Entre Agatha y el Memorial Day.


Mientras  que Guatemala es azotada  fuertemente por Agatha y apenas comienza a despertar de  los estragos causados por la lluvia de arena, en Estados Unidos  inicia el fin de semana largo, porque  es feriado del Memorial Day , aquí no necesitan hacer  puente para columpiarse los días, de una vez lo estipularon así desde su inicio, generalmente hasta el día del lápiz se celebra en Monday para que la gente acapare el espacio desde el viernes por la tarde y se rasque la barriga por 3 días.

Éste feriado en especial se espera con ansias, porque marca el inicio del verano, da el banderazo de salida al summer y a que comience la loquera de la juventud. La mayoría de estudiantes salen de vacaciones a encontrarse de frente con el bochorno de la temporada.
Lo malo es que quienes se rascan la barriga son los que tienen documentos, o un indocumentado que tenga un patrón consciente, cosa que es como el bono catorce en gringolandia; ¡no existe!
¿Quién va a perder la oportunidad de que su housekeeper llegue a asearle la casa después de un fin de semana de fiesta? ¿Quién va a querer pagarle el doble como lo  estipula la ley? ¿Pero cuál ley? Si por ser indocumentada calladita te mirás más bonita y manos a la obra a limpiar.
Generalmente (no especificando) los indocumentados trabajan hasta el día de Navidad, no digamos  otros feriados. Así que la celebración tendrá que esperar para cuando tengan documentos, se consigan un patrón honesto, o cuando regresen a su país de origen,  veo como ganadora la propuesta número tres.

Es sábado, un calor  insoportable estampa la tela de la playera sobre mi piel, la humedad  y el bochorno apenas están comenzando a acampar en su visita de  4 meses, es sábado; la mañana despierta con un sol radiante y un cielo completamente desnudo  color de las aguas del lago Michigan contempladas en verano. ¡Es sábado! Pero en gringolandia para el indocumentado todos los días son iguales.

Enciendo el automóvil y me percato que el aire acondicionado ya pasó a mejor vida, desde hace días estoy (con mis once ovejas) que lo tengo que ir a cambiar, (¿o llenar? Es que el otro día vi que sacaron el aire de un botecito comprimido y sepa la verdad cómo funcione eso) pero no será hoy, veo hacia el azul opaco  esperando que una parvada de pericos, loros, pijijes, o zopilotes me avise que son las diez en punto de la mañana, pero nones, esa forma de saber la hora sólo quedó en mis recuerdos.
Conduzco por la carretera atestada de patrullas, prácticamente  a cada dos cuadras me encuentro con una que está escondida en alguna esquina, midiendo la velocidad de los carros, chequeando los cinturones de seguridad y otros vigiando a ver si les cae el pez gordo: un conductor con cara de latinoamericano, para detenerlo inmediatamente sin razón aparente y preguntar  por su licencia de conducir del estado. Y así estarán durante todo el fin se semana, es por esa razón que los pocos que descansan  prefieren no salir y quedarse en su casa aunque afuera el clima invite para irse a acampar, visitar amigos o irse a chapucear a las aguas frías del lago (que parece mar) Michigan.

Sigo conduciendo mientras observo ciclistas por costaladas, allí van uniformados, la mayoría gringos, gente corriendo, e inmensas caravanas que me hacen pensar que  puede ser una “sucursal” de la caravana del Zorro que jala pa´Esquipulas, pero ni estoy en Esquipulas ni es esa caravana, son manadas de motociclistas que se broncean en la carretera, por la pura pasión a los transportes de dos ruedas (y con motor porque sino ya te imaginás la palideadera), los estacionamientos de bikes en los centros comerciales están llenos. Los carros deportivos y los clásicos adornan las autopistas: porque el gringo tiene su carro sedan,  el de  doble tracción  (al cual el mexicano –y el chapín muco- le llama troca) y su deportivo, tres tipos de carro para las distintas temporadas del año.

Los mishitos que se deslizan lentamente entre el bochorno y la humedad, despiden a la agonizante primavera y pueblan el ambiente de finos copos blancos en ésta ocasión: de algodón y  no de nieve. Los mishitos y pelusas me recuerdan a esa hoja que llamamos dormilona, ¿te recordás?  Es esa que medio la tocás y fun se petatea en una bostezo de haragán. No sé por qué los asocio con eso,  ha de ser porque siguen encasquetadas en mi memoria ciertas imágenes que no han sido definidas en su tiempo y su espacio.

