Noche de trova y el regreso al sur…


Hace dos noches en la peña de todos los jueves  en la Décima Musa, también se celebraba una reunión, “anti independentista” o mejor dicho “anti capitalismo”.  En aquel pequeño espacio, los pocos asistentes celebrábamos la vida  de (“mi amor”) Mario Benedetti, alguien declamó por allí, acompañado de su guitara, uno de los cientos de poemas que aquel hombre escribiera en sus tormentosas carreras por el exilio y el cual coreamos todos: “tus manos son mi caricia,  mis acordes cotidianos, te quiero porque tus manos, trabajan por la justicia…” (¿Qué más sigue, ya se te olvidó?)

En ese lugar se reúnen cada semana, para fortificar la raíz; quienes nadan contra la corriente, quienes son enajenados, quienes sueñan con que el capitalismo caiga y reine  la democracia, y se realice finalmente el sueño de  libertad.  Quienes sueñan con que desaparezcan las clases sociales y sus divisiones económicas: los ricos se hacen más ricos y los pobres se vuelen más pobres… Allí encontrás personajes de todo tipo: pintores, limpiadoras de casas, poetas, escritores, albañiles, carpinteros, maestros, estudiantes, doctores, meseros, niñeras, arquitectos, ¡gringos! Comprometidos –a su manera- con la causa.

Un  hondureño se  levantó de su mesa y agarró el micrófono y cantó con tal pasión: la inmortal de Horacio Guarany (¿cuál, cuál?, cuál a la una… cuál a las dos y cuál a las tres… perdiste) “ Si se calla el cantor calla la vida, porque la vida  misma es todo un canto…”,  allí mismo el Catracho enardecido, señaló el golpe  de estado que sufrió recientemente su natal Honduras, y recordó a los presentes el aniversario número 37 de la muerte del aquel Chileno Universal: Víctor Jara. En honor a su vida y muerte todos cantamos Ni Chicha ni Limoná: “arrímese más pa´ca, aquí donde el sol calienta, si uste´ya está acostumbrado a andar dando volteretas,  y ningún daño le hará,  estar donde las papas queman… Usté no es na´, ni chicha ni limoná, se la pasa manoseando, caramba zamba su dignidad…”

Alguien de la concurrencia gritó ¡Viva Salvador Allende! ¡Viva Jacobo Árbernz!  A lo que todos contestamos: ¡Vivan! Y es que el nacimiento de aquel fiel caudillo de la Patria, fue justo el  14 de septiembre. Otro personaje se levantó de su silla y declamó las últimas palabas dichas en un discurso radiofónico por Salvador Allende pocos minutos antes de morir:
“Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.
“¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”,
   a lo que todos contestamos ¡Viva Latinoamérica Libre!

El cantor del pelo largo procedió a  entonar de la Inmortal Violeta Parra: “La Jardinera” y ” Yo le Canto a la Diferencia”, terminando estaba cuando veo a una mujerona levantarse de su silla, dirigirse hacia el escenario y pedirle al cantor que la acompañara con la guitarra, ella cantaría “Gracias a la Vida”, yo sentí  que el corazón se escapaba  por mi boca, ¡aquella mujerona era mi hermana!  Anonadada la escuché cantar  palabra por palabra aquel himno a la vida, me sentí tremendamente orgullosa, ¡estaba cantando trova y no  una ranchera sin sentido como acostumbra siempre!, (ya va llegando… ya va llegando…)

Me pregunto: ¿qué estaría haciendo yo cuando el golpe de estado en Chile?,  tal vez como diría mi mama “estaba en la rabadilla de mi papa”. Sin embargo he vuelto a Chile a sus calles, a sus montañas, a Isla Negra,   y me he imaginado al poeta de:   “puedo escribir los versos más tristes esta noche…”, su funeral; a los pocos días de haberse llevado a cabo el golpe de estado,  de cómo una a una las personas se fueron agregando a la fila que encaminaba hacia el cementerio al poeta de Isla Negra, de los que no callaron y declamaron sus versos –prohibidos por la dictadura- mientras le daban el último adiós.  Puedo imaginar el estadio de Chile  convertido en un campo de concentración, puedo ver allí en el centro a Víctor Jara, siento torturado junto a los miles de chilenos que algún día soñaron con que sería posible conseguir el sueño de libertad.

Podría imaginar el terror en las calles, los toques de queda,  reconstruir en mi memoria  aquellos fatídicos días de septiembre del 73. Trato de viajar a través de los libros, me adentro en los documentales y camino por la Alameda,  corro buscando refugio aquel 11 de septiembre,  escucho el discurso de Allende desde una radio clandestina, los niños tienen hambre, pero hay toque de queda, entonces salgo salvando  entre escondites a los soldados que se han apoderado de las calles de Chile. Observo espantada a los hombres  que caen abatidos por las  balas que lanzan desde las ventanas de las casas tomadas por el ejército. Me  encierro en las páginas de De Amor y de Sombras y  logro escapar, salir de Chile con vida y buscar el exilio,  cruzo las cordilleras y sobrevivo en el destierro;  regreso décadas después, en las páginas de: Chile Nunca Más…  para abrazar a los vivos, y para despedirme de los muertos enterrados en fosas comunes. Para buscar a los desaparecidos, y para abrazar la tierra que tanto extrañe mientras estuve en el exilio. Regreso, sí como chilena, como exiliada, como latinoamericana.


