Cenizas de uno y vísperas de otro.


Han transcurrido en su lenta agonía los meses, los días y las horas de un año que en pocos minutos será historia. Los últimos segundos se descuelgan alucinados, exaltados de un reloj interminable llamado tiempo. Un año está por iniciar y viene; galante, fresco, jovial, recién empaquetado, como un lienzo blanco, para que nosotros mezclemos los colores que queramos agregar a lo que será en su final nuestra obra maestra.
Escribo desde una ciudad estadounidense, estoy aquí ahora respirando las últimas súplicas de un año que agoniza. Tal vez en un futuro ( que en éste momento rebeldemente es inexistente), me encontraré celebrando el año nuevo en algún lugar de Guatemala; escucharé los cohetes, los cachiflines, veré las estrellitas chispear, bailaré (con quien se me ponga al brinco) la canción del Año Viejo, pero por si ese futuro perverso no llegara tengo como rescoldo los recuerdos de mi infancia, en ellos me devanaré, para revivir en mi memoria y en finas pinceladas el fin de año sonoro . Pero, por si la suerte no está de mi lado y la memoria me llegara a fallar, escribo éstas líneas para poderlas leer un día y sumergirme en el mundo de quien tuvo el atrevimiento de deletrear su nostalgia.
Puede ser también que si el futuro engalana, (regalándome tiempos mejores) y que en un dejo de melancolía la nostalgia abrigara escribiré en una noche como hoy, muy lejos de aquí, sentada en alguna silla de pino, bebiéndome un ponche (con y sin piquete) embriagada en el aroma llorón del año viejo. Será en ese instante que desbarataré los recuerdos de los años viejos que viví en alguna reseña de mi juventud, en noches invernales, frías y vulnerables de un país lejano; muy lejano…, extraviado…, de mi realidad.
Por alguna íntima razón, desde hace algún tiempo le tengo espanto a los números impares, por el mismo motivo creí que el año que agoniza sería un tiempo transcurrido sin ventaja. Pero fue todo lo contrario.
Es la primera vez que logro escribir en una fecha como hoy. Es la primera vez que me permito soltar sin rienda mis sentimientos decembrinos, los he dejado libres, para que se apoderen de éste teclado y subrayen en ésta hoja en blanco del ordenador, todo lo que consideren oportuno.
Saludos de buena suerte, buenos deseos, abrazos, besos, y esperanza han desfilado en los últimos días de éste mes. Augurios para el año venidero. No voy a escribir de mis deseos, de mis metas o propósitos para el año que está por nacer, no, no, hoy escribo del inmenso placer que causó en mi vida el año que está por convertirse en ceniza.
Desde mi llegada a éste país, mi vida tomó un giro drástico. Sucedió que con un futuro inconcluso prendido de mi morral abordé la idea de emigrar, el país que se me atravesó en el camino fue éste, y aquí estoy. Curiosamente no vine por dinero, (ha de ser por eso lo de mi eterna insatisfacción,) a mí no me trajo la fiebre del dólar, (y no es que sea pistuda nunca lo he sido) no, yo vine por una razón distinta, yo vine con la finalidad de sanar heridas que tenía a fuego vivo en mi alma. Lo mismo me daba la China que Estados Unidos. Poner tierra de por medio fue la excusa, para huir como una cobarde de una realidad que en ese momento me consumía minuto a minuto. El brochazo me lo vine a dar, cuando supe que éste país no era la receta correcta. No podía regresar (con mis once ovejas) desahuciada, así es que opté por escalar ésta montaña interminable de la que ahora estoy anclada. La depresión fue la primera que me dio la bienvenida, y se arraigó en mí de una manera tan posesiva que sacarla de mi cuerpo ha resultado un fastidio. Los días que bordaron los años siguientes, transcurrieron sin luz, sin destellos, las noches sin luna se convirtieron en un marco perfecto para irme a dormir temprano, bueno; esa era la idea pero las pesadillas comenzaron a aparecer, noche tras noche, en las madrugadas, y así continuaron durante años.
Miedos antiguos y temores nuevos acrecentaron mis tímidos pasos en ésta vida de desterrada, el objetivo principal y por el que había venido se esfumaba, se alejaba como neblina fina en un día de verano. Se escurría como agua entre mis dedos, y no podía hacer nada por detenerlo, durante años lloré a viva voz, en silencio y con berrinche día tras día, durante la penumbra de la noche, lograba dormir exhausta pocas horas en la madrugada, las lágrimas saladas, de agua caliente bañaron mis mejillas, quemaban, porque traían consigo: la desesperación, el desasosiego, la ira, la cólera, la decepción y un sentimiento extraño del que sufrían miles de personas, pero que yo vendría a conocer en un frío otoño: un duelo migratorio; el síndrome de Ulises. Una avalancha más para mi vulnerable ser.
Enfrentarme a esa realidad fue una tarea de mil malabares. Y cansada después de tanto caminar entre autopistas aún estoy padeciendo (como en la Odisea), el borroso paisaje de mi infancia que se cuelga montañoso en los rascacielos de esta ciudad y desde esa altura me saluda con ansias de que ésta ave migratoria regrese algún día al nido. Y regresará, (cuando Dios así lo disponga) pero se encuentra en un proceso de ejercitar sus alas para que cuando sea el momento preciso, logren surcar los cielos, extendidas, fuertes, libres, y se dirija en busca de ese horizonte que desde aquí no se ve, pero que lo siente palpitar en su corazón, porque lleva el imborrable ritmo del Tun y la Chirimía… ese confín llamado Guatemala.
El año dos mil nueve después de su frío y depresivo invierno, trajo consigo la primavera: la brisa, la frescura, la chispa, las caricias de una lluvia que comenzó a limpiar mis heridas. Y cedí ante ese inesperado reencuentro, fue esa brisa con alas de ángel que me abrazó. Llegaba, por fin, llegaba la respuesta a tantas preguntas que le hice a Dios, llegó la caricia de su mano y no pudo buscar mejor aliada: la suave brisa nocturna que se colaba por la ventana de mi habitación. Por fin el Creador había escuchado mis súplicas y fue allí después de muchos años en el regazo de aquel ángel en que me permití: soltar, dejar ir, cerrar puertas, cerrar círculos, lanzar al viento, la hiel que se había apoderado de mi corazón. No lo sé, no podría explicar o deducir cómo es que funciona la forma en que Dios trabaja de lo que puedo hablar abiertamente es de que; éste año que se va me trajo de vuelta el amor, la esperanza, el abrigo, la confianza, he vuelto a creer; algo que nunca pensé que podría volver a hacer.
Éste año que está por morir no me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca, y mucho menos una buena suegra, no, éste año que se despide me trajo de vuelta a una Ilka que creí haber perdido hace mucho tiempo, me la entregó con nuevos brillos, soñadora, con el mismo carácter rebelde de siempre (no hay vuelta de hoja) y la personalidad desafiante que tienen los animalitos que crecen salvajes en el campo, sin rienda. La tosca y perversa forma de hablar no se deja enmendar, pero estoy trabajándolo, creo que es algo que se puede corregir.
Es una noche fría, forrada de la blancura espesa de la nieve, hay hielo por doquier, pronto será año nuevo, las discotecas y centros nocturnos en el centro de la ciudad estarán a reventar, el transporte público
estará trabajando hasta la madrugada, hay invitaciones para asistir a todo tipo de parrandas, a casa de amigos, pero no iré, me quedaré aquí sentada observando la oscuridad de la noche, quiero sentir el frío del invierno apoderarse de mi piel, porque por primera vez lo estoy disfrutando. Por primera vez dejé ir muchos de mis miedos, de mi tristeza, y creo que no hay mejor manera de celebrar la llegada del año nuevo que agradecer la maravillosa mano de Dios en mi vida.
Esta noche por alguna extraña razón, tengo ganas de tomar una bebida que se ha convertido en una de mis favoritas, no tiene nada de especial pero para mí está llena de encanto, lentamente la dejaré acariciar mis labios, con su calor podré contrarrestar el frío de la noche, la escogí porque deseo despedir el año y recibir el que nace con el indeleble recuerdo del inextinguible aroma del café con leche. Este año que está por nacer lo recibo con los brazos extendidos, abierta a los cambios y a toda esa prueba que Dios quiera poner en mi vida, esperando que no desista hasta que consiga adoptar la forma que espera de mí.
Ilka Oliva Corado.
Estados Unidos.
31 de diciembre de 2009.