¿No te  ha pasado? Sí, eso que a veces se te desprenden  imágenes de la nada, y que no sabés por qué o tal razón los asociás con tal o cual cosa, circunstancia, experiencia, recuerdo… A mí me pasa seguido y me quedo bajando libros  para ver si en una de esas  encuentro el tomo, edición y año del lanzamiento, pero no, simplemente las imágenes se desaparecen tan efervescentes como llegaron sin que yo logre ubicarlas del todo. Así como cuando estás a tuza  y al  siguiente día tus amigos te dicen: es que agarraste  el teléfono le llamaste a la Mardoquea para decirle que la amabas, y la tal Mardoquea ya casada y con hijo,  pero por la gran borrachera en tu cabeza  no has podido cambiar de disco y tus sentimientos te dicen que  todavía es tu novia. O como  cuando de la gran soca ya  no sabés si te llevan o te traen. Así merito  me pasa con ciertas imágenes.

Finalmente me estaciono en el centro comercial y entro a la clínica dental,  voy a mi revisión de cada 6 meses (como el Papanicolaou, digo  ¿ es cada 6 meses o una vez al
año?) han cambiado de doctor, hoy me recibe una paisana suya (no tuya va, digo del doctor, una paisana del doctor)  igualmente hindú, después de esperar como chorrocientas horas, haber leído las 3 últimas  ediciones de National Geographic  del año 1995, de haber visto entrar y salir a cada inquilino ambulante con y sin choreque hinchado, llega mi turno.

La doctora me recibe con una gran pero gran sonrisa y me saluda en su idioma, me  atoro de la risa y le contesto hi   le expreso que no hablo su idioma pero que me encantaría, se disculpa y trata de decirme que me ha confundido con una hindú, pero era de esperarse que una hindú no llegara con pantaloneta y enseñando las piernas bronceadas.  Le digo que mi trabajo me cuestan: andar corriendo como una loca durante horas atrás de un balón (si todavía fueran dos el esfuerzo valdría la pena).
 En lo que caminamos para la sala de dilatación no, no, que diga a la sala de,de, de,  como se llame el cuarto  ese en el que te miran hasta la amígdalas (  descartá el consultorio de un ginecólogo y el I.G.S.S. de Pamplona)  me dice que tengo toda la fisonomía de una mujer hindú, le digo que  no es la primera  vez que me confunden, en gringolandia paso por hindú, (por mi color canela, cejas pobladas, y  las mega ojeras  que me ando echando) jamaiquina, (brincos diera) y  brasileña menos por guatemalteca, y todo por tener el pelo colocho, nalgas con celulitis y un choreque  que se me hincha el triple de su tamaño normal cuando estoy enojada.
Le digo que soy ¡guatemalteca! Pero la pobre no tiene ni idea si esa es una ciudad de Estados Unidos o es aldea de México, le digo que  es un país tremendamente hermoso, pequeño, del tamaño de Illinois probablemente pero  que tiene que visitar. Que no hay ciudad maya (por más propaganda que le hagan) como la cuna de la civilización que está en el pulmón más  importante de Centro América (con que no me diga: ¿Costa Rica? Con eso de pulmón) al norte de Guatemala: Petén.

Mientras me limpia la placa ( y no la del carro) se percata que tengo los dientes hechos lata, asustada detiene la aspirada entre encía y encía  para  preguntarme: Are you eating your teeth? Le contesto asustada que no. Inmediatamente me pone un espejo en la mano  mientras me señala las concavidades, espacios, ranuras, zanjas, brechas y extravíos que tengo entre los dientes: sigo sin entender, para mí mis dientes son normales además es la primera vez que una doctora me dice que me como los dientes.
Le pregunto cuáles son las posibles causas y la respuesta es única: stress. No tengo noción de lo que suceda en las noches mientras duermo(o trato de dormir) y mis sentidos estén en uno de estos tantos estados del sueño, pero nunca he sentido que truene, rasgue o roce, los dientes al dormir. Fuera de las pesadillas e insomnios no hay otro fantasma que habite en mis noches. Según yo, pero las pruebas me lanzan de espaldas contra la pared: ¡me estoy comiendo los dientes! 