 Algún puertorriqueño entre la concurrencia  seguramente ha leído mis pensamientos,  se levanta, toma el micrófono   y canta;  mientras lo hace, me invita a viajar con él y con Pablo Milanés hacia la Plaza de la Alameda: “ yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada, y en una hermosa plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes…”

Chile; mi amor por ese país, crece día a día, es  de los lugares –al igual que Cuba- que he de conocer antes de que me abrace  de nuevo la tierra y me convierta en polvo.

De abajo del mostrador  el mesero saca un tilichal de instrumentos musicales, para que acompañemos al cantor de la guitarra y formamos el alboroto mientras cantamos  -la original-  Guantamera, ya entrados en calor, no pudo faltar la dedicada al hijo fiel de Argentina y Latinoamérica:  la escrita por Carlos Puebla; ¿la cantás conmigo? “aprendimos a quererte, desde la  histórica altura, donde el sol de tu bravura, le puso cero a la muerte, aquí se queda la clara, la entrañable transparencia,  de tu querida presencia, Comandante Che Guevara…”

Al filo de la media noche, en aquel pequeño rincón bohemio, entró un grupo de jóvenes que no pasaba de los 20 años, pidieron permiso y se apoderaron del escenario, cantaron con tal pasión las letras escritas en décadas pasadas, por los revolucionarios  que pagaron con su vida  el sueño de todo un pueblo. Cuando los vi cantar, no pude evitar llorar de la emoción, mi corazón latió, y pensé: ¡en  la juventud hay esperanza!
 Hoy el cielo en la ciudad de Chicago, ha amanecido muy parecido al chileno: completamente emponchado, de un color gris piedra de río. Aquí también los pocos chilenos están celebrando –a su manera- el Bicentenario.
En aquel país del sur están celebrando su Bicentenario;  muy sobriamente,  debido a los acontecimientos naturales de principio de año, parte del sector más humilde  -como siempre- ha sido afectado,  aún en proceso de reconstrucción están recibiendo el Bicentenario.  Hoy el presidente ha sido en horas de la mañana homenajeado, aunque debo de confesar que a mi alma de hembra, le hubiera encantado ver como rostro de de esta celebración a Michelle   Bachelet  -como en las Olimpiadas de Grecia, ¿la viste vestida de blanco? Fue una mujer El Rostro cuando regresaron cien años después a la tierra en donde nacieron, en aquellas primeras olimpiadas, las mujeres no tenían derecho ni siquiera de pertenecer al público mucho menos participar, la única que se atrevió fue descubierta y asesinada en castigo- .

 Es imposible –para mí- pensar en la Independencia de Chile e ignorar – a Inés Del Alma Mía-  a la única mujer española que  siendo concubina de uno se convirtió en esposa de otro, y a su vez asumió el mando en cuanto a la conquista del pueblo Mapuche.

 En la celebración del Bicentenario, fuera de los focos de las cámaras se encuentran 34 comuneros Mapuches en huelga de hambre, “presos políticos” entre los que  hay dos menores de edad, uno de ellos sentenciado a más de cuarenta años de cárcel. ¿El motivo? Solicitar al gobierno la devolución de las tierras que  les pertenecen por herencia. Están siendo juzgados por tribunal militar y civil, a los pobres 34 hombres les están aplicando la ley “anti terrorista”  eso quiere decir que Chile, a pesar de todo, sigue siendo ensombrecido por el sucio poder dictatorial  en su forma vulgar de aplicar la justicia.
A más de
700 metros de profundidad  de la tierra, un cansado y deprimido grupo de 32 mineros  chilenos –y un boliviano- cantaron hoy el Himno Nacional al medio día, junto a los otros 17 millones de chilenos como parte de la celebración.

En la Plaza de la Alameda un titipuchal de estudiantinas cantaron: “La Rosa y el Clavel” y de los Jaibas: “Todos Juntos”. En las horas de la mañana en la Catedral se realizó en Tedeum Ecuménico: un servicio religioso en el que participan los representantes de varias religiones. Me sorprendió ver esa muestra de  unidad. Porque todos participaron ya sea leyendo algunos pasajes de la Biblia, o  del Tora.

Por la noche en el estadio – sí, ese estadio, aquel estadio utilizado como campo de concentración-  Don Francisco presentará a más de 200 artistas que cantarán para cerrar con broche de oro la celebración del Bicentenario.

Mientras tanto yo sigo aquí, pensando en los personajes chilenos que han influido en mi vida, a ellos los celebro hoy y siempre: Violeta Parra, (la mujer que amo) Isabel Allende, Víctor Jara, Pablo Neruda y Gabriela Mistral –a Bolaño no lo he leído-. Tal vez el día que decida viajar a Chile y conocer la tierra que en la distancia me ha nutrido tanto,  conoceré el estadio y frente al recuerdo de los que ya no están la recordaré: “yo vendré del desierto calcinante,  y saldré de los bosques y los lagos, y evocaré en un cierro de Santiago, a mis hermanos que murieron antes…”
 Ilka Ibonette Oliva Corado.
18 de septiembre de 2010.
Estados Unidos.