Fresas para recordar.

Para mí los días en primavera despiertan regularmente a las tres de la mañana, es (inexplicablemente) en el último suspiro del sereno cuando mis sentidos se agudizan y se empapan del canto del día que está por nacer.

Me es practicamente imposible dormir después de esa hora. Y hoy no ha sido la excepción: la naturaleza se engalana con brisa de primavera. ¿Será la nostalgia o tripa de tierra? No lo sé, pero en abril y mayo el alma escapa de mi ser y se va de capiusa a senderos que guardan celosamente la esencia de mi infancia.

Hoy no es la excepción: un empacho de neblina abraza la alborada, la miel de los cerezos en flor sigue endulzando ese aire fresco que acaricia mis nostalgias y atiza mi melancolía.

Los rayos del sol comienzan a colarse entre la colcha de algodón que ha acaparado la reserva forestal, voy en mi virula, quiero escuchar el sonido del pájaro carpintero, observar los venados en manada que jampones ni se inmutan cuando me ven pasar, las ardillas colaceándose de rama en rama, y el murmullo del Río Des Plaines.

Allí voy en mi virula, pedaleando en la orilla, en una ciclo vía de tierra suelta y talpetate. Me sorprende ver gente pescando, es demasiado temprano, por lo regular lo hacen después de las cinco de la tarde. Los árboles comienzan a florear, los tulipanes en botón le dan la bienvenida oficial a la primavera. Un brisa ligeramente fría me acompaña en el trayecto de veinticinco kilómetros que hago.

He encontrado a muchos ciclistas y algunas personas corriendo, otras montando a caballo. Casi todas con sus iPod zampados en las orejas. En las grandes urbes, la gente se olvida que la naturaleza tiene su propio canto, y que su música es única: reconfortante al espíritu y al alma.

Ya he terminado mí colazo. Los rayos de sol han despachado a la niebla y un anaranjado opaco pinta en el horizonte. Estoy esperando que el semáforo cambie de color, las pasarelas quedaron al otro lado de la frontera, la que va hacia el sur… La civilización en su urgencia capitalista, ha creado nuevos sistemas para facilitar al transeúnte de su camino. (“Entre menos tiempo perdés en transportarte es mejor, así puedo exprimirte con más horas de trabajo”, “tu salud me importa un pepino”).

Por fin, me indica que puedo cruzar sin que algún conductor despreocupado me aviente sin percatarse. Encadeno la virula en el estacionamiento oficial para las bikes. Y entro al supermercado. Aquí de dónde tu Terminal, Guarda y mercadito de martes, jueves y domingo. Pero estoy en un nación industrializada, que desborda tecnología, y hasta las frutas y verduras tienen su empaquetamiento especial. Su forma de venderse, en peso y medida. Asustada me quedé de comprar el banano por libra. A freír niguas me mandaron cuando pregunté por la mano de naranja. Me dijeron que a $1.75 la libra.

Y las sonrisas pensé, “¿son gratis o igual las comprás?” la gente en ésta nación no sonríe, y mucho menos se carcajea, aquí no te abrazan cuando te saludan, es un simple Hi, pero hay estrictamente puntualidad y las reglas se cumplen. En conclusión: robotizan tus emociones y sentimientos. Es decir; ¡les vale pura estaca!

Paso cerca del cajerío de bananos que llevan una etiqueta que dice Product of Guatemala, al igual que los melones. Muchos gringos me han dicho: ¡Oh my God the bananas from Guatemala are the best!, (o algo así mi inglés está pa´l tigre). Y no sé si llorar, reír, o sacarles la madre, porque esas mismas bananas son inaccesibles a mi gente, en mi tierra. Yo nunca comí bananos de exportación, demasiado caros allá. Y aquí cualquier imbécil que ni noción tiene de los estragos que ha hecho la tal por cual United Fruit Company, viene y los puede comprar.

En fin… ando en busca de ocras, siento que se me cae el niño por el antojo las quiero comer: asadas y agregarles limón y sal. Pero me desinflo al ver que están shurupas, a mi me gustan tiernas y frescas; así es que mi antojo tiene que esperar.