Inmediatamente me pregunta: ¿cómo fue mi infancia? Le contesto que bella, como toda la del niño que crece entre los sueños fugaces y  la realidad que agobia y sacude. Me sonríe dice que la de ella fue igual en su natal India.
Me deja recetado un aparato parecido a ese que usan los boxeadores, esos que se ponen entre los dientes,  me lo tengo que poner todas las noches para dormir para evitar rosarme los dientes, pero conociéndome y con lo loca que soy para dormir sé que en la mañana amanecerá en la punta de mis pies o en el suelo, al igual que la almohada y las sábanas.

Me pregunta; ¿por qué me castigo? Desconcertada le pregunto de vuelta ¿cómo así castigo? Sí, me dice, te castigas, esa presión que haces en los dientes en las noches es demasiada, han sobrevivido de milagro. Mientras me inyecta la anestesia cierro  los ojos y la dejo trabajar tranquila en el relleno que tiene que hacer a un diente. Literalmente estoy con la boca abierta, quisiera decirle que no, que no me estoy castigando, que el tiempo en que lo hice ya pasó. Qué sí, me auto castigué,  por estar aquí, por haber renunciado a mi universidad, por dejar mi país, y por carecer durante toda mi vida de estabilidad emocional y   afectiva.
Quisiera decirle que tiene razón, que no entiendo por qué mis estados de ánimo me traicionan, que sí;  durante largos años me limité a respirar, tan sólo a respirar. Pero estoy con la boca abierta  y a punto de que las astillas de mi diente vuelven  por los aires.  Ese sonido del mini barreno,  la sensación de la anestesia en mi boca y el olor a medicina en ese cuarto me transportan a mi primera cita  a una “clínica dental”.
Permanezco con los ojos cerrados mientras mis pensamientos se enredan nuevamente  en algún espacio de esos que hay “libres” en la memoria, la doctora conversa conmigo de la India de su infancia, de las calles de lodo en invierno, del sol abrazador del verano y del hambre en toda época del año, de sus pies descalzos y sus zapatos rotos mientras estudiaba en la universidad, su inglés con acento hindú me encanta, abro los ojos lentamente mientras observo los suyos  que poseen una luz  distinta que sólo emana de los ojos de un ser humano emigrante, del que siente en el palpitar de su corazón, el grito ahogado de una tierra que clama su nombre.

Fui a dar  a ese consultorio porque queda cerca de mi casa, porque el doctor anterior también era hindú y además de profesional, honesto. Su reemplazo no lo ha dejado mal parado, ella es mucho más humana que los otros  que he visitado a lo largo de mi estadía en tierras extranjeras, con la forma en que se expresa, lo profesional y la humildad que se sale hasta por los codos pienso: ella estudió en Cuba o en la Tricentenaria (¡de mis amores!) Universidad de San Carlos de Guatemala. Pero nones,  forjó su camino en los pupitres  de la universidad pública de si India natal. Pero al llegar a gringolandia le tocó prácticamente comenzar a estudiar, con eso que en éste país muy profesional
podés ser en el tuyo pero, tus estudios  valen pura estaca para ellos, al contrario si ellos van al tuyo muy cletos pueden ser pero en ese momento es de dónde te pongo que no te de el sol… sólo porque es gringo lo  convierte en una persona capaz.
Me tengo que relajar de lo contrario con esta ansiedad (nervios) no la dejaré trabajar tranquila, comienza a echar punta en el agujero (no el de la zona 2) del diente  en  proceso de fundición y  me deslizo  en la briza del sepia pálido de las imágenes de mi infancia.
No hay dinero para comer, contimás para pasta dental,  de cuando en cuando se tiene el lujo de comprar una barra al mes para los seis miembros de la familia Oliva Corado, cuando ésta se termina se utiliza bicarbonato, ceniza, sal, o carbón, en lugar de hilo dental nos pasamos entre los dientes, finos pedazos de los restos de las bolsas de la Despensa  Familiar, ¿si no hay dinero para pasta creés vos que habrá para hilo dental? El dolor en una muela me  ha estado torturando  durante casi cuatro meses, mi mamá me manda a la farmacia a comprar un  bote de 7 espíritus, Agua Florida y Alcohol pero ninguno funciona, la caries se está comiendo mis nervios, que los siento retumbar en mis sienes, en la mandíbula cada vez que como y me inflama el rostro durante horas, las Panadol y las aspirinas ya no hacen efecto.

A las cansadas  decide mi mamá llevarme  a la clínica de la renombrada doctora Peggy (por su similitud con la de los Muppets)  recién ha dejado de llover y las pozas de agua enlodada en la calle  abundan, los zompopos de mayor surcan en los aires, la flor de chipilín atraviesa la arada e impregna con su galantería  el aire que hoy sí da gusto respirar, huele a monte, a frescura, los torrentes ríos de agua  enlodada hacen retumbar su eco en los barrancos  y caen como cascada en la cercanías Del Club.