8 comentarios

  1. Que golazaazoazooooooooooooo! mejor se chinga, que bueno que que te hayas encontrado a ti misma. Yo!

  2. Estimada y nostálgica Ilka: Bienvenida al 2010, que en este año todo sea mejor para vos. Aviéntate a escribir una novela, tienes madera de sobra. Con probar nada se pierde y te mantendrá entretenida y con una meta en el horizonte. Un besote chapín. Chente.

  3. Hola Ilka: No sé su edad, pero se nota que es muy joven. Yo soy mayor, 69 en 12 días. Escribe muy bonito, casi brotaron lágrimas de mis ojos, la felicito. Y si todo lo que intuyó mi corazón con lo que indica (aunque es muy misteriosa), o se le adivina, lo vivió solita, es porque es una gran mujer, como deberíamos ser todas, valiente y de fé. Siga adelante, su lucha no ha sido estéril y Ud. lo sabe bien. Le auguro muchos éxitos en lo que emprenda, aunque la pluma le vendría muy bien. Que Dios la bendiga, Grace, de Guatemala por supuesto.

  4. Sublime retroalimentación de un Universo hacia su singularidad…

  5. Te pasaste,BUENÍSIMO!!! ¡¡¡Felicidades por la forma que elegiste para celebrar, junto contigo agradezco a Dios porque este año Él me sonrió, me acarició, me arrulló, extiendo contigo mis brazos y recibo el 2010 con fé, sabiendo que Dios tiene el control de mi vida igual que de la tuya, así que con la esperanza mas viva que nunca y los ojos puestos en Jesús el autor y consumador de la fé.Entrale al 2010 y NUNCA BAJES TU MIRADA…..

  6. Alberto: me alegra saber que estes saliendo de tu estado de depresión….yo estoy en una situación similar y estoy luchando por salir de ella. Escribes muy bien ! bueno saludos desde Guatemala. Ojala sea pronto tu regreso

  7. Te felicito, me gusta como escribes. Un abrazo fuerte desde Cobán.

  8. Hola Ilka, que el Señor la bendiga y la guarde en la ciudad donde vive. Solamente Él puede darle paz a su corazón.
    Bendiciones desde Guatemala, Héctor.

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