como mesera en las fiestas de Acción de Gracias en los suburbios de judíos, como niñera… ¿cuántos problemas por no hablar el idioma? ¿Cuántas noches sin dormir? ¿Cuántas lágrimas empaparon su rostro? ¿Cuántos miedos? ¿Indecisiones?
Diez años después, vive sola en un apartamento, algo impensable cuando pisó tierra estadounidense; aquel paisaje era desolador; los árboles desnudos, finos copos de nieve,  frío, el cielo gris,  su cuerpo tapizado de tunas, sin trabajo,   una muda de ropa –la que llevaba puesta- y los sueños extraviados en algún lugar de la travesía.

Quién la viera diez años después, “mastica el inglés” por lo menos lo entiende, es dueña de un automóvil-de los contrario no sacaría fibra para limpiar dos casas al día- y conduce por las autopistas de la enorme ciudad. ¿Le creería la familia? ¿Le creían los vecinos que Martina es dueña de un carro? ¡No, no lo creerían!
Noviembre diez: son las vísperas de cumplir una década en Estados Unidos;  lleva los ahorros de 7 años en su bolsa y el sueño  que tuvo durante 16  de comprar una cámara fotográfica profesional. La compra, y sonríe como una loca mientras sale de la tienda ¡un sueño de 16 años! ¡Cumplido! Nadie sabe que su pasión escondida es la  fotografía, ¿cómo imaginarlo? ¿Cómo imaginarlo de una ishta que se pasaba los días arreando vacas,  moliendo  el nixtamal en  piedra y lavando la ropa de toda la familia en la orilla del río Paz? ¿Quién imaginaría  que aquella ishta piojosa amara la fotografía?

 Decidió inscribirse en un curso de fotografía en una  de las universidades públicas de la ciudad.

Es el tiempo de hacer cambios en su vida: tira a la basura las pastillas anticonceptivas y   con una llamada telefónica corta de raíz a los amores contrariados que tomaban  por asalto su alcoba de cuando en cuando. Le dice adiós a los besos fugaces, a las caricias fingidas. Se cansó del placer sexual, ella quería alguien con quien pudiera disfrutar de las tardes frente al lago, de los besos al aire libre, de las llamadas telefónicas a cualquier hora del día, se cansó de  vivir condicionada a las horas y los días de las citas. En ese momento y con esa decisión se estaba liberando del tedio de esperar  la llamada del aviso y de   convertirse durante  la noche en la mujer más sexy, esperar al amante nocturno y disfrutar las aventuras que ofrece el placer de alcoba.

Pocas horas quedan para que el día termine, Martina se dirige a un centro comercial, va en busca de un traje de encajes, de esas pijamas que venden en Victoria´s Secret,   esa compra se llamaría Martina´s Secret: Lencería;  un traje de encajes transparentes, blanco con negro y uno de esas ligas para sujetar las medias.
Sueña con una cama con cabecera de madera,  en su natal aldea El Coco, dormía en cama de pita o en la hamaca, en Estados Unidos, debido a la urgencia de las remesas, se limitó a comprar una cama y las cuatro patas con rodos, pero es el momento, se dirige a una mueblería y encarga la cabecera de madera.

También decide tomar clases de natación, aunque sabe perfectamente el nadado de río, muere por nadar mariposa,  y lo hará, porque está decidida a cambiar muchas cosas en su vida y a aprender  otras nuevas.



Mientras  la noche cae y cubre con su manto a la oscurana, Martina se prepara una taza de café con leche y la disfruta sentada en su balcón, una brisa fría sopla, observa mientras sorbe, cómo el  otoño le arranca las últimas hojas al arce del jardín de enfrente.
El día de Acción de Gracias se acerca y de allí dos brincos para la navidad,   las espesas nevadas se aproximan,  el frío y blanco invierno está por llegar.

Voltea a su alrededor y ve su apartamento, en el vive ella sola. Y retrocede mentalmente, en los primeros años, debido a las urgencias en las remesas, al escaso trabajo y su poco inglés, debió de compartir habitación con varias personas, dormir en alfombras de casas ajenas, y soñar con que algún día alquilaría el suyo propio. Lo ha hecho: vive su privacidad.

Coloca la cámara en el trípode, mientras… observa su cuerpo desnudo frente al espejo, toca sus pezones color tierra mojada y   los siente enteros, no habían sido mutilados, como les sucede a muchas mujeres que cruzan las fronteras hacia Estados Unidos –y del mundo-  en forma indocumentada, su cabellera ha sido asaltada por varios puñados de canas, algunas arrugas comienzan a surcar su  rostro, acaricia su piel seca y la humecta con aceite de lavanda, siente las cicatrices en sus muslos, las han provocado los alambres de púas de los ocho cercos que saltó mientras cruzaba la frontera a las  carreras y con la adrenalina que produce el miedo a flor de piel.

Se mete dentro de la lencería y  con las ligas sujeta  el par de medias negras que cubren sus piernas,  y se auto fotografía, quiere tener en imagen el recuerdo  de la noche en las vísperas de cumplir diez años en el exilio.