Son tres kilómetros de camino, viniendo de la capital para Ciudad Peronia el condominio ese como de 20 casas queda en la mera parada de la Cuchilla, a mano derecha, pero nosotras vamos para abajo, de Peronia buscando la colonia Las Terrazas (en donde viven aparentemente sólo fifís) el condominio nos queda a mano izquierda. En la puerta el hombre de seguridad nos pide hasta el  número de matriz y día de ovulación, lo de la ovulación yo no puedo darlo porque no he desarrollado y el de matriz si él desea buscarlo pues si lo encuentra es suyo (el número va) nos  revisa de pie a cabeza, el hecho de ser de la colonia vecina nos convierte directamente en criminales, por fin nos deja pasar, sólo para ir a darnos en la loza con una  cola como de cincuenta almas que abarca la mitad de la cuadra. Mientras nos formamos observo con la boca abierta las casas que en ese momento son las más grandes que he visto en mi vida, con terraza, de dos y tres niveles, enormes jardines y un copete de alambre con electricidad, las buganvilias caen en racimos multicolores adornando el blanco de las paredes que cercan  cada “mansión”.  Dos horas después entramos  “al consultorio” que queda a un costado de la casa de la Doc. Peggy, al verla comprendo  por qué los patojos le clavaron ese apodo, es una mujer regordeta, de unos cincuenta años aproximadamente, nariz chata y enormes cachetes  que le cuelgan y revuelven con la papada, y  un detalle peculiar tiene pintado, sopleteado, encalado el pelo de canche. Pero de esas canches que se les mira la raíz del pelo negro.

Con desplante nos atiende, el no ser de su misma clase social nos coloca en desventaja y nos observa sobre el hombro, sugiera que me quite la muela, que aunque  puede ser rellenada, y anuncia los precios 50 quetzales por arrancada y 100 por relleno, mi mamá prefiere irse por lo barato y en un dos por tres me quitan la muela  de un jalón, la pataleada y casi orinada que me di en el asiento no importan, a los pobres no nos duele nada; salvo la vida.

Mi mamá regresa hablando hasta con los palos, de haber sabido ella me la quita, con un alicate de los que tiene en  la casa para desmoldar las bandejas de helados. De haber sabido  hubiera ido a regalar los cincuenta quetzales a la doctora  hueveadora esa. De haber sabido me la quitaba como me ha quitado todos los dientes: con hilo de cocer y cuando están sarazos es decir; no esperar que estén completamente flojos, es por eso  que grito como loca cuando se vienen con todo y pedacitos de carne.
De castigo  me recalca  a cada comento que le tengo que pagar esos cincuenta quetzales a como de lugar, ¡por chillona! Pero es  que no le pasa que en menos de cinco minutos la bruja esa me sacara la muela, y se quedara con sus cincuenta quetzales que a nosotros nos dura todo un día ganarlos.
La doctora finalmente termina de rellenar el diente, y cobra $120.00  más, $150.00 de la limpieza, más $50 de la revisión general. Con lo que cuesta ganarse el dinero en gringolandia…

Y así termina mi aventura en la clínica de la doctora hindú, salgo con la trompeta más hinchada de lo habitual,  y con un morral de historias  que existen en las laderas de los barrios pobres de la India que viajaron a través del tiempo y se plantaron en esa mañana de verano en una clínica ” del país más poderoso del mundo”.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Junio 2 de 2010.
Estados Unidos.

5 comentarios

  1. Lo que describes de los gringos aqui en gringolandia, es lo que muy orgullosamente ellos llaman,”the american way”. Eso sucede solo aqui en America o sea gringolandia es exepcional.

    Los tipos estos se escurren por un par de meses en cualquier pais tercer-mundista, luego regresan aca como Expertos en Asuntos (digamos) Latinoamericanos.Esto lo pueden hacer ellos con nosotros, y no a la inversa.

    Freud nos podria explicar eso de las imagenes y asociaciones.

  2. Ilka linda: Al leer tu historia terminé con dolor de muelas. Un beso sin arena, Chente.

  3. Uta… casi 2500 quetzales, mejor vuelvo a ir a mis consultas al IGSS…

  4. ¡¡¡Que tristeza!!! Sigue adelante Ilka, abrazos

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