A las cansadas para no irme bateada busco carambolas, para hacer un mi fresco que me devuelva el mes de abril; sí, el mío, el de mi Guate, el del verano que agoniza, el del canto de despedida de las chicharras que anuncian que mayo está a punto de llegar con sus aguaceros, ese abril quiero revivir en mi presente. Pero me voy de culo cuando corroboro que una carambola cuesta $3.25

Derrotada busco la salida del supermercado cuando de repente, ese único olor que reconocería en cualquier lugar del mundo, me pega el: regresón, socón, resbalón. Siento una especie de angustia, y busco como loca entre las estanterías de frutas, a las causantes de tal impresión, y allí están empaquetadas en su caja transparente que dice: Strawberries, Product of Guatemala. Esos segundos se hacen interminables, mi corazón da brincos incontrolables (pues claro es un músculo involuntario) y la taquicardia asalta mis ritmos cardiacos. Siento instantáneamente un chicotazo en la espalda y un sudor frío que la recorre: ¡fresas de Guatemala!

$7.75 las cuatro libras. Mientras estoy esperando en la fila para pasar a caja y pagar, me siento como niña con juguete nuevo. Un nubarrón de recuerdos anuncia que dejará caer los aguaceros que me conducirán (a los años mozos) a la finca en dónde trabajamos con mi hermana cortándolas, en las orillas de la aldea Sorsoyá , San Lucas Sacatepéquez.

Pum, pum, pum, mis ritmos cardíacos forman una batucada en mi corazón, me encaramo al pedalazo en la virula y jule canela, al parque que queda cerca de mi casa, allí sin lavarlas me las soloqueo sentada en una banca, bajo la sombra de un cerezo de flores blancas. Pienso que saboreándolas podré mitigar mi nostalgia, aplacar los aguaceros y borrar el nubarrón.

Pero ni con la atipujada pude detener el derrumbe de recuerdos que se me vino encima y la indeleble melancolía que aquel recuerdo despertó en mí.

A dos manos estoy, fresa tras fresa, no quiero saborearlas, sólo quiero zacearme, empacharme, revivir las empanzadas que me daba en los surcos de fresas, mientras el caporal andaba “arreando” a los otros jornaleros… (así es; también guardo en mi libro de vida, que fui una preciosa niña de canillas cenizas jornalera).

Pum, pum, pum… el ritmo cardíaco cambia de melodía, ahora el chulo se d
ecide (con eso de que es músculo involuntario se aprovecha) aventarse: Dios está aquí. Y no puedo, por más que intente detenerlas; las lágrimas le dan el toque salado a las últimas fresas que terminan de atipujarme. Y una vez más confirmo lo que le dijo la comadrona en el instante de mi nacimiento a mi mama; cuando asustada miró a la “chilipuca” que venía boca abajo (como los niños) y embarrada de una manteca blanca (como nace el animal bovino): ¡esa cipota nació con suerte!

¡Amén de ser una mujer bendecida!

El frío viento de las madrugadas en Ciudad Peronia me pega un socón y me arrastra a las horas crudas de mi infancia, la virula y la caja vacía se quedan encadenadas en la banca, allí sin duda las encontraré cuando regrese. Y en el resbaladero gigante del Hipódromo del Norte me aviento para caer a culumbrón en el día lunes que empezó la jornada. (Menos mal no caí de bruces en el mapa en relieve, ya te imaginarás la despeltrada).

¿Cómo se llamaba la finca? No me preguntés, toda la vida la he conocido como: Fresera. Hoy en día si te vas del cruce de Villa Nueva-Bárcenas, buscando para San Lucas, a unos quince minutos vas a observar a tu mano izquierda la finca, en donde siembran (creo) brócoli, güicoy amarillo y coliflor. Cuando la mirés, allí estaré yo, (reflejada en esas niñas) desgreñada, de piernas cenizas, sonrisa honesta, y de sueños fugaces, allí estaré yo, con ocho años de edad, a un costado de mi hermana que tiene diez.

 
Se escucha que al otro lado de las montañas que cobijan la colonia, hay una aldea inmensa, y que acaban de “hacer” una finca fresera, que necesitan gente para que las siembre. Son los últimos días de septiembre. En la iglesia católica comenzaron a inscribir a la gente, después de un servicio Carismático mi papa nos inscribió (a mi hermana y a mí). Al siguiente día en la madrugada comienza la aventura que duraría las vacaciones de dos años.

En un morral, llevamos tortillas envueltas en una servilleta, un cuchumbo con fresco de Toki y un trasto plástico con dos huevos cocidos y frijoles fritos. A las tres de la mañana comienza a juntarse la gente en la salida de la colonia (yendo para la aldea El Calvario) cabal en la banqueta de la cantina Las Galaxias. (Vaya nombrecito, así también salía la mara de allí; viendo estrellas).