Se observa distinta, el color de su cabello, la lencería y las ligas, las cicatrices en sus muslos y la piel tatuada por el recuerdo del dolor que causan las tunas cuando entran en la piel. Admira su cuerpo,  se toma  el tiempo para observarlo detenidamente, siempre lo ha hecho  a las carreras, mientras se alista para ir a trabajar o se sambute dentro de la pijama para dormir. Le gusta lo que ve, en el reflejo del espejo, por primera vez se siente sexy, sensual, erótica, en la soledad  de la noche y de su alcoba le gusta lo que ve: tranquilidad y deseos de vivir desbordaban de aquella piel oscura.

Apaga la cámara fotográfica y las luces, se acuesta en su cama abrazando al par de tenis color azul, nadie sabe lo  que significa para ella aquel par de zapatos, meterse dentro de ellos, la hace sentirse fuerte, con ellos ha cruzado dos desiertos,  -en su totalidad 125 kilómetros-   pronto amanecerá y será noviembre 11, estará cumpliendo diez años de desterrada: diez años de experiencias, de crecimiento personal, de desencantos, de añoranzas, de llantos, de sonrisas, de  ilusiones y de amores contrariados.

Es noviembre: el mes de la tapisca, de aporrear el frijol y de desgranar las mazorcas de máiz, de apartar la semilla para la siguiente siembra. Es el noviembre de atol shuco con inguaste, de los ayotes en dulce. En su aldea el Coco es el noviembre de los barriletes y su actual residencia el november de Thanksgiving.

Decide dar gracias a Dios, primeramente por haberla hecho mujer, por haberla dejado cruzar la frontera sin mayor peligro, por el dolor de su exilio –porque significa que está creciendo-  y porque está viviendo para contarla.

 No puede evitar ir a trancar la puerta, pero como le sucede  durante todas las noches,  al llegar se da cuenta que en aquel lugar no hay trancas, ni chuzos, ni candiles…, ni techos de tejas, ni el canto del gallo en la madrugada,  eso sólo existe en su natal aldea El Coco.

Regresa a la cama y duerme abrazada a ese par de tenis color azul.Amanece noviembre once, una década después.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Noviembre 11 de 2010.
Estados Unidos.










6 comentarios

  1. Esta Martina de verdad que es un personaje multifacetico, sugestivo, incitante,subversivo; que como la cocina tipica de la campina jutiapaneca con su ambiente impregnado de los vapores y aromas vernaculos incita en uno un irresistible apetito.Pero La Martina es tambien audaz, muy corajuda,ha derribado barreras y mitos,como ese de que los latinos(mojados)somos unos brutos,iletrados. Ha demostrado que el talento, aunque elle no lo acepte, no nececita de estatus migratorio para manifestarse,ella sabe desplegarlo y volar alto, no atada a la pata de un pajarraco que viene en picada, como la tal Yoanis esa. No, ella no nececita complacer a nadie para que la declaren muy influyente. Ella se muestra, se pronuncia tal y como es, su verdad desnuda.

  2. El avivarse está bien. Independizarse de las cadenas que uno mismo se forjó, esta mejor. Pero no basta cuando al final se está solo. ¿Ahora qué? Puede cambiar de apariencia física, rodearse de lujos que nunca tuvo ni tendría en su pueblo natal. Pero no suple la soledad que se descubre frente al espejo y al final se termina llorando.
    La peor soledad se da en medio de la multitud de personas. Martina deberá salir de sí misma; liberarse de sus complejos. Darle vuelta a su vida, tal como se le da vuelta a un calcetín y vivir. Le deseo lo mejor. Chente.

  3. oooooh que buena onda por martina, me alegra mucho por los logros que a alcanzado, felicitaciones, En hora buena un cambio radical…me identifico mucho con tus escritos ilka ya que tengo familiares por ahí, me das la pauta de que hacer y no hacer jeje gracias por compartir tan bonitas letras..Saludos…

  4. Mientras Martina hacía eso, Martín se pasó chupando toda la noche en una cantina de Jalpatagua, maldiciendo el día que Martina se fue al norte y lo dejó huérfano de amor y con el corazón hecho trizas. En parte se recrimina porque él fue el que le compró los tenis de color azul. Mañana seguirá la chupa hasta que se acabe los trescientos quetzales que obtuvo de la venta del cochito que vendió. !Pobre Martin!

  5. Siiiiiiiiiii; Se avivó la Martina! ! Que bien ! !,Creída la Martina en su aniversario ve pues, se fue a gastar buen billete . . . 'ta bien Martina, así hago yo pa' quitarme nostalgias y depres, cuidado perdés la figura por andar pasándote toda una banana split, porque yo jamás he logrado terminarme una y además nada se compara al agua de coco mmmmm, oh sí, jamasmente ni nuncamente será superado ese sabor, Martina cuando vengas a pasear te traes la cámara pa'l viaje del que hablamos. . .TQM con todo y tu tenis color azul, por cierto de cual marca son? jajaja

  6. al fin le cayo la choca a la martina! ya era hora!!

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