A las tres y media, ya vamos andando el recorrido de 20 kilómetros que nos espera, en las entrañas de las montañas, guindos, ríos y juncos; aquello es toda una expedición. A eso de las ocho ya tenemos que estar diciendo “presente” cuando el caporal pasa lista.

Son trescientos los que vamos a trabajar; hombres, mujeres y niños: que realizamos el mismo trabajo que un adulto y que nos pagan (desde siempre) la tercera parte de lo que gana alguien mayor de 18 años.

Allí me enamoro del árbol de pino, (mi segundo árbol favorito después del encino) verlo en su hábitat, al igual que los micos, monos, primos: como les decimos a los animales que pensándolo bien saber a qué parte del linaje del Homo Sapiens pertenecen.

Las culebras a la orden del día, los venados que acompañan nuestro recorrido mientras el día aclara, los innumerables riachuelos que aplacan nuestra sed, los guindos que aprendimos a conocer muy bien, después de unos cuantos resbalones.

Aprender a caminar sobre la arena de piedra poma y la de río. ¡Amar a la naturaleza en su máxima expresión!

A los niños nos echan adelante, mi hermana (tan tranquila desde siempre, mosquita muerta le digo yo) se va con el grupo de “señoritas” mientras yo, hiervo en una incomprensible rebeldía e hiperactividad; los temas de uñas, novios, tetas y minifaldas me aburren. Lo que yo quiero es acción, así es que ya tengo mi grupo predilecto con los que agarramos ronrones y les amaramos hilo en medio de las alas, y los convertimos en barrilete. Atrapar culebras pequeñas, identificar alacranes y chapotear hasta empaparnos en el agua fría de los riachuelos. ¡Y es mula el que no se moje! ¡Y es mula el que llegue del último al pinon! ¡Y es mula el que se caiga en el arenal!

Las horas en la fresera pasan lentamente, en octubre, noviembre y diciembre es el corte. En pequeñas carretas (tipo las de supermercado) se recolecta la fruta aún sazona, se lleva al lugar de empaque, y pasás con tu carreta en donde pesan lo que has cortado y te lo apuntan en un cuaderno, después te toca empacar en pequeñas cajas plásticas, color verde, veinticinco fresas por caja. Las fresas que no llenan los requisitos, se colocan aparte y son las que mandan a vender a la Terminal (entre otros mercados).

El caporal siempre anda con su corvo zampado en un lado del pantalón y en el otro una pistola, ¡regañón el hijo de puta como todo capataz! Pero la venganza es dulce: cuando se dirige al otro extremo de la finca a seguir regañando “a los adultos” nosotros aprovechamos y llenamos bolsas de costal ( de arroba) con las mejores fresas que vamos apartando y uno del grupo se encarga de esconderlas en el matorral pegado al chichicaste.

Nos soloqueamos hasta por gusto las fresas que son del tamaño de nuestras manos, (ya nunca he vuelto a ver de ese tamaño ¿o es que la mano me creció?).

Media hora de almuerzo con los minutos contados y el servicio sanitario queda en las orillas de la finca, algunos cuantos baños de esos portátiles… y el resto al monte, porque no da tiempo de hacer cola… así es que le damos baje a las hojas y piedras de los alrededores… (¡ricas las piedras cuando es medio día, están calientitas!).

A las seis de la tarde termina la jornada laboral. Uno a uno vamos recogiendo los costales con las fresas, los adultos también recogen piedras pomas y arena colorada en el trayecto, ya en la montaña, que después venderán en el mercado (para lavar los trastes).

Nosotras vendemos las libras de fresa con los vecinos de la cuadra que nos compran más por compasión que por la calidad de las fresas que por seguro llegan mallugadas.

A eso de las diez de la noche vamos llegando a la entrada de la colonia, nos despedimos y quedamos de vernos a la madrugada siguiente. Para volver a iniciar el recorrido de veinte kilómetros: (de ida y veinte de vuelta) entre alabanzas al Creador, bromas, cansancio, sueños e ilusiones.

El fin de mes llega y nos pagan según las cuentas de los cuadernos, hay mucha gente llorando, porque se perdieron las hojas en donde estaba apuntado
su trabajo de todo el mes, así es que les pagan lo que el caporal tantea que trabajaron. Es decir; ni mierda.

De la mitad del trabajo de esas vacaciones sacamos mi hermana y yo, para nuestros cuadernos del ciclo escolar, no hay dinero para forrarlos con papel lustre y lo hacemos con periódico. Tal vez nos hubiera alcanzado para el papel si no nos toca dar la otra mitad para gastos de la casa, pero eso no está en veremos.

Faltan dos días para navidad y es el segundo año en que vamos a la finca, hay mucho frío, la gente almuerza bajo la sombra de las galeras en donde pesan la fresa, no hay espacio para los niños, la mayoría lo hacemos en medio de los surcos de fresa. (Bocado de comida y bocado de fresa). Chente el más guapo de los patojos y también el más bandido, mucho más grande de edad  y de altura que yo, me acusa de no querer jugar Pokar a la hora de almuerzo; le digo que sí juego pero Conquián, (porque es lo único que sé del naipe) sin apostar y mucho menos mi salario. Se enoja y de una patada vuela por los aires el trabajo de dos horas: mi carreta con fresas. Me levanto tirando chispas y le zampo la primera trompada, él me devuelve la segunda, (que me dejó viendo lusitas, como si hubiera estado en Las Galaxias) hasta que nos encuentra el caporal y nos levanta de las greñas a los dos. En ese instante nos despide sin derecho a salario de veinte días. Chente y yo nos terminamos contentando cuando nos bajamos los moretones con una bolsa de hielo que fuimos a comprar  a la aldea Sorsoyá.

Mientras esperamos a los demás para caminar los 20 kilómetros de vuelta a casa, llenamos dos costales de los árboles de aguacate (los más ricos que he comido en mi vida ¿Verdad Estelita que son los mejores?) pura mantequilla que vendemos en el camino, y eso me libra de la chicoteada segura que me espera en la casa. Allí terminaron dos años de ir en vacaciones a cortar fresa a la “fresera de mi infancia y dulce recuerdo en mi juventud”.

¿Juventud? Así me pregunta una de las vecinas con la que llevo conversando un buen rato, ha llegado con los niños al parque… ¿juventud? Ya se le está acabando y no va a tener hijos…

Ya no me da tiempo de darle mi justificación, porque una manada de vecinitos me bota de la banca, quieren que jueguemos tenta. Y me lleva el río, porque corren como caballos, y me toca saludarlos a todos en su idioma, porque hay de descendencia polaca, mexicana, búlgara, italiana y árabe. Todos me han enseñado el hola en su idioma y yo les he enseñado a jugar rondas y a manejar la virula sin manos… ellos quedaron de enseñarme a patinar.

Y así termina mi viaje al fondo de mis recuerdos. Tengo una memoria privilegiada y temo perderla pronto, por eso escribo, para que quede constancia de mi vida, que no es más que la de una guatemalteca  de alma montaraz.

Ilka Ibonette Oliva Corado.

Sábado 17 de abril de 2010.

Estados Unidos.











4 comentarios

  1. Por un momento me subi en esa virula magica y me deslice por es galaxia de los recuerdos hasta llegar a ese rincon de trasfondo azul,de portentosos gigantes de Agua y Fuego,eternos como Los Mayas, como Guatemala inmortal.Barcena-Villa Nueva;la escuela inolvidable que imperturbable en mi memoria vive.Aqui en estas grandes ciudades de los USA, de multitudes sin rostro,donde hasta los recuerdos se desvanecen.Aqui los hombres,como alguna vez lo dijo Jose Marti(refiriendose a New York) no mueren, se derrumban.Como derrumbado ha de estar el mal parido caporal.

    Gracias Ilka; cuidate mucho y hasta la proxima.

    Stamford Ct.

  2. jajaja y ese si es el chente que te digo?? jajaja..crei que no ibas a contar esa tu hazaña con el..conta de quien te dio tu primer trinque o ya lo contaste?? jajajjaja

  3. Hola Ilka, que buen viaje al fondo de tus recuerdos, tienes bonita memoria y una forma especial de relatar, es que a pesar de triste recuerdo es algo que vivíste y nadie te lo puede quitar…..

    eso de los ronrones, me hizo recordar mi niñez, también jugue eso, me imagino que eran de los mismos unos color azul o negro…

    “así es que le damos baje a las hojas y piedras de los alrededores” jajaja muy buena opción..

    Que pura lata los Caporales, con pagarles ni M….da colerá imaginarselo…

    Saludos Cordiales, y con Mucha admiración hacia tu persona.

    Chejo

  4. Este estuvo muy decente. Me recordaste del Don que llevaba fresas a vender en una canasta y papel periodico, fresas con crema y azucar !! Aleluyita! Fresas que uno se come muchas veces sin saber a cuantos les han robado su pago o infancia. Como que tendre que hecharles mas azucar a las fresas.